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Nº 5 - Revista de Prensa - Enero 2002

  "En esto
   conocerán
   todos que sois
   mis discípulos,
   en que os amáis
   unos a otros."

          
Juan 13, 35

Revista de prensa

César Rollán

Publicamos aquí algunos artículos destacables sobre temas religiosos. Si deseas recibir información frecuente sobre artículos así que se publican en la prensa, puedes SUBSCRIBIRTE al Boletín ECLESALIA.

ABC 1 de agosto 2001

El Papado del Tercer Milenio

Juan García Pérez
La Vanguardia, 5 de septiembre de 2001 

EL PAPA SUBRAYA EL PLURALISMO CULTURAL Y RELIGIOSO DEL SIGLO XXI Y LLAMA AL DIÁLOGO 

María-Paz López
Diario de Noticias, 6 de septiembre de 2001 

UN TEÓLOGO DE LA UNIV. DE NAVARRA DEFIENDE UNA NUEVA TEOLOGÍA DE LA MUJER POR ENCIMA DEL ACTUAL FEMINISMO

Agencia Efe
El Periódico de Aragón, 14 de septiembre de 2001 

NO DESATAR AL DEMONIO

ENRIQUE MIRET MAGDALENA 
El País, 14 de septiembre de 2001 

RATZINGER DEFIENDE LA NECESIDAD DE DESCENTRALIZAR LA IGLESIA CATÓLICA

LOLA GALÁN
15 de septiembre de 2001 

EL DINERO DE LA IGLESIA, DINERO DE LOS POBRES

Somos Iglesia - Valladolid
Diario de Noticias, 19 de septiembre de 2001 

MAS ACLARACIONES SOBRE LA CLASE DE RELIGIÓN

IMANOL BAKAIKOA OLAETXEA
La Vanguardia, 27 de septiembre de 2001

Consideraciones intempestivas sobre el día 11 de septiembre

José Ignacio González Faus
El Correo, 2 de octubre de 2001 

LA IGLESIA Y GESCARTERA

MANUEL DE UNCITI
ABC, 5 de octubre de 2001 

EL CRISTIANISMO ENTRE LA VIOLENCIA Y EL DIÁLOGO

Juan García Pérez
El Correo, 17 de octubre de 2001

TEOLOGÍA PARA AGNÓSTICOS

RAFAEL AGUIRRE 
Alandar, octubre de 2001 

LA INÚTIL Y PELIGROSA TEOLOGÍA

BENJAMÍN FORCANO
Agencia IVICÓN, 22 de octubre de 2001

LOS DOMINICOS DE MADRID APOYAN LA ASOCIACIÓN CRISTIANA DE SEPARADOS Y DIVORCIADOS

Diario de Navarra, 23 de octubre de 2001

COMPROMISO SOCIAL CRISTIANO IN MEMORIAN de Javier Osés

JESÚS ARRAIZA
El País, 23 de octubre de 200

JAVIER OSÉS, OBISPO CERCANO

RAFAEL SANUS
La Verdad, 23 de octubre de 2001

ECONOMÍA Y RELIGIÓN

ANTONIO LUCAS
Tiempo de Hablar. Nº 86

NOS ESCRIBIÓ BENJAMÍN

MOCEOP
IVICÓN, 13 de noviembre de 200

MÁS DE 600.000 PERSONAS PERTENECEN A ASOCIACIONES LAICALES VINCULADAS A CONGREGACIONES RELIGIOSAS

ABC, 24 de noviembre de 2001

SACERDOTES CASADOS

JUAN GARCÍA PÉREZ
Agencia IVICÓN, 29 de noviembre de 2001

“LA IGLESIA CATÓLICA DEBE RESTABLECER EL DIACONADO FEMENINO”

El País, 27 de noviembre de 2001

PLURALISMO Y LAICIDAD EN LA DEMOCRACIA

GREGORIO PECES-BARBA
La Vanguardia, 16 de diciembre de 2001

UN COLECTIVO DE SACERDOTES PIDE MÁS DEMOCRACIA EN LA IGLESIA

El Mundo, 23 de diciembre de 2001

EL PAPA SE ESTÁ QUEDANDO MUDO

JOSÉ MANUEL VIDAL

ABC 1 DE AGOSTO DE 2001 

El Papado del Tercer Milenio

Por Juan García Pérez, S. J.
Profesor de Teología.
Universidad Pontificia de Comillas. Madrid

La figura de los Papas suele ser objeto de elogios encendidos que bordean un peligroso culto a la personalidad o de críticas caricaturescas. Aquí hablaremos no de los Papas sino del Papado. Y trenzaremos nuestras reflexiones en torno a cuatro afirmaciones principales.

1. La configuración actual del Papado no es satisfactoria. La frase no supura «afecto antirromano» ni dosifica cicateramente respetos y aprecios. Es conclusión directa de una lectura no edulcorada de la realidad. No satisfacía a Pablo VI quien ya en 1967 reconocía que el papado (o el Papa) es el mayor obstáculo en el diálogo ecuménico. Juan Pablo II (Ut unum sint ) con una cierta audacia, que arriesga y compromete, se dirige en primer lugar a las jerarquías y teólogos de otras confesiones cristianas para que, sin renunciar a los elementos esenciales del ministerio de Pedro, le ayuden a encontrar otras formas más ecuménicas de configuración del Papado.

2. El Papado, en su forma actual, está «contaminado» por algunos rasgos que no forman parte de la tradición recibida del grupo de los Doce o de las estructuras nacientes de la Iglesia primitiva. Son secuela del «contagio» que los poderes civiles han ejercido en la Iglesia. Un repaso muy somero de la abundante literatura teológica sobre esta cuestión nos llevaría de la mano a los escritos de figuras tan venerables como Congar (cardenal), o tan prestigiadas como K.Lehmann (cardenal), Quinn (arzobispo emérito) Pottmeyer, K.Schatz, Alberigo, Kaufmann y otros muchos.

En las orillas del lago de Tiberíades aquel pequeño grupo de Pedro y compañeros se hace a la mar del futuro. Un especialista en historia podría adentrarse en el recorrido minucioso que L. Pastor hace del Papado a través de los Papas. Pero el Papado ha recibido no sólo el encargo de Jesucristo, abrumador en su sencillez, sino que en su andadura por la historia se ha tiznado con rasgos que desfiguran su rostro.

La Iglesia más primitiva debía transmitir fielmente el legado de los Doce. Se comprendía a sí misma -escribe H.J.Sieben- como testigo de la tradición apostólica. La iglesia particular de Roma se asentaba sobre las tumbas de Pedro y Pablo. Por ello gozaba de una especial consideración. Muy pronto el estilo de autoridad y un cierto oropel de los emperadores romanos asedia a los obispos de Roma. En el s.V, León el Grande de sucesor pasa a llamarse vicario de Pedro.

A nuevo milenio, nuevo paradigma. Los obispos de Roma, sin dejar de ser «testigos» se van convirtiendo en expresión de Pottmeyer en «monarcas». Influyen en este viraje varios sucesos. El primero de ellos, el cisma de Oriente. El obispo de Roma, dentro de los patriarcados (Pentarquía), gozaba de un primado de honor pero no de jurisdicción. El cisma contribuye a difuminar las lindes entre la jurisdicción del patriarca de Occidente y el ministerio del sucesor de Pedro.

Segundo factor, la lucha de las investiduras en tiempos de Gregorio VII. Un signo, exóticamente gráfico como la tiara o triple corona, que comienzan a ceñirse los Papas, expresa la «plenitudo potestatis» sobre la propia Iglesia. Los canonistas acentuarán en esta época los rasgos jurídicos. A comienzos del s.XIII, Inocencio III se presenta ya como el único vicario de Cristo para toda la Iglesia, y queda situado sobre el conjunto de los obispos. La afirmación sobre la «puissance absolue et perpétuelle» que Bodin refiere a los príncipes en el Estado moderno, se transfiere a los Papas cuya soberanía quedará por encima de las leyes. Siglos más tarde, ya en el XIX, Mauro Capellari, precursor del ultramontanismo y futuro Gregorio XVI, deducirá de esta soberanía la infalibilidad papal, definida como dogma en el Vaticano.

3. ¿Habría que cambiar los dogmas? Algunos teólogos católicos (Paul Wess) creen que para cambiar la situación de acentuado centralismo en la Iglesia, no bastaría con una reformulación de las expresiones y habría que llegar a una revisión de los contenidos dogmáticos. El Vaticano II ha hecho suyos los dogmas del Vaticano I y a una concepción muy verticalizada de la Iglesia ha yuxtapuesto una eclesiología de «colegialidad». Pero el resultado, según Wess, no es una relación fraterna de Papa y obispos (el mayor y los menores) sino la relación de un maestro con sus discípulos, por echar mano de las palabras de Gasser, relator del Vaticano I.

Otros teólogos, en cambio, como Pottmeyer, piensan que no es cuestión de reformar los dogmas del Vaticano I sino releerlos en otro contexto. No se tome esta propuesta como una maniobra para retirar al desván algunos dogmas. La Iglesia no admite una manipulación de los dogmas que vacíe sus contenidos pero sí acepta reformulaciones que en contextos nuevos den lugar a aplicaciones diferentes. Recuérdese el reciente acuerdo (octubre 1999) de evangélicos y católicos sobre la justificación.

4. Sin atentar contra los dogmas, son posibles reformas audazmente renovadoras. Tantas que ofrecerían a ortodoxos e Iglesias de la Reforma un rostro de Iglesia Católica verdaderamente nuevo.

Piénsese (y no sólo en «sueños») en una Iglesia que reconociese un margen de actuación decididamente más amplio a las conferencias episcopales y a los obispos de las iglesias diocesanas. Algunos cardenales, cuyo perfil se destaca con fuerza en el actual colegio, como Silvestrini, Danneels, Law, O´Connor, Martini, han señalado la mortecina colegialidad que caracteriza a los actuales sínodos de obispos. «No es un misterio el sentimiento difuso de insatisfacción por la tendencia involutiva del Sínodo... reducido a monólogos sin discusión o réplica» decía el dimisionario cardenal Silvestrini, que durante mucho tiempo desempeñó importantes responsabilidades en la Secretaría de Estado. Y el cardenal Danneels echaba de menos en el colegio episcopal una verdadera cultura del debate que permitiría a los obispos una mayor franqueza e intervenciones más pertinentes. ¿Qué sucedería si los sínodos pasasen a ser deliberativos (y no sólo consultivos como hasta ahora) y los obispos en unión con los Papas tomasen decisiones sobre cuestiones importantes para la vida práctica de la Iglesia universal? Imagínese en la Iglesia una práctica del principio de subsidiariedad mucho más amplia y más coherente con las afirmaciones teóricas de documentos solemnes. ¿Por qué no dar un protagonismo mucho más directo a las iglesias locales en la elección de sus obispos? ¿Qué sentido tiene el reconocimiento encogido o el recorte minucioso de las competencias de las conferencias episcopales que puede dar la impresión de que se las tolera y vigila más que se las fomenta y respalda? Habría que revisar cuidadosamente los procedimientos judiciales y administrativos en la Iglesia para que también ella, cuando se dirige a las sociedades civiles, pueda presentarse sin alardes como ejemplo estimulante de respeto a las libertades y a los derechos. Hacer algo de todo esto, cuya realización no es fácil aunque tampoco imposible y sí muy deseable, no requiere cambiar ni una sola coma de los dogmas del Vaticano I pero sí exige una transformación honda de las prácticas actuales.

Hace ya muchos años, Ratzinger reconocía que en la historia el sucesor de Pedro ha sido a la vez roca de Dios y piedra de tropiezo. Juan Pablo II, al comienzo de este nuevo milenio prodiga en fragilidad de salud pero con vigorosa fortaleza de espíritu, gestos animosos y decididos. Nos toca a los católicos dar pasos audaces hacia otros cristianos. El puente del encuentro ecuménico hay que levantarlo desde las dos orillas. También desde la nuestra.


La Vanguardia, 5 de septiembre de 2001

EL PAPA SUBRAYA EL PLURALISMO CULTURAL Y RELIGIOSO DEL SIGLO XXI Y LLAMA AL DIÁLOGO

Encuentro interreligioso de Barcelona. Clausura ante la catedral

MARÍA-PAZ LÓPEZ Barcelona.

El Papa llamó ayer al diálogo como instrumento básico para abordar el complejo siglo XXI y el tercer milenio, "caracterizados cada vez más por el pluralismo cultural y religioso, para que su futuro esté iluminado desde el inicio por el diálogo fraterno y se abra así al encuentro pacífico", según decía en una carta leída ayer en la clausura del encuentro interreligioso de San Egidio. En su misiva, Juan Pablo II alaba la capacidad de convivir de participantes de credos tan diversos, pero recalca que tal convivencia y rezo se ha producido "sin confusión y en el respeto mutuo, conservando cada uno íntegras y sólidas las propias creencias".

El mensaje papal, leído ante casi 150 dirigentes religiosos ubicados en un estrado frente a la catedral y con unas 2.500 personas en la plaza, abundaba también en la urgencia del diálogo ecuménico, esto es, aquel que persigue el acercamiento entre cristianos, sean católicos, ortodoxos o evangélicos. "Que el tercer milenio sea el de la unión en torno al único Señor: Jesucristo -clama el Papa-. Ya no se puede tolerar más el escándalo de la división: es un no repetido al amor de Dios." Durante la mañana, dirigentes religiosos no católicos emplearon también la palabra "escándalo" para referirse a la desunión de los cristianos, y recordaron que es justamente el primado del Papa lo que más contribuye a perpetuar la separación.

Ayer tarde, sin embargo, rezaron todos juntos por la paz en un servicio ecuménico en la iglesia de Santa Maria del Pi, abarrotada de fieles, y se dirigieron luego a la plaza Sant Jaume a reunirse con delegaciones de las otras confesiones, que también habían rezado por la paz en distintos lugares del casco antiguo. De la plaza, donde les esperaban el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y el alcalde de Barcelona, Joan Clos, apretadas filas de cardenales, ministros no católicos, rabinos, imanes, popes, monjes budistas y dignidades sintoístas, entre otros, marcharon en procesión hacia la catedral.

 Allí, la Comunidad de San Egidio, convocante de este encuentro interreligioso y con reputación de excelencia en el fomento del diálogo, coincidió con el Papa en el valor de esta herramienta en los nuevos tiempos. "En una sociedad en que cada vez más personas diferentes viven juntas, hay que aprender el arte del diálogo", reza el manifiesto final por la paz, firmado por todos los dirigentes religiosos que han participado en la cumbre. "Sentimos que el reto de hacer crecer un alma pacífica en nuestro mundo globalizado es un reto común", dice el texto a propósito del papel de las religiones en la eliminación de las guerras.

 Coincidían así de nuevo con la carta del Papa, quien asegura que "el diálogo entre las religiones no sólo aleja el espectro funesto de las guerras de religión, sino que establece sobre todo condiciones más seguras para la paz". El fundador de San Egidio, Andrea Riccardi, enumeró en su discurso los "puntos calientes" necesitados de paz en el mundo. Junto a África, Europa, Jerusalén y Tierra Santa, y las riberas del Mediterráno, citó -sin mencionar la palabra "terrorismo"- a España.

 En la ceremonia, que ha cerrado dos días de intensos coloquios, Jordi Pujol se refirió también a los conflictos, sin especificar de qué tipo y a cómo abordarlos: "La historia nos dice que en los peores conflictos, los más largos y crueles, hay un momento en que se ofrecen posibilidades de solución. Pero suelen ser momentos cortos, fugaces, que hay que aprovechar".

 También de conflicto habló el alcalde Joan Clos, cuyo parlamento en la clausura no estaba previsto, para reclamar un cambio de valores si se quiere una paz sólida. A su juicio, "los antiguos valores nos han conducido a un mundo de desequilibrios, de ricos y pobres, que es un germen de conflictos". Como colofón, emplazó a los ponentes de San Egidio a regresar a Barcelona para el Fòrum de les Cultures 2004 y entregarse de nuevo al diálogo.


Diario de Noticias, 6 de septiembre de 2001

UN TEÓLOGO DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA DEFIENDE
UNA NUEVA TEOLOGÍA DE LA MUJER POR ENCIMA DEL ACTUAL FEMINISMO

El profesor Saranyana presentó un libro sobre el papel de la mujer

EFE - Pamplona

El teólogo Josep-Ignasi Saranyana advirtió ayer sobre la importancia de definir el lugar de la mujer en la religión católica, un papel actualmente "en reflexión" y que, pese al "poco interés que algunos teólogos ponen" para determinarlo, "en ello nos va el futuro de la Iglesia Católica y de la sociedad". Saranyana, profesor de Historia de la Teología en la UN presentó en Pamplona su libro Teología de la mujer, teología feminista, teología mujerista y ecofeminismo en América Latina (1975-2000), que analiza las cuatro corrientes que han abordado la cuestión en los últimos años. Personalmente y, pese a advertir que la reflexión y el debate están en proceso y que "a este tema le queda muchísimo por recorrer", apostó, dentro de la tradición católica, por la Teología de la Mujer, "un estudio teológico sobre las fuentes de la revelación que pretende profundizar en el papel de la mujer en la obra de la Salvación y en la sociedad".

Explicó las principales características de las otras tres corrientes, surgidas en América Latina, y ubicó en los años 80 la Teología feminista, de la que destacó su "carácter reivindicativo, polémico, que sostiene que la mujer ha sido marginada y oprimida en el espacio religioso cristiano patriarcal y androcéntrico" y que pide el sacerdocio femenino.

La evolución de estas ideas propició la Teología mujerista, para el teólogo "mucho más radical" que la anterior, que aboga por un espacio religioso difusamente permeado por un fondo más o menos cristiano donde lo masculino y femenino serían producto estricto del contexto cultural" y no fundamentalmente de los caracteres sexuales.

La tercera corriente es el Ecofeminismo, que considera que todas las grandes religiones son de carácter patriarcal, por lo que apuesta por la constitución de una nueva religión fuera de lo cristiano con la referencia de las religiones ancestrales por su priorización de lo femenino.

Así, Saranyana aseguró que "nadie duda de que la mujer tanto en el campo laboral, familiar y social, y en parte en el político y teológico había sido discriminada". No obstante dijo que el paso del tiempo dirá cuál de las teorías triunfará, aunque opinó que "algunas no van a tener mucho futuro y se quedarán como una rama que se agostará".


El Periódico de Aragón, 14 de septiembre de 2001

NO DESATAR AL DEMONIO La imaginación se desboca

ENRIQUE MIRET MAGDALENA

Teólogo seglar.

Ante este "inenarrable horror" --como lo llama el papa Juan Pablo II-- producido por manos terroristas en Estados Unidos se ha desatado la imaginación; y muchos son los que hablan de la acción del demonio como causante de este inhumano hecho. El propio presidente norteamericano, George W. Bush, lo ha atribuido públicamente al diablo. Y el periódico de la Santa Sede, Osservatore Romano, dice que son "mentes diabólicas las que han creado un inimaginable clima de guerra". Religión y mundo parece que se unen por obra de un superser que dirige los pasos del mal, en los individuos y en la sociedad.

Las dos religiones, la cristiana y la islámica, han dado en su historia un puesto demasiado relevante a este personaje fantástico que influiría sobre los pasos del mundo. Pero la teología es más cauta, y critica esta ingenuidad, porque el mundo oriental --el de la Biblia y el Corán-- usa de símbolos sensibles para transmitir sus mensajes espirituales; pero no hay que confundir el lenguaje con la realidad histórica. El mal lo sembramos en el mundo los seres de carne y hueso. Y el odio es suficiente causa humana para explicar el mal producido. Odio que engendra el fanatismo ideológico, que usa la religión para enardecer sus acciones. Y de esa causa surge la violencia externa produciendo los reprobables hechos inhumanos ocurridos en Estados Unidos. Pero no nos engañemos, esa figura del demonio está todavía en la mente de muchos. Lo ven como la clave que explica la fuerza del mal en el mundo. La mente humana necesita concretar las realidades negativas que existen, y la imagen de Satán les sirve para ello. Casi todos los fundamentalismos cristianos, y la doctrina conservadora católica también, lo emplean como una creencia imprescindible. Sin embargo, lo único real no es Satanás, sino lo demoniaco, el mal que podemos hacer los seres humanos.

Juan Pablo II ha reiterado una idea: la violencia engendra más violencia. Y debemos recordarlo unos y otros. Es ocasión de justas y legítimas represalias, por supuesto; pero también de algo más que ellas. Hay que hacer algo eficaz para resolver la injusticia social que sufren tantos pueblos de los cinco continentes, y, además, educar a la juventud en una cultura de paz. La raíces religiosas del Evangelio y de los dichos de Mahoma deben hacernos superar a los creyentes la tentación de la violencia fanática para construir una sociedad justa.

 Es cierto que hay medios técnicos, que hemos inventado desde hace un siglo, con los que "podemos hacer de este mundo un jardín, o reducirlo a un cúmulo de escombros", según Juan Pablo II. Necesitamos no sólo una reacción justa de represalia, sino una labor más profunda a largo plazo para hacer este mundo más habitable para todos.

Debemos dirigir nuestros ojos a una mirada global que no esté centrada sólo en el conflicto de Oriente Próximo. El problema es mucho más amplio: no sólo es el choque entre Palestina e Israel; ni tampoco Oriente contra Occidente. Aunque algunos creen ver simbolizado nuestro poderío occidental en las dos torres de Manhattan, no es ése el símbolo de Occidente: es la estatua de la Libertad; libertad que nos debe conducir a la verdad, a la justicia igual para todos y a la solidaridad universal.

Empieza ahora la época de la responsabilidad mundial para unir estas tres cosas. Los obispos norteamericanos lo han entendido así, a fin de que se una la justicia penal con la justicia social, para conseguir una vida más humana para toda la población mundial.


El País, 14 de septiembre de 2001

RATZINGER DEFIENDE LA NECESIDAD DE DESCENTRALIZAR LA IGLESIA CATÓLICA

LOLA GALÁN

ROMA.

Un libro-entrevista en el que el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición), se declara partidario de una mayor descentralización de la Iglesia católica, ha causado sorpresa en los ambientes vaticanos. Especialmente porque el cardenal alemán ha sido considerado siempre como uno de los más firmes partidarios de la actual estructura, que deja en manos del Papa la guía absoluta de esta institución. Según declara en el libro Dios y el mundo, el prelado es partidario de aumentar la participación de obispos y sacerdotes en el gobierno de la Iglesia. 'Se necesitan foros suprarregionales que se hagan cargo de funciones que hasta ahora se realizan en Roma', dice. Una opinión madurada a lo largo de los 20 años pasados junto al Papa, al frente de un dicasterio (ministerio vaticano) incómodo por su connotación represiva. Ratzinger considera además que las tareas que debe afrontar el Pontífice son tan monumentales 'que están por encima de las fuerzas humanas'. El cardenal, conocido como el Gran Inquisidor y uno de los principales colaboradores del Papa Juan Pablo II a la hora de fijar la línea doctrinal de la Iglesia, se revela además como un católico común, angustiado por la muerte y sobre todo por 'el Juicio Final' que, está convencido, espera a todos los mortales. La muerte es además una idea muy presente en su mente. 'A medida que envejezco, esta perspectiva se vuelve cada vez más próxima, más evidente', dice. La fe de la gente común El cardenal defiende también su tarea desde hace 20 años. Sobre sus decisiones disciplinarias dice: 'Mis colaboradores y yo nos esforzamos por no perder de vista la dignidad del hombre que estamos sancionando. No queremos limitarnos a golpearle con una excomunión, sino ponernos al servicio de la comunidad en su conjunto. Y nos sentimos sobre todo en la obligación de defender la fe de la gente común'. El cardenal alemán aborda incluso el controvertido tema del uso del masculino a la hora de referirnos a Dios. ¿Es hombre o mujer la divinidad? 'Dios', dice, 'es completamente lo otro. Para la fe bíblica ha sido siempre evidente que Dios no era ni hombre ni mujer, sino Dios, y que hombre y mujer son imagen suya. Cuando se habla de su piedad se recurre a un término lleno de corporeidad, rachmanin, el seno materno de Dios, que simboliza precisamente la piedad'. Ratzinger aborda también el tema del Limbo, el lugar al que supuestamente irían los inocentes no bautizados. El cardenal considera esta doctrina 'poco iluminada' y reconoce que el Papa ha cambiado completamente la consideración del Limbo en la doctrina católica al expresar la esperanza de que 'la omnipotencia de Dios sea tan grande como para consentirle atraer hacia sí incluso a aquellos que no han podido recibir los sacramentos'.


Diario de Noticias, 19 de septiembre de 2001

MAS ACLARACIONES SOBRE LA CLASE DE RELIGIÓN

IMANOL BAKAIKOA OLAETXEA economista y sacerdote

PAMPLONA.

En este tema tan debatido en los últimos tiempos con motivo de la no contratación de profesores de religión católica, a uno le adviene el axioma del maestro zen: "No busques la verdad, limítate a abandonar tus opiniones". Así, con este talante, y sin ánimo de dogmatizar, aspecto este común en muchos de los planteamientos religiosos, e incluso desde la supuesta laicidad irreligiosa de algunos, parece necesario distinguir y aclarar el tema de la clase de Religión y la propia religión. Este vocablo de múltiples significados puede religarse a los credos religiosos, pero su significado primordial, trasciende de los mismos. La simbología de las diferentes religiones pretende volver -religarse- a la unidad primordial del hombre, cuya esencia no se puede explicar y nombrar, y sólo accesible por negación de todo lo que desune -lo diabólico- del amor, de Dios, de la realidad -o cómo se quiera designar, lo de menos es el nombre-.

El asunto de la polémica ha provocado tal gresca que se han suscitado numerosas preguntas en el personal: ¿Qué tiene que ver la clase de religión católica, con la religión, o con aquello que une o busca cada ser humano, de manera consciente o inconsciente en su vida? ¿Cómo puede un estado aconfesional, financiar la docencia de una religión particular? ¿Puede valorarse moralmente la decisión particular de una confesión de no renovar a unos profesores de su religión particular, por incoherencia de la propia vida y la palabra que comunican en sus clases? Éstas y otras preguntas dificultosas en sus respuestas y las opiniones particulares sobre la religión y religiones dificulta la comprensión correcta sobre las relaciones entre los organismos civiles y religiosos.

Sobre la controversia actual es necesario diversificar su análisis, por un lado, en el ámbito civil, las relaciones existentes entre instituciones públicas y religiosas, y por otro lado, aquellas dentro del ámbito religioso particular o intraeclesial.

Respecto al primer ámbito, uno debe conocer cómo se iniciaron ls clases de religión católica dentro del ámbito educativo. La historia de los países de nuestro entorno viene determinada en gran parte por la cultura y psicología religiosa de sus gentes. Esta influencia religiosa se ha expresado -se quiera o no- principalmente a través de la religión católica. No se puede obviar esta realidad, y tampoco, que la mayoría de las personas del Estado se consideren católicas -practicantes o no-. Ante esta situación, el gobierno estatal y la Iglesia, promovido por el concordato entre la Santa Sede y el gobierno español firmado en el año 79, plantean legalizar la situación de la educación de la religión mayoritaria dentro del ámbito escolar. Al final acuerdan por una postura intermedia entre el caso francés de la voluntariedad y horario extraescolar -promovido por los socialistas- y el caso alemán de la obligatoriedad y dentro del horario troncal -promovido por los sectores conservadores-, por el actual sistema de educación católica en los colegios. Basado en el art. 27.3 de la Constitución española: "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones", y de la misma manera es voluntario para los que no lo quieran, se establece su ubicación dentro de las asignaturas fundamentales. Hasta aquí puede parecer coherente, que el propio Estado, por deseo de los propios padres, primeros educadores de sus hijos, asuma la financiación en igualdad de condiciones que el resto del profesorado, a los profesores de religión católica, algo conseguido por otro lado, muy recientemente, en el último convenio económico-laboral firmado hace dos años.

Por otro lado, el contrato de los mismos, propuestos por la Iglesia y contratados -mero mecanismo legal- por el Estado, puede recordar los tiempos franquistas -de manera inversa a la de ahora- donde la Iglesia nombraba entre los obispos propuestos por el frente franquista. Sin embargo, la propia Iglesia vela por proponer aquellos candidatos que mejor expresen de manera integral lo que la religión católica representa, y en defensa de la opción realizada por los padres en la elección de la religión católica.

Algunos cuestionan la validez moral y legal de la elección unilateral de la Iglesia, al margen de los gestores públicos y otros aceptando o no lo primero, la propia actuación moral de la institución eclesial, en la renovación o no de los profesores. Son dos aspectos distintos, en cuanto a la validez legal queda expresada por la ley ratificada por la mayoría parlamentaria y refrendada por la jurisprudencia reciente de algunos tribunales. Ni la Constitución ni la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE, a los cuales se han referido últimanente por libertad de pensamiento y religión y despido injustificado pueden tener alguna efectividad sobre este tema. El sistema de contrato resultante del convenio firmado el 28-2-1999 (BOE, 20-4-99) no deja lugar a ningún tipo de despido improcedente por la misma naturaleza del contrato (cláusula 5ª: "Los profesores encargados de la enseñanza de la religión católica a los que se refiere el presente convenio prestarán su actividad en régimen de contratación laboral, de duración determinada coincidente con el curso o año escolar, a tiempo completo o parcial"). Por tanto, sólo una revisión legal -algo previsto en la cláusula 9ª de la misma- puede cambiar las actuales circunstancias, algo difícil que se dé con la mayoría absoluta existente en el Parlamento. En estas circunstancias el profesorado se encuentra ante la disyuntiva de no ser contratado cada nuevo curso, y sin tener nunca opción a ningún tipo de plus por antigüedad, al no contabilizarse dichos contratos por curso.

En cuanto a la moralidad de la elección unilateral, es lógica que la Iglesia vele y proponga los profesores de religión católica para difundir la religión solicitada por los mismos padres. Otro aspecto es el criterio de elección intra-eclesial cuya actuación puede y debe discreparse en muchos momentos. Aquí a uno le llama la atención que los más alejados de la religión católica y su práctica habitual de las iglesias locales o parroquias sean los más prolíficos en la crítica sobre la actuación eclesial. Otro aspecto sería aceptar la moralidad de dichos contratos basura en versión religiosa por parte de la Iglesia, símbolo de la economía liberal actual, frente a la tendencia de todas las legislaciones laborales y progresistas tendentes al carácter indefinido de los mismos, en aras de asegurar proyectos de futuro y de familia de las propias personas.

Sin embargo, una crítica coherente y constructiva puede cuestionar que exista una clase de religión católica en un sistema educativo aconfesional, con su obligada financiación. Asimismo se puede promover una clase de fenomenología e historia de las religiones, obligatoria para todo el alumnado. Esta asignatura muy propia de un colegio aconfesional resaltaría la dimensión religiosa siempre presente en el hombre y formulada a través de las diversas confesiones. Esta opción viene fomentada por diversos organismos religiosos y civiles, y por el que suscribe este comentario, pero esto requiere un amplio debate social, respaldo político y una lectura no restrictiva de la Constitución y una revisión de los acuerdos entre el Estado e Iglesia.

Por otro lado, relativo al ámbito intraeclesial, y su actuación moral en la elección del profesorado, posiblemente unos sean más aptos en valorarla, pero es necesario remitirse a la realidad sociológica y psicológica en dicha evaluación. El actual sistema de elección viene refrendado únicamente por el delegado episcopal de enseñanza religiosa. De alguna manera, dicho sistema contempla numerosos problemas y peligros en la objetividad de la designación del profesorado, y pueda estar sujeta a los gustos y acepción de personas del propio delegado, como posiblemente pasaría en otros ámbitos, si la propuesta del profesorado dependiera de una persona. Ya se sabe, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid... esgrimiendo razones de coherencia religiosa y preparación académica puedan darse otros motivos para la designación o no del sujeto, lugar de trabajo y número de horas laborales. Parece lógico pensar que la actuación unilateral de la elección fomenta un tipo de relación paternalista y deshumanizador entre el delegado y contratado, el cual esconde muchas veces sus propias motivaciones personales y acepta este tipo de relación para defender las alubias de un no desdeñable sueldo de profesor. Malos tiempos corren para decir todo lo que uno piensa y siente.

"Hay miedo entre los docentes" lamentan los responsables de Feper (Federación del Profesorado) quienes consideran que la situación "perversa" y "precaria" de los profesores se debe a la "interpretación unilateral, interesada por parte de la Administración y la jerarquía" eclesiástica de los Acuerdos con la Santa Sede. La federación apela a la coacción sufrida en las relaciones laborales y recrimina las continuas contrapartidas exigidas por la institución eclesial, al margen de una relación contractual normal, expresada en exigencias pastorales y personales de los delegados bajo riesgo de no renovarse el contrato en el siguiente año. Estas se concretan en algunos casos en solicitudes voluntarias de diezmos o regalos. Últimamente, tras la controversia se está pidiendo cartas de apoyo al delegado en algunas diócesis. Curiosamente, aquellos que no responden a estas deferencias libres extracontractuales no son renovados en algunos casos por el delegado diocesano. Estas situaciones, cuando las haya, independientemente de la asunción de responsabilidades que puedan tener ante los tribunales competentes, deben ser denunciadas por los colectivos y personas católicas, desde el respeto y corrección fraterna y desde cualquier medio que utilice el rigor, objetividad e independencia en el uso informativo.

En este sentido, puede ayudar la creación de una comisión permanente de varias personas que intervinieran en la elección y continuidad de dicho profesorado. Por otro lado, la persistencia en el trabajo y la no movilidad existente de los distintos colegios -cosa habitual en muchos docentes- puede asegurar y mejorar la docencia del profesorado. En definitiva, esta comisión diocesana puede favorecer una elección más objetiva y menos problemática, y unas relaciones más humanizadoras entre la institución eclesial y los contratados.

Mientras tanto, las palabras de Jesús rebrotan en el inconsciente del seguidor: "No tengáis miedo..." y el apóstol a quien más amó el maestro cuestiona el actuar del discípulo: "¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano, a quien ve?" (1 Jn 4, 20). Por desgracia, es habitual el desamor inconsciente y discriminador con los más cercanos, bajo argucias y proclamas de amor universal y amor a Dios, tanto en el ámbito civil como religioso.


Somos Iglesia - Valladolid, 15 de septiembre de 2001

EL DINERO DE LA IGLESIA, DINERO DE LOS POBRES

Comunicado de la corriente Somos Iglesia - Valladolid

VALLADOLID.

En la Iglesia de Valladolid nos encontramos con una gran cantidad de inmuebles ( 500 templos y edificios) y recursos humanos (300 sacerdotes) necesitando mucho dinero para mantenimiento de edificios, pago de salarios, gastos de solidaridad local, nacional e internacional, gastos de la acción pastoral, etc. Todo esto implica una administración económica similar a una mediana-grande empresa.

Jesús de Nazaret inició con un pequeño grupo de mujeres y hombres un movimiento religioso renovador dentro del judaísmo. Fue el germen de las iglesias cristianas. Les hizo varias veces las siguientes recomendaciones cuando les enviaba a predicar: "No toméis nada para el camino, ni bastón, ni bolsos, ni pan, ni dinero, ni llevéis dos túnicas" (Lc.9,3s). "No llevéis bolsa, ni sandalias... comed y bebed lo que os sirvieren, cuidad a los enfermos, sed portadores de la paz y decid que el Reino de Dios está cerca"(Lc.10,3s). Cuando un voluntario se ofreció a unirse al grupo le advirtió: "Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo tienen nidos, pero yo no tengo donde reposar la cabeza" (Lc.9,57).

Dentro de este estilo de vida evangélica, de austeridad como los más sencillos, y haciendo un esfuerzo por adaptarnos a la realidad actual salvando los veinte siglos de distancia, la CORRIENTE SOMOS IGLESIA de Valladolid proponemos que:

1. Las instituciones y los trabajadores de la Iglesia vivamos de los recursos y cotizaciones entregados por sus miembros y simpatizantes; los medios y bienes que utilicemos sean austeros teniendo en cuenta, además de nuestro entorno inmediato, la realidad de un mundo en que más de la mitad de las personas pasan hambre. Creemos que recibir del Estado presupuestos especiales los gastos de la Iglesia o gozar de privilegios y exenciones fiscales de impuestos a través de negociaciones con el Estado no nos parece ni adecuado al Evangelio, ni respetuoso con los miembros y demás instituciones de una sociedad democrática y plural.

2. El dinero que tenemos en la Iglesia es de todos sus miembros y de los necesitados. La administración tiene que ser trasparente. Todos los pertenecientes a la Iglesia debemos poder participar en la administración, en la elaboración de los criterios de gastos y adquisición de recursos, etc.. Se deben realizar informes de gestión, publicar las cuentas anuales detalladas, hacer auditorías periódicas como sucede en cualquier institución de la sociedad y facilitar a su conocimiento a cuantos lo deseen. Las relaciones de comunión en el interior de la Iglesia tienen que ser más trasparentes y fraternales que en la sociedad democrática.

3. No es suficiente que el dinero recibido para prever gastos y para la solidaridad esté colocado en entidades legales. Todos sabemos que los bancos, cajas y demás entidades financieras destinan el dinero depositado en las inversiones más rentables posibles que con frecuencia coinciden en empresas de fabricación de armamento, o que no respetan el medio ambiente o los Derechos Humanos, evaden gastos sociales explotando a niños, mujeres o presos o hacen inversiones especulativas, juegos en la bolsa, etc.. De esta forma nuestros ahorros y el de nuestras iglesias son utilizados en contra de lo que se predica.

Debemos controlar nuestro dinero ahorrado exigiendo que se destine en inversiones éticas, en empresas que paguen salarios justos, además de respetuosas con el medio ambiente, que creen puestos de trabajo y favorezcan a toda la sociedad. En la Iglesia tenemos razones más profundas para invertir en fondos éticos y no solamente legales.

La Iglesia Anglicana, en Gran Bretaña, desde los años 80 exige a los bancos informaciones comerciales de las empresas y de los fondos en que se coloca su dinero y que se haga siempre en inversiones éticas. Algunas Ongs, organizaciones solidarias e incluso entidades financieras están creando fondos de inversión llamados éticos, verdes o solidarios con una rentabilidad adecuada. De esta manera contribuyen a impulsar una economía más justa al servicio de las personas y no únicamente de la pura rentabilidad.

4. Que se revise y se debata dentro de la Iglesia y con la sociedad cómo mantener nuestro patrimonio artístico-cultural acumulado de tantos siglos. Resulta una pesada carga que obliga a hacer grandes esfuerzos económicos y humanos tan necesarios en la pastoral y en la solidaridad. Nos encontramos muchas veces obligados a ser una sociedad de conservación del mayor patrimonio artístico de la provincia y de España mientras que miles de millones de pobres en el mundo tienen la necesidad, mucho más urgente, del derecho primario a vivir o a vivir dignamente

Valladolid 15 de Septiembre de 2001

Corriente Somos Iglesia de Valladolid Gema Muñoz (983-262.950) Goyo González (983-134.527) José Centeno (983-278.383)


La Vanguardia, 27 de septiembre de 2001

Consideraciones intempestivas sobre el día 11 de septiembre

José Ignacio González Faus

La mejor condena moral de la increíble atrocidad de Nueva York y Washington, me la dio una religiosa angolana, mientras le caía una lágrima de los ojos: "he sentido a veces rabia contra Estados Unidos; pero lo que hemos sufrido nosotros es tal, que no se lo deseo a nadie, ni siquiera a ese país que tanta culpa tiene en nuestro calvario". Lo decía mientras la televisión pasaba imágenes de niñitos palestinos aplaudiendo el atentado. (Pobrecitos ellos que maman el odio sin saberlo).

Recurro a estas palabras porque me parecen más autorizadas que las mías, para expresar lo que debería ser algo más que una simple condena: el estremecimiento por la maldad que cabe en los corazones humanos, y por la frialdad con que esa maldad actúa, no en un momento de ceguera, sino poco a poco, día a día, buscando sus crueles objetivos paso a paso.

Pero es una verdad elemental que la inmoralidad no se elimina con solo condenarla. Es preciso examinar sus porqués y acertar con sus remedios. En esta dirección van las reflexiones que siguen, sin pretensión de ser exhaustivas, y con una petición previa de perdón si es que, como me temo, se salen del discurso dominante.

1. La seguridad no existe

Ni paraguas nuclear ni historias. El mayor atentado de los últimos años ha sido cometido ¡sólo con armas blancas! El odio, la locura, el fanatismo o la desesperación son más temibles que todas las armas humanas. Como ya dijo el viejo profeta Isaías, la paz no es fruto de las guerras ni de las victorias bélicas, sino sólo de la justicia.

2. Los muertos no duelen porque sean nuestros sino porque son seres humanos

Hace aún pocos años, en Ruanda y en cosa de tres días, murieron, no diez mil, sino cientos de miles de personas. Aquella barbarie, en la que todo el primer mundo tenía buena parte de culpa, por razones geoestratégicas y armamentistas, nos sacudió muchísimo menos; y ninguna UEFA pensó en suprimir partidos ni cosas semejantes. Tal decisión nos habría parecido entonces ridícula e injustificada. Y sin embargo, cuando la solidaridad no es de veras universal, amenaza con convertirse en servilismo.

3. No va a ser la tercera guerra mundial

No sólo porque el enemigo no está bien identificado, sino porque, después del Vietnam, nosotros ya no estamos para guerras sino sólo para venganzas. La primera condición de nuestras guerras es no tener víctimas nosotros. Ya no estamos dispuestos a combatir, y a que nos vayan llegando cadáveres a casa, o extrañas cartas de condolencias de altos mandos militares. Ni somos capaces de soportar otras consecuencias como la falta de petróleo, el derrumbe de las bolsas y de los mercados financieros, o las crisis económicas. Nuestra comodidad es nuestra debilidad. Pues cuando luchan el que tiene mucho que perder y el que está dispuesto a morir, puede que éste acabe siendo más fuerte, aunque esté peor armado.

4. Mucho menos se trata de "la guerra del bien contra el mal"

Esta simpleza del presidente Bush se puede perdonar por la emoción del momento. Pero con un poco más de seriedad y de sinceridad quizás habría que decir: en parte nos lo merecemos.

Quizá no por culpas personales, pero sí porque hemos construido una civilización y un régimen de (pequeñas) libertades, basados en la exclusión de los otros y en la opresión de los otros.

Estados Unidos lanzó la bomba atómica, y todavía no ha pedido perdón por ello. Cometió actos de terrorismo en Irak, invadió cuando quiso Guatemala, Santo Domingo o Granada, adiestró en la Escuela de las Américas infinidad de torturadores latinoamericanos, y ha mantenido una parcialidad que hace imposible la solución del conflicto árabe-israelí.

Europa ha seguido en África una política colonial espeluznante, desde el tráfico de esclavos (por el que tampoco hemos pedido perdón), hasta la tortura más refinada. Permítaseme reproducir dos citas de nuestra cultura europea, tomadas de Le Monde Diplomatique del pasado mes de agosto (pág. 14), en un artículo que no estaba escrito tras los atentados en Norteamérica, sino con vistas a la fracasada conferencia de Durban:

"Ninguna filantropía o teoría racial, puede convencer a gente razonable de que la preservación de una tribu de cafres en África del Sur es más importante para el porvenir de la humanidad que la expansión de las grandes naciones europeas de la raza blanca en general... Ya se trate de pueblos o de individuos, seres que no producen nada de valor no pueden emitir ninguna reivindicación al derecho a la existencia".

Este texto, de 1912, está en la base de muchas conductas y políticas nuestras. Véase si no cómo defendían la esclavitud los padres de nuestra modernidad, como Montesquieu y Voltaire. Luego la "pacificación" de Indonesia por Holanda costó 70000 muertos. La toma de Filipinas por Estados Unidos, costó 200000, las revelaciones actuales sobre la tortura en la Argelia francesa son espeluznantes...Y así sucesivamente. La única diferencia es que nosotros lo hemos olvidado y ellos no.

Permítaseme repetir: somos hijos de una cultura que construyó sus pequeños espacios de civilidad y de libertad, a base de la exclusión y del crimen camuflado. Abolimos la esclavitud cuando ya no era económicamente necesaria (por eso hoy la estamos resucitando). Si no reconocemos esto, por duro que nos sea, el camino de la pacificación va por senderos torcidos. Y debemos examinarnos para que lo que nos aflija en la barbarie del pasado día 11 sea de veras el dolor de seres humanos (sagrados sean de donde sean) y no la humillación de nuestro inconfesado sentimiento de superioridad primermundista. No hace muchos años que Helder Cámara definió a la violencia como una "espiral diabólica": porque cuando alguien nos trata mal, acaba sacando lo peor de nosotros. No lo olvidemos.


El Correo, 2 de octubre de 2001

LA IGLESIA Y GESCARTERA

MANUEL DE UNCITI.

Es muy posible que se haya procedido con exceso de precipitación al censurar como anticlericalismo -rancio para unos, renovado para otros- todo ese inmenso 'tolle, tolle' que se ha armado estos días a cuento de los depósitos de algunas instituciones de la Iglesia en la malhadada Gescartera. La avalancha de descalificaciones y de improperios o -lo que es peor- de retintines y sonrisitas con que han sido comentados los desventurados ires y venires de algunos dineros de gentes y entidades de Iglesia, ha cubierto de humillación a algunas congregaciones de religiosos y religiosas, a determinados obispados españoles y a muy concretas instituciones de apostolado misionero o de solidaridad cristiana. Ha de sentarles forzosamente muy mal que se les acuse de especuladores insaciables a quienes dicen disciplinar sus vidas con el voto de pobreza o que se les denuncie de mercadear con dinero negro a quienes no tienen otra razón de ser que el servicio desinteresado a los hombres y, más concretamente, a los más pobres y marginados. Pero todas estas acusaciones y denuncias, todos esos «mira, mira las monjitas cómo se espabilan para ganar más» o «mira, mira la bolsa de dineros que tienen los heróicos misioneros que se pasan los días hablando contra el neoliberalismo», ¿han de encuadrarse sin más ni más bajo la rúbrica del anticlericalismo, trasnochado o renovado? Hay algo que está muy claro, antes que nada, y que es radicalmente muy positivo: a las personas y entidades que se mueven bajo el signo del Evangelio la opinión pública les exige bastante más -mucho más- que a las instituciones de carácter civil o político. Por lo que se sabe, los listados de Gescartera contenían los nombres de unos 2.000 inversores. De este total, sólo 35 ocupaban -y ocupan- un asiento en la comunidad de la Iglesia. Y, sin embargo, ha sido tal la catarata de comentarios y de descalificaciones que se ha abatido sobre esos 35 pobres estafados e, incluso, sobre 'la Iglesia' en general -que para nada tenía vela en ese entierro-, que uno podría llegar a pensar que los hombres cristianos y las instituciones cristianas han sido, tanto por su numerosidad entre los dos miles de inversores cuanto por la cuantía de sus depósitos, los principales protagonistas del gran escándalo de Gescartera. Y esta impresión es absolutamente falsa. Las gentes y las instituciones vinculadas a la Iglesia representan una mínima parte -una insignificante parte- en el largo listado, hecho público para mayor inri, de los clientes de la agencia de valores; y el montante de sus depósitos no va más allá de los l.250 ó 1.500 millones en el total de los 18.000 que se han esfumado por arte de birlibirloque, según se dice. Dejando a un lado los inversores a título personal o familiar, varias instituciones respetabilísimas como la Guardia Civil, la Policía Nacional o la Armada entre otras más confiaron sus ahorros a Gescartera y los han perdido, al menos por el momento. Muchos son los que se han dolido de que el desfalco haya lesionado los derechos de ciento o miles de huérfanos y las justas expectativas de las economías de las familias pobres de las fuerzas de la seguridad del Estado. Nadie se ha permitido sobre este particular ni bromas ni chistecillos, lo que es de agradecer; y a nadie se le ha ocurrido hacer leña del árbol caído descalificando como especuladoras a estas instituciones o aludiendo a un hipotético dinero negro de sus titulares. ¿Por qué a las instituciones vinculadas con la Iglesia se les ha dado un trato distinto si al fin y a la postre los ahorros en cuestión no tenían otros destinatarios que los huérfanos y los enfermos, los pobres y los marginados de medio mundo?

Nadie en sus cabales puede permitirse el mal gusto de pensar que es una gran mentira todo lo que se dice sobre la presencia y la actuación de cientos y aun miles de hombres y mujeres de Iglesia entre los desheredados de la tierra en cualquier parte de ésta o que es una torpe falsedad eso de que las comunidades cristianas del más vario linaje están volcadas en el mundo del sida y de la drogadicción, en el de los huérfanos y los leprosos, en el de la promoción de la mujer del Tercer Mundo o en el del justo y hermoso compromiso de salir por los fueros de los campesinos sin tierra.

Los ahorros pueden desaparecer, por desgracia, en un abrir y cerrar de ojos, como ha ocurrido en el caso de Gescartera, si aquellos a los que se les confían para que los hagan fructificar de acuerdo con las leyes vigentes son inmorales o son ineptos; pero el juntar peseta con peseta, millón con millón hasta contar con los necesarios para levantar una escuela de formación profesional o un nuevo pabellón para tuberculosos, requiere tiempo y sería por demás estúpido que los responsables económicos de esos proyectos se mantuvieran todavía en el viejo uso de meter en un calcetín lo que se va recogiendo con tantos sudores y tantas generosidades. Los hombres y las mujeres que se saben llamados a dar de comer a los hambrientos o a cuidar de los terminales tienen el derecho y la obligación de obtener los recursos necesarios para el mejor cumplimiento de su misión y la responsabilidad de hacerlos fructificar lo más posible, dentro de la legislación financiera vigente y sin exponerlos a mayores riesgos. Congregación religiosa hay entre las estafadas por Gescartera, valga por caso, que había llegado a ser titular de una inversión de algo más de 400 millones por la sola y única razón de que sus proyectos de tres construcciones para bien de la comunidad educativa a la que sirven no acababan de obtener las licencias municipales requeridas, solicitadas desde hacía muchos meses atrás. Han perdido -por el momento al menos- todos sus ahorros y esta pérdida, lógicamente, les duele; pero les duele aún más, mucho más, que haya por ahí quien se ría de su desgracia, no tenga en cuenta el perjuicio que padecerán los chicos y las chicas de los colegios a los que la congregación religiosa está sirviendo y, sobre todo y ante todo, que se descalifique a los administradores y superiores de la congregación como vulgares y ambiciosos especuladores cuando no han actuado lo más mínimo fuera de ley. ¿Por qué a estos sí y a los otros no? ¿Por qué tanta exigencia para con los hombres y mujeres de Iglesia y tanta manga ancha para los inversores militares y civiles? ¿Por puro y duro anticlericalismo? Es lo que parece a las primeras de cambio; pero también cabe otra lectura de este hecho. La sociedad exige a los miembros de la Iglesia un comportamiento ejemplar en toda línea porque todavía hoy, pese al secularismo y aun agnosticismo ambiente, mantiene del Evangelio y de los que se dicen sus seguidores una muy alta idea, un concepto ideal, una visión utópica. Más allá y más al fondo de los escándalos espontáneos y facilones de la calle, está una no confesada demanda, dirigida a la Iglesia, de que al menos ella se sitúe en un nivel que por su espiritualidad e idealismo pueda servir de referencia a todos los demás. Cuando tantos y tantos se postran de continuo ante los becerros de oro y hacen de las ganancias sin ética su modo del vivir de todos los días, lo mejor de la sociedad está pidiendo a la Iglesia que se mantenga ajena al afán de riquezas y a la voluntad de poder.

Incapaz de expresar esta demanda con las palabras que serían del caso, acude al chiste y a la crítica, a la descalificación y la denuncia cuando ese auspiciado ideal aparece como traicionado. Aunque luego, hablando ya con más tranquilidad y sosiego, comprendan los más que en «el pan nuestro de cada día» también se incluyen esas inversiones que aparecen como necesarias para un mejor servicio a los necesitados. Para la Iglesia misma puede ser toda una bendición de Dios que el presunto anticlericalismo de una notable parte de la sociedad de hoy le recuerde que no le es posible servir a dos señores: a Dios y a Mamón.


ABC, 5 de octubre de 2001

EL CRISTIANISMO ENTRE LA VIOLENCIA Y EL DIÁLOGO

C Juan García Pérez, S.J. Profesor de Teología Universidad Pontificia Comillas

Por la onda expansiva del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York nos envuelve con una pregunta provocadora: ¿por qué tantas veces las grandes religiones monoteístas, y el cristianismo en concreto, aparecen en la historia enzarzados con la violencia casi como si fueran siamesas de muy difícil separación?, ¿han chocado dos hemisferios, explotados contra explotadores, dos culturas o dos religiones?. Adentrémonos en el subsuelo de las grandes religiones monoteístas. Encierra filones de fraternidad pero está minado con peligrosas cargas explosivas. En un primer estrato, casi a ras de suelo, nos encontramos con los escritos de René Girard sobre la violencia y lo sagrado. Si ahondamos más, descubrimos que en casi todos los conflictos bélicos hay un componente religioso, con frecuencia decisivo. No hay que remontarse a las cruzadas medievales, la noche de San Bartolomé o las guerras de religión en la Centroeuropa del XVII. Basta con que recordemos conflictos de hoy que no cesan: judíos-palestinos en Oriente medio, católicos y protestantes en el Ulster, la guerra de los Balcanes. Con una pesada historia a cuestas llegamos a un tercer estrato, mitad pregunta mitad conclusión: la violencia ¿es constitutivo inseparable de las religiones monoteístas? Como ésta o aquella religión dan culto al «único Dios verdadero», fácilmente se pueden presentar como «la verdadera». Los otros son «infieles a los que hay que convertir». Delimitando más todavía el terreno, es forzoso llegar al cristianismo y más concretamente el catolicismo. La Iglesia Católica dice que busca el diálogo interreligioso. Pero la fe católica cree en un solo Dios y confiesa que Jesús de Nazaret es el Dios encarnado, insuperable e irrepetible. Entonces, ¿qué se ofrece a los demás, que se entreguen sin condiciones? ¿El pretendido diálogo será algo más que una indoctrinación camuflada? Si así fuese, ¿esa fe no llevaría implantado un germen de violencia aunque no haga saltar torres por los aires? ¿En qué quedamos? Canalizamos las afirmaciones que siguen en forma de tesis. 1. Para acudir al diálogo hay que salir con la propia identidad al descubierto, sin altanería pero sin reduccionismos. Debemos adelantar por ello que la propia fe no es negociable. No se trata de difuminar la silueta de las afirmaciones para llegar a un encuentro a tientas en medio de la niebla. La fe cristiana no puede renunciar en modo alguno a confesar que Jesús es el Señor, Hijo de Dios resucitado. Es el único mediador entre Dios y los hombres. Es la Palabra definitiva de Dios al mundo. Esta afirmación atraviesa medularmente todo el Nuevo Testamento. Esta confesión choca hoy con especiales dificultades que tampoco han nacido ayer o anteayer. Hengel ha estudiado las relaciones entre el judaísmo y el helenismo de los siglos inmediatamente anteriores al nacimiento de Jesús de Nazaret. En el mercadillo religioso de esa época era posible encontrar no pocos tenderetes que ofertaban diversas «salvaciones». Más tarde la Ilustración del XVIII con Lessing o la teología liberal con Troeltsch acomodaban al cristianismo en la fila con las demás religiones. El mundo actual de la posmodernidad revive este problema y reaviva el relativismo. 2. Hasta hace muy poco el diálogo prácticamente no era posible. A lo más se podían avanzar gestos de buena voluntad. Hasta el Vaticano II, la frase de San Cipriano «fuera de la Iglesia no hay salvación» se interponía en el acceso a las otras religiones. Cierto es que ya entonces la frase se refería a los herejes que se habían separado de la Iglesia. Pero con el paso del tiempo fue siendo interpretada al pie de la letra. Hay que recordar, es cierto, que Pío XII excomulgó a Feeney, teólogo norteamericano que en pleno siglo XX se empecinó en defenderla en su interpretación más literal. Después del Vaticano II la Iglesia Católica ha acentuado muy positivamente el reconocimiento de las personas y las religiones y ve en ellas (la expresión es de San Justino) «semillas de verdad». Adopta así una actitud «inclusivista». Cuanto de bueno y verdadero pueda haber en esas religiones se encuentra ya «incluido» en plenitud en la fe cristiana. 3. Desde el Vaticano II se ha intensificado el diálogo interreligioso. No exigiría gran esfuerzo recoger una serie de textos, de Pablo VI y de Juan Pablo II en que, de forma creciente y progresiva, insisten en la necesidad y posibilidad de un verdadero diálogo. En su primera encíclica, Pablo VI afirmaba que «El diálogo es una nueva forma de ser Iglesia». Y en uno de los últimos escritos de Juan Pablo II, (Novo millenio ineunte, n 55), por no citar la Redemptoris missio o la Dominum et vivificantem, el Papa actual ve que «en una situación de marcado pluralismo cultural y religioso, el diálogo es importante para proponer una firme base de paz y dejar el espectro funesto de las guerras de religión, que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad. El nombre del único Dios tiene que ser, cada vez más, un nombre de paz». 4. Aceptar responsablemente la fe del pasado exige salir al encuentro del futuro. No es fácil entrever ya hoy adónde se podrá llegar. Cuando la Comisión Bíblica a comienzos del s.XX (San Pío X), impuso con severa energía la aceptación del carácter histórico de los primeros capítulos del Génesis o la autoría de los Evangelios, no era posible predecir que el Vaticano II en la Dei Verbum abriría ampliamente la interpretación de la Biblia a los métodos histórico-críticos. Trento estableció solemnemente los perfiles y límites de la doctrina sobre la justificación. Hace dos años (octubre 1999), la Iglesia católica, sin desdecirse de su pasado pero situándolo en un contexto de mayor amplitud, ha llegado a un acuerdo con las Iglesias de la Reforma sobre muchos puntos importantes de la justificación. 5. El diálogo vertical o unidireccional no se ha inventado todavía. La fe cristiana no sólo enseña sino que también puede aprender de los otros. El cardenal Kasper considera que el diálogo interreligioso no es calle de una sola dirección, sino que es un auténtico encuentro enriquecedor para todos. Llegamos así a la conclusión de que si hay diálogo no hay violencia y cuando hay violencia ésta suele provenir de una utilización política distorsionadora de la esencia de la religión. El diálogo auténtico tiene un precio y unas exigencias para unos y otros. Espera de los católicos una fe aceptada con hondura pero no simplista en sus expresiones. Y exige también un corazón renovado. Para dialogar «hay que entrar en la piel del otro. Penetrar en el sentido del ser que tiene un hindú, un musulmán, un judío, un budista o quienquiera que sea» (Whaling). Hay que entrar, hasta donde sea posible, en la experiencia religiosa de los demás. 6. Se podría haber hablado de otros grandes monoteísmos. En su último viaje, Juan Pablo II separaba con nitidez el islamismo de los fundamentalismos. Una fe monoteísta (cristiana o de otras grandes religiones), vivida con jugosa convicción y entusiasmo, se encamina no al fanatismo fundamentalista sino a una acogedora humanidad. Si esto es así, y en todo caso debe serlo, la afirmación de que los monoteísmos son mechas potenciales de violencia debería ser sometida a severas rectificaciones.


El Correo, 17 de octubre de 2001

TEOLOGÍA PARA AGNÓSTICOS

RAFAEL AGUIRRE

Cada vez que me encuentro con mi amigo Ignacio Sotelo me dice que tiene que escribir un libro con este título: teología para agnósticos (entre los que se encuentra). Y es que, acostumbrado al mundo intelectual alemán, le parece incomprensible la inexistencia de estudios científicos sobre las religiones en la Universidad española y la falta de debate social serio sobre la influencia histórica del factor religioso. No sé si algo está cambiando, pero no ha habido universidad de verano que se precie que no haya montado este año algún curso sobre el tema religioso. Quizá sea para compensar el clamoroso vacío de los planes de estudio o porque algo se presiente en el ambiente. Pero lo de estos días es ya una auténtica avalancha: la opinión pública está recibiendo una formación acelerada sobre el Islam y sus diferentes versiones, sobre la religión civil estadounidense, sobre la Biblia, el Corán, los ulemas, sus decretos... La divinidad, pobre divinidad, es invocada por unos y por otros; es utilizada para animar a los terroristas y para consolar a sus víctimas.

Tanto entre los talibanes afganos, estudiantes de las madrasas coránicas, como entre sus homólogos judíos, los talmidim o estudiantes en las escuelas talmúdicas, se reclutan los más radicales y fanáticos de ambos campos enfrentados. Ahora resulta que la teología puede ser más incontrolable y peligrosa que la tecnología, a la vez que infinitamente plástica y manipulable. El terrible video en el que Bin Laden y su lugarteniente egipcio daban su interpretación de la masacre del 11 de septiembre estaba lleno de alusiones al presente -al aplastamiento impune de los palestinos por Israel con la connivencia de Estados Unidos, al bloqueo de Irak-, pero también de referencias históricas bien remotas: a la expulsión de Al Andalus, las cruzadas... Se dirigía al inconsciente colectivo de más de mil millones de musulmanes y ahondaba en heridas nunca cicatrizadas. Me pareció de enorme fuerza comunicativa. En nuestra civilización tecnológica el presente es cada vez más efímero, las nuevas tecnologías y adiestramientos se suceden con extraordinaria rapidez y quedan pronto desfasadas. La experiencia de los mayores, que en otras civilizaciones se valoraba como el gran caudal de sabiduría, no vale nada en nuestra era técnica. La única memoria que importa es la del ordenador, que nos devuelve, con rapidez ciertamente y combinados, los datos que antes le hemos introducido. Pues bien, la religión es cada vez más el lugar donde se conservan y transmiten, de forma idealizada y mezclada con mil intereses, las tradiciones de las que depende la identidad de los colectivos humanos. Una determinada mitificación del pasado es clave para justificar el proyecto étnico del sionismo israelí, que ciertamente prescinde de los sedimentos culturales de aquella tierra y de la permanente existencia de grupos humanos y religiosos muy diferentes. Es curioso que en la sacristía de la Basílica del Santo Sepulcro, en el corazón de la ciudad vieja de Jerusalén, se encuentra expuesta la espada de Godofredo de Bouillon, que conquistó la ciudad al frente de los cruzados cristianos a sangre y fuego. Pero al de pocos metros, en cuanto se sale de la muralla, la primera gran calle del ensanche árabe lleva el nombre de Saladino, el gran líder musulmán que derrotó a los cruzados en 1187. La violencia existente en la tierra de Palestina/Israel es inseparable de una historia de odios y enfrentamientos evocada casi en cada piedra, en las ruinas presentes por doquier, en los incontables monumentos. Quien sube al monte Carmelo, en la ciudad de Haifa, se encuentra con una impresionante escultura de Elías, el gran profeta de Yahvé, blandiendo la espada con la que acabó con cientos de profetas de Baal. Pasan los siglos, pero los recuerdos de las violencias originarias y sacralizadas, ejercidas o sufridas, generadoras de odios y resentimientos, se incrementan y permanecen como barreras que distinguen y salvaguardan la identidad de grupos que siguen enfrentados. Nadie puede tirar la primera piedra. Nada más parecido a las llamadas a la yihad o guerra santa que estos días retumban por las mezquitas de muy diversos países musulmanes que las predicaciones medievales, de santos canonizados y de legados pontificios, convocando a la cristiandad a las cruzadas para liberar los santos lugares de los infieles y prometiendo toda clase de recompensas sobrenaturales. Todas las religiones tienen que recuperar sus mejores posibilidades, pero sobre todo -ya que de teología para agnósticos se trata- tienen que someterse a la crítica a la luz de la razón, de las exigencias de la humanidad compartida y de los derechos humanos. En nombre del respeto a la diferencia cultural no se puede admitir que una religión ultraje la dignidad básica de sus miembros (por ejemplo, de las mujeres), ni que mantenga actitudes impositivas hacia afuera. Ejemplos: en España se mantuvo hasta hace bien poco la pretensión de defender la supuesta unidad católica de forma coactiva; unos extranjeros corren ahora peligro de perder la vida en Afganistán acusados de hacer proselitismo cristiano; en Israel expulsan del país a quien propague religiones extranjeras porque atenta contra el carácter judío del Estado. Pero, como digo, la religión es plástica y fácilmente manipulable. Se convierte, con frecuencia, en expresión de intereses muy oscuros. Bin Laden no es un teólogo, sino un economista con una buena formación intelectual y una gran capacidad de comunicación. Me recuerda -salvando mil diferencias- al comandante Marcos, que desde un lugar recóndito de la selva actúa pensando en la opinión pública mundial y utiliza hábilmente los elementos simbólicos que le confieren un halo prestigioso ante su gente. En el caso de Bin Laden, su capacidad de evocar la vida de Mahoma, con su porte, su caballo, el exilio de la Meca por un poder corrupto, su propósito de volver para instaurar un Estado realmente islámico. Y es que, en efecto, no parece descabellado pensar que Bin Laden está lanzando un órdago político a la monarquía saudí, a la que detesta, que lo expulsó del país y le privó de su ciudadanía. Hoy es evidente -lo vengo defendiendo desde hace años por lo que nos toca a los vascos- que el terrorismo es, ante todo, un fenómeno ideológico, que exacerba una causa y la pone por encima de toda norma moral y de la consideración a las personas concretas. Pero el fanatismo no es ciego: responde a intereses y proyectos políticos precisos. El terrorismo siempre intenta conectar con un colchón de comprensión y simpatía que le dé cobertura y respetabilidad social.

Tampoco el terrorismo islámico es un fenómeno de masas desesperadas, pero intenta aprovecharse de su existencia y de sus desgracias para movilizarlas alentando sus sentimientos antioccidentales y su hastío ante los regímenes árabes corruptos. Por eso el apoyo que Estados Unidos busca en los gobiernos árabes para combatir el terrorismo, que tiene su gran referente en Bin Laden, se puede convertir en un 'boomerang' político si no va unido a transformaciones sociales que aumenten la democracia y la justicia en aquellos países. Estamos asistiendo a una ofensiva de un terrible terrorismo de explícita fundamentación religiosa. Lo peor que podría hacerse es oponerle otra mala teología. Nadie se identifica, sin más, con el Bien o con el Mal absoluto. Ningún pueblo o grupo puede pretender una elección especial de Dios; ninguna causa histórica se identifica con proyecto divino alguno. Sea todo dicho apresuradamente: de Dios se puede hablar con convicción, porque es una experiencia muy honda y humanizante, pero siempre con mucha modestia y perplejidad porque es un misterio, que desborda todo lo que podemos imaginar y pensar. Quien quiera hablar de Satán tendrá que decir que está allí donde aniden la violencia y el odio; quien pueda hablar de Dios tendrá que decir que es amor que aúna a toda la realidad y que sólo en el amor sincero y desinteresado se puede vislumbrar su huella


Alandar, octubre de 2001

LA INÚTIL Y PELIGROSA TEOLOGÍA

BENJAMÍN FORCANO, teólogo

La teología es inúltil; no es una multinacional que premia a sus consumidores con lavadoras, coches, apartamentos. No se propone convertir nuestras casas en almacenes. En todo caso, sí lanza señales indicadoras de que en nuestros almacenes faltan ventanas y metas.

En otros tiempos, la teología andaba por las nubes o demasiado por la tierra haciendo el juego al poder y al dinero. En uno y en otro caso, resultaba ideológicamente útil para quienes defendían como naturales determinados privilegios y monopolios. Siempre que la teología es fiel al Evangelio, tratando de reflexionar y aplicar el mensaje de Jesús, se convierte automáticamente en peligrosa. Me lo decía una amiga polaca, marxista y atea, que asistía en 1995 a uno de los Congresos de Teología celebrado en Madrid: "Mi conclusión después de asistir a dos Congresos es que la fe de estos cristianos no es opio".

Si hablo en esta ocasión de teología, es porque estoy convencido de que, dentro de nuestra sociedad, hay un hueco doloroso, casi colectivo, de estarnos faltando rumbo, cordura y sensación de poder vivir placenteramente, sin tener que renunciar a la sustancia más íntima y utilitaria de la vida: nosotros no somos canguros que no sienten preocupación por el sentido de la vida, tenemos derecho a cuidar todo lo que nos rodea salvaguardando el sentido de lo auténticamente humano.

Son ya 20 los Congresos de Teología celebrados en Madrid, con una asistencia media de unas 1.500 personas, en su mayor parte laicos, para tratar de temas comunes, -muchas veces lacerantes- como la pobreza, la esperanza, la paz, la democracia, la iglesia popular, la utopía y el profetismo, los derechos humanos, el dinero, la mujer, la ética universal, la ecología....y así hasta 20 temas monográficos, abordados interdisciplinarmente y desde el punto de vista cristiano, publicados en volúmenes sucesivos de unas 260 páginas por el Centro Evangelio y Liberación. Este año, del 6 al 9 de septiembre, el tema del XXI Congreso ha sido "Democracia y pluralismo en la Sociedad y en las Iglesias", cuya ponencia primera Reflexión sobre la democracia en la sociedad, tuvo D. Gregorio Peces Barba, rector de la Universidad Carlos III de Madrid.

Estos Congresos de Teología no son, como a primera vista pudiera pensarse, foros para profesionales de la teología, sino para cuantos desde la vida se preguntan y buscan soluciones para temas vivos, de enorme interés para la convivencia. Ciertamente, en el origen de los Congresos está la Asociación de Teólogos Juan XXIII, fundada en Madrid en 1980 por diez teólogos, a los que posteriomente se sumaron otros.

Los Congresos de Teología engloban una realidad sociocristiana amplia: los convoca la Asociación de Teólogos Juan XXIII, los gestionan más de 25 colectivos, los apoyan más de 30 revistas y los edita el Centro Evangelio y Liberación (Exodo). Su funcionamiento viene asegurado por una Comisión Gestora, nombrada para cada año, que la componen 5 teólogos y otros 5 representantes de los movimientos y comunidades, además de una Secretaría.

Ya en los primeros Congresos, la "restauración posconciliar" estaba en marcha y se veían amenazados los aires renovadores del Vaticano II. Los teólogos de la Juan XXIII, convencidos de la tarea positiva de la teología, decidieron enmarcar su reflexión teológica desde la opción fundamental por los pobres, en diálogo interdisciplinar con la modernidad, dentro de la cultura de nuestro tiempo, con apertura al Tercer Mundo (en especial a América Latina) y en condiciones de plena libertad.

El tiempo no tardó en demostrar que este foro teológico, abierto a las bases y enriquecido por su presencia y participación, no era del agrado ni de Roma ni de la jerarquía eclesiástica española. Se pretendía controlarlos mediante la recognitio canonica, sometiéndolos de hecho a la censura. Hubo votaciones y todo. Pero, la reacción mayoritaria de la Asociación fue clara y firme: libertad, pues sin ella no hay teología creativa ni comprometida.

Las cortapisas comenzaron. Fue el propio cardenal de Madrid, Angel Suquía, quien denegó el local diocesano "Cátedra Pablo VI" para los Congresos. Teólogos de la Asociación concertaron algunos encuentros con la Jerarquía para aproximar y despejar prejuicios, pero en lugar de avanzar se mandó una nota a las Congregaciones Religiosas poniendo en duda que los Congresos "fueran una actividad legítima dentro de la comunidad cristiana". Se hizo pública incluso, la noticia de que "los días del Congreso estaban contados y que había consigna de Roma de acabar con ellos".

La presión se hizo corporativamente sobre los obispos, de manera que fueron pocos los que asistían, pudiendo destacar como asiduos participantes a Alberto Iniesta y a Javier Osés y a otros venidos saltuariamente. Fue excepcional la presencia en un Congreso de los obispos Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Tomás Balduino, Samuel Ruiz, Alberto Iniesta y Javier Osés. Obispos había que admiraban y felicitaban a los compañeros que asistían, llegando a confesar que ellos no lo hacían por miedo. Personas de otros países no comprendían cómo en tales acontecimientos estaba ausente la Jerarquía. ¿No eran pastores de todo el pueblo de Dios?

No faltó, en este acoso a los Congresos, la colaboración de ciertos medios, que los calificaron de marxistas, contemporizadores de ideologías anticristianas, instrumento para degradar la fe rebajándola a mero compromiso temporal y político, como cuando vino el Ministro de la Revolución Sandinista, Tomás Borge: ¿Qué hace, se preguntaban, un Ministro del Interior en un Congreso de Teología?". Y hubo, a nivel organizativo, otras prevenciones tenaces, como la de sostener que la Asociación de Teólogos Juan XXIII no podía aparecer convocando los Congresos junto con las Comunidades de Base.

Aranguren, Girardi, Casalis,...llegaron a afirmar que estos Congresos eran uno de los acontecimientos religiosos más importantes de Europa.

Su importancia viene dada por la duración (son ya más de 20 años), por la asistencia y , sobre todo, por la actualidad de los temas y el tratamiento que de ellos se hace, la calidad de los Ponentes, la variedad de las Comunicaciones, el pluralismo de las Mesas Redondas, el Diálogo y Convivencia de los participantes y el contenido Celebrativo de los dos grandes actos de la Reconciliación Comunitaria y de la Eucaristía.

Por los Congresos han pasado más de 600 personalidades entre antropólogos, sociólogos, economistas, políticos, historiadores, filosófos y teólogos (han intervenido casi todos los de la teología de la la liberación, entre ellos Jon Sobrino y el mártir Ignacio Ellacuría; teólogos de Africa y Asia) y un buen número de militantes y ciudadanos de a pie.

Si resulta verdad que la renovación de la Iglesia, antes y a partir del Vaticano II, fue preparada e impulsada por los teólogos, también es verdad que ningún gremio como el de los teólogos ha tenido que sufrir la censura, el desprestigio y la represión después del concilio Vaticano II. Son muchos los que se han sentido cercenados en su tarea docente y, en especial, casi todos los que participaron como artífices en la renovación del concilio. ¿Quién ha aplaudido alguna vez la labor meritoria de los teólogos? Nunca ciertamente la Jerarquía.

Por eso, sonaron atípicamente regocijantes las fraternales, sinceras y cariñosas palabras que el obispo Pedro Casaldáliga, en su ponencia mandada por vídeo para el XVI Congreso (año 1996) dijo: "Aprovecho la ocasión para quitarme la mitra delante de los buenos teólogos y teólogas que tiene España, incluso para reparar la predisposición, una especie de predisposición casi innata, casi instintiva de ciertos obispos de la jerarquía en general, bastante en general, con respecto a los teólogos. Yo os pido, teólogos y teólogas, que sigáis ayudándonos. Con mucha frecuencia los obispos creemos que tenemos la razón, normalmente creemos que la tenemos siempre, lo que pasa es que no siempre tenemos la verdad, sobre todo la verdad teológica, de modo que os pido, que no nos dejéis en una especie de dogmática ignorancia. Y hablando de los teólogos en España, creo que es de justicia subrayar que hoy en España hay teólogos y teólogas (las teólogas son más recientes), a la altura de aquel siglo de oro, de las letras, y del pensamiento españoles, y ni Italia, ni Francia, ni Alemania, por citar a los países más vecinos, dejan atrás ni en número ni en calidad la galería de teólogos que tenemos en España; y pido a la Asamblea un aplauso".

Los Congresos de Teología na