Revista de prensa César Rollán Publicamos aquí algunos artículos destacables sobre temas religiosos. Si deseas recibir información frecuente sobre artículos así que se publican en la prensa, puedes SUBSCRIBIRTE al Boletín ECLESALIA.
El Papado
del Tercer Milenio Por Juan García Pérez, S. J. La figura de los Papas suele ser objeto de
elogios encendidos que bordean un peligroso culto a la personalidad o de críticas
caricaturescas. Aquí hablaremos no de los Papas sino del Papado. Y trenzaremos
nuestras reflexiones en torno a cuatro afirmaciones principales. 1. La configuración actual del Papado no es
satisfactoria. La frase no supura «afecto antirromano» ni dosifica
cicateramente respetos y aprecios. Es conclusión directa de una lectura no
edulcorada de la realidad. No satisfacía a Pablo VI quien ya en 1967 reconocía
que el papado (o el Papa) es el mayor obstáculo en el diálogo ecuménico. Juan
Pablo II (Ut unum sint ) con una cierta audacia, que arriesga y compromete, se
dirige en primer lugar a las jerarquías y teólogos de otras confesiones
cristianas para que, sin renunciar a los elementos esenciales del ministerio de
Pedro, le ayuden a encontrar otras formas más ecuménicas de configuración del
Papado. 2. El Papado, en su forma actual, está «contaminado»
por algunos rasgos que no forman parte de la tradición recibida del grupo de
los Doce o de las estructuras nacientes de la Iglesia primitiva. Son secuela del
«contagio» que los poderes civiles han ejercido en la Iglesia. Un repaso muy
somero de la abundante literatura teológica sobre esta cuestión nos llevaría
de la mano a los escritos de figuras tan venerables como Congar (cardenal), o
tan prestigiadas como K.Lehmann (cardenal), Quinn (arzobispo emérito)
Pottmeyer, K.Schatz, Alberigo, Kaufmann y otros muchos. En las orillas del lago de Tiberíades aquel
pequeño grupo de Pedro y compañeros se hace a la mar del futuro. Un
especialista en historia podría adentrarse en el recorrido minucioso que L.
Pastor hace del Papado a través de los Papas. Pero el Papado ha recibido no sólo
el encargo de Jesucristo, abrumador en su sencillez, sino que en su andadura por
la historia se ha tiznado con rasgos que desfiguran su rostro. La Iglesia más primitiva debía transmitir
fielmente el legado de los Doce. Se comprendía a sí misma -escribe H.J.Sieben-
como testigo de la tradición apostólica. La iglesia particular de Roma se
asentaba sobre las tumbas de Pedro y Pablo. Por ello gozaba de una especial
consideración. Muy pronto el estilo de autoridad y un cierto oropel de los
emperadores romanos asedia a los obispos de Roma. En el s.V, León el Grande de
sucesor pasa a llamarse vicario de Pedro. A nuevo milenio, nuevo paradigma. Los
obispos de Roma, sin dejar de ser «testigos» se van convirtiendo en expresión
de Pottmeyer en «monarcas». Influyen en este viraje varios sucesos. El primero
de ellos, el cisma de Oriente. El obispo de Roma, dentro de los patriarcados
(Pentarquía), gozaba de un primado de honor pero no de jurisdicción. El cisma
contribuye a difuminar las lindes entre la jurisdicción del patriarca de
Occidente y el ministerio del sucesor de Pedro. Segundo factor, la lucha de las investiduras
en tiempos de Gregorio VII. Un signo, exóticamente gráfico como la tiara o
triple corona, que comienzan a ceñirse los Papas, expresa la «plenitudo
potestatis» sobre la propia Iglesia. Los canonistas acentuarán en esta época
los rasgos jurídicos. A comienzos del s.XIII, Inocencio III se presenta ya como
el único vicario de Cristo para toda la Iglesia, y queda situado sobre el
conjunto de los obispos. La afirmación sobre la «puissance absolue et perpétuelle»
que Bodin refiere a los príncipes en el Estado moderno, se transfiere a los
Papas cuya soberanía quedará por encima de las leyes. Siglos más tarde, ya en
el XIX, Mauro Capellari, precursor del ultramontanismo y futuro Gregorio XVI,
deducirá de esta soberanía la infalibilidad papal, definida como dogma en el
Vaticano. 3. ¿Habría que cambiar los dogmas? Algunos
teólogos católicos (Paul Wess) creen que para cambiar la situación de
acentuado centralismo en la Iglesia, no bastaría con una reformulación de las
expresiones y habría que llegar a una revisión de los contenidos dogmáticos.
El Vaticano II ha hecho suyos los dogmas del Vaticano I y a una concepción muy
verticalizada de la Iglesia ha yuxtapuesto una eclesiología de «colegialidad».
Pero el resultado, según Wess, no es una relación fraterna de Papa y obispos
(el mayor y los menores) sino la relación de un maestro con sus discípulos,
por echar mano de las palabras de Gasser, relator del Vaticano I. Otros teólogos, en cambio, como Pottmeyer,
piensan que no es cuestión de reformar los dogmas del Vaticano I sino releerlos
en otro contexto. No se tome esta propuesta como una maniobra para retirar al
desván algunos dogmas. La Iglesia no admite una manipulación de los dogmas que
vacíe sus contenidos pero sí acepta reformulaciones que en contextos nuevos
den lugar a aplicaciones diferentes. Recuérdese el reciente acuerdo (octubre
1999) de evangélicos y católicos sobre la justificación. 4. Sin atentar contra los dogmas, son
posibles reformas audazmente renovadoras. Tantas que ofrecerían a ortodoxos e
Iglesias de la Reforma un rostro de Iglesia Católica verdaderamente nuevo. Piénsese (y no sólo en «sueños») en una
Iglesia que reconociese un margen de actuación decididamente más amplio a las
conferencias episcopales y a los obispos de las iglesias diocesanas. Algunos
cardenales, cuyo perfil se destaca con fuerza en el actual colegio, como
Silvestrini, Danneels, Law, O´Connor, Martini, han señalado la mortecina
colegialidad que caracteriza a los actuales sínodos de obispos. «No es un
misterio el sentimiento difuso de insatisfacción por la tendencia involutiva
del Sínodo... reducido a monólogos sin discusión o réplica» decía el
dimisionario cardenal Silvestrini, que durante mucho tiempo desempeñó
importantes responsabilidades en la Secretaría de Estado. Y el cardenal
Danneels echaba de menos en el colegio episcopal una verdadera cultura del
debate que permitiría a los obispos una mayor franqueza e intervenciones más
pertinentes. ¿Qué sucedería si los sínodos pasasen a ser deliberativos (y no
sólo consultivos como hasta ahora) y los obispos en unión con los Papas
tomasen decisiones sobre cuestiones importantes para la vida práctica de la
Iglesia universal? Imagínese en la Iglesia una práctica del principio de
subsidiariedad mucho más amplia y más coherente con las afirmaciones teóricas
de documentos solemnes. ¿Por qué no dar un protagonismo mucho más directo a
las iglesias locales en la elección de sus obispos? ¿Qué sentido tiene el
reconocimiento encogido o el recorte minucioso de las competencias de las
conferencias episcopales que puede dar la impresión de que se las tolera y
vigila más que se las fomenta y respalda? Habría que revisar cuidadosamente
los procedimientos judiciales y administrativos en la Iglesia para que también
ella, cuando se dirige a las sociedades civiles, pueda presentarse sin alardes
como ejemplo estimulante de respeto a las libertades y a los derechos. Hacer
algo de todo esto, cuya realización no es fácil aunque tampoco imposible y sí
muy deseable, no requiere cambiar ni una sola coma de los dogmas del Vaticano I
pero sí exige una transformación honda de las prácticas actuales. Hace ya muchos años, Ratzinger reconocía que en la historia el sucesor de Pedro ha sido a la vez roca de Dios y piedra de tropiezo. Juan Pablo II, al comienzo de este nuevo milenio prodiga en fragilidad de salud pero con vigorosa fortaleza de espíritu, gestos animosos y decididos. Nos toca a los católicos dar pasos audaces hacia otros cristianos. El puente del encuentro ecuménico hay que levantarlo desde las dos orillas. También desde la nuestra. La Vanguardia, 5 de septiembre
de 2001
EL
PAPA SUBRAYA EL PLURALISMO CULTURAL Y RELIGIOSO DEL SIGLO XXI Y LLAMA AL DIÁLOGO Encuentro
interreligioso de Barcelona. Clausura ante la catedral
MARÍA-PAZ LÓPEZ Barcelona. El Papa llamó ayer al diálogo como instrumento básico
para abordar el complejo siglo XXI y el tercer milenio, "caracterizados
cada vez más por el pluralismo cultural y religioso, para que su futuro esté
iluminado desde el inicio por el diálogo fraterno y se abra así al encuentro
pacífico", según decía en una carta leída ayer en la clausura del
encuentro interreligioso de San Egidio. En su misiva, Juan Pablo II alaba la
capacidad de convivir de participantes de credos tan diversos, pero recalca que
tal convivencia y rezo se ha producido "sin confusión y en el respeto
mutuo, conservando cada uno íntegras y sólidas las propias creencias". El mensaje papal, leído ante casi 150 dirigentes
religiosos ubicados en un estrado frente a la catedral y con unas 2.500 personas
en la plaza, abundaba también en la urgencia del diálogo ecuménico, esto es,
aquel que persigue el acercamiento entre cristianos, sean católicos, ortodoxos
o evangélicos. "Que el tercer milenio sea el de la unión en torno al único
Señor: Jesucristo -clama el Papa-. Ya no se puede tolerar más el escándalo de
la división: es un no repetido al amor de Dios." Durante la mañana,
dirigentes religiosos no católicos emplearon también la palabra "escándalo"
para referirse a la desunión de los cristianos, y recordaron que es justamente
el primado del Papa lo que más contribuye a perpetuar la separación. Ayer tarde, sin embargo, rezaron todos juntos por
la paz en un servicio ecuménico en la iglesia de Santa Maria del Pi, abarrotada
de fieles, y se dirigieron luego a la plaza Sant Jaume a reunirse con
delegaciones de las otras confesiones, que también habían rezado por la paz en
distintos lugares del casco antiguo. De la plaza, donde les esperaban el
presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y el alcalde de Barcelona, Joan Clos,
apretadas filas de cardenales, ministros no católicos, rabinos, imanes, popes,
monjes budistas y dignidades sintoístas, entre otros, marcharon en procesión
hacia la catedral. Allí,
la Comunidad de San Egidio, convocante de este encuentro interreligioso y con
reputación de excelencia en el fomento del diálogo, coincidió con el Papa en
el valor de esta herramienta en los nuevos tiempos. "En una sociedad en que
cada vez más personas diferentes viven juntas, hay que aprender el arte del diálogo",
reza el manifiesto final por la paz, firmado por todos los dirigentes religiosos
que han participado en la cumbre. "Sentimos que el reto de hacer crecer un
alma pacífica en nuestro mundo globalizado es un reto común", dice el
texto a propósito del papel de las religiones en la eliminación de las
guerras. Coincidían
así de nuevo con la carta del Papa, quien asegura que "el diálogo entre
las religiones no sólo aleja el espectro funesto de las guerras de religión,
sino que establece sobre todo condiciones más seguras para la paz". El
fundador de San Egidio, Andrea Riccardi, enumeró en su discurso los
"puntos calientes" necesitados de paz en el mundo. Junto a África,
Europa, Jerusalén y Tierra Santa, y las riberas del Mediterráno, citó -sin
mencionar la palabra "terrorismo"- a España. En la
ceremonia, que ha cerrado dos días de intensos coloquios, Jordi Pujol se refirió
también a los conflictos, sin especificar de qué tipo y a cómo abordarlos:
"La historia nos dice que en los peores conflictos, los más largos y
crueles, hay un momento en que se ofrecen posibilidades de solución. Pero
suelen ser momentos cortos, fugaces, que hay que aprovechar". También
de conflicto habló el alcalde Joan Clos, cuyo parlamento en la clausura no
estaba previsto, para reclamar un cambio de valores si se quiere una paz sólida.
A su juicio, "los antiguos valores nos han conducido a un mundo de
desequilibrios, de ricos y pobres, que es un germen de conflictos". Como
colofón, emplazó a los ponentes de San Egidio a regresar a Barcelona para el Fòrum
de les Cultures 2004 y entregarse de nuevo al diálogo. Diario de Noticias, 6 de
septiembre de 2001
UN
TEÓLOGO DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA DEFIENDE El profesor
Saranyana presentó un libro sobre el papel de la mujer EFE
- Pamplona El teólogo Josep-Ignasi Saranyana advirtió ayer
sobre la importancia de definir el lugar de la mujer en la religión católica,
un papel actualmente "en reflexión" y que, pese al "poco interés
que algunos teólogos ponen" para determinarlo, "en ello nos va el
futuro de la Iglesia Católica y de la sociedad". Saranyana, profesor de
Historia de la Teología en la UN presentó en Pamplona su libro Teología de la mujer, teología feminista, teología mujerista y
ecofeminismo en América Latina (1975-2000), que analiza las cuatro
corrientes que han abordado la cuestión en los últimos años. Personalmente y,
pese a advertir que la reflexión y el debate están en proceso y que "a
este tema le queda muchísimo por recorrer", apostó, dentro de la tradición
católica, por la Teología de la Mujer, "un estudio teológico sobre las
fuentes de la revelación que pretende profundizar en el papel de la mujer en la
obra de la Salvación y en la sociedad". Explicó las principales características de las
otras tres corrientes, surgidas en América Latina, y ubicó en los años 80 la Teología
feminista, de la que destacó su "carácter reivindicativo, polémico,
que sostiene que la mujer ha sido marginada y oprimida en el espacio religioso
cristiano patriarcal y androcéntrico" y que pide el sacerdocio femenino. La evolución de estas ideas propició la Teología mujerista, para el teólogo "mucho más radical"
que la anterior, que aboga por un espacio religioso difusamente permeado por un
fondo más o menos cristiano donde lo masculino y femenino serían producto
estricto del contexto cultural" y no fundamentalmente de los caracteres
sexuales. La tercera corriente es el Ecofeminismo, que considera que todas las grandes religiones son de
carácter patriarcal, por lo que apuesta por la constitución de una nueva
religión fuera de lo cristiano con la referencia de las religiones ancestrales
por su priorización de lo femenino. Así, Saranyana aseguró que "nadie duda de
que la mujer tanto en el campo laboral, familiar y social, y en parte en el político
y teológico había sido discriminada". No obstante dijo que el paso del
tiempo dirá cuál de las teorías triunfará, aunque opinó que "algunas
no van a tener mucho futuro y se quedarán como una rama que se agostará". El Periódico de Aragón, 14 de
septiembre de 2001
NO
DESATAR AL DEMONIO La
imaginación se desboca ENRIQUE MIRET
MAGDALENA
Teólogo seglar.
Ante este "inenarrable horror" --como lo
llama el papa Juan Pablo II-- producido por manos terroristas en Estados Unidos
se ha desatado la imaginación; y muchos son los que hablan de la acción del
demonio como causante de este inhumano hecho. El propio presidente
norteamericano, George W. Bush, lo ha atribuido públicamente al diablo. Y el
periódico de la Santa Sede, Osservatore Romano, dice que son "mentes diabólicas
las que han creado un inimaginable clima de guerra". Religión y mundo
parece que se unen por obra de un superser que dirige los pasos del mal, en los
individuos y en la sociedad. Las dos religiones, la cristiana y la islámica,
han dado en su historia un puesto demasiado relevante a este personaje fantástico
que influiría sobre los pasos del mundo. Pero la teología es más cauta, y
critica esta ingenuidad, porque el mundo oriental --el de la Biblia y el Corán--
usa de símbolos sensibles para transmitir sus mensajes espirituales; pero no
hay que confundir el lenguaje con la realidad histórica. El mal lo sembramos en
el mundo los seres de carne y hueso. Y el odio es suficiente causa humana para
explicar el mal producido. Odio que engendra el fanatismo ideológico, que usa
la religión para enardecer sus acciones. Y de esa causa surge la violencia
externa produciendo los reprobables hechos inhumanos ocurridos en Estados
Unidos. Pero no nos engañemos, esa figura del demonio está todavía en la
mente de muchos. Lo ven como la clave que explica la fuerza del mal en el mundo.
La mente humana necesita concretar las realidades negativas que existen, y la
imagen de Satán les sirve para ello. Casi todos los fundamentalismos
cristianos, y la doctrina conservadora católica también, lo emplean como una
creencia imprescindible. Sin embargo, lo único real no es Satanás, sino lo
demoniaco, el mal que podemos hacer los seres humanos. Juan Pablo II ha reiterado una idea: la violencia
engendra más violencia. Y debemos recordarlo unos y otros. Es ocasión de
justas y legítimas represalias, por supuesto; pero también de algo más que
ellas. Hay que hacer algo eficaz para resolver la injusticia social que sufren
tantos pueblos de los cinco continentes, y, además, educar a la juventud en una
cultura de paz. La raíces religiosas del Evangelio y de los dichos de Mahoma
deben hacernos superar a los creyentes la tentación de la violencia fanática
para construir una sociedad justa. Es
cierto que hay medios técnicos, que hemos inventado desde hace un siglo, con
los que "podemos hacer de este mundo un jardín, o reducirlo a un cúmulo
de escombros", según Juan Pablo II. Necesitamos no sólo una reacción
justa de represalia, sino una labor más profunda a largo plazo para hacer este
mundo más habitable para todos. Debemos dirigir nuestros ojos a una mirada global
que no esté centrada sólo en el conflicto de Oriente Próximo. El problema es
mucho más amplio: no sólo es el choque entre Palestina e Israel; ni tampoco
Oriente contra Occidente. Aunque algunos creen ver simbolizado nuestro poderío
occidental en las dos torres de Manhattan, no es ése el símbolo de Occidente:
es la estatua de la Libertad; libertad que nos debe conducir a la verdad, a la
justicia igual para todos y a la solidaridad universal. Empieza ahora la época de la responsabilidad
mundial para unir estas tres cosas. Los obispos norteamericanos lo han entendido
así, a fin de que se una la justicia penal con la justicia social, para
conseguir una vida más humana para toda la población mundial. El País, 14 de septiembre
de 2001
RATZINGER
DEFIENDE LA NECESIDAD DE DESCENTRALIZAR LA IGLESIA CATÓLICA
LOLA GALÁN
ROMA.
Un libro-entrevista en el que el cardenal Joseph
Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua
Inquisición), se declara partidario de una mayor descentralización de la
Iglesia católica, ha causado sorpresa en los ambientes vaticanos. Especialmente
porque el cardenal alemán ha sido considerado siempre como uno de los más
firmes partidarios de la actual estructura, que deja en manos del Papa la guía
absoluta de esta institución. Según declara en el libro Dios y el mundo, el
prelado es partidario de aumentar la participación de obispos y sacerdotes en
el gobierno de la Iglesia. 'Se necesitan foros suprarregionales que se hagan
cargo de funciones que hasta ahora se realizan en Roma', dice. Una opinión
madurada a lo largo de los 20 años pasados junto al Papa, al frente de un
dicasterio (ministerio vaticano) incómodo por su connotación represiva.
Ratzinger considera además que las tareas que debe afrontar el Pontífice son
tan monumentales 'que están por encima de las fuerzas humanas'. El cardenal,
conocido como el Gran Inquisidor y uno de los principales colaboradores del Papa
Juan Pablo II a la hora de fijar la línea doctrinal de la Iglesia, se revela
además como un católico común, angustiado por la muerte y sobre todo por 'el
Juicio Final' que, está convencido, espera a todos los mortales. La muerte es
además una idea muy presente en su mente. 'A medida que envejezco, esta
perspectiva se vuelve cada vez más próxima, más evidente', dice. La
fe de la gente común El cardenal defiende también su tarea desde hace
20 años. Sobre sus decisiones disciplinarias dice: 'Mis colaboradores y yo nos
esforzamos por no perder de vista la dignidad del hombre que estamos
sancionando. No queremos limitarnos a golpearle con una excomunión, sino
ponernos al servicio de la comunidad en su conjunto. Y nos sentimos sobre todo
en la obligación de defender la fe de la gente común'. El cardenal alemán
aborda incluso el controvertido tema del uso del masculino a la hora de
referirnos a Dios. ¿Es hombre o mujer la divinidad? 'Dios', dice, 'es
completamente lo otro. Para la fe bíblica ha sido siempre evidente que Dios no
era ni hombre ni mujer, sino Dios, y que hombre y mujer son imagen suya. Cuando
se habla de su piedad se recurre a un término lleno de corporeidad, rachmanin,
el seno materno de Dios, que simboliza precisamente la piedad'. Ratzinger aborda
también el tema del Limbo, el lugar al que supuestamente irían los inocentes
no bautizados. El cardenal considera esta doctrina 'poco iluminada' y reconoce
que el Papa ha cambiado completamente la consideración del Limbo en la doctrina
católica al expresar la esperanza de que 'la omnipotencia de Dios sea tan
grande como para consentirle atraer hacia sí incluso a aquellos que no han
podido recibir los sacramentos'. Diario de Noticias, 19 de
septiembre de 2001
MAS
ACLARACIONES SOBRE LA CLASE DE RELIGIÓN
IMANOL BAKAIKOA
OLAETXEA economista y sacerdote
PAMPLONA.
En este
tema tan debatido en los últimos tiempos con motivo de la no contratación de
profesores de religión católica, a uno le adviene el axioma del maestro zen:
"No busques la verdad, limítate a abandonar tus opiniones". Así, con
este talante, y sin ánimo de dogmatizar, aspecto este común en muchos de los
planteamientos religiosos, e incluso desde la supuesta laicidad irreligiosa de
algunos, parece necesario distinguir y aclarar el tema de la clase de Religión
y la propia religión. Este vocablo de múltiples significados puede religarse a
los credos religiosos, pero su significado primordial, trasciende de los mismos.
La simbología de las diferentes religiones pretende volver -religarse- a la
unidad primordial del hombre, cuya esencia no se puede explicar y nombrar, y sólo
accesible por negación de todo lo que desune -lo diabólico- del amor, de Dios,
de la realidad -o cómo se quiera designar, lo de menos es el nombre-. El asunto de la polémica ha provocado tal gresca
que se han suscitado numerosas preguntas en el personal: ¿Qué tiene que ver la
clase de religión católica, con la religión, o con aquello que une o busca
cada ser humano, de manera consciente o inconsciente en su vida? ¿Cómo puede
un estado aconfesional, financiar la docencia de una religión particular? ¿Puede
valorarse moralmente la decisión particular de una confesión de no renovar a
unos profesores de su religión particular, por incoherencia de la propia vida y
la palabra que comunican en sus clases? Éstas y otras preguntas dificultosas en
sus respuestas y las opiniones particulares sobre la religión y religiones
dificulta la comprensión correcta sobre las relaciones entre los organismos
civiles y religiosos. Sobre la controversia actual es necesario
diversificar su análisis, por un lado, en el ámbito civil, las relaciones
existentes entre instituciones públicas y religiosas, y por otro lado, aquellas
dentro del ámbito religioso particular o intraeclesial. Respecto al primer ámbito, uno debe conocer cómo
se iniciaron ls clases de religión católica dentro del ámbito educativo. La
historia de los países de nuestro entorno viene determinada en gran parte por
la cultura y psicología religiosa de sus gentes. Esta influencia religiosa se
ha expresado -se quiera o no- principalmente a través de la religión católica.
No se puede obviar esta realidad, y tampoco, que la mayoría de las personas del
Estado se consideren católicas -practicantes o no-. Ante esta situación, el
gobierno estatal y la Iglesia, promovido por el concordato entre la Santa Sede y
el gobierno español firmado en el año 79, plantean legalizar la situación de
la educación de la religión mayoritaria dentro del ámbito escolar. Al final
acuerdan por una postura intermedia entre el caso francés de la voluntariedad y
horario extraescolar -promovido por los socialistas- y el caso alemán de la
obligatoriedad y dentro del horario troncal -promovido por los sectores
conservadores-, por el actual sistema de educación católica en los colegios.
Basado en el art. 27.3 de la Constitución española: "Los poderes públicos
garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la
formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias
convicciones", y de la misma manera es voluntario para los que no lo
quieran, se establece su ubicación dentro de las asignaturas fundamentales.
Hasta aquí puede parecer coherente, que el propio Estado, por deseo de los
propios padres, primeros educadores de sus hijos, asuma la financiación en
igualdad de condiciones que el resto del profesorado, a los profesores de religión
católica, algo conseguido por otro lado, muy recientemente, en el último
convenio económico-laboral firmado hace dos años. Por otro lado, el contrato de los mismos,
propuestos por la Iglesia y contratados -mero mecanismo legal- por el Estado,
puede recordar los tiempos franquistas -de manera inversa a la de ahora- donde
la Iglesia nombraba entre los obispos propuestos por el frente franquista. Sin
embargo, la propia Iglesia vela por proponer aquellos candidatos que mejor
expresen de manera integral lo que la religión católica representa, y en
defensa de la opción realizada por los padres en la elección de la religión
católica. Algunos cuestionan la validez moral y legal de la
elección unilateral de la Iglesia, al margen de los gestores públicos y otros
aceptando o no lo primero, la propia actuación moral de la institución
eclesial, en la renovación o no de los profesores. Son dos aspectos distintos,
en cuanto a la validez legal queda expresada por la ley ratificada por la mayoría
parlamentaria y refrendada por la jurisprudencia reciente de algunos tribunales.
Ni la Constitución ni la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE, a los
cuales se han referido últimanente por libertad de pensamiento y religión y
despido injustificado pueden tener alguna efectividad sobre este tema. El
sistema de contrato resultante del convenio firmado el 28-2-1999 (BOE, 20-4-99)
no deja lugar a ningún tipo de despido improcedente por la misma naturaleza del
contrato (cláusula 5ª: "Los profesores encargados de la enseñanza de la
religión católica a los que se refiere el presente convenio prestarán su
actividad en régimen de contratación laboral, de duración determinada
coincidente con el curso o año escolar, a tiempo completo o parcial"). Por
tanto, sólo una revisión legal -algo previsto en la cláusula 9ª de la misma-
puede cambiar las actuales circunstancias, algo difícil que se dé con la mayoría
absoluta existente en el Parlamento. En estas circunstancias el profesorado se
encuentra ante la disyuntiva de no ser contratado cada nuevo curso, y sin tener
nunca opción a ningún tipo de plus por antigüedad, al no contabilizarse
dichos contratos por curso. En cuanto a la moralidad de la elección
unilateral, es lógica que la Iglesia vele y proponga los profesores de religión
católica para difundir la religión solicitada por los mismos padres. Otro
aspecto es el criterio de elección intra-eclesial cuya actuación puede y debe
discreparse en muchos momentos. Aquí a uno le llama la atención que los más
alejados de la religión católica y su práctica habitual de las iglesias
locales o parroquias sean los más prolíficos en la crítica sobre la actuación
eclesial. Otro aspecto sería aceptar la moralidad de dichos contratos basura en
versión religiosa por parte de la Iglesia, símbolo de la economía
liberal actual, frente a la tendencia de todas las legislaciones laborales y
progresistas tendentes al carácter indefinido de los mismos, en aras de
asegurar proyectos de futuro y de familia de las propias personas. Sin embargo, una crítica coherente y constructiva
puede cuestionar que exista una clase de religión católica en un sistema
educativo aconfesional, con su obligada financiación. Asimismo se puede
promover una clase de fenomenología e historia de las religiones, obligatoria
para todo el alumnado. Esta asignatura muy propia de un colegio aconfesional
resaltaría la dimensión religiosa siempre presente en el hombre y formulada a
través de las diversas confesiones. Esta opción viene fomentada por diversos
organismos religiosos y civiles, y por el que suscribe este comentario, pero
esto requiere un amplio debate social, respaldo político y una lectura no
restrictiva de la Constitución y una revisión de los acuerdos entre el Estado
e Iglesia. Por otro lado, relativo al ámbito intraeclesial, y
su actuación moral en la elección del profesorado, posiblemente unos sean más
aptos en valorarla, pero es necesario remitirse a la realidad sociológica y
psicológica en dicha evaluación. El actual sistema de elección viene
refrendado únicamente por el delegado episcopal de enseñanza religiosa. De
alguna manera, dicho sistema contempla numerosos problemas y peligros en la
objetividad de la designación del profesorado, y pueda estar sujeta a los
gustos y acepción de personas del propio delegado, como posiblemente pasaría
en otros ámbitos, si la propuesta del profesorado dependiera de una persona. Ya
se sabe, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid... esgrimiendo razones
de coherencia religiosa y preparación académica puedan darse otros motivos
para la designación o no del sujeto, lugar de trabajo y número de horas
laborales. Parece lógico pensar que la actuación unilateral de la elección
fomenta un tipo de relación paternalista y deshumanizador entre el delegado y
contratado, el cual esconde muchas veces sus propias motivaciones personales y
acepta este tipo de relación para defender las alubias de un no desdeñable
sueldo de profesor. Malos tiempos corren para decir todo lo que uno piensa y
siente. "Hay miedo entre los docentes" lamentan
los responsables de Feper (Federación del Profesorado) quienes consideran que
la situación "perversa" y "precaria" de los profesores se
debe a la "interpretación unilateral, interesada por parte de la
Administración y la jerarquía" eclesiástica de los Acuerdos con la Santa
Sede. La federación apela a la coacción sufrida en las relaciones laborales y
recrimina las continuas contrapartidas exigidas por la institución eclesial, al
margen de una relación contractual normal, expresada en exigencias pastorales y
personales de los delegados bajo riesgo de no renovarse el contrato en el
siguiente año. Estas se concretan en algunos casos en solicitudes voluntarias
de diezmos o regalos. Últimamente, tras la controversia se está pidiendo
cartas de apoyo al delegado en algunas diócesis. Curiosamente, aquellos que no
responden a estas deferencias libres extracontractuales no son renovados en
algunos casos por el delegado diocesano. Estas situaciones, cuando las haya,
independientemente de la asunción de responsabilidades que puedan tener ante
los tribunales competentes, deben ser denunciadas por los colectivos y personas
católicas, desde el respeto y corrección fraterna y desde cualquier medio que
utilice el rigor, objetividad e independencia en el uso informativo. En este sentido, puede ayudar la creación de una
comisión permanente de varias personas que intervinieran en la elección y
continuidad de dicho profesorado. Por otro lado, la persistencia en el trabajo y
la no movilidad existente de los distintos colegios -cosa habitual en muchos
docentes- puede asegurar y mejorar la docencia del profesorado. En definitiva,
esta comisión diocesana puede favorecer una elección más objetiva y menos
problemática, y unas relaciones más humanizadoras entre la institución
eclesial y los contratados. Mientras tanto, las palabras de Jesús rebrotan en
el inconsciente del seguidor: "No tengáis miedo..." y el apóstol a
quien más amó el maestro cuestiona el actuar del discípulo: "¿Cómo
puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano, a quien
ve?" (1 Jn 4, 20). Por desgracia, es habitual el desamor inconsciente y
discriminador con los más cercanos, bajo argucias y proclamas de amor universal
y amor a Dios, tanto en el ámbito civil como religioso. Somos Iglesia - Valladolid, 15 de
septiembre de 2001
EL
DINERO DE LA IGLESIA, DINERO DE LOS POBRES
Comunicado
de la corriente Somos Iglesia - Valladolid
VALLADOLID.
En la Iglesia de Valladolid nos encontramos con una
gran cantidad de inmuebles ( 500 templos y edificios) y recursos humanos (300
sacerdotes) necesitando mucho dinero para mantenimiento de edificios, pago de
salarios, gastos de solidaridad local, nacional e internacional, gastos de la
acción pastoral, etc. Todo esto implica una administración económica similar
a una mediana-grande empresa. Jesús de Nazaret inició con un pequeño grupo de
mujeres y hombres un movimiento religioso renovador dentro del judaísmo. Fue el
germen de las iglesias cristianas. Les hizo varias veces las siguientes
recomendaciones cuando les enviaba a predicar: "No
toméis nada para el camino, ni bastón, ni bolsos, ni pan, ni dinero, ni llevéis
dos túnicas" (Lc.9,3s). "No llevéis bolsa, ni sandalias... comed y
bebed lo que os sirvieren, cuidad a los enfermos, sed portadores de la paz y
decid que el Reino de Dios está cerca"(Lc.10,3s). Cuando un voluntario
se ofreció a unirse al grupo le advirtió: "Las
raposas tienen cuevas y las aves del cielo tienen nidos, pero yo no tengo donde
reposar la cabeza" (Lc.9,57). Dentro de este estilo de vida evangélica, de
austeridad como los más sencillos, y haciendo un esfuerzo por adaptarnos a la
realidad actual salvando los veinte siglos de distancia, la CORRIENTE SOMOS
IGLESIA de Valladolid proponemos que: 1. Las
instituciones y los trabajadores de la Iglesia vivamos de los recursos y
cotizaciones entregados por sus miembros y simpatizantes;
los medios y bienes que utilicemos sean austeros teniendo en cuenta, además de
nuestro entorno inmediato, la realidad de un mundo en que más de la mitad de
las personas pasan hambre. Creemos que recibir del Estado presupuestos
especiales los gastos de la Iglesia o gozar de privilegios y exenciones fiscales
de impuestos a través de negociaciones con el Estado no nos parece ni adecuado
al Evangelio, ni respetuoso con los miembros y demás instituciones de una
sociedad democrática y plural. 2. El dinero
que tenemos en la Iglesia es de todos sus miembros y de los necesitados. La
administración tiene que ser trasparente. Todos los pertenecientes a la Iglesia
debemos poder participar en la administración, en la elaboración de los
criterios de gastos y adquisición de recursos, etc.. Se deben realizar informes de gestión, publicar
las cuentas anuales detalladas, hacer auditorías periódicas como sucede en
cualquier institución de la sociedad y facilitar a su conocimiento a cuantos lo
deseen. Las relaciones de comunión en el interior de la Iglesia tienen que ser
más trasparentes y fraternales que en la sociedad democrática. 3. No es suficiente que el dinero recibido para
prever gastos y para la solidaridad esté colocado en entidades legales. Todos
sabemos que los bancos, cajas y demás entidades financieras destinan el dinero
depositado en las inversiones más rentables posibles que con frecuencia
coinciden en empresas de fabricación de armamento, o que no respetan el medio
ambiente o los Derechos Humanos, evaden gastos sociales explotando a niños,
mujeres o presos o hacen inversiones especulativas, juegos en la bolsa, etc.. De
esta forma nuestros ahorros y el de nuestras iglesias son utilizados en contra
de lo que se predica. Debemos
controlar nuestro dinero ahorrado exigiendo que se destine en inversiones éticas,
en empresas que paguen salarios justos, además de respetuosas con el medio
ambiente, que creen puestos de trabajo y favorezcan a toda la sociedad. En la Iglesia tenemos razones más profundas para
invertir en fondos éticos y no solamente legales. La Iglesia Anglicana, en Gran
Bretaña, desde los años 80 exige a los bancos informaciones comerciales de las
empresas y de los fondos en que se coloca su dinero y que se haga siempre en
inversiones éticas. Algunas Ongs, organizaciones solidarias e incluso entidades
financieras están creando fondos de inversión llamados éticos, verdes o
solidarios con una rentabilidad adecuada. De esta manera contribuyen a impulsar
una economía más justa al servicio de las personas y no únicamente de la pura
rentabilidad. 4. Que se
revise y se debata dentro de la Iglesia y con la sociedad cómo mantener nuestro
patrimonio artístico-cultural acumulado de tantos siglos. Resulta una
pesada carga que obliga a hacer grandes esfuerzos económicos y humanos tan
necesarios en la pastoral y en la solidaridad. Nos encontramos muchas veces
obligados a ser una sociedad de conservación del mayor patrimonio artístico de
la provincia y de España mientras que miles de millones de pobres en el mundo
tienen la necesidad, mucho más urgente, del derecho primario a vivir o a vivir
dignamente Valladolid 15 de Septiembre de 2001 Corriente Somos Iglesia de Valladolid
La Vanguardia, 27 de septiembre de 2001 Consideraciones intempestivas sobre el día 11 de septiembre José Ignacio González Faus La mejor condena moral de la increíble atrocidad de Nueva York y Washington, me la dio una religiosa angolana, mientras le caía una lágrima de los ojos: "he sentido a veces rabia contra Estados Unidos; pero lo que hemos sufrido nosotros es tal, que no se lo deseo a nadie, ni siquiera a ese país que tanta culpa tiene en nuestro calvario". Lo decía mientras la televisión pasaba imágenes de niñitos palestinos aplaudiendo el atentado. (Pobrecitos ellos que maman el odio sin saberlo). Recurro a estas palabras porque me parecen más autorizadas que las mías, para expresar lo que debería ser algo más que una simple condena: el estremecimiento por la maldad que cabe en los corazones humanos, y por la frialdad con que esa maldad actúa, no en un momento de ceguera, sino poco a poco, día a día, buscando sus crueles objetivos paso a paso. Pero es una verdad elemental que la inmoralidad no se elimina con solo condenarla. Es preciso examinar sus porqués y acertar con sus remedios. En esta dirección van las reflexiones que siguen, sin pretensión de ser exhaustivas, y con una petición previa de perdón si es que, como me temo, se salen del discurso dominante. 1. La seguridad no existe Ni paraguas nuclear ni historias. El mayor atentado de los últimos años ha sido cometido ¡sólo con armas blancas! El odio, la locura, el fanatismo o la desesperación son más temibles que todas las armas humanas. Como ya dijo el viejo profeta Isaías, la paz no es fruto de las guerras ni de las victorias bélicas, sino sólo de la justicia. 2. Los muertos no duelen porque sean nuestros sino porque son seres humanos Hace aún pocos años, en Ruanda y en cosa de tres días, murieron, no diez mil, sino cientos de miles de personas. Aquella barbarie, en la que todo el primer mundo tenía buena parte de culpa, por razones geoestratégicas y armamentistas, nos sacudió muchísimo menos; y ninguna UEFA pensó en suprimir partidos ni cosas semejantes. Tal decisión nos habría parecido entonces ridícula e injustificada. Y sin embargo, cuando la solidaridad no es de veras universal, amenaza con convertirse en servilismo. 3. No va a ser la tercera guerra mundial No sólo porque el enemigo no está bien identificado, sino porque, después del Vietnam, nosotros ya no estamos para guerras sino sólo para venganzas. La primera condición de nuestras guerras es no tener víctimas nosotros. Ya no estamos dispuestos a combatir, y a que nos vayan llegando cadáveres a casa, o extrañas cartas de condolencias de altos mandos militares. Ni somos capaces de soportar otras consecuencias como la falta de petróleo, el derrumbe de las bolsas y de los mercados financieros, o las crisis económicas. Nuestra comodidad es nuestra debilidad. Pues cuando luchan el que tiene mucho que perder y el que está dispuesto a morir, puede que éste acabe siendo más fuerte, aunque esté peor armado. 4. Mucho menos se trata de "la guerra del bien contra el mal" Esta simpleza del presidente Bush se puede perdonar por la emoción del momento. Pero con un poco más de seriedad y de sinceridad quizás habría que decir: en parte nos lo merecemos. Quizá no por culpas personales, pero sí porque hemos construido una civilización y un régimen de (pequeñas) libertades, basados en la exclusión de los otros y en la opresión de los otros. Estados Unidos lanzó la bomba atómica, y todavía no ha pedido perdón por ello. Cometió actos de terrorismo en Irak, invadió cuando quiso Guatemala, Santo Domingo o Granada, adiestró en la Escuela de las Américas infinidad de torturadores latinoamericanos, y ha mantenido una parcialidad que hace imposible la solución del conflicto árabe-israelí. Europa ha seguido en África una política colonial espeluznante, desde el tráfico de esclavos (por el que tampoco hemos pedido perdón), hasta la tortura más refinada. Permítaseme reproducir dos citas de nuestra cultura europea, tomadas de Le Monde Diplomatique del pasado mes de agosto (pág. 14), en un artículo que no estaba escrito tras los atentados en Norteamérica, sino con vistas a la fracasada conferencia de Durban: "Ninguna filantropía o teoría racial, puede convencer a gente razonable de que la preservación de una tribu de cafres en África del Sur es más importante para el porvenir de la humanidad que la expansión de las grandes naciones europeas de la raza blanca en general... Ya se trate de pueblos o de individuos, seres que no producen nada de valor no pueden emitir ninguna reivindicación al derecho a la existencia". Este texto, de 1912, está en la base de muchas conductas y políticas nuestras. Véase si no cómo defendían la esclavitud los padres de nuestra modernidad, como Montesquieu y Voltaire. Luego la "pacificación" de Indonesia por Holanda costó 70000 muertos. La toma de Filipinas por Estados Unidos, costó 200000, las revelaciones actuales sobre la tortura en la Argelia francesa son espeluznantes...Y así sucesivamente. La única diferencia es que nosotros lo hemos olvidado y ellos no. Permítaseme repetir: somos hijos de una cultura que construyó sus pequeños espacios de civilidad y de libertad, a base de la exclusión y del crimen camuflado. Abolimos la esclavitud cuando ya no era económicamente necesaria (por eso hoy la estamos resucitando). Si no reconocemos esto, por duro que nos sea, el camino de la pacificación va por senderos torcidos. Y debemos examinarnos para que lo que nos aflija en la barbarie del pasado día 11 sea de veras el dolor de seres humanos (sagrados sean de donde sean) y no la humillación de nuestro inconfesado sentimiento de superioridad primermundista. No hace muchos años que Helder Cámara definió a la violencia como una "espiral diabólica": porque cuando alguien nos trata mal, acaba sacando lo peor de nosotros. No lo olvidemos. El Correo, 2 de octubre de
2001
LA
IGLESIA Y GESCARTERA MANUEL DE UNCITI.
Es muy posible que se haya procedido con exceso de precipitación al censurar como anticlericalismo -rancio para unos, renovado para otros- todo ese inmenso 'tolle, tolle' que se ha armado estos días a cuento de los depósitos de algunas instituciones de la Iglesia en la malhadada Gescartera. La avalancha de descalificaciones y de improperios o -lo que es peor- de retintines y sonrisitas con que han sido comentados los desventurados ires y venires de algunos dineros de gentes y entidades de Iglesia, ha cubierto de humillación a algunas congregaciones de religiosos y religiosas, a determinados obispados españoles y a muy concretas instituciones de apostolado misionero o de solidaridad cristiana. Ha de sentarles forzosamente muy mal que se les acuse de especuladores insaciables a quienes dicen disciplinar sus vidas con el voto de pobreza o que se les denuncie de mercadear con dinero negro a quienes no tienen otra razón de ser que el servicio desinteresado a los hombres y, más concretamente, a los más pobres y marginados. Pero todas estas acusaciones y denuncias, todos esos «mira, mira las monjitas cómo se espabilan para ganar más» o «mira, mira la bolsa de dineros que tienen los heróicos misioneros que se pasan los días hablando contra el neoliberalismo», ¿han de encuadrarse sin más ni más bajo la rúbrica del anticlericalismo, trasnochado o renovado? Hay algo que está muy claro, antes que nada, y que es radicalmente muy positivo: a las personas y entidades que se mueven bajo el signo del Evangelio la opinión pública les exige bastante más -mucho más- que a las instituciones de carácter civil o político. Por lo que se sabe, los listados de Gescartera contenían los nombres de unos 2.000 inversores. De este total, sólo 35 ocupaban -y ocupan- un asiento en la comunidad de la Iglesia. Y, sin embargo, ha sido tal la catarata de comentarios y de descalificaciones que se ha abatido sobre esos 35 pobres estafados e, incluso, sobre 'la Iglesia' en general -que para nada tenía vela en ese entierro-, que uno podría llegar a pensar que los hombres cristianos y las instituciones cristianas han sido, tanto por su numerosidad entre los dos miles de inversores cuanto por la cuantía de sus depósitos, los principales protagonistas del gran escándalo de Gescartera. Y esta impresión es absolutamente falsa. Las gentes y las instituciones vinculadas a la Iglesia representan una mínima parte -una insignificante parte- en el largo listado, hecho público para mayor inri, de los clientes de la agencia de valores; y el montante de sus depósitos no va más allá de los l.250 ó 1.500 millones en el total de los 18.000 que se han esfumado por arte de birlibirloque, según se dice. Dejando a un lado los inversores a título personal o familiar, varias instituciones respetabilísimas como la Guardia Civil, la Policía Nacional o la Armada entre otras más confiaron sus ahorros a Gescartera y los han perdido, al menos por el momento. Muchos son los que se han dolido de que el desfalco haya lesionado los derechos de ciento o miles de huérfanos y las justas expectativas de las economías de las familias pobres de las fuerzas de la seguridad del Estado. Nadie se ha permitido sobre este particular ni bromas ni chistecillos, lo que es de agradecer; y a nadie se le ha ocurrido hacer leña del árbol caído descalificando como especuladoras a estas instituciones o aludiendo a un hipotético dinero negro de sus titulares. ¿Por qué a las instituciones vinculadas con la Iglesia se les ha dado un trato distinto si al fin y a la postre los ahorros en cuestión no tenían otros destinatarios que los huérfanos y los enfermos, los pobres y los marginados de medio mundo? Nadie en sus cabales puede permitirse el mal gusto
de pensar que es una gran mentira todo lo que se dice sobre la presencia y la
actuación de cientos y aun miles de hombres y mujeres de Iglesia entre los
desheredados de la tierra en cualquier parte de ésta o que es una torpe
falsedad eso de que las comunidades cristianas del más vario linaje están
volcadas en el mundo del sida y de la drogadicción, en el de los huérfanos y
los leprosos, en el de la promoción de la mujer del Tercer Mundo o en el del
justo y hermoso compromiso de salir por los fueros de los campesinos sin tierra. Los ahorros pueden desaparecer, por desgracia, en
un abrir y cerrar de ojos, como ha ocurrido en el caso de Gescartera, si
aquellos a los que se les confían para que los hagan fructificar de acuerdo con
las leyes vigentes son inmorales o son ineptos; pero el juntar peseta con
peseta, millón con millón hasta contar con los necesarios para levantar una
escuela de formación profesional o un nuevo pabellón para tuberculosos,
requiere tiempo y sería por demás estúpido que los responsables económicos
de esos proyectos se mantuvieran todavía en el viejo uso de meter en un calcetín
lo que se va recogiendo con tantos sudores y tantas generosidades. Los hombres y
las mujeres que se saben llamados a dar de comer a los hambrientos o a cuidar de
los terminales tienen el derecho y la obligación de obtener los recursos
necesarios para el mejor cumplimiento de su misión y la responsabilidad de
hacerlos fructificar lo más posible, dentro de la legislación financiera
vigente y sin exponerlos a mayores riesgos. Congregación religiosa hay entre
las estafadas por Gescartera, valga por caso, que había llegado a ser titular
de una inversión de algo más de 400 millones por la sola y única razón de
que sus proyectos de tres construcciones para bien de la comunidad educativa a
la que sirven no acababan de obtener las licencias municipales requeridas,
solicitadas desde hacía muchos meses atrás. Han perdido -por el momento al
menos- todos sus ahorros y esta pérdida, lógicamente, les duele; pero les
duele aún más, mucho más, que haya por ahí quien se ría de su desgracia, no
tenga en cuenta el perjuicio que padecerán los chicos y las chicas de los
colegios a los que la congregación religiosa está sirviendo y, sobre todo y
ante todo, que se descalifique a los administradores y superiores de la
congregación como vulgares y ambiciosos especuladores cuando no han actuado lo
más mínimo fuera de ley. ¿Por qué a estos sí y a los otros no? ¿Por qué
tanta exigencia para con los hombres y mujeres de Iglesia y tanta manga ancha
para los inversores militares y civiles? ¿Por puro y duro anticlericalismo? Es
lo que parece a las primeras de cambio; pero también cabe otra lectura de este
hecho. La sociedad exige a los miembros de la Iglesia un comportamiento ejemplar
en toda línea porque todavía hoy, pese al secularismo y aun agnosticismo
ambiente, mantiene del Evangelio y de los que se dicen sus seguidores una muy
alta idea, un concepto ideal, una visión utópica. Más allá y más al fondo
de los escándalos espontáneos y facilones de la calle, está una no confesada
demanda, dirigida a la Iglesia, de que al menos ella se sitúe en un nivel que
por su espiritualidad e idealismo pueda servir de referencia a todos los demás.
Cuando tantos y tantos se postran de continuo ante los becerros de oro y hacen
de las ganancias sin ética su modo del vivir de todos los días, lo mejor de la
sociedad está pidiendo a la Iglesia que se mantenga ajena al afán de riquezas
y a la voluntad de poder. Incapaz de expresar esta demanda con las palabras
que serían del caso, acude al chiste y a la crítica, a la descalificación y
la denuncia cuando ese auspiciado ideal aparece como traicionado. Aunque luego,
hablando ya con más tranquilidad y sosiego, comprendan los más que en «el pan
nuestro de cada día» también se incluyen esas inversiones que aparecen como
necesarias para un mejor servicio a los necesitados. Para la Iglesia misma puede
ser toda una bendición de Dios que el presunto anticlericalismo de una notable
parte de la sociedad de hoy le recuerde que no le es posible servir a dos señores:
a Dios y a Mamón. EL
CRISTIANISMO ENTRE LA VIOLENCIA Y EL DIÁLOGO
C Juan García Pérez,
S.J. Profesor de Teología Universidad Pontificia Comillas Por la onda expansiva del atentado contra las
Torres Gemelas de Nueva York nos envuelve con una pregunta provocadora: ¿por qué
tantas veces las grandes religiones monoteístas, y el cristianismo en concreto,
aparecen en la historia enzarzados con la violencia casi como si fueran siamesas
de muy difícil separación?, ¿han chocado dos hemisferios, explotados contra
explotadores, dos culturas o dos religiones?. Adentrémonos en el subsuelo de
las grandes religiones monoteístas. Encierra filones de fraternidad pero está
minado con peligrosas cargas explosivas. En un primer estrato, casi a ras de
suelo, nos encontramos con los escritos de René Girard sobre la violencia y lo
sagrado. Si ahondamos más, descubrimos que en casi todos los conflictos bélicos
hay un componente religioso, con frecuencia decisivo. No hay que remontarse a
las cruzadas medievales, la noche de San Bartolomé o las guerras de religión
en la Centroeuropa del XVII. Basta con que recordemos conflictos de hoy que no
cesan: judíos-palestinos en Oriente medio, católicos y protestantes en el
Ulster, la guerra de los Balcanes. Con una pesada historia a cuestas llegamos a
un tercer estrato, mitad pregunta mitad conclusión: la violencia ¿es
constitutivo inseparable de las religiones monoteístas? Como ésta o aquella
religión dan culto al «único Dios verdadero», fácilmente se pueden
presentar como «la verdadera». Los otros son «infieles a los que hay que
convertir». Delimitando más todavía el terreno, es forzoso llegar al
cristianismo y más concretamente el catolicismo. La Iglesia Católica dice que
busca el diálogo interreligioso. Pero la fe católica cree en un solo Dios y
confiesa que Jesús de Nazaret es el Dios encarnado, insuperable e irrepetible.
Entonces, ¿qué se ofrece a los demás, que se entreguen sin condiciones? ¿El
pretendido diálogo será algo más que una indoctrinación camuflada? Si así
fuese, ¿esa fe no llevaría implantado un germen de violencia aunque no haga
saltar torres por los aires? ¿En qué quedamos? Canalizamos las afirmaciones
que siguen en forma de tesis. 1. Para acudir al diálogo hay que salir con la
propia identidad al descubierto, sin altanería pero sin reduccionismos. Debemos
adelantar por ello que la propia fe no es negociable. No se trata de difuminar
la silueta de las afirmaciones para llegar a un encuentro a tientas en medio de
la niebla. La fe cristiana no puede renunciar en modo alguno a confesar que Jesús
es el Señor, Hijo de Dios resucitado. Es el único mediador entre Dios y los
hombres. Es la Palabra definitiva de Dios al mundo. Esta afirmación atraviesa
medularmente todo el Nuevo Testamento. Esta confesión choca hoy con especiales
dificultades que tampoco han nacido ayer o anteayer. Hengel ha estudiado las
relaciones entre el judaísmo y el helenismo de los siglos inmediatamente
anteriores al nacimiento de Jesús de Nazaret. En el mercadillo religioso de esa
época era posible encontrar no pocos tenderetes que ofertaban diversas «salvaciones».
Más tarde la Ilustración del XVIII con Lessing o la teología liberal con
Troeltsch acomodaban al cristianismo en la fila con las demás religiones. El
mundo actual de la posmodernidad revive este problema y reaviva el relativismo.
2. Hasta hace muy poco el diálogo prácticamente no era posible. A lo más se
podían avanzar gestos de buena voluntad. Hasta el Vaticano II, la frase de San
Cipriano «fuera de la Iglesia no hay salvación» se interponía en el acceso a
las otras religiones. Cierto es que ya entonces la frase se refería a los
herejes que se habían separado de la Iglesia. Pero con el paso del tiempo fue
siendo interpretada al pie de la letra. Hay que recordar, es cierto, que Pío
XII excomulgó a Feeney, teólogo norteamericano que en pleno siglo XX se
empecinó en defenderla en su interpretación más literal. Después del
Vaticano II la Iglesia Católica ha acentuado muy positivamente el
reconocimiento de las personas y las religiones y ve en ellas (la expresión es
de San Justino) «semillas de verdad». Adopta así una actitud «inclusivista».
Cuanto de bueno y verdadero pueda haber en esas religiones se encuentra ya «incluido»
en plenitud en la fe cristiana. 3. Desde el Vaticano II se ha intensificado el
diálogo interreligioso. No exigiría gran esfuerzo recoger una serie de textos,
de Pablo VI y de Juan Pablo II en que, de forma creciente y progresiva, insisten
en la necesidad y posibilidad de un verdadero diálogo. En su primera encíclica,
Pablo VI afirmaba que «El diálogo es una nueva forma de ser Iglesia». Y en
uno de los últimos escritos de Juan Pablo II, (Novo millenio ineunte, n 55),
por no citar la Redemptoris missio o la Dominum et vivificantem, el Papa actual
ve que «en una situación de marcado pluralismo cultural y religioso, el diálogo
es importante para proponer una firme base de paz y dejar el espectro funesto de
las guerras de religión, que han bañado de sangre tantos períodos en la
historia de la humanidad. El nombre del único Dios tiene que ser, cada vez más,
un nombre de paz». 4. Aceptar responsablemente la fe del pasado exige salir al
encuentro del futuro. No es fácil entrever ya hoy adónde se podrá llegar.
Cuando la Comisión Bíblica a comienzos del s.XX (San Pío X), impuso con
severa energía la aceptación del carácter histórico de los primeros capítulos
del Génesis o la autoría de los Evangelios, no era posible predecir que el
Vaticano II en la Dei Verbum abriría ampliamente la interpretación de la
Biblia a los métodos histórico-críticos. Trento estableció solemnemente los
perfiles y límites de la doctrina sobre la justificación. Hace dos años
(octubre 1999), la Iglesia católica, sin desdecirse de su pasado pero situándolo
en un contexto de mayor amplitud, ha llegado a un acuerdo con las Iglesias de la
Reforma sobre muchos puntos importantes de la justificación. 5. El diálogo
vertical o unidireccional no se ha inventado todavía. La fe cristiana no sólo
enseña sino que también puede aprender de los otros. El cardenal Kasper
considera que el diálogo interreligioso no es calle de una sola dirección,
sino que es un auténtico encuentro enriquecedor para todos. Llegamos así a la
conclusión de que si hay diálogo no hay violencia y cuando hay violencia ésta
suele provenir de una utilización política distorsionadora de la esencia de la
religión. El diálogo auténtico tiene un precio y unas exigencias para unos y
otros. Espera de los católicos una fe aceptada con hondura pero no simplista en
sus expresiones. Y exige también un corazón renovado. Para dialogar «hay que
entrar en la piel del otro. Penetrar en el sentido del ser que tiene un hindú,
un musulmán, un judío, un budista o quienquiera que sea» (Whaling). Hay que
entrar, hasta donde sea posible, en la experiencia religiosa de los demás. 6.
Se podría haber hablado de otros grandes monoteísmos. En su último viaje,
Juan Pablo II separaba con nitidez el islamismo de los fundamentalismos. Una fe
monoteísta (cristiana o de otras grandes religiones), vivida con jugosa
convicción y entusiasmo, se encamina no al fanatismo fundamentalista sino a una
acogedora humanidad. Si esto es así, y en todo caso debe serlo, la afirmación
de que los monoteísmos son mechas potenciales de violencia debería ser
sometida a severas rectificaciones. El Correo, 17 de octubre de
2001
TEOLOGÍA
PARA AGNÓSTICOS RAFAEL AGUIRRE
Cada vez que me encuentro con mi amigo Ignacio
Sotelo me dice que tiene que escribir un libro con este título: teología para
agnósticos (entre los que se encuentra). Y es que, acostumbrado al mundo
intelectual alemán, le parece incomprensible la inexistencia de estudios científicos
sobre las religiones en la Universidad española y la falta de debate social
serio sobre la influencia histórica del factor religioso. No sé si algo está
cambiando, pero no ha habido universidad de verano que se precie que no haya
montado este año algún curso sobre el tema religioso. Quizá sea para
compensar el clamoroso vacío de los planes de estudio o porque algo se
presiente en el ambiente. Pero lo de estos días es ya una auténtica avalancha:
la opinión pública está recibiendo una formación acelerada sobre el Islam y
sus diferentes versiones, sobre la religión civil estadounidense, sobre la
Biblia, el Corán, los ulemas, sus decretos... La divinidad, pobre divinidad, es
invocada por unos y por otros; es utilizada para animar a los terroristas y para
consolar a sus víctimas. Tanto entre los talibanes afganos, estudiantes de
las madrasas coránicas, como entre sus homólogos judíos, los talmidim o
estudiantes en las escuelas talmúdicas, se reclutan los más radicales y fanáticos
de ambos campos enfrentados. Ahora resulta que la teología puede ser más
incontrolable y peligrosa que la tecnología, a la vez que infinitamente plástica
y manipulable. El terrible video en el que Bin Laden y su lugarteniente egipcio
daban su interpretación de la masacre del 11 de septiembre estaba lleno de
alusiones al presente -al aplastamiento impune de los palestinos por Israel con
la connivencia de Estados Unidos, al bloqueo de Irak-, pero también de
referencias históricas bien remotas: a la expulsión de Al Andalus, las
cruzadas... Se dirigía al inconsciente colectivo de más de mil millones de
musulmanes y ahondaba en heridas nunca cicatrizadas. Me pareció de enorme
fuerza comunicativa. En nuestra civilización tecnológica el presente es cada
vez más efímero, las nuevas tecnologías y adiestramientos se suceden con
extraordinaria rapidez y quedan pronto desfasadas. La experiencia de los
mayores, que en otras civilizaciones se valoraba como el gran caudal de sabiduría,
no vale nada en nuestra era técnica. La única memoria que importa es la del
ordenador, que nos devuelve, con rapidez ciertamente y combinados, los datos que
antes le hemos introducido. Pues bien, la religión es cada vez más el lugar
donde se conservan y transmiten, de forma idealizada y mezclada con mil
intereses, las tradiciones de las que depende la identidad de los colectivos
humanos. Una determinada mitificación del pasado es clave para justificar el
proyecto étnico del sionismo israelí, que ciertamente prescinde de los
sedimentos culturales de aquella tierra y de la permanente existencia de grupos
humanos y religiosos muy diferentes. Es curioso que en la sacristía de la Basílica
del Santo Sepulcro, en el corazón de la ciudad vieja de Jerusalén, se
encuentra expuesta la espada de Godofredo de Bouillon, que conquistó la ciudad
al frente de los cruzados cristianos a sangre y fuego. Pero al de pocos metros,
en cuanto se sale de la muralla, la primera gran calle del ensanche árabe lleva
el nombre de Saladino, el gran líder musulmán que derrotó a los cruzados en
1187. La violencia existente en la tierra de Palestina/Israel es inseparable de
una historia de odios y enfrentamientos evocada casi en cada piedra, en las
ruinas presentes por doquier, en los incontables monumentos. Quien sube al monte
Carmelo, en la ciudad de Haifa, se encuentra con una impresionante escultura de
Elías, el gran profeta de Yahvé, blandiendo la espada con la que acabó con
cientos de profetas de Baal. Pasan los siglos, pero los recuerdos de las
violencias originarias y sacralizadas, ejercidas o sufridas, generadoras de
odios y resentimientos, se incrementan y permanecen como barreras que distinguen
y salvaguardan la identidad de grupos que siguen enfrentados. Nadie puede tirar
la primera piedra. Nada más parecido a las llamadas a la yihad o guerra santa
que estos días retumban por las mezquitas de muy diversos países musulmanes
que las predicaciones medievales, de santos canonizados y de legados
pontificios, convocando a la cristiandad a las cruzadas para liberar los santos
lugares de los infieles y prometiendo toda clase de recompensas sobrenaturales.
Todas las religiones tienen que recuperar sus mejores posibilidades, pero sobre
todo -ya que de teología para agnósticos se trata- tienen que someterse a la
crítica a la luz de la razón, de las exigencias de la humanidad compartida y
de los derechos humanos. En nombre del respeto a la diferencia cultural no se
puede admitir que una religión ultraje la dignidad básica de sus miembros (por
ejemplo, de las mujeres), ni que mantenga actitudes impositivas hacia afuera.
Ejemplos: en España se mantuvo hasta hace bien poco la pretensión de defender
la supuesta unidad católica de forma coactiva; unos extranjeros corren ahora
peligro de perder la vida en Afganistán acusados de hacer proselitismo
cristiano; en Israel expulsan del país a quien propague religiones extranjeras
porque atenta contra el carácter judío del Estado. Pero, como digo, la religión
es plástica y fácilmente manipulable. Se convierte, con frecuencia, en expresión
de intereses muy oscuros. Bin Laden no es un teólogo, sino un economista con
una buena formación intelectual y una gran capacidad de comunicación. Me
recuerda -salvando mil diferencias- al comandante Marcos, que desde un lugar recóndito
de la selva actúa pensando en la opinión pública mundial y utiliza hábilmente
los elementos simbólicos que le confieren un halo prestigioso ante su gente. En
el caso de Bin Laden, su capacidad de evocar la vida de Mahoma, con su porte, su
caballo, el exilio de la Meca por un poder corrupto, su propósito de volver
para instaurar un Estado realmente islámico. Y es que, en efecto, no parece
descabellado pensar que Bin Laden está lanzando un órdago político a la
monarquía saudí, a la que detesta, que lo expulsó del país y le privó de su
ciudadanía. Hoy es evidente -lo vengo defendiendo desde hace años por lo que
nos toca a los vascos- que el terrorismo es, ante todo, un fenómeno ideológico,
que exacerba una causa y la pone por encima de toda norma moral y de la
consideración a las personas concretas. Pero el fanatismo no es ciego: responde
a intereses y proyectos políticos precisos. El terrorismo siempre intenta
conectar con un colchón de comprensión y simpatía que le dé cobertura y
respetabilidad social. Tampoco el terrorismo islámico es un fenómeno de
masas desesperadas, pero intenta aprovecharse de su existencia y de sus
desgracias para movilizarlas alentando sus sentimientos antioccidentales y su
hastío ante los regímenes árabes corruptos. Por eso el apoyo que Estados
Unidos busca en los gobiernos árabes para combatir el terrorismo, que tiene su
gran referente en Bin Laden, se puede convertir en un 'boomerang' político si
no va unido a transformaciones sociales que aumenten la democracia y la justicia
en aquellos países. Estamos asistiendo a una ofensiva de un terrible terrorismo
de explícita fundamentación religiosa. Lo peor que podría hacerse es oponerle
otra mala teología. Nadie se identifica, sin más, con el Bien o con el Mal
absoluto. Ningún pueblo o grupo puede pretender una elección especial de Dios;
ninguna causa histórica se identifica con proyecto divino alguno. Sea todo
dicho apresuradamente: de Dios se puede hablar con convicción, porque es una
experiencia muy honda y humanizante, pero siempre con mucha modestia y
perplejidad porque es un misterio, que desborda todo lo que podemos imaginar y
pensar. Quien quiera hablar de Satán tendrá que decir que está allí donde
aniden la violencia y el odio; quien pueda hablar de Dios tendrá que decir que
es amor que aúna a toda la realidad y que sólo en el amor sincero y
desinteresado se puede vislumbrar su huella LA
INÚTIL Y PELIGROSA TEOLOGÍA BENJAMÍN FORCANO,
teólogo
La teología es inúltil; no es una multinacional
que premia a sus consumidores con lavadoras, coches, apartamentos. No se propone
convertir nuestras casas en almacenes. En todo caso, sí lanza señales
indicadoras de que en nuestros almacenes faltan ventanas y metas. En otros tiempos, la teología andaba por las nubes
o demasiado por la tierra haciendo el juego al poder y al dinero. En uno y en
otro caso, resultaba ideológicamente útil para quienes defendían como
naturales determinados privilegios y monopolios. Siempre que la teología es
fiel al Evangelio, tratando de reflexionar y aplicar el mensaje de Jesús, se
convierte automáticamente en peligrosa. Me lo decía una amiga polaca, marxista
y atea, que asistía en 1995 a uno de los Congresos de Teología celebrado en
Madrid: "Mi conclusión después de asistir a dos Congresos es que la fe de
estos cristianos no es opio". Si hablo en esta ocasión de teología, es porque
estoy convencido de que, dentro de nuestra sociedad, hay un hueco doloroso, casi
colectivo, de estarnos faltando rumbo, cordura y sensación de poder vivir
placenteramente, sin tener que renunciar a la sustancia más íntima y
utilitaria de la vida: nosotros no somos canguros que no sienten preocupación
por el sentido de la vida, tenemos derecho a cuidar todo lo que nos rodea
salvaguardando el sentido de lo auténticamente humano. Son ya 20 los Congresos
de Teología celebrados en Madrid, con una asistencia media de unas 1.500
personas, en su mayor parte laicos, para tratar de temas comunes, -muchas veces
lacerantes- como la pobreza, la esperanza, la paz, la democracia, la iglesia
popular, la utopía y el profetismo, los derechos humanos, el dinero, la mujer,
la ética universal, la ecología....y así hasta 20 temas monográficos,
abordados interdisciplinarmente y desde el punto de vista cristiano, publicados
en volúmenes sucesivos de unas 260 páginas por el Centro Evangelio y Liberación. Este año, del 6 al 9 de septiembre,
el tema del XXI Congreso ha sido "Democracia y pluralismo en la Sociedad y
en las Iglesias", cuya ponencia primera Reflexión sobre la democracia
en la sociedad, tuvo D. Gregorio Peces Barba, rector de la Universidad
Carlos III de Madrid. Estos Congresos de Teología no son, como a primera
vista pudiera pensarse, foros para profesionales de la teología, sino para
cuantos desde la vida se preguntan y buscan soluciones para temas vivos, de
enorme interés para la convivencia. Ciertamente, en el origen de los Congresos
está la Asociación de Teólogos Juan
XXIII, fundada en Madrid en 1980 por diez teólogos, a los que posteriomente
se sumaron otros. Los Congresos de Teología engloban una realidad
sociocristiana amplia: los convoca la
Asociación de Teólogos Juan XXIII, los gestionan
más de 25 colectivos, los apoyan
más de 30 revistas y los edita el
Centro Evangelio y Liberación (Exodo). Su funcionamiento viene asegurado por
una Comisión Gestora, nombrada para cada año, que la componen 5 teólogos
y otros 5 representantes de los movimientos y comunidades, además de una
Secretaría. Ya en los primeros Congresos, la "restauración
posconciliar" estaba en marcha y se veían amenazados los aires renovadores
del Vaticano II. Los teólogos de la Juan XXIII, convencidos de la tarea
positiva de la teología, decidieron enmarcar su reflexión teológica desde
la opción fundamental por los pobres, en diálogo interdisciplinar con la
modernidad, dentro de la cultura de nuestro tiempo, con apertura al Tercer Mundo
(en especial a América Latina) y en condiciones de plena libertad. El tiempo no tardó en demostrar que este foro teológico,
abierto a las bases y enriquecido por su presencia y participación, no era del
agrado ni de Roma ni de la jerarquía eclesiástica española. Se pretendía
controlarlos mediante la recognitio
canonica, sometiéndolos de hecho a la censura. Hubo votaciones y todo.
Pero, la reacción mayoritaria de la Asociación fue clara y firme: libertad,
pues sin ella no hay teología creativa ni comprometida. Las cortapisas comenzaron. Fue el propio cardenal
de Madrid, Angel Suquía, quien denegó el local diocesano "Cátedra Pablo
VI" para los Congresos. Teólogos de la Asociación concertaron algunos
encuentros con la Jerarquía para aproximar y despejar prejuicios, pero en lugar
de avanzar se mandó una nota a las Congregaciones Religiosas poniendo en duda
que los Congresos "fueran una actividad legítima dentro de la comunidad
cristiana". Se hizo pública incluso, la noticia de que "los días del
Congreso estaban contados y que había consigna de Roma de acabar con
ellos". La presión se hizo corporativamente sobre los
obispos, de manera que fueron pocos los que asistían, pudiendo destacar como
asiduos participantes a Alberto Iniesta y a Javier Osés y a otros venidos
saltuariamente. Fue excepcional la presencia en un Congreso de los obispos
Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Tomás Balduino, Samuel Ruiz, Alberto
Iniesta y Javier Osés. Obispos había que admiraban y felicitaban a los compañeros
que asistían, llegando a confesar que ellos no lo hacían por miedo. Personas
de otros países no comprendían cómo en tales acontecimientos estaba ausente
la Jerarquía. ¿No eran pastores de todo
el pueblo de Dios? No faltó, en este acoso a los Congresos, la
colaboración de ciertos medios, que
los calificaron de marxistas, contemporizadores de ideologías anticristianas,
instrumento para degradar la fe rebajándola a mero compromiso temporal y político,
como cuando vino el Ministro de la Revolución Sandinista, Tomás Borge: ¿Qué
hace, se preguntaban, un Ministro del Interior en un Congreso de Teología?".
Y hubo, a nivel organizativo, otras prevenciones tenaces, como la de sostener
que la Asociación de Teólogos Juan XXIII no podía aparecer convocando los
Congresos junto con las Comunidades de Base. Aranguren, Girardi, Casalis,...llegaron a afirmar
que estos Congresos eran uno de los acontecimientos religiosos más importantes
de Europa. Su importancia viene dada por la duración (son ya
más de 20 años), por la asistencia y , sobre todo, por la actualidad de los
temas y el tratamiento que de ellos se hace, la calidad de los Ponentes, la
variedad de las Comunicaciones, el pluralismo de las Mesas Redondas, el Diálogo
y Convivencia de los participantes y el contenido Celebrativo de los dos grandes
actos de la Reconciliación Comunitaria y de la Eucaristía. Por los Congresos han pasado más de 600
personalidades entre antropólogos, sociólogos, economistas, políticos,
historiadores, filosófos y teólogos (han intervenido casi todos los de la teología de la la liberación, entre ellos Jon Sobrino y el mártir
Ignacio Ellacuría; teólogos de Africa y Asia) y un buen número de militantes
y ciudadanos de a pie. Si resulta verdad que la renovación de la Iglesia,
antes y a partir del Vaticano II, fue preparada e impulsada por los teólogos,
también es verdad que ningún gremio como el de los teólogos ha tenido que
sufrir la censura, el desprestigio y la represión después del concilio
Vaticano II. Son muchos los que se han sentido cercenados en su tarea docente y,
en especial, casi todos los que participaron como artífices en la renovación
del concilio. ¿Quién ha aplaudido alguna vez la labor meritoria de los teólogos?
Nunca ciertamente la Jerarquía. Por eso, sonaron atípicamente regocijantes las
fraternales, sinceras y cariñosas palabras que el obispo Pedro Casaldáliga, en
su ponencia mandada por vídeo para el XVI Congreso (año 1996) dijo: "Aprovecho la ocasión para quitarme la mitra delante de los buenos
teólogos y teólogas que tiene España, incluso para reparar la predisposición,
una especie de predisposición casi innata, casi instintiva de ciertos obispos
de la jerarquía en general, bastante en general, con respecto a los teólogos.
Yo os pido, teólogos y teólogas, que sigáis ayudándonos. Con mucha
frecuencia los obispos creemos que tenemos la razón, normalmente creemos que la
tenemos siempre, lo que pasa es que no siempre tenemos la verdad, sobre todo la
verdad teológica, de modo que os pido, que no nos dejéis en una especie de
dogmática ignorancia. Y hablando de los teólogos en España, creo que es de
justicia subrayar que hoy en España hay teólogos y teólogas (las teólogas
son más recientes), a la altura de aquel siglo de oro, de las letras, y del
pensamiento españoles, y ni Italia, ni Francia, ni Alemania, por citar a los países
más vecinos, dejan atrás ni en número ni en calidad la galería de teólogos
que tenemos en España; y pido a la Asamblea un aplauso". Los Congresos de Teología na | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||