César Rollán El
Mundo, Martes 2 de Enero del 2001. LA
LIBERTAD SILENCIADA Fernando Torres Pérez El
autor, uno de los más altos responsables de la orden claretiana en España,
critica abiertamente el pensamiento único de la jerarquía de la Iglesia Católica
y explica el proceso de enmudecimiento al que se somete a los teólogos
discordantes.
¿Dónde? Pues
ni en Afganistán ni en cualquier otro país extraño y lejano.
Aquí y ahora. La
jerarquía de nuestra Iglesia está acallando a los teólogos, reduciéndolos
al silencio. Poco
a poco. Pero
los hechos son los hechos.
Lo que sucede es que esos hechos no salen a la luz a causa del medio que
la Iglesia ha escogido últimamente para reducirlos al silencio.
Cada vez hay menos acusaciones o procesos públicos.
Eso pertenece al pasado.
Ahora los métodos son otros.
Tampoco es un ataque general contra los teólogos.
Se dirige contra algunos.
Contra aquellos que han querido sacar todas las consecuencias del
Concilio Vaticano 11, que han ido haciendo su teología como reflejo y resultado
de la experiencia de fe de tantas comunidades cristianas que se han esforzado
por comprometerse en la construcción aquí y ahora del Reino de Dios en diálogo
abierto con este mundo y esta sociedad.
Por eso la actitud de la Iglesia jerárquica preocupa y duele más.
Se están podando las ramas más vigorosas de la Iglesia, allí donde se
produce una cualidad excepcional de testimonio cristiano.
El procedimiento es muy simple.
Un buen día, el teólogo de turno recibe una carta.
Viene de su obispo o de su superior religioso.
La carta es personal porque generalmente existe ya una relación previa
de conocimiento mutuo, incluso de amistad, entre ambos.
En esa carta y con palabras de amigo se le comunica que de la Santa Sede
se han recibido unas quejas concretas sobre su último libro o artículo.
Y se le envían adjuntos unos folios en los que figuran las objeciones a
las que el teólogo debe responder cuanto antes.
Por ninguna parte aparecen los criterios con los que se ha leído la
obra y quién ha sido el acusador.
El superior u obispo de turno pide, por supuesto, al teólogo que guarde
silencio y que responda cuanto antes al cuestionario.
El superior u obispo tiende a colocarse en un lugar neutral.
Entiende que sólo hace de transmisor.
El proceso continua con el envío de la respuesta, razonada y pensada
las más de las veces en la presencia del Señor, porque la inmensa mayoría
de nuestros teólogos son hombres y mujeres de profunda fe, al superior jerárquico
de quien se recibió. Él o ella se encargará de enviarla por el conducto jerárquico
adecuado hasta su origen (¿no suena todo esto más propio del mundo militar
que de la comunidad cristiana?).
Allí, la respuesta, suponemos, es evaluada.
El proceso puede continuar con nuevas objeciones y nuevas respuestas,
hasta que se proceda a tomar la decisión final, que le será comunicada al
sujeto «juzgado» por su superior jerárquico.
Todo el proceso se realiza a través de intermediarios.
El teólogo nunca se enfrentará directamente a los que le juzgan.
En el fondo la jerarquía eclesial no reconoce al teólogo o teóloga la
suficiente entidad en cuanto individuo como para constituirse como persona en
todo este proceso. Son
partes de una institución
jerárquica. Al
final es un asunto de obediencia que debe resolverse entre el superior
jerárquico y el súbdito. El problema es más del superior que del teólogo
«juzgado», por no saber ejercer adecuadamente su autoridad y controlar
como debiera a sus súbditos.
Se podría decir que la Santa Sede no ha hecho más que un servicio pastoral:
ayudar al superior jerárquico de nuestro teólogo a cumplir con su deber de
garantizar la comunión eclesial y de mantener a todos sus súbditos en un rebaño. El proceso a veces
termina en condena: la prohibición de enseñar o/y de escribir sobre
determinados temas. Pero
la Santa Sede no será la que mande ni lo uno ni lo otro.
Será el superior jerárquico inmediato del teólogo o teóloga el que
deba tomar la decisión, urgido eso sí por la autoridad superior, y comunicársela
al súbdito. En
caso de que el proceso no termine en condena, provocará ciertamente un daño
psicológico en la persona.
Desde ese momento, el sujeto «juzgado» se sentirá controlado y vigilado.
Y lo será. Lo
más probable es que en adelante se haga a sí mismo la censura, evitando
escribir de esto o negándose a hablar de aquel tema.
Para no provocar.
Hay que ser muy libres de espíritu para seguir escribiendo y diciendo lo
que uno realmente piensa cuando en ocasiones el pan de cada día depende de esa
cátedra que los de arriba te pueden quitar cuando menos te lo pienses.
Este proceso lo sufren los afectados en silencio.
Por amor a la Iglesia.
Y por imposición de sus superiores.
Me quito el sombrero delante de ellos y ellas y digo: «¡Chapeau!».
Pero a mí nadie me ha impuesto silencio y creo que debo hablar.
En su nombre. Para
ser voz de los que no tienen voz.
Por amor a esta Iglesia a la que siento de verdad como mi casa y que,
como dice la plegaria eucarística, debe ser, quiero que sea, «un recinto de
verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz».
No es
uno sólo ni una sola los que están en esa situación.
Son más, bastantes más.
No me atrevo a poner nombres por respeto a ellos, que han decidido
guardar silencio (a veces no tanto por ellos mismos cuanto por el bien de los
centros en los que enseñan e investigan, que también los centros están bajo
vigilancia). De
los mejores, pocos se han salvado de esta experiencia. Hace unos años tuve la
oportunidad de entrevistarme con el cardenal Tarancón.
Ya estaba jubilado y se sentía libre para decir lo que pensaba.
Recuerdo que una de las cosas que dijo era que para saber lo que pensaba
la jerarquía no había que ir a los documentos sino a los nombramientos y a su
forma de actuar. Aplicando
ese criterio, se llega a la conclusión de que la jerarquía eclesiástica de
este tiempo no desea una comunidad de personas libres.
Una comunidad de ese tipo es muy difícil de gobernar.
Hay que dialogar mucho.
Es difícil llegar a acuerdos.
Prefieren la imagen del rebaño o de los peces en la red.
El jerarca se identifica a sí mismo con el pastor o con el pescador.
Al resto, a nosotros, nos toca apenas ser ovejas o peces atrapados en
la red, sin posibilidad de encontrar nuestro camino. No queda más remedio
que seguir a los jerarcas, iluminados, dicen, por la presencia del Espíritu. En una sociedad de ese
tipo, es normal que se pretenda silenciar a los que piensan y se expresan con
libertad. Porque, no nos engañemos, a nuestra jerarquía actual no le
gusta en modo alguno la imagen de la orquesta sinfónica para hablar de la
Iglesia. Ni siquiera les gusta la imagen del canto polifónico. Lo
que les gusta es el canto a una sola voz. Así se descubre rápidamente a
los que se salen del único camino existente. Se les puede señalar
claramente e invitarles de muchas y variadas maneras a que vuelvan al redil,
al coro. En el fondo El
Concilio Vaticano II no ha calado del todo en la mente de la jerarquía
eclesial. No quiero decir que no haya honradas excepciones. Pero en cuanto
cuerpo no terminan de sentirse cómodos con una sociedad que, como decía
Pablo VI en la Octogessima adveniens, experimenta «una doble aspiración más
viva a medida que se desarrolla su información y su educación: aspiración a
la igualdad, aspiración a la participación, formas ambas de la dignidad del
hombre y de su libertad» (n. 22) y «trata de promover un tipo de sociedad
democrática" (n. 24). ¿Será que esas palabras no valen para la
comunidad cristiana?
Es tiempo, por tanto, de denunciar sin miedo esta situación.
Para que sepamos a qué atenemos.
Para que no seamos como esos ciudadanos de algunos países donde se
practicó largamente el racismo o la intolerancia y luego dicen que no sabían
nada. Es tiempo
de denunciar el uso y abuso de la obediencia como servilismo a la jerarquía
eclesiástica que se cree dueña en exclusiva del Espíritu y que no se siente
obligada en absoluto a escuchar y aprender de los otros carismas eclesiales.
Es tiempo de rebelarse en nombre de la obediencia al Espíritu para que
no hagan de la Iglesia un lugar de esclavitud.
Es tiempo de luchar por la libertad de los hijos de Dios.
Es tiempo de hacer algo porque, si no lo hacemos, cada vez nos quedaremos
más encogidos. Cada
vez los niveles de auto-censura serán mayores para evitar provocar a los que
están arriba. Cada
vez será mayor el silencio.
Cada vez mayor el miedo.
Y una Iglesia donde existe el miedo, donde las personas no se atreven a
hablar con libertad tiene muy poco o nada que ver con el Evangelio de Jesús. Fernando
Torres Pérez es
sacerdote y director de Publicaciones Claretianas. 16/01/2001
Diario de información. Alicante Una
increencia reaccional frente a la Iglesia ANTONIO VIVO ANDÚJAR. Párroco
de Santa María. El cardenal Daneels ha
calificado la increencia como reaccional, es decir, como expresión de un
rechazo de la Iglesia institucional e histórica. En el fondo de este tipo de
increencia late un desencanto frente a la Iglesia y quizás la añoranza de una
Iglesia más coherente con el Evangelio. El hecho había sido
recogido responsablemente por el Vaticano II al señalar que «en esta génesis
del ateísmo pueden tener no pequeña parte los propios creyentes, en cuanto que
con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de
la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social,
han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión».
Descendiendo a un terreno
histórico más concreto, la Asamblea Ecuménica de Basilea hacía una confesión
de los pecados de las iglesias ante Dios y ante Europa: «Los cismas y las
luchas religiosas han marcado fuertemente la historia de Europa. Muchas guerras
fueron guerras de religión. Millares de hombres y de mujeres han sido
torturados y asesinados a causa de su fe. En los grandes conflictos sociales, en
los cuales el envite era la justicia, las iglesias frecuentemente han
permanecido en silencio. La consecuencia de esta historia y de la segunda Guerra
Mundial es que Europa se ha convertido en un hogar dividido: el mismo cardenal
Daneels subrayaba que la memoria colectiva «ha registrado la ruptura entre la
Iglesia y la civilización moderna, sobre todo, a lo largo de los siglos XIX y
XX». Y añadía: «La causa más importante de este ateísmo reaccional se
encuentra quizá en el abandono y en la soledad existencial, en las que la
Iglesia ha dejado las masas proletarias del siglo XIX». En este contexto es donde
se ha desarrollado el drama europeo del humanismo ateo, recordando la expresión
de De Lubac. Curiosamente, los pecados de la Iglesia, sus errores históricos y
su estancamiento inmovilista en un pasado medieval han conducido progresivamente
a amplios sectores a una postura agnóstica, cuando positivamente atea. En el fondo de la
increencia reaccional subyace una nostalgia de lo que debe ser la Iglesia. El positivo rechazo de la
Iglesia ha originado un profundo vacío religioso, que fundamentalmente ha sido
cubierto por una fe reducida al hombre, subrayando sus capacidades prometéicas
de constante progreso y de conquista de todos los misterios del universo. Esta nueva religión del
hombre, coherente con la cultura comercialista que se ha desarrollado desde el
siglo XII, cree poder conseguir una sociedad de hombres absolutamente libres,
naturalmente buenos y razonables, sin necesidad de Dios ni de las tradicionales
instituciones religiosas. Los motores que la impulsan hacia el futuro mundo
feliz son el respeto absoluto a la libertad, el progreso de la ciencia y de la técnica,
y el incremento de todo tipo de bienes y servicios, capaz de satisfacer las
aspiraciones de todos y de cada uno de los hombres. Ha surgido de esta manera
un nuevo modelo de cultura laicista o secularista, de la que se originan
distintas corrientes de ateísmo y de increencia. Pero lo característico
de la nueva cultura secularista es que es expansiva y militante, infundiendo a
sus neófitos una mística por haber logrado alcanzar unas nuevas cotas de poder
y libertad históricamente irreversibles. Ellos se sienten constituidos como el
futuro de la humanidad. La expresión más
característica de esta militancia se ha dado durante estos años en la Europa
del Este, donde la religión ha sido sistemáticamente marginada por ser
considerada como el opio del pueblo. En el Oeste predomina un
positivismo pragmático. Oficialmente se reconoce el derecho a la libertad
religiosa, pero axiológicamente a los creyentes y a las comunidades religiosas
se los considera como testigos del pasado, como fuerzas de resistencia del
conservadurismo, como hombres que han perdido el tren de la historia. En dicho
ambiente el derecho a la libertad religiosa, respetuoso con todos los
ciudadanos, se valora principalmente como derecho a liberarse de toda religión
y de toda fe religiosa. La tentación es la de
trazar su proyecto sobre un modelo predominantemente laicista, olvidando o
despreciando los valores que se encierran en la dimensión religiosa del hombre
y en la revelación hecha por Dios en Cristo, y que fundamentalmente es
transmitida por la Iglesia. En medio de un ambiente
de postcristiandad, donde se agiganta la ola de la increencia y del secularismo,
la Iglesia ha de enfrentar con audacia y con la única fuerza del Evangelio dos
importantes objetivos: la evangelización de la nueva cultura que está
naciendo, y la transformación del proceso de descristianización interna de la
propia Iglesia mediante diversas reformas eclesiásticas, la promoción de los
laicos, sobre todo, de la mujer en la Iglesia, y de un nuevo modo de ser y de
estar en el mundo El
Periódico de Cataluña 21/2/2001 LOS CARDENALES DEL PAPA La
Iglesia será de veras católica cuando los fieles elijan a los obispos, BENJAMIN Forcano (teólogo) Si el cónclave hubiera de
celebrarse en fechas inmediatas, la composición de los cardenales electores,
atendiendo a zonas de procedencia, sería la siguiente: Europa, 64 (Italia, 24);
Latinoamérica, 26; Norteamérica, 13; Africa, 13; Asia, 13; Oceanía, 4. Los
datos expuestos suscitan algunas reflexiones. Primera. El Gobierno de la
Iglesia católica es un gobierno altamente centralizado. La experiencia
demuestra que se hace menos aceptable y universal si no cuenta con la
participación directa de la Iglesia, por lo menos a niveles del episcopado. El
poder supercentralizado se ve abrumado por la responsabilidad y por una soledad
excesiva, que no es posible evitar "ni mediante la adulación más o menos
programada, ni mediante la secreta prohibición de toda crítica, ni mediante
eso que, recientemente y en altas esferas, se ha vuelto a llamar papolatría "
(José Luis Gonzá- lez Faus). Con razón se puede afirmar
que, con la colegialidad (el Papa gobierna contando con la participación de los
obispos), la Iglesia se juega el poder de ser de veras católica, universal. No
resultan razonables las propuestas de que la curia debe estar al servicio de los
obispos y de constituir un sínodo permanente de obispos, que asuma el poder
legislativo que hoy el Papa sólo comparte con la curia, dejando para ésta una
función puramente ejecutiva? Segunda. Que la comunidad
pueda participar en la elección de los obispos. "Ningún obispo sin el
pueblo". El procedimiento de designar a los obispos desde Roma choca hoy
con la mentalidad moderna, que exige una participación más directa en los
asuntos de interés común. La Iglesia, para cumplir su fundamental misión de
servicio, debe atender a que este servicio lo hagan personas honestas, libres y
competentes y, para ello, es justo el contar con el parecer y participación de
las iglesias locales, que son las que más conocen a los que podrían ser sus
pastores. Esta forma de designación
no aboga por la total independencia del centro, sino más bien por un diálogo
que tenga muy en cuenta las razones de las iglesias locales al elegir a sus
pastores. Tercera. Y al Papa quién lo
elige? Está claro que el cardenalato tuvo históricamente su razón de ser, en
cuanto que sirvió para liberar al Papa del acoso de los poderes políticos y
devolver a la Iglesia su libertad. Pero el cardenalato fue en sus orígenes una
especie de consejo presbiteral del obispo de Roma, hasta pasar a convertirse en
una especie de corte particular del Papa, nombrada por él mismo de entre toda
la Iglesia. Sin embargo, hoy no pocos teólogos
afirman que la elección del obispo de Roma por los cardenales resulta obsoleta.
Hay datos que aseguran que Pablo VI quiso caminar en esta dirección: el
cónclave debería estar compuesto por los presidentes de las distintas
conferencias episcopales. Sería un gran paso. Pero
por qué no avanzar dando cumplimiento a una mayor participación del pueblo de
Dios en la elección del Papa? Ese sería el sentir de teólogos que sugieren
que en ese cónclave debieran estar presentes elementos representativos del
laicado, algunos generales de las órdenes y congregaciones religiosas, y algún
representante de los sacerdotes de la diócesis de Roma, que tendrán al Papa
como obispo. El cardenal Carlo Martini
ha declarado, refiriéndose a estos y otros asuntos, que no descarta un concilio
Vaticano III, ya que "en la historia de la Iglesia hay problemas emergentes
sobre los que es conveniente tratar en un ámbito colegial lo más amplio
posible". El mismo papa Juan Pablo II escribe en su última carta
apostólica, titulada Novo milenio adveniente: "Es necesario
desarrollar más los servicios específicos de la comunión, que son el
ministerio petrino y, en estrecha relación con él, la colegialidad
episcopal". La
Iglesia llega, Juan GARCÍA
PÉREZ, S. J. La negativa de la
Conferencia Episcopal a firmar el pacto antiterrorista ha desatado un aluvión
de críticas muy duras a la Jerarquía de la Iglesia. Se le ha recordado su
inveterada querencia de quitarse de en medio cuando llegan momentos
comprometidos. Se le acusa de utilizar —¿estará llegando al cinismo?— dos
medidas descaradamente distintas de moral y de política. Se le critica porque
en ocasiones y según convenga estira los principios de la moral hasta llegar a
convivir muy pacíficamente con poderes fácticos o políticos de todas clases y
en cambio otras veces se pierde —¿deliberadamente?— en las cimas de los «sagrados
principios morales». Estas acusaciones, muy antiguas y muy recientes, están en
la mente de todos. Acudimos al debate con esta
pequeña aportación. Estas líneas se echan a la corriente, que baja bastante
crecida. Intentaremos con todo agarrarnos a alguna rama de la orilla para no ser
arrastrados del todo por la riada. 1. Nos fijamos, en primer
lugar, en la Iglesia. La discusión o si se quiere las acusaciones a la Iglesia
tienen un trasfondo que viene de lejos. No nos refugiemos los católicos a toda
prisa en el tan citado «anticlericalismo español» que va detrás de los curas
o con una vela en las procesiones o con un palo en los motines. La historia de
la Iglesia, por lo que se refiere a su relación con las sociedades civiles y
los poderes públicos, está llena de heridas, algunas sangrantes. Y no hay que
remontarse a los tiempos de Constantino. Si los católicos nos miramos en el
espejo del siglo XX podremos descubrir en nuestro rostro de Iglesia no pocas
cicatrices. Es cierto que seríamos culpables de un estrabismo consentido si no
recordáramos a los testigos ahorcados en las cárceles nazis o gaseados en las
cámaras de gas, a los católicos que han pasado buena parte de sus vidas
aislados en celdas de castigo soviéticas, en jaulas de bambú vietnamitas o en
trabajos forzados en China. Pero demasiadas veces los católicos —la
Iglesia— hemos convivido sin especiales remordimientos de conciencia con regímenes
impresentables. LA IGLESIA LLEGA
TARDE Junto a nuestra historia
pasada, el timing. Un ritmo pausado y hasta cansino y un estilo matizado a veces
hasta la exasperación hacen que la Iglesia con frecuencia llegue
—lleguemos— tarde. Nos acercamos a las convocatorias con comunicados de
Prensa cuidadosamente redactados cuando los manifestantes hace tiempo que
pasaron y ya van mucho más allá. La Nota del Comité Ejecutivo de la
Conferencia Episcopal Española de 20 de febrero, clarificadora, serena y firme,
ve la luz pública cuando ya se producían unas ciertas inflexiones en algunos
comentarios sobre la actuación de la Iglesia y sobre todo cuando otros hechos,
más de última hora, ya habían desplazado la «no firma» del pacto a segundas
o terceras filas de la actualidad. Y a esto hay que añadir una cierta ¿ingenuidad
o torpeza? a la hora de dar razones. Para explicar el hecho de no haber firmado
el pacto se han esgrimido por parte de la Iglesia algunas razones puramente
formales que al primer pequeño soplo ya no se tenían de pie. «Como no se nos
había invitado»..! Si hubiese habido invitación formal, entonces la Iglesia
no habría tenido más remedio que echar mano de sus razones reales para no
firmar. Se alimenta así la sospecha de que la Iglesia, antes de sacar sus
cartas verdaderas, intentaba «entretener» como fuera a sus impacientes
interlocutores. MOTIVOS PARA LA CRÍTICA De todo esto una primera
conclusión. En la Iglesia, antes de sentirnos víctimas de la sociedad civil
laicizada, deberemos examinar si hemos dado motivos reales para que nos
critiquen. Juan Pablo II con sinceridad y en público, se ha atrevido, al
parecer en contra de su entorno cercano, a pedir perdón por las faltas de
nuestro pasado. Pero el hecho de pedir perdón se quedaría en gesto inútil si
no va bien agarrado de la mano de un visible propósito de enmienda. Hay por tanto que evitar, ya
hoy, lo que mañana pudiera ser otra vez motivo para pedir perdón. Y los católicos
—obispos y fieles de a pie— tenemos que limpiar de estorbos nuestros
caminos, aquellos que nos llevan hacia los poderes públicos, a las sociedades
civiles, a los ciudadanos de a pie. 2. Las críticas y los críticos. ¿Debía firmar la Iglesia,
representada por la Jerarquía, el Pacto Antiterrorista? Al leer los grandes
principios del pacto nos parece que la Iglesia no puede negarse a firmar. Al
repasar el texto completo del pacto y su contexto creemos que la Iglesia no debe
estampar su firma en el pacto. Diciendo esto, entiendo personalmente que no
estoy utilizando una salida de emergencia para zafarme del compromiso. Nos ha parecido leer en el
pacto dos niveles de afirmaciones. Unas, las que condenan sin grietas la
violencia, el asesinato, el terrorismo y los ataques a una sociedad que aspira y
tiene el derecho a vivir en libertad, en paz y en solidaridad. O la afirmación
en positivo de que la paz, la convivencia libre y el respeto a los derechos
humanos son valores no negociables. A esas condenas y la adhesión a esos
principios la Iglesia no debe ni puede ni quiere negarse. Ni puede limitarse a
susurrar en voz baja una semicondena cansina, o perderse en una serie de
distingos conceptuales o resguardarse en un campo neutral por si en un algún
momento fuese necesario un árbitro. La Iglesia ha condenado el terrorismo y la
violencia muchas veces y con frases muy enérgicas. Insinuar que la Iglesia española
en su conjunto en este momento, por no concitar enemistades, o por vender una
imagen de «apacible concordia entre los obispos» ha aguado su oposición
frontal al terrorismo nos parece que es faltar a la verdad. «VERDADES DE
SEGUNDO ORDEN» Pero en el pacto hay otra
serie de afirmaciones, escritas con letras del mismo tamaño que las anteriores
aunque nos parecen «verdades de segundo orden». Se declara «fracasada la
estrategia promovida por el PNV y por EA». Se afirma que «la condición
evidente y necesaria para la reincorporación de estas fuerzas políticas a la
unidad de los partidos democráticos es la ruptura formal con el Pacto de
Estella», se dice que esto es un requisito imprescindible para alcanzar
cualquier acuerdo político o pacto institucional con el PNV y EA. Todas estas
afirmaciones pertenecen a la arena política y al juego y confrontación de los
partidos. Son legítimamente defendibles. Hasta muchos las pueden considerar políticamente
correctas y para bastantes ciudadanos pudieran parecer imprescindibles. En una
manifestación contra el terrorismo, la cúpula de la Iglesia española, codo a
codo con otras instituciones, como la Universidad o algunas asociaciones
civiles, tiene su sitio llevando la pancarta. En una manifestación en la que se
pidiese la ruptura del Pacto de Estella y el cambio de gobierno en el País
Vasco, pensamos que el sitio de la Iglesia no es la calle sino su casa, que en
rigor no es suya. Es de Dios. Y si es del Dios anunciado por Jesús de Nazaret,
es también la casa del pueblo y la casa de todos los pueblos. AL SERVICIO DE LA
HUMANIDAD Un jesuita ahorcado en las cárceles
nazis, Alfred Delp, escribió: «El destino de la Iglesia en el futuro no
dependerá de lo que sus prelados puedan aportar de inteligencia y “habilidad
política”. Dependerá del retorno de la Iglesia al servicio de la
humanidad...Esto no quiere decir huida de la sociedad, sino hacerse más
consciente de la propia limitación y realizar así la tarea como una diaconía
cultural». La Iglesia al condenar el
terrorismo ha hecho un servicio. Y al «quedarse en casa» no firmando el pacto
nos parece que ha cumplido con su obligación. Aunque a veces se mueva por la
sociedad con pasos tan lentos que defrauden expectativas legítimas de
sociedades rápidas y la Iglesia corra así el peligro de llegar a los sitios
casi siempre un poco tarde. Perdón por tanto silencio VÍCTOR MANUEL ARBELOA En los últimos tiempos, especialmente en tiempos preelectorales, se ha venido exigiendo a ciertos partidos que condenen éste o aquel suceso histórico, y a la Iglesia Católica en todo tiempo que pida perdón por esto o por aquello. No he oído ni leído, lo que no quiere decir mucho, que se haya pedido algo parecido a otros partidos y sindicatos, y, ni aquí ni fuera de aquí, a otras iglesias o confesiones, por ejemplo a la Reformada Calvinista por su actuación en Suráfrica, a la Presbiteriana por sus atropellos en Irlanda, a la Anglicana por sus desatinos en muchas de las colonias británicas, al Judaísmo por su connivencia en la represión atroz de los palestinos, a la Masonería, que no ha sido siempre sólo víctima... Y el inmenso Islam, ¿no tendrá que pedir perdón a nadie? En España no sólo se ha querido olvidar o dejar sin efecto la Reconciliación, preparada, estudiada, consensuada durante años y después sellada con la Constitución de 1978, sino que, puestos a volver al vómito, algunos juzgadores de la historia (de los otros) se han olvidado de exigir a ciertas inmaculadas fuerzas históricas o a quienes ahora se precian de su herencia el perdón por aquella infausta Constitución de 1931, origen de tantas desdichas; por la injusta expulsión de obispos (Segura y Múgica); quema de conventos; supresión continua de periódicos; crímenes impunes; levantamientos izquierdistas desde el mismo 1931; levantamiento en Asturias y en otros puntos de España contra el Gobierno legítimo de la República, y rebelión de la Generalitat de Cataluña contra el régimen constitucional en el mismo octubre de 1934... Para no hablar de la primavera de 1936 y de la parte que les toca en la común guerra civil. ¡Qué absurdo todo ese empecinado empeño de algunos, con la torpe colaboración de muchos, por intentar renovar nuestro pasado más doloroso después de todo lo que dijimos e hicimos desde 1975 a 1980! ¡Qué fácil ver vigas en ojos ajenos y sobre todo qué cómodo querer ajustar las cuentas con la historia (de los otros), sin pensar siquiera en las cuentas que todavía nos está demandando el presente! ¡Qué irresponsable actitud la del PNV, que parece no haber aceptado nunca la Reconciliación entre todos los españoles, olvidando una y otra vez todo lo ocurrido en Guipúzcoa y Vizcaya durante la guerra civil e incluso su propia actuación en Navarra y Álava en julio de 1936, que no suelen recoger sus historias oficiales! Y mientras unos vuelven a mediados del siglo pasado -¿y por qué no hasta los oñacinos-gamboínos y hasta los várdulos-caristios?-, esos mismos y otros muchos pasan por alto lo que sucede hoy mismo. Bastante más grave es, por ejemplo, el silencio, entre cobarde y cómplice -y no 'histórico', sino actualísimo-, de buena parte de la Iglesia 'progresista' ante la serie ilimitada de crímenes, secuestros, extorsiones, destierros, amenazas, difamaciones, insultos... de ETA y sus muchos cómplices, sólo comparable dentro del mundo civilizado a la que tenía lugar hasta hace poco en el Ulster, y fenómeno socio-político sin igual en la España de nuestro tiempo. El querido y admirado Antonio Beristain, científico y jesuita vasco, recoge en su libro de reflexiones y también de testimonios, De los delitos y de las penas: desde el País Vasco, algunas quejas amargas sobre su Iglesia más cercana. Pero hay poquísimos como él. En diciembre de 1997 se queja en un diario de Donostia, y teniendo delante varios datos de sociología aplicada, de la actitud y actuación de monseñor Setién en relación con las víctimas del terrorismo, y se pregunta cosas tan elementales como éstas: '¿Por qué la Iglesia vasca nunca ha condenado el terrorismo de ETA prescindiendo de la política gubernamental estatal? ¿Por qué nunca ha hecho algo públicamente a favor de esas víctimas?'. He sido yo también muy crítico con Setién, a quien más le hubiera valido terminar sus días activos como profesor de la Universidad de Salamanca, aun sin el beneplácito del vasco españolísimo Miguel de Unamuno. Pues, con todo, ha hablado mucho más y por eso mejor que todos los muchos mudos que en la Iglesia del País Vasco y de Navarra no hablaron nunca, o, si hablaron, sólo lo hicieron para sostener, de un modo u otro, la causa de ETA o la de sus cómplices nacionalistas-independentistas, como ese 'brazo eclesiástico' del MLNV, que no ha dejado de moverse, que yo sepa, desde 1975, y otros similares brazos con que bracean al mohíno muchos seglares católicos. Mejor que Setién hablaron y hablan obispos como Méndez, Cirarda, Sebastián, Larrauri, Blázquez, Uriarte o Asurmendi, a pesar de haberse dejado llevar demasiado tiempo, en horas menguadas, por las directrices de la cúpula nacionalista donostiarra, y hasta por sus modos, estilos y lenguaje, y a pesar también de su obstinación en constituir la llamada por casi todos 'archidiócesis vasca', cuando no 'Iglesia vasca', frente a la voluntad de la mayoría de los católicos navarros. Pero, en fin, hablaron y hablan, como habló y habla el Papa, y también la Conferencia Episcopal Española, aunque demasiado pendiente siempre de 'los obispos vascos', con un lenguaje más moralista teórico que denunciador -¡diciendo aún a cada paso que los crímenes 'no tienen justificación'!- y sin el vigor profético de los grandes hombres de Iglesia, que parece haberse perdido para mucho tiempo. Si ha hecho bien en no firmar el pacto antiterrorista de los políticos, ha hecho mal en no llevar a cabo autónomamente, dejándose de cháncharras máncharras, un gesto claro, rotundo, público y colectivo, como acaban de hacer en Lejona los rectores de las universidades españolas, que tampoco firmaron el pacto, y como antes lo hicieron en San Sebastián y Andoain los directores de diarios nacionales. Es muy de resaltar, asimismo, el valeroso acto del obispo de Bilbao -'un tal Blázquez', para Arzalluz-, junto con un grupo numeroso de sacerdotes vizcaínos, reconociendo el olvido y la insensibilidad ante las víctimas de los terroristas y pidiendo perdón por ello. Dios y enhorabuena. Si exceptuamos, pues, los obispos, dígame alguien un testimonio de denuncia; un gesto rebelde, arriesgado, individual o colectivo, evangélicamente testimonial ('martirial'), hecho a la luz y audiencia públicas, por alguna categoría clerical o laical, orden, congregación, asociación o movimiento dentro de la Iglesia. Y si quienes tenían más obligación de hacerlo no lo han hecho, ¿por qué habían de hacerlo los demás? Bien triste es, ya digo, que la inmensa mayoría de las llamadas comunidades o grupos de base, sedicentes 'progresistas', sus foros, círculos, jornadas, seminarios, congresos, publicaciones... no se sabe que hayan abierto la boca, ni que hayan hecho una sola acción de protesta, un solo 'signo profético', como aquellos que hacíamos con tanta facilidad como entusiasmo en el tardo-franquismo, que a muchos les costó algo y a otros, mucho más. ¿O habrá acaso que decir que todo fue para muchos mera coincidencia? Eso sí, sobre El Salvador, Nicaragua, Chiapas, Brasil, Chechenia, Timor, Ruanda... todo lo que se quiera. Causas justísimas a las que otros también hemos dedicado miles de horas en nuestras vidas. Pero sobre el terror etarra y su fondo y trasfondo nacionalista-independentista, sectario e inhumano, eso no. El tabú y la omertà, cuando no, como ya he dicho, la complacencia o la cooperación. Qué soledad, Dios mío, qué decepción, qué traición, la de estos veintitantos años en la Iglesia de Dios que peregrina en España, sobre todo en Euskadi, Cataluña y Navarra. Una parte de la Iglesia ha alejado de nuevo a muchos por su complicidad, o por su cobardía, su miedo, sus medias tintas, sus lenguajes de madera, sus componendas... con el terrorismo y sus secuaces, con sus valedores 'progresistas' y nacionalistas. Tampoco hacen nada por mejorar las cosas los anticlericales de siempre, que hablan de los obispos, de los curas y de los católicos a barrisco, todos barajados, confundiendo como es su necia costumbre a unos y otros con la Iglesia, volviendo a tergiversar su historia según fórmulas acuñadas e intangibles, y no sabiendo atribuirle, porque no creen en otros valores distintos, más que fines políticos, maquiavélicamente políticos. Lo cierto es que gracias a un puñado de políticos, periodistas e intelectuales, algunos de ellos cristianos y católicos, se ha mantenido todavía en pie el pabellón de la moral, de la distinción elemental -da vergüenza decirlo- entre el bien y el mal, entre la vida y la matanza, entre la idolatrización de la patria y los derechos fundamentales de la persona. Digo un puñado. Porque también puede decirse algo similar a lo que acabo de decir sobre tantos políticos, periodistas, intelectuales, escritores, artistas, educadores, profesionales de todas clases -no sólo cocineros-, deportistas..., que durante años ni chitaron ni mistaron. Y si no pocos de ellos han levantado su voz o su mano ha sido demasiado tarde, y casi siempre cuando ETA ha golpeado a alguno de los suyos. Perdón, sí. Por tanto y tan prolongado silencio ante tanto error y horror, ayer, hoy, ahora mismo. EL MUNDO Sábado, 3 de marzo de 2001 ICONOCLASTIA Y MODERNIDAD MANUEL DELGADO El
espanto que suscita la inminente destrucción de un grandioso patrimonio artístico
en Afganistán, incluyendo restos de aquel primer y colosal ejemplo de mestizaje
cultural que fue la civilización grecobúdica, ha vuelto a desatar los tópicos
sobre la condición medievalizante del fundamentalismo islámico, visto como un
fanático mecanismo de oposición a los avances del mundo moderno. ¿Cómo
serán los laicos del tercer milenio? Habla Guzmán
Carriquiry del Consejo Pontificio para Laicos CIUDAD DEL VATICANO ¿Cómo serán los
laicos del tercer milenio? A esta pregunta ha respondido este jueves en el
Vaticano el profesor Guzmán Carriquiri, secretario del Consejo Pontificio para
los Laicos. El Norte de Castilla 12/05/ 2001 Por
el amor de Dios Una
asociación de sacerdotes casados reclama en su congreso anual Víctor M.
VELA José Félix viene de Castilla
La Mancha. Antonio de Andalucía… los hay que han llegado desde Cantabria,
Madrid o Galicia. En total se ha congregado una parroquia de más de sesenta
feligreses, muchos de ellos matrimonios en los que el marido es un cura, un
sacerdote que en un determinado momento decidió compartir su vida con otra
persona, amar a Dios y al prójimo en forma de mujer y casarse. Pertenecen a un movimiento que
se conoce como ‘Somos Iglesia’ y a una agrupación que bajo las siglas de
Moceop (Movimiento pro Celibato Opcional) defiende «una institución
eclesiástica más justa, menos verticalizada, en la que no se imponga el modo
en que se tiene que extender la palabra de Dios». En esta ocasión han elegido
Valladolid como lugar para celebrar su reunión anual, una jornada en la que se
ponen en común las vivencias personales de cada uno de ellos y se analiza la
situación que en estos momentos viven aquellas personas que, «desde dentro de
la Iglesia, apostamos por el matrimonio, por la igualación de la mujer en las
responsabilidades eclesiales y por la participación activa en la sociedad». José Centeno ha sido en esta
ocasión el encargado de organizar los actos que se desarrollaron durante todo
el día de ayer. «Se trata fundamentalmente de una jornada de convivencia, en
la que tratamos de que se conozcan mejor los movimientos de la Iglesia que
tratan de evolucionar, que no se han estancado en el pasado y que buscan la
actuación desde dentro de la familia, desde el trabajo y el contacto directo
con la el mundo en que vivimos. Y esto va más allá del púlpito». De ahí que
las personas que acudieron no fueran únicamente sacerdotes casados, «aquí
también hay solteros y seglares, pero todos nosotros defendemos que no se puede
hacer del celibato una imposición, sino que debe ser algo opcional», explica
Ramón Alario, presidente del Moceop. Jornada de reflexión Alario, quien inauguró
oficialmente esta particular jornada de reflexión, resaltó la necesidad de
«acabar con dos tópicos que han perseguido a nuestras reivindicaciones. El
primero es la idea de que somos desertores. El segundo es la simplicidad con que
muchas veces se nos ha ninguneado diciendo que nuestra situación es fruto de la
suma de 95.000 problemas personales e individuales, cuando no es así». Alario
señaló que las estadísticas indican que uno de cada cuatro eclesiásticos,
«siempre según los países o diócesis», ha terminado contrayendo matrimonio.
Estas cifras fueron confirmadas por el coordinador en España de la Federación
Internacional de Sacerdotes Católicos Casados, Julio Pérez Pinillos, quien
también acudió a la cita. Ambos destacaron la defensa
del celibato obligatorio como «la forma de expresarse de una Iglesia
impositiva. Nosotros proponemos que no se obligue a nada, que no se encierre a
los creyentes en un callejón sin salida», comentó Alario. Movimiento obrero Junto al debate en torno al
matrimonio dentro de la Iglesia, los participantes en el encuentro también
expresaron su opinión en torno a los conocidos como curas obreros, sacerdotes
que compaginan su labor con trabajos en industrias o empresas de distinta
índole. Un ejemplo es el de Luis Maestro, venido desde Burgos, quien defendió
la implicación directa con la sociedad. «Recuerdo a un obispo de
Castilla que en una comida me dijo: ‘Así que tú eres cura obrero, ¿no? ¿Y
eso no es peligroso?’ A lo que yo contesté: ‘Pues no, porque gracias a que
trabajo, a que estoy en contacto con la gente, veo el Evangelio mucho más
claro. Lo peligroso es lo otro, ustedes tendrían que haber vivido esto, haber
trabajado codo con codo con estas personas, porque sólo si se ha vivido se
puede comunicar con palabras comprensibles’», comentó Maestro durante su
exposición. "La gente no se
escandaliza porque un cura esté casado" Casado y con hijos, Julio
Pérez Pinillos es el coordinador en España de la Federación Internacional de
Sacerdotes Católicos Casados. Natural de Palencia, en la actualidad vive en
Madrid, donde cada domingo oficia una misa ante su parroquia. -Entonces, ¿se puede estar
casado y decir misa? -Sí, claro, perfectamente. A
mí me lo ha pedido la comunidad parroquial, que por favor, que no les
abandonara y siguiera reuniéndome con ellos. Y sigo oficiando misa. Lo que
tenemos que intentar es que esto no se vea como algo extraño, que la propia
Iglesia lo acepte y que reconozca que no es necesario el celibato para acercarse
a la sociedad. -¿Cuándo surge el movimiento
contra el celibato obligatorio? -De forma organizada aparece
en 1983 en varios países. Y lo hace con una idea común en todos. En el
evangelio no se exige el celibato en ningún momento, por lo tanto, no es
relevante. Lo importante es apasionarse por la sociedad, mantenerse al servicio
del pueblo; y el resto no debe imponerse, sino que tiene que venir dado por lo
que la espiritualidad le pida a cada uno. Respetamos a los que prefieren
mantenerse célibes, pero también pedimos respeto a los que hemos decidido
vivir la pareja y la sexualidad. En número, somos unos 5.500 en España, sobre
un total de 20.000 sacerdotes. -¿Y eso se puede compaginar? -Por supuesto. Tan santo y tan
pecador es el cura casado como el no casado. Pedimos apasionamiento por el
pueblo, por el evangelio, por la fe vivida en comunidad y nada demuestra que eso
sólo se pueda hacer desde la virginidad, desde un sentido equivocado de lo
sagrado. Es que no hay ninguna fundamentación ni bíblica ni teológica ni
espiritual ni pastoral para defenderlo, por eso no entendemos que se imponga
algo que debería estar en segundo lugar, muy por debajo de lo importante. -¿Por qué se sigue
defendiendo el celibato desde la Iglesia? -Por miedo a los cambios. Quizá por lo mismo por lo que se sigue manteniendo un sentido negativo de la responsabilidad de las mujeres. El celibato no es lo más importante, pero es el eje en torno al que se han generado muchos problemas dentro de la Iglesia porque está al servicio de una concepción vertical, como una casta de célibes que creen estar por encima del resto. La gente ya no se escandaliza de que un cura esté casado. Lo que le preocupa son esas personas que viven con una doble moral y que lo ocultan. AGENCIA
ESPAÑOLA DE NOTICIAS DE VIDA RELIGIOSA “¿SE PUEDE SER HOMOSEXUAL Y FRAILE O MONJA?” Una religiosa y un religioso abordan las relaciones entre homosexualidad y celibato Madrid, 7 mayo 2001 (IVICON).- La pregunta no es nueva, pero sí legítima y oportuna, y más en los tiempos que corren: ¿se puede ser homosexual y fraile o monja?. En otro tiempo, esa condición pudiera ser un impedimento para entrar en la vida religiosa; hoy, las dificultades, aparentemente, no son mayores ni distintas que para una persona heterosexual. Para unos y para otros es cuestión de integrar la sexualidad en una opción de amor célibe. “Que una persona homosexual se integre o no en la vida religiosa, no puede argumentarse desde su condición de homosexual sino desde el grado de integración, salud, apertura y sinceridad con la que se le hace posible acoger la vida y la vocación recibida”, señala Lola Arrieta, religiosa Carmelita de la Caridad, para quien “la persona con buena integración de su sexualidad, sea cual sea su orientación, es capaz de establecer relaciones profundamente positivas, compromiso en el amor en cualquier estilo de vida, e incluso más benevolencia, creatividad y sensibilidad que otros”. En parecidos términos se expresa el jesuita Carlos Domínguez Morano al anunciar que “más vale un homosexual sano que un heterosexual neurótico o perverso”. “Probablemente, han sido muchos los hombres y mujeres homosexuales que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han vivido honesta y creativamente su vocación de célibes por el Reino. Nunca sabremos lo que en su intimidad más profunda esto les significó de dolor y de grandeza, al tener que afrontar esa dimensión de sus vidas en un clima de rechazo generalizado”, subraya Domínguez. Estas manifestaciones aparecen recogidas en dos cuadernos de formación permanente para religiosos, editados por el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Vitoria, que para el curso 2000-2001 tiene previsto publicar en la Colección Frontera cuatro estudios en torno al tema de la afectividad y el celibato a cargo de los siguientes autores: Carlos Domínguez Morano (“La aventura del celibato evangélico. Sublimación o represión. Narcisismo o alteridad”), Lola Arrieta (“Sus heridas nos han curado” (Is. 53,5). Conflictiva afectivo-sexual en la opción de amor célibe”), Javier Garrido (“Afectividad y seguimiento de Jesús. Celibato y discipulado”) y José Luis Pérez (“Amor célibe en fraternidad misionera”). HOMOSEXUALES EN LA VIDA RELIGIOSA En su escrito, Domínguez explica que en los ámbitos eclesiales la cuestión homosexual deja ver todos los elementos característicos del tabú, y se lamenta de que muy pocos autores hayan afrontado directamente el tema de las posibles relaciones entre la homosexualidad y el celibato evangélico. Sin embargo, “ocultar que en el clero y la vida religiosa existe una proporción de personas homosexuales, al menos tan grande como en otros estratos sociales, sería un gesto de hipocresía que la sociedad, por lo demás, no parece hoy dispuesta a aceptar”, aclara el jesuita. En la práctica, “es un hecho que existe un porcentaje importante de varones y mujeres homosexuales en la vida religiosa, como existen en la calle”, confirma Lola Arrieta, mientras explica que la homosexualidad no es la causa de padecimiento sino “la carga de ser considerado diferente en sentido peyorativo y padecer rechazo, por ser homosexual”. En este sentido, el problema a la hora del discernimiento vocacional está en “el sufrimiento profundo de muchos varones y mujeres por sentirse profundamente rechazados a causa de su homosexualidad”, lo que les lleva a considerarse “individuos estigmatizados”, con “la herida de sentirse tratados como inferiores y, por lo mismo, rechazados”. Domínguez cree que la psiquiatría y la psicología clínica progresiva y mayoritariamente “se van pronunciando a favor de la no patología” de la identidad homosexual en sí mismo. Es más “nadie en la clínica psicológica y psiquiátrica considera hoy la homosexualidad como una patología sino como un modo de orientación de la sexualidad, entre otros”, subraya Arrieta. No obstante, hay al menos dos vivencias subjetivas diferentes de la orientación homosexual: la que crea sentimientos de culpa, sufrimiento y herida, y la que genera aceptación, serenidad e integración confiada, aunque, en el caso de ésta, “la reconciliación, esa ardua tarea por la que todos tenemos que pasar para asumir gozosamente la vida en el cuerpo, rara vez se libra del plus de esfuerzo y miedo que supone descubrirse con la posibilidad de ser homosexual”, comenta Arrieta. CLARIFICAR Y ASUMIR En el camino de discernimiento y aceptación, no se trata de fijar o polarizar como rasgo de identidad fundamental de la vida el hecho de ser homosexual, sino en llegar a clarificar y asumir la orientación homosexual como un rasgo más de los que configuran el proyecto de vida de amor célibe, dice Arrieta. De lo contrario, “se olvida que esa orientación sexual no es, después de todo, sino un aspecto secundario de la persona con relación a lo que constituye nuestra identidad esencial: ser hijos de Dios y hermanos de todos los seres humanos”, escribe Domínguez. “Si este camino no se logra recorrer, entonces habrá que levantar sospecha, no por la homosexualidad en sí, sino por lo mucho que se polariza en ello y lo que esto supone de interferencia para dedicarse al amor y compromiso de vida religiosa”, manifiesta Arrieta. Frente a los rechazos represores y a las idealizaciones falsificadoras, Arrieta y Domínguez, expertos en psicología de la vida religiosa, invitan a superar la vivencia clandestina y negada de la orientación homosexual, porque “eso siempre crea problemas”, afirma Arrieta, al tiempo que Domínguez aclara: “Cuando un célibe no es capaz de reconocer y elaborar suficientemente su orientación homosexual, se cae fácilmente en una dinámica impregnada de patología, de represión, de ocultamiento, de desgarro y de culpabilidad que consume toda la vida del sujeto, impidiéndole prácticamente toda su proyectada dedicación al Reino”. Si bien eso no significa reivindicar una especie de “orgullo gay” en el seno de la vida religiosa, aclara Domínguez. Una
religión sin templo JOSÉ
CERVANTES En la actividad apostólica
de Pablo surge un conflicto entre la comunidad de Antioquía y la comunidad de
Jerusalén. Son dos corrientes de la Iglesia con interpretaciones diferentes del
rito de la circuncisión, un acto ritual cargado de significado religioso y
cultural en el mundo israelita que marcaba la pertenencia al pueblo judío. La comunidad de Jerusalén
sostenía que para ser cristiano había que pasar por este rito judío, mientras
que Pablo sostenía que no era necesaria la circuncisión de los gentiles cuando
éstos se adherían al cristianismo, pues el Espíritu de Dios es un espíritu
de libertad, es el Espíritu de Cristo resucitado que trasciende todo tipo de
normas rituales externas. El cristianismo es un modo de vida cuya novedad
radical se proyecta más allá de toda frontera y más allá de todas las cláusulas
y prescripciones rituales antiguas. El conflicto quedó resuelto
en el marco de la comunión eclesial abriendo la Iglesia sus puertas a los
gentiles y superando la exigencia de la circuncisión reivindicada por la
comunidad conservadora de Jerusalén. De este modo la Iglesia siguió avanzando
en su predicación del evangelio sin limitar su fuerza salvífica y su potencia
liberadora a ningún grupo étnico, lingüístico ni religioso. La postura de apertura de la
Iglesia encarnada por Pablo fue el criterio decisivo que permitió el salto del
Evangelio a Europa. Ese mismo talante de apertura fraterna a la humanidad es el
mismo espíritu que revitalizó a la Iglesia en el siglo XX con el Concilio
Vaticano II y el que auguramos para ella en el momento presente. A ello nos ayuda también el
Apocalipsis (Ap 21,10-23) donde encontramos una visión portentosa que describe
a la ciudad de Jeusalén celeste como una ciudad resplandeciente con la gloria
propia de Dios. Las doce puertas de su muralla, con doce ángeles, orientadas
hacia los cuatro puntos cardinales, así como los doce cimientos de la misma
representan a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles de la Iglesia
naciente. Es el género literario imaginativo, creativo, visionario que
transmite una experiencia de fe totalmente novedosa en el ámbito religioso. La gran novedad es que esta
ciudad santa y universal no tiene templo. La gloria de esta ciudad no está en
el templo, la gloria de la ciudad es Dios y el Cordero. El Cordero es la imagen
de Jesucristo, el crucificado y resucitado que congrega a la gran multitud de
los sufrientes de toda la historia y de las víctimas de la injusticia de este
mundo. En la ciudad celeste tienen
parte todos aquellos que han sido fieles a la palabra de Dios, los testigos
firmes del evangelio que han resistido ante toda influencia opresora ya sea ésta
religiosa (la estructura dominante representada por templo) o política (el
sistema social del imperio) y todos los que en cualquier lugar de la tierra
sufren la exclusión, la injusticia y la opresión, ejercida por individuos,
instituciones o estructuras. Participar en esta nueva
ciudad es abrirse a la novedad de vida que ella supone, no sujeta a ritos
externos como la circuncisión, ni a lugares sagrados como el templo, sino
vinculada a la palabra protagonizada en la historia por el que fue abriendo paso
a la auténtica manifestación de la gloria de Dios en el amor a los hermanos,
en la atención a los que sufren, en la resistencia hasta la muerte frente a los
que sofocan y reprimen la marcha liberadora de la humanidad por los caminos de
la justicia y de la paz. Es tarea primordial de la
Iglesia interpretar y actualizar esa palabra en cada situación histórica,
afrontando los problemas sociales, políticos y religiosos de cada momento, con
la fuerza del Espíritu y con el criterio fundamental de fidelidad a Jesucristo,
a su causa y su mensaje y con el talante de apertura universal, de resistencia
frente a la injusticia y de esperanza creativa que, como el Apocalipsis, lejos
de alejarnos de la tierra, nos permite imaginarla de nuevo sin estructuras
opresoras en un mundo de fraternidad, de igualdad y de amor. José Cervantes es sacerdote y profesor de Sagrada Escritura El
futuro de la Iglesia Rossend
DOMENECH Roma Los 183 cardenales de la
Iglesia católica, una especie de senado consultivo del Papa, se reunirán en el
Vaticano a partir de mañana para debatir sobre el futuro que tiene por delante
esta institución. El encuentro, que repetirán todos los obispos en el mes de
octubre, pretende elaborar la plataforma estratégica que servirá de base para
el gobierno del próximo Papa. Será una especie de ensayo general del cónclave
que deberá elegir el próximo Papa, aunque el portavoz del Vaticano, Joaquín
Navarro Valls, haya desmentido de forma tajante esta circunstancia, quizá por
razones de oportunidad. En el ocaso del actual
pontificado, Juan Pablo II ha querido que, estando todavía en vida, la jerarquía
católica reflexione sobre el futuro de la Iglesia, algo que no había sucedido
nunca hasta el momento. Según coinciden la mayoría de los observadores,
precisar las líneas de los próximos años del catolicismo facilitará después
la tarea de buscar el candidato más adecuado para llevar a cabo el proyecto
diseñado. A buen seguro, el sucesor de
Juan Pablo II se encuentra entre los 183 príncipes de la Iglesia que a partir
de mañana, y por dos veces cada día, se reunirán hasta el jueves en este
importante cónclave. Casi todos los cardenales
dormirán, como en el futuro cónclave, en el hotel Santa Marta, situado
en el interior del Estado Pontificio, aunque en lugar de salir cada mañana
hacia la Capilla Sixtina para votar, irán al aula de los Sínodos para diseñar
la Iglesia del futuro. Siete asuntos a debate Los temas a debatir son
siete, todos ellos mantenidos en riguroso secreto a la prensa. Sin embargo,
fuentes cercanas al encuentro del colegio cardenalicio han revelado a este
diario que se debatirán las cuestiones más cruciales que la jerarquía católica
tiene sobre el tapete, como el papel de los laicos dentro de la Iglesia, la
relación entre el centro y la periferia de la institución católica, los temas
relacionados con el sexo e investigaciones científicas y los medios de
comunicación. Los moderadores que dirigirán
los debates de los cardenales son de gran calibre, como la ocasión requería:
el secretario de Estado, Angelo Sodano, y el guardián de la ortodoxia, Joseph
Ratzinger. Hay un tercer moderador, al que le toca este honor por edad, el
africano Bernandin Gantin. A sus 79 años, es el decano de los cardenales. Por
su parte, el francés Jean-Marie Lustiger se ocupará de introducir los debates,
explicando los temas y, al final, el mexicano Juan Sandoval Iñiguez resumirá
las conclusiones. La periferia del mundo católico
presionará durante la reunión para que la Iglesia sea más abierta y democrática
de lo que ha sido hasta ahora. Hay que tener en cuenta que en las últimas décadas
han surgido varios grupos que presionan para conseguirlo, como Nosotros Somos
Iglesia, de talante progresista, que reúne a millones de civiles y teólogos.
En un documento anuncian la formación de un sínodo en la sombra y han
enviado también siete puntos al Vaticano. Piden pluralismo interno y una mayor
democracia a la hora de elegir a los obispos y asesorar al Papa, así como una
reforma de la Curia (gobierno central) para que "sirva y no domine a los
obispos". DATOS Valor consultivo. Los
consistorios existen desde el Concilio Vaticano II. Son reuniones de los
cardenales sobre temas cruciales que afectan directamente a la Iglesia. De todas
formas, tienen sólo valor consultivo. Uno fue dedicado al cura moderno, otro a
las finanzas del Vaticano. El actual es el sexto de debate que se celebra. La composición. Los
cardenales son en la actualidad 183, de los que sólo 135 tienen menos de 80 años,
edad máxima para participar en un cónclave. La norma fue introducida por Pablo
VI (1963-1978). Juan Pablo II ha mantenido el límite de edad y ha establecido
que los electores de un nuevo Papa cuando llegue el momento del relevo sean 120
como máximo. Los 160 de Wojtyla. 160
cardenales electores han sido designados durante el pontificado de Juan Pablo
II. En 23 años ha celebrado 8 consistorios electorales, de los que han salido
201 cardenales, 160 de los cuales siguen con vida. En la actualidad, ya no queda
ningún cardenal elector nombrado por Juan XXII. Por su parte, de los que designó
en su momento Pablo VI quedan 10. Europa tiene más. Europa
cuenta con 65 cardenales electores; América del Norte, con 13; América Latina,
con 27; Africa, 16; Asia, 13, y Oceanía, 4. Por países, Italia es el primero
en lo que se refiere a número de cardenales electores, con 24. Le sigue Estados
Unidos (11), Alemania y Brasil (7), Polonia y Francia (5), España (4) e India
(3). La agenda. Los
temas a debate son: el anuncio de Cristo en medio de las religiones, los laicos,
las religiones naturales (new age ), globalización de la solidaridad,
relaciones entre la Iglesia universal y local, la vigilancia sobre las tendencia
mundiales en materia de moral sexual y la televisión. ¿Para qué? En la situación tan confusa
que está viviendo la Iglesia, ¿para qué esta reunión de cardenales? Porque
el papa Juan Pablo II está haciendo viajes de claro sentido ecuménico y
la Santa Sede, por medio del gran inquisidor, el celoso alemán monseñor Joseph
Ratzinger, condena doctrinalmente, en el documento Dominus Iesus , lo
que hace el Papa. Este quiere la unidad de los
cristianos, pidiéndoles perdón por nuestros excesos y persecuciones, y
acercarse a los musulmanes, rezando incluso en sus mezquitas, como ha hecho en
Damasco. Y ha convocado en Asís dos veces a los principales movimientos
espirituales no cristianos a pie de igualdad. Si no se habla claramente de
ello, cosa que no veo posible, dada la costumbre secretista y no dialogal de la
Iglesia, muy probablemente nadie se atreverá a poner el cascabel al gato. Y no
olvidemos que la misión de los cardenales es ser los asesores del Papa, máxime
en la situación disminuida de facultades humanas que éste padece. El
Papa abre el debate sobre la Iglesia del futuro Corresponsal Roma.- Nace
una televisión católica en Madrid
Un
concilio para el siglo XXI Juan José
TAMAYO-ACOSTA Teologo '... los males que hoy le causan (a la Iglesia)
desolación, las herejías y las perversiones de la vida religiosa de la entera
Cristiandad, proceden del hecho de haber abandonado la celebración de
concilios'. Esto escribía el monje Udalrico con motivo de la celebración del
concilio de Basilea (1431-1449). Un siglo después, era el teólogo y jurista
español Francisco de Vitoria, 'padre del derecho de gentes', quien se expresaba
en términos similares: 'Desde que los papas comenzaron a temer a los concilios,
la Iglesia está sin concilio, y así seguirá para desgracia y ruina de la
religión'. Es posible que parecidas reflexiones estén
haciéndose las numerosas voces procedentes de todos los sectores de la Iglesia
católica: cardenales, obispos, teólogos, teólogas, movimientos cristianos de
base, que reclaman la celebración de un nuevo concilio para responder con
creatividad e imaginación a los grandes problemas planteados al catolicismo en
el nuevo siglo. Primero fue el cardenal Martini, arzobispo de Milán, quien, en
un Sínodo de obispos de 1999, propuso delante del Papa la necesidad de una
asamblea de la Iglesia universal para tratar cuestiones de especial
trascendencia, cuya respuesta desborda la capacidad de un sínodo. La propuesta
cayó en saco roto, y sus colegas -incluidos los obispos españoles- le dieron
la espalda. Pero Martini no se dio por vencido y ha vuelto a reiterar su
propuesta. La última vez, el 17 de enero del presente año en una entrevista
del Corriere donde ha expresado su deseo de un concilio ecuménico que
aborde con vigor y rigor los 'temas cálidos' de la vida de la Iglesia católica.
A dicha petición se ha sumado Karl Lehmann, presidente de la Conferencia
Episcopal Alemana, nombrado recientemente cardenal por Juan Pablo II, quien
mantiene profundas divergencias teológicas con el cardenal Ratzinger y se
enfrentó al Vaticano cuando se negó a cerrar los centros de asesoramiento
sobre el aborto que tiene la Iglesia católica en Alemania. Él cree necesario
no limitar los ámbitos de decisión al Papa, la Curia y los sínodos
episcopales, y sugiere como camino un Concilio Vaticano III. Recientemente ha sido la corriente Somos
Iglesia, con el apoyo de decenas de colectivos católicos críticos, la que ha
pedido la puesta en marcha de un proceso conciliar libre con la participación
activa de todo el pueblo de Dios para abordar los grandes desafíos que se le
plantean al catolicismo. Es verdad que no ha pasado tanto tiempo desde
la celebración del Concilio Vaticano II (Roma, 1962-1965). Pero de entonces acá
se han producido cambios tan profundos en el mundo que han mutado el panorama
político, social, económico, religioso y cultural, tanto a nivel internacional
como nacional y regional. Estamos ante un cambio de época más que ante una época
de cambio. Y ello obliga a la Iglesia católica a reubicarse en el nuevo
escenario mundial si no quiere perder de nuevo el tren de la historia, como lo
ha perdido tantas veces. Muchos tenemos la impresión de que la Iglesia católica
o bien sigue respondiendo a preguntas de otras épocas que ya nadie se plantea,
o bien responde a interrogantes de hoy con respuestas del pasado. Esto ha
sucedido de manera especial en las cuestiones morales, doctrinales y
disciplinares durante el pontificado de Juan Pablo II. Un concilio sería una gran oportunidad para
retomar el tren de la historia e invertir la actual tendencia hacia la
restauración por la de la renovación. Para ello, lo primero que hay que
cambiar es el escenario de celebración. Los dos últimos concilios tuvieron
lugar en Roma en correspondencia con la centralidad del catolicismo romano en el
mundo. Hoy, sin embargo, el catolicismo tiene un rostro multicultural, multiétnico,
multirracial y multirreligioso. De ahí que el Vaticano no me parezca el lugar más
adecuado para el nuevo concilio. Me inclino, más bien, por un país del Tercer
Mundo, América Latina, por ejemplo, que cuenta con un vigoroso cristianismo
profético expresado a través del compromiso de los cristianos y cristianas
comprometidos con las mayorías populares, el dinamismo de las comunidades de
base y la pujanza de la teología de la liberación. La Asamblea conciliar no puede convertirse en
una reunión de notables o de títulos nobiliarios que sólo se representan a sí
mismos. Ha de ser una asamblea en el pleno sentido de la palabra, con la máxima
representación de todos los católicos y católicas, y no sólo de los
jerarcas, elegidos por el papa, y con capacidad de decisión. Entre los temas de la agenda conciliar hay uno
que me parece prioritario: la Reforma de la Iglesia católica, que se quedó a
medio camino en el Vaticano II; Reforma que ha de traducirse en una
democratización en todos los niveles, desde la base hasta la cúpula. Ello
exige un análisis crítico tanto de los fundamentos del papado, el episcopado y
el sacerdocio, como de su ejercicio. Ahora bien, la democratización de la
Iglesia se convertirá en una caricatura mientras se sigan manteniendo una
concepción androcéntrica del ser humano, que no reconoce a las mujeres como
sujetos morales y religiosos, y unas estructuras jerárquico-patriarcales que
excluyen a aquéllas de los ministerios eclesiales y de las funciones directivas
en la comunidad cristiana. Procede, en consecuencia, poner las bases para la
creación de una 'comunidad de iguales' (no clónicos), en sintonía con el
movimiento de Jesús y con los movimientos de emancipación de la mujer. El segundo gran tema a debatir es la
incorporación de la cultura de los derechos humanos en el interior de la
Iglesia, para superar la contradicción en que incurre la jerarquía católica
al defender los derechos humanos en la sociedad y negarlos en su propia casa.
Ello exige reconocer el derecho de los cristianos y cristianas a elegir a sus
representantes y facilitar cauces para el ejercicio pleno de las libertades de
reunión, asociación y expresión, a las que hay que sumar, en el caso de los
teólogos y las teólogas, las de investigación y cátedra, recortadas
selectivamente hoy en función de la ideología. Este reconocimiento debe ir
acompañado de un clima de diálogo que permita llegar a consensos básicos
dentro del respeto al disenso, que tiene los mismos derechos que el consenso. No debe descuidarse la reflexión sobre la
inculturación del catolicismo en las diferentes y plurales culturas con el
objetivo de activar un cristianismo culturalmente pluricéntrico, donde las
Iglesias del Primer Mundo no dominen sobre las del Tercer Mundo ni éstas sean
sucursales de aquéllas. ¡Cuánto menos, ahora que se ha invertido la tendencia
numérica de los cristianos: a principios del siglo XX sólo el 30% de ellos
estaba en el Tercer Mundo; a principios del siglo XXI llegan al 70%. Pasó el tiempo en que se creía que la religión católica era la única verdadera. Ahora vivimos en tiempos de pluralismo religioso. Razón por la que el diálogo entre las religiones se convierte en un tema de obligado tratamiento, pero no tanto para llegar a acuer | ||||||