38- enero, 2005. Instituciones       

 

MEDIO

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AUTOR

ECLESALIA

03/01/05

CARTA A JESÚS EL DÍA DE NAVIDAD

Jon Sobrino

ECLESALIA

04/01/05

¿QUE ES LA NAVIDAD?

Manuel Batalla Gimeno

ECLESALIA

10/01/05

MANIFIESTO DE LA PRELATURA DE SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA RESPECTO A LA SUCESIÓN DEL OBISPO DON PEDRO CASALDÁLIGA

VV.AA.

ECLESALIA

11/01/05

COMUNICADO A LA DIRECCIÓN DEL SÍNODO DE MADRID

VV.AA.

ECLESALIA

14, 17, 19/01/05

INSTITUCIONES ECLESIALES HACIA EL COLAPSO*

Juan Luis Herrero

ECLESALIA

20/01/05

MORAL Y SIDA

José Ignacio Calleja

ECLESALIA

24/01/05

OBRAS SON AMORES...

Gonzalo Haya

ECLESALIA

25/01/05

EN TORNO A LA CATÁSTROFE DEL TSUNAMI Y LAS MENTIRAS Y MANIPULACIONES

VV.AA.

ECLESALIA

27/01/05

DE VUELTA EN MI PAÍS

Juan Masiá

 

ECLESALIA, 3 de enero de 2005

CARTA A JESÚS EL DÍA DE NAVIDAD

JON SOBRINO

SANTA TECLA (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 03/01/05.- Querido hermano Jesús: Te escribo con sencillez, y comienzo llamándote "hermano". No eres un Dios lejano ni un ángel en las nubes. Creciste, lloraste y reíste, y por eso eres cercano. Te pareces a los que estamos en estas bancas en todo menos en una cosa, que sí es nuestro gran problema: el egoísmo en contra de los demás y la arrogancia sobre los demás.

Eres, pues, como nosotros, pero bien se nota de dónde venías. De tu padre José aprendiste a ser trabajador y honrado, soñador y amante de la justicia. De tu madre María aprendiste el cuidado y la ternura, y a alegrarte en el Dios de los pobres. De tu gran amigo Juan aprendiste austeridad y reciedumbre, y también a ser profeta y decir las verdades que pocos quieren decir.

Aprendiste a ser un hombre de tu pueblo, buen judío y religioso, a leer la Escritura y a rezar. Daba gusto verte ante tu Dios. Muchas veces en silencio, retirado. Otras veces con la gente. "Llamemos a Dios "Padre", decías, "porque es bueno con los pequeños", y por eso tú también sentiste predilección por los pobres y débiles, por las mujeres y niños, por los pecadores despreciados y por los extranjeros marginados. Así era Dios para ti, no como el dios de los sacerdotes del templo que exigían sacrificios, bueyes y ovejas, ni como los dioses de los romanos, que daban miedo y asustaban con rayos y truenos -dioses, por cierto, que siguen existiendo hoy, con armas y ejércitos, opresión y represión. En ese Dios confiabas y en ese Dios descansabas.

También impresionaba tu fidelidad cuando las cosas se ponían difíciles, las persecuciones, el huerto, la cruz. A Dios le dejabas ser Dios. Nunca lo manipulaste para tenerlo a tu favor. Le fuiste fiel sin desviarte del camino, siempre servicial, entregado a los débiles, a la causa de Dios, en un mundo que persigue, difama y da muerte a los que se dedican a esa causa. Al final, la cruz y la resurrección.

A nosotros nos anunciaste una buena noticia: que el reino se acerca y que Dios ama y defiende, sobre todo a los pobres y pequeños. Nos pediste que fuéramos como "niños", pero no "infantiles". Nos pediste rezar y cantar, pero sobre todo hacer la voluntad del Padre Celestial. Nos dijiste muchas palabras, pero una fue realmente bienaventurada y exigente: "sígueme".

Los que te conocieron bien, para decir en una palabra quién eres, dijeron que "pasaste haciendo el bien", que fuiste un hombre cabal, misericordioso con los débiles, y comprensivo, pues tú también pasaste por la debilidad. Y que "no te avergüenzas de llamarnos hermanos".

* * *

Hermano Jesús, así fuiste, pero no sé si nos interesa que así fueses. Antes sí. Así te predicaba Monseñor Romero entre nosotros, y te hacía presente con su ejemplo y el de muchos otros hombres y mujeres. Pero ahora no estoy tan seguro. Algunos grupos y sectas -y lo difunden algunas emisoras de radio y televisión- te presentan como milagrero y melifluo, de muchas novenas y estampas, con mucho canto y poco compromiso, a nuestra medida y a nuestro servicio. En definitiva, muy del cielo, pero poco de la tierra. Hermano Jesús, tú que nos conoces bien, ¿no es verdad que nos da un poco de miedo que te acerques como realmente eres?

Y sin embargo eso es lo que celebramos esta nochebuena aquí en la Iglesia, y creo que lo hacemos con bastante sinceridad, aunque somos conscientes de nuestras limitaciones y pequeñez. Celebramos que así eres y que así, y no de otra manera, te has acercado a nosotros.

Aunque no sea lo más importante, notarás que hoy en la Iglesia hay ambiente de celebración, más luz, más color y más música. Y sobre todo más amor. Mucha gente ha trabajado estos días. Unos en ensayar cantos, otros en poner el nacimiento y arreglar el altar. Otros, mujeres sobre todo, sencillas y silenciosas, que no buscan reconocimiento ni recompensa, en asear la Iglesia, como lo hacen todos los lunes y sábados del año. Es su particular liturgia, y pienso que es la que más te agrada.

Como siempre han puesto un nacimiento, que, por cierto, refleja bien cómo fuiste de mayor. Y también refleja bien nuestro mundo. Estás rodeado de pastores, gente pobre y sencilla, despreciados y tenidos por gente de mal vivir. Y ya sabes que esos "pastores" son hoy la mayoría de la humanidad. La pobreza -la compañía de los pobres, no la de los bien trajeados- es lo que te caracterizó, y es el menaje más claro de la cueva y el pesebre. También están tres sabios, en camellos, gente que busca la verdad y está dispuesta a caminar de lejos para encontrarla. Son los que no se dejan engañar por este mundo, que se dice democrático, pero que, con algunas cosas buenas, sustancialmente es egoísta, elitista, insensible y prepotente. Esos "sabios" no abundan, pero siempre hay algunos.

En el centro del nacimiento está José, como uno de tantos trabajadores lo largo de la historia, y está María, la buena vecina -y me alegra que sigue habiendo hasta el día de hoy gente como ellos con esa dedicación a la vida. No son noticia, no ganan óscares, no modelan ni meten goles, ni salen en la televisión. Parafraseando a un famoso filósofo, son los "guardianes de la vida". Mantienen al mundo en pie.

Y si se mira lejos, también se puede ver a Herodes, que sigue matando niños sin piedad. UNICEF, la organización de Naciones Unidas para la Niñez, acaba de decir que la mitad de los dos mil millones de niños que hay en el mundo viven en pobreza y miseria. Este año ya han muerto de hambre cinco millones de niños. Herodes sigue suelto y muy activo en nuestro mundo. Y para vergüenza de este mundo occidental, que se tiene por demócrata y se diga o no cristiano, los costos de la gestación y nacimiento de un bebé en Estados Unidos es 410 veces más que los de un bebé en Etiopía.

* * *

Hermano Jesús. Estamos contentos esta noche, sí, pero no es fácil. Sólo un ejemplo entre muchos, que me parece importante recordarlo aquí en El Salvador para que no ignoremos a los que hoy sufren más. La mayoría de ellos están en África, y eso es lo que me dicen en una carta que llega de España: "No sé como podrán celebrar navidad en el Congo. Es demasiado fuerte el sufrimiento, los desplazados sin absolutamente nada en las manos". Y cuántas historias semejantes en Irak, en Palestina, aquí.

Pero algo hay en la esperanza que no muere. En el nacimiento hay una estrella, no milagrosa, sino humana, que irradia luz a todo aquel que quiera caminar en busca de la verdad, la justicia, la paz. Es como la luz que irradió Monseñor Romero sobre el caminar de nuestro pueblo. Y es la luz de la que también se habla en la carta que he citado: "En el Congo dos obispos, Mosengo y Sikuli, sostienen la esperanza de sus pueblos". Y añade la gran paradoja: "aquí, en España, nuestra esperanza tiene que sobrevivir en medio de este desierto de consumismo". Pobre primer mundo, con mucho dinero y con poca esperanza.

No es fácil, pero cantamos. Hoy nos encanta escuchar el canto de los ángeles, mejor que el de santa Claus. San Lucas lo dijo espléndidamente: "Gloria a Dios en las alturas. Y en la tierra paz a los hombres y mujeres de buena voluntad". Con esa música en el corazón saldremos de la Iglesia con más alegría para celebrar una cena familiar, con más compromiso para trabajar por un mundo con más justicia, con más paz y con más fraternidad. Y con más esperanza.

* * *

Voy a terminar. Notarás que te he llamado "hermano", y algunos quizás se extrañarán -o estarán un poco nerviosos- porque no he hablado del "Niño Dios". Llamarte "hermano" quizás les suena a poco. No haya pena. Jesús, eres nuestro hermano y eres Hijo muy querido de Dios. Los primeros cristianos dijeron que contigo "ha aparecido la benignidad de Dios". San Lucas nos dijo que eres Hijo del Altísimo y san Mateo te llamó "Dios con nosotros". Eres el gran regalo de Dios. No has nacido de voluntad de carne ni de voluntad de sangre, sino que has nacido de Dios.

Cuánto discurrieron los cristianos de los cuatro primeros siglos para dejar esto en claro: que tú estás en Dios y que Dios está en ti, "que eres de la misma naturaleza que el Padre". En palabras más sencillas y más bellas, que muchas veces he citado, lo ha dicho Leonardo Boff. En un arrebato franciscano, viéndote y contemplando tu vida, escribió: "Así de humano sólo puede ser Dios".

"Niño Dios", "Dios con nosotros", "Hermano Jesús". Te decimos: "ven, ven, no tardes". Te pedimos que este mundo no sea injusto, insensible y cruel, sino como el reino de Dios que anunciaste como la gran buena noticia. Y te pedimos que nos parezcamos a ti para iniciarlo entre todas y todos.

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ECLESALIA, 4 de enero de 2005

¿QUE ES LA NAVIDAD?

MANUEL BATALLA GIMENO, dominico

ECLESALIA, 04/01/05.- Hace unos días abrimos de nuevo las cajas donde guardamos las “figuras”, casi todas mutiladas, y construimos el “nacimiento” en un rinconcito del templo. Después, pusimos un pequeño nacimiento en la sala del convento y adornamos la casa con algunas guirnaldas navideñas, que estaban guardadas también en las cajas… Y supongo que muchos empezamos a enviar y recibir cartas y tarjetas, sobre todo tarjetas, con imágenes tiernas, bellas algunas, serenas, gozosas… y frases que hablan de paz y de armonía, de amor y de “buena ventura”, como si una “celestial gitana” nos hubiese leído a todas y a todos la palma de la mano, haciéndonos creer que vamos bien encaminados, que llegaremos a buen puerto, que sigamos confiados y optimistas…

Y es que, como repetimos cada año por estas fechas en la liturgia, un niño nos ha nacido, se nos ha dado un hijo… y nos trae la salvación, porque es Dios-con nosotros… Y, entonces, suenan las panderetas y las guitarras y las marimbas, cantando: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a la humanidad en la que él se complace… Y celebramos la Eucaristía, don y misterio de comunión, pero todavía tremendamente excluyente, y besamos, puede que hasta con emoción y alguna lágrima, la imagen de Jesús, el Niño-Dios…

Suelo escribir con muchos puntos suspensivos, porque no digo todo lo que pienso y siento, no porque no quiera, sino porque me es imposible expresarlo… Pero, mejor así, porque hay cosas que no son ciencia, sino intuición, y tampoco es bueno imponer, sino sencillamente sugerir…

Durante este año que termina, entre otras cosas, he tratado de ir muy a la par de un joven con serias dudas de fe. No lo tengo ahora tan cerca como para dialogar despacio y ver qué piensa, qué siente, qué cree en estos días de Navidad. Pero, también a mí mismo me está costando creer. No que no crea, sino que me está costando -es decir, doliendo- el creer.

Ya sé que la fe tiene una dimensión trascendente, que vislumbramos con absoluta certeza como Plenitud, cuando experimentamos tu Presencia, desde el hondón de nuestro ser, en todo cuanto existe y en todo momento, sin agotarte en nada de cuanto nos es más o menos próximo. Y es ahí, en esa percepción de las dos dimensiones de la fe, donde se produce la herida.

Sí, Dios mío, esta fe duele. Pienso que si no creyésemos de verdad en Ti, que te has hecho carne de nuestra carne, podríamos alegrarnos sin ningún tipo de limitación, creyendo contemplar la gloria de tu pura divinidad, descubriendo en tu Palabra el solo aliento de nuestra firmísima esperanza. Pero, creyendo en tu verdadera encarnación, duele creer en Ti, escucharte, contemplarte y acogerte, dudando seriamente de si estás ahí, donde nosotros queremos verte -y reducirte-, o estás allá, precisamente en todo lo que queda fuera de nuestra paz, nuestra armonía, nuestro amor y nuestra “buena ventura”.

No obstante, Dios mío, yo tampoco sé celebrar otra Navidad, o no me atrevo a celebrarla de otra manera. Así que seguiré enviando y recibiendo tarjetas, compartiendo las comidas y cantando villancicos, celebrando la Eucaristía… y experimentando este dolor de la fe que comparto con algunas otras personas, no sé si muchas o pocas, con la esperanza de encontrar más luz en nuestro caminar… Y conste que el dolor no lo provocan solamente el África inmensa o el Irak masacrado, las epidemias de hambre y de enfermedades, de desempleo y de corrupciones, de cinismo y mentiras… en los gobiernos, en los organismos internacionales, en las iglesias, en los medios de comunicación social… Los motivos para la fe -y para el dolor- están muy próximos a nuestro ser: en nuestras ciudades, en nuestras empresas, en nuestros barrios, en nuestras casas, en nuestras comunidades… aunque quizá preferimos mirar a lo lejos –a “los terroristas”, por ejemplo- para no ver sino turbiamente y poder así confundir y definir las realidades a nuestro antojo.

En verdad, pienso que creo en Ti, pero no sé muy bien, aunque la celebre, qué es la Navidad.

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ECLESALIA, 10 de enero de 2005

MANIFIESTO DE LA PRELATURA DE SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA
RESPECTO A LA SUCESIÓN DEL OBISPO DON PEDRO CASALDÁLIGA

SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA, MT, BRASIL. 09/01/05

ECLESALIA, 10/01/05.- Reunidos en Asamblea Pastoral 118 representantes de toda la Prelatura, estamos viviendo un momento histórico para nuestra Iglesia Particular. Esperamos un nuevo obispo, y lo esperamos en espíritu de fe y en una actitud de acogida fraterna.

Entretanto, como millones de hermanos y hermanas de nuestra Iglesia Católica, nos sentimos en la obligación de conciencia de refutar el procedimiento actual para la nominación de los obispos. El Evangelio pide otro modo de proceder. La Iglesia debe dar al mundo testimonio de respeto a los derechos humanos y de corresponsabilidad fraterna. El autoritarismo y la falta de transparencia son un escándalo, hoy todavía más, cuando se busca construir una civilización nueva de diálogo y participación. A lo largo de su historia, la Iglesia ya procedió a la elección de obispos de maneras mucho más participativas. Es hora de cambiar y, como Iglesia que somos, queremos colaborar en este cambio, al servicio del Reino.

Denunciamos más concretamente el proceso en curso para la nominación del nuevo obispo de la Prelatura. Todo se viene gestionando secretamente desde el poder y en la desconfianza respecto a nuestra Iglesia y su actual pastor. ¿Será que, una vez más, se pretende desmantelar una caminada sufrida y esperanzada?

Admiramos la actitud del obispo Pedro, dispuesto a alejarse de la ciudad de São Félix do Araguaia y hasta de la región de la Prelatura, si esto facilita la acción pastoral del nuevo prelado; pero nosotros no podemos aceptar que se exija este alejamiento como condición para la venida del nuevo obispo, sobre todo considerando la edad y salud del obispo Pedro y sus 36 años de convivencia con nosotros y de entrega a las causas de nuestro Pueblo. Somos su familia y la Prelatura es su hogar.

Contando confiadamente con la dedicación del nuevo pastor, seguiremos la caminada, “con alegría, gesto humilde y pasión”, como reza nuestro Objetivo; en el espíritu del Vaticano II y de las Conferencias Episcopales de Nuestra América; en la opción por los pobres y excluidos, en la evangelización inculturada; en la vivencia y en la acción comunitarias; en la corresponsabilidad adulta del laicado y particularmente de la juventud y de la mujer; en la oración y en la militancia; con la fuerza del testimonio de nuestros mártires; en la comunión ecuménica y en la intersolidaridad con tantas personas y entidades que no han acompañado generosamente.

Hoy, en medio de angustias y esperanzas, sentimos viva y reconfortante la palabra de Jesús: “¡No tengáis miedo! ¡Yo estaré siempre con vosotros!”.

(Traducción de José María Concepción Rodríguez)

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ECLESALIA, 11 de enero de 2005

COMUNICADO A LA DIRECCIÓN DEL SÍNODO DE MADRID

JOSÉ REDONDO DE FRANCISCO, MARIBEL LÓPEZ-MUJERIEGO RAMOS, LUIS CARLOS CHANA GARCÍA, Mª PILAR DE CASO BRIONES, DESAMPARADOS SERRANO, TERESA NOYA ARROYO, ANA LUCÍA PÉREZ CACHÓN, miembros de uno de los grupos sinodales de la parroquia Nuestra Señora de Las Rosas, en San Blas

MADRID.

ECLESALIA, 11/01/05.- Los participantes en los grupos del Sínodo hemos recibido en octubre la Carta Pastoral del Excmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid, “Levantad los ojos. Alumbra la esperanza” para prepararnos “ante la celebración de la Asamblea Sinodal”. Tras su lectura y reflexión del documento, y una vez finalizado el trabajo de nuestro grupo sinodal en la fase preparatoria, quisiéramos dejar de manifiesto las siguientes las cuestiones:

Desde un inicio, todos los participantes de nuestro equipo éramos conscientes del carácter no vinculante del proceso consultivo que se nos proponía, pese a ello, lo afrontamos con la esperanza de aprovechar esta oportunidad para promover un debate que contribuyera a generar una dinámica de cambio y renovación en la Iglesia de Madrid.

En general, la evaluación que realizamos del proceso vivido es muy positiva, ya que nos ha permitido conocernos, reflexionar, opinar, reconocer las diferencias dentro de la Iglesia, orar, escuchar y proponer... Todo ello nos ha enriquecido, y nos permitió crear un vínculo de fraternidad en una parroquia nueva como es la nuestra, un valor que apreciamos en sumo grado.

Durante este tiempo, nos hemos reunido con la mejor voluntad y hemos pedido la luz del Espíritu. En las propuestas vertidas de cada uno de los contenidos planteados, hemos ido exponiendo lo que creíamos mejor para nuestra Iglesia de Madrid.

En síntesis, no se pone en duda nuestro gozo de pertenecer a la Iglesia católica, fundada por Jesús de Nazaret, y en la que todo se basa en el amor. La práctica de este amor nos hace felices, y esta interacción la desearíamos universalizable. Esta es la razón de nuestro vivir y el fundamento de nuestra evangelización.

En los temas reflexionados hemos ido constatando los claroscuros de la Iglesia como institución en sus 20 siglos de existencia. A lo largo de su historia la Iglesia tiene en su haber a todas luces un bagaje positivo, herencia que tantas personas buenas, la mayoría de ellas anónimas, nos han dejado. Pero también errores, que ensombrecen este hermoso recorrido. Todo esto nos obliga a estar en constante revisión y vigilancia para mejorar nuestras prácticas.

El Concilio Vaticano II nos ilusionó y nos llenó de esperanza por su impronta de “aggiornamento”, y porque la Iglesia se definió como “pueblo de Dios”, donde los sufrimientos y preocupaciones de la gente le eran inherentes. Pero el tiempo y los acontecimientos nos han ido desencantando. Percibimos que hemos ido retrocediendo y que continúan los dos modelos de Iglesia: la jerárquica y la de los fieles. Los pastores y el rebaño.

En este sentido, y en consonancia con nuestros planteamientos, queremos expresar algo que es objeto prioritario de nuestra preocupación; el posicionamiento de la Iglesia frente a las propuestas del gobierno reciente. Parece como si el único discurso de los creyentes en nuestra sociedad, el aparentemente mayoritario, fuera el de la jerarquía, identificando sus opiniones con las de toda la Iglesia.

Este talante de déficit democrático que ponemos de manifiesto, consustancial con la estructura, perturba nuestras conciencias en estos tiempos. Somos católicos y somos ciudadanos: nos debemos a Dios y al César: votamos a nuestros representantes en la vida civil. Acogemos caritativamente a nuestros obispos impuestos en la Iglesia. Opinamos, criticamos, votamos, apoyamos o censuramos en nuestro diario quehacer civil (desde nuestro sentido ético del civismo). Nos callamos, asentimos y obedecemos en nuestro ámbito eclesiástico, etc. Las contradicciones se patentizan a partir del punto de partida: Sociedad Democrática o Institución Jerárquica.

Esto se constata, una vez más, en las campañas para “movilizar las conciencias de los fieles católicos” que están promoviendo nuestros prelados y determinados “grupos de presión” dentro de la Iglesia, en clara oposición con el actual gobierno salido recientemente de las urnas, animándonos incluso, a posicionarnos en contra del reconocimiento de derechos civiles de determinados sectores de ciudadanos de nuestra sociedad actual. El resultado es que los laicos católicos que nos tomamos en serio nuestros derechos y obligaciones de uno y otro tipo, desde esa ética del civismo a la que antes apelábamos, nos lleva a una situación de gran contradicción. Como personas en nuestra integridad que somos, tenemos una única identidad, y esta dualidad nos lleva a conflictos internos de difícil solución.

Rechazando todas las tentaciones que de esta situación pueden surgir, buscamos introspectivamente luz y fuerza en la fe y la oración; y la encontramos, al constatar que el amor, el respeto, la cooperación, el diálogo… son el camino para superar diferencias y construir la paz, al ejemplo de Jesús que vino a solucionar los problemas de las personas, no a crearlos.

Los que hemos participado en este proceso de reflexión sinodal y que hemos contribuido en la elaboración de propuestas en equipo, lo hacíamos con la ilusión y esperanza en contribuir en la mejora y clarificación de la dualidad antes mencionad de nuestra Santa Madre Iglesia, tratando de aportar elementos que sirvieran para establecer posicionamientos actuales, acordes con la realidad social y cultural de la sociedad en que vivimos, para que su doctrina fuera mejor aceptada y sirviera de fermento, como la levadura en la masa.

Si hay críticas, es para reconocer nuestro pecado y rectificar. Si hay iniciativas, es con la intención de mejorar lo que tenemos. Es decir, es tiempo no sólo de protestas, sino de propuestas. Un Sínodo no se convoca con frecuencia. Aprovechemos, pues, la ocasión para mejorar y renovarnos con la experiencia y buena voluntad de todos y todas, por supuesto, asistidos por el Espíritu Santo.

Ese era nuestro pensamiento, pero al leer la pastoral del Sr. Cardenal constatamos nuestro error: “La principal y específica actividad de los miembros de la Asamblea Sinodal será escuchar y acoger la Palabra que el señor dirige hoy a su Iglesia”. Eso lo hacemos a diario en la oración. Pero un Sínodo, creíamos que era para proponer, no nuestras “certezas y creencias”, sino los problemas que nos preocupan a muchos con las soluciones que el Espíritu nos inspire.

Más adelante dice la pastoral que “Cristo es quien preside la Asamblea Sinodal en la persona del obispo” y que “él es quien recibe la misión insoslayable de garantizar y desarrollar el dinamismo propio de la comunión eclesial”; que él es el “único legislador en el Sínodo Diocesano” y “los demás miembros del sínodo sólo tienen voto consultivo”, que las conclusiones no son tales “porque falta aún la intervención personal última del obispo, que debe examinarlas, discernirlas y, posteriormente, ofrecerlas a toda la comunidad diocesana”.

Podríamos seguir tomando citas de dicho documento, pero todo parece quedar muy claro en esta última: “se trata de intentar vivir mejor la fe y la comunión eclesial y de aplicar la disciplina general de la Iglesia …”.

Nosotros considerábamos que de lo que se trataba era de juntarnos los cristianos en un momento especial (ahora crítico) para, puestos en manos de Dios, reconocer que somos pecadores, y buscando la esencia del mensaje de Jesús, para, después de practicar nosotros ese amor desinteresado al prójimo, ofrecer a la sociedad en que vivimos el mensaje de Jesús.

Constatadas las dificultades existentes para hacer compatible el modelo de contribución de los fieles que el Sínodo nos propone en la última carta pastoral recibida, y la forma de cómo nosotros entendemos que debería ser un modelo de verdadera participación, renunciamos a asistir a las sesiones sinodales, con hondo pesar de que en la institución de nuestra Iglesia, a pesar de bonitas declaraciones, a los laicos se nos siga considerando menores de edad.

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ECLESALIA, 14-17-19 de enero de 2005

INSTITUCIONES ECLESIALES HACIA EL COLAPSO*
Perspectivas para las nuevas generaciones

JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; jlherrerodepozo@reterioja.net

LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 14/01/05.- Sin jugar a adivino sospecho que las instituciones actuales de la iglesia católica (especialmente el estamento sacerdotal jerárquico) tienen los años contados. No están avalados ni por Jesús de Nazaret, que no pensó en ellos, ni por promesa divina alguna; por ejemplo la interpretación tradicional, entre otras, del “Tu es Petrus” es anacrónica y fundamentalista. La maduración del pueblo cristiano y la imparable sensibilidad democrática no toleran la situación presente. Nunca faltará algún tipo de organización y autoridad, cierto, siempre habrá lugar para el carisma de la ‘diakonia’ o servicio fraterno, por razones, además de evangélicas, estrictamente humanas. Pero este colosal modelo de Iglesia, la monolítica pirámide del ‘poder sagrado’ o jerarquía pasarán, sin poder asegurar hoy cómo será el futuro. Soñemos un poco: Multitud de pequeñas y humildes comunidades en diáspora... Sobre el solar vacío del Vaticano o en cualquier otro lugar habitará, en una modesta vivienda, alguien más parecido al Dalai Lama, maestro espiritual y humilde viajero, que al Sumo Pontífice actual... Sin estado ni guardia noble será coordinador para las comunidades locales y símbolo de unidad para todas las demás...

Es deber ineludible cooperar en el colapso de la iglesia de cristiandad actual para evitar el colapso de la humanidad. “Si la sal pierde su sabor...”. Lo nuevo por construir sólo servirá si es fiel al Evangelio y a los hombres y mujeres de hoy.

Se afirma comúnmente que la Iglesia está en crisis; crisis que se atribuye a causas diametralmente opuestas, exceso o carencia de secularidad, en razón de los dos principales grandes sectores que la dividen hoy, ortodoxos y liberales, integristas y progresistas. Por otra parte, mientras la jerarquía católica endosa la crisis al sector crítico, nunca ha osado éste denunciar a aquella, con el vigor necesario, como principal agente del colapso en ciernes. De esto nos vamos a ocupar.

I. La jerarquía, principal factor de crisis en el cristianismo

Doy por sentado que no es simple el diagnóstico de la crisis; mas, sin él, no es posible lo que todos queremos, salir de un peligroso callejón. Las causas son numerosas y complejas: evangelización superficial y escasa ‘conversión’ personal, mayor peso de lo sociológico que el de la convicción íntima, mediocridad de vida, orgullo de ‘pueblo elegido’, ritualismo vacío, religiosidad mágica, idolatría del dinero, del placer y del prestigio, fobia a la modernidad, pensamiento ‘débil’ posmoderno...son algunas de las causas que afectan desigualmente tanto al estamento sacerdotal como al laico (distinción que nunca debió producirse). Pero insisto que ahora me ciño al factor más responsable, influyente e intocable, la compleja institución jerárquica.

La jerarquía según su propia autoconciencia

Desde su propia autoconciencia confrontada con el sentido crítico –por fuerza subjetivo- de un talante racional (humanamente integral) a la par que espiritual, es decir, coherentemente anclado en la opción por el seguimiento de Jesús. Tesis, pues, que desea ser libre aunque integradora y constructiva.

La crisis eclesial no es coyuntural, sino estructural –y ahí comienza la desviación- en cuanto que lo que la Jerarquía piensa de sí misma lo atribuye al mismísimo designio divino. La casta sacerdotal considera tanto su génesis como su despliegue histórico como sustancialmente conformados por la voluntad y providencia de Dios. De ahí su débil capacidad de espíritu crítico. Merced a la ciencia exegética, el magisterio ya no parece creerse del todo su discurso, pero tampoco renuncia a él: en el caso de no haber sido instaurado por el propio Jesús ¡qué más da! si el Espíritu lo infundió en el sentir de la primera comunidad. En virtud de esta asistencia ‘pneumática’ (del Espíritu), el estamento jerárquico nunca ha dudado de encarnar la verdad y el poder de Dios en su desarrollo histórico pese al pecado de sus miembros. Al libertino y procaz Alejandro VI Borgia nadie le negó la capacidad de conducir a la Iglesia en la verdad y la moral. El oficio o ‘munus’ de los ‘ordenados’, estrictamente jerarquizados, gozaría de un poder sobre-natural cuasi automático (El automatismo sobrenatural es característica propia de cualquier religión arcaica. Funciona por la propia acción ejercida (‘ex opere operato’), al margen del saber o la virtud del agente, detentor de magisterio o ‘ministro’ de un sacramento, en el caso de la Iglesia católica).

Los contenidos de tal autoconciencia jerárquica, encarnación de la verdad y del poder divinos, no resisten el crisol ni del talante jesuánico ni del sentido común ilustrado y crítico coherentemente hermanados.

La génesis del sacerdocio jerárquico

En efecto, la estructura del sacerdocio en la Iglesia no puede ser más estrictamente humana y contradictoria. En su génesis, es una amalgama de elementos religioso-culturales de la tradición judía en contradicción con la novedad escandalosa del ideal jesuánico en contra de la Ley (el sábado), el sacerdocio y los sacrificios (el Templo) y el poder de las autoridades (“nada de eso entre vosotros”). Lo sorprendente y genial de Jesús es que él superase sin ambigüedad la religión en que nació. Los discípulos no lo percibieron de entrada y vivieron la contradicción: seguir o no asistiendo al templo, conservar o no la sacrosanta circuncisión, aceptar el sacerdocio judío o habilitar otro diferente. Prevaleció el distanciamiento de lo judío para acercarse a las instituciones del imperio. Se mantuvo la ambigüedad del papel de los ‘dirigentes’. Las comunidades eran, por lo demás, bastante diferentes. Al parecer, en las de Juan no existían dirigentes. En aquellas que los tenían los criterios de su elección eran de orden experiencial y carismático: el haber sido discípulo y acompañante de Jesús, la proximidad de sangre con él (Santiago), el haberlo experimentado (“visto”) pese a no haberlo conocido (Pablo), el sentirse “llenos” de su Espíritu...Hasta finales de siglo, 60-70 años después de la muerte de Jesús y comienzos del siglo II no comenzaron a organizarse unos ciertos cuadros directivos (cartas pastorales ) sobre criterios más bien funcionales que sagrados. Nada de ‘sacerdotes’ (se rehuyó la denominación más obvia), sino más bien ‘ancianos’ (presbíteros) y ‘coordinadores’ (obispos) junto a evangelizadores itinerantes. Todos ellos (no excluidas las mujeres) sin contornos bien definidos. La comunidad de Roma era conducida colegialmente, no por un obispo. Hasta el siglo IV, asegura Herbert Haag (en “¿Qué iglesia quería Jesús?”), no se constituye una ‘autoridad sagrada’ o jerarquía.

Visto empíricamente –y es el único modo de hacerlo- todo ha ocurrido como una construcción muy humana, titubeante, polimórfica, estrictamente condicionada por la coyuntura cultural, con serias dificultades para mantener el ideal de Jesús...Nada destacable a atribuir especialmente al Espíritu de Jesús más que a causas humanas, incluidos error y pecado. En otra coyuntura y con mayor fidelidad la evolución del sacerdocio jerárquico habría sido diferente. De hecho la uniformidad tardó en llegar y se realizó más bien por mimetismo exagerado con el funcionariado imperial, ya muy lejos del hálito evangélico. Nada da a entender una asistencia de Dios gestionando hábilmente, conforme a un proyecto pre-determinado, circunstancias externas y voluntades personales. Nada de un director de orquesta exterior a ella: los músicos son intérpretes tan autónomos que la pieza musical (la iglesia histórica) no ha resultado muy exitosa...

Interpretación mágica de la génesis del cristianismo

El nacimiento de la religión cristiana fue interpretado –como no podía ser de otra manera- en la clave mágica que ha impregnado y contaminado el imaginario religioso de todos los tiempos. En otro lugar (ver nota *) no he cesado de señalar la superación del pensamiento mágico como la clave imprescindible y decisiva (hay otras secundarias) para la elaboración del llamado ‘nuevo paradigma’ teológico-práxico. Conforme a éste, supuesta la onto-fundamentación radical de todo ser en Dios, cada uno (desde lo inorgánico hasta el acto libre más sublime) emerge y deviene conforme a su propia naturaleza, en estricta autonomía, sin intervención divina añadida y predeterminante. De ahí que toda la dogmática cristiana, tematización de una ‘historia sagrada’ de intervenciones divinas, sólo vale como un gran relato mitológico en el que el pueblo creyente ha traducido, de forma muy humana, su relación con Dios. La aportación específica de la vida de Jesús de Nazaret quedó tan marginada que ni siquiera queda mencionada en el credo. Supuesta siempre la onto-fundamentación de todo lo bueno en Dios, el despliegue cristiano histórico aparece como una aventura tan humana ‘como si Dios no existiese’ (ut si Deus non daretur).

En tanto humana esta aventura es sustancialmente mutable, aunque la mutación no deberá ser caprichosa sino dentro de dos únicos parámetros, preservar el ideal del Maestro y adecuar su interpretación y vivencia a lo bueno de cada cultura. Límites que la iglesia ha trasgredido en gran medida y, con más grave responsabilidad, aquellos que se han arrogado la representación divina.

Ahondando la perversión del cristianismo

Alguna pincelada más sobre la concreción histórica del cristianismo.

Hemos mencionado la mimesis de lo pagano (estructuras, autoridades y comportamientos del imperio) al que la iglesia dirigente se acomodó. El primer concilio (y alguno más) fue convocado y dirigido por el emperador. Los obispos, como leales funcionarios, aplaudían en última instancia sus decisiones... Los manuales de teología han deformado la historia (con la consiguiente intoxicación del pueblo): hoy está reconocido por los expertos. La autoridad religiosa sólo fue independizándose de la civil para erigirse en poder supremo, nuevo ‘imperium’ en todos los ámbitos de las conciencias y de la vida social. La historia real de la iglesia es aleccionadora y, para muchos de nosotros, la principal herramienta desmitificadora de las pretensiones eclesiales. Con el desconocimiento de la historia –o con su manipulación- y carente de la moderna exégesis bíblica, la teología ha sido, de buena fe, instrumento al servicio de las estructuras eclesiales de poder. Ello explica el implacable marcaje que éstas han ejercido y ejercen sobre cualquier teólogo.

La ‘asistencia’ del Espíritu, dispositivo protector del estamento jerárquico

Como dispositivo de protección radical de la estructura jerárquica se desarrolló la convicción (¡de fe!) de una permanente asistencia divina pretendidamente necesaria para preservar la identidad de la comunidad creyente (¡de nuevo el intervencionismo mágico divino!). Privilegio del que no goza ninguna otra institución humana, profana o religiosa, en todo el mundo conocido, a lo largo de millones de años. En virtud de esta supuesta ayuda, en estricta lógica, se han defendido como dogmas, durante veinte siglos, gruesos errores como que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Cuando algunos en las comunidades se deslizaban hacia el error y el pecado, a juicio de algunos jerarcas, éstos imponían correctivos en buena medida desafortunados: cisma de oriente, persecución de los ‘espirituales’ en la edad media, cisma de occidente, contrarreforma, rechazo de la Ilustración, crisis modernista, condena del evolucionismo, de la crítica histórica en exégesis, del movimiento socialista, de la “nouvelle théologie”, de la teología de la liberación y, después del Vaticano II, actual restauración integrista...

Es imposible realizar la suficiente contorsión mental para aceptar que toda la comunidad cristiana y, de manera suprema y en última instancia, la jerarquía dispongan de la verdad y del poder de Dios. El error y el pecado, harto abundantes, no hallan un contrapeso en el presunto misterioso mecanismo del Espíritu para mantener el cuerpo sano ni siquiera en cuestiones “stantis aut cadentis Ecclesiae” (de vida o muerte para la Iglesia). Sólo el Espíritu interior (el Espíritu creador) suscita, pese a tanta ganga humana, seguidores del Maestro. La institución como tal no ha sido eficaz por mucha hoguera, anatema o excomunión empleadas. No ha habido siglo sin herejía o cisma, es decir, sin multitud de hermanos arrojados a las tinieblas exteriores. Es significativo que tales convulsiones hayan sido habitualmente efecto de las cúpulas; el pueblo llano, más tolerante e integrador, no excomulga ni genera cismas consolidados. La intolerancia jerárquica, en cambio, llega a prohibir que los hermanos separados celebremos hoy juntos nuestra fe viva en Jesús privilegiando la supuesta ortodoxia sobre la ortopráxis. La jerarquía es el mayor obstáculo al ecumenismo entre cristianos y con el resto de las religiones. Pablo VI lo decía ya del Papado.

Todo esto es tan estridente que cualquier clérigo o laico conservador lo rechazará como caricatura. Suele ser la única salida cuando faltan razones. Por supuesto, algunos pastores -no la mayoría callada por obsequiosa docilidad-, ponen hoy algo de agua en el vino áspero de actitudes seculares. No sin riesgo, como sabemos.

El automatismo de pretendida delegación de la verdad y del poder de Dios funge, pues, como mecanismo protector del abuso jerárquico. El mismo automatismo o talante mágico de los pueblos arcaicos para descifrar la verdad divina y granjearse el favor de los dioses con oráculos y sacrificios. En el África de hoy se cree que Dios interviene mediante los ‘espíritus’ o geniecillos , casi siempre malévolos, de vivos o difuntos. A decir de misioneros críticos, en esto creen, al igual que el pueblo, profesores y científicos cristianos y hasta parte del clero. Nada de extraño si, al cabo de un siglo de presencia, las creencias y celebraciones populares siguen moldeadas en moldes del viejo paradigma mágico cristiano.

Dos son los ámbitos del autoritarismo jerárquico

Usurpación de la verdad de Dios

Cuando en manos de un budista cae un tratado de teología en varios tomos se sorprenderá de que los cristianos conozcamos tanto de Dios (y tan poco del hombre): el Innombrable, el Indecible es para nosotros un libro abierto sin secretos. Sabemos lo que es en sí mismo y cuanto ha hecho en la historia, por supuesto, nuestra reducida historia sagrada. Él se ha encargado de informarnos con detalle, nos ha enviado mensajes, se nos ha revelado. Es decir, ha intervenido, más allá de lo que da de sí nuestra capacidad natural, mediante comunicaciones detalladas a profetas y hombres de Dios. Cada vez que leemos un pasaje bíblico proclamamos ¡palabra de Dios! Hoy nos acompaña de cerca, sigue interviniendo eficazmente, en ciertos momentos con resultado de infalibilidad, para que el magisterio jerárquico nos preserve del error: “quien a vosotros escucha a mí me escucha”. El magisterio se ha apropiado la promesa y erigido en última instancia de la verdad, no por ciencia sino por autoridad. Los expertos en Sagrada Escritura, historia de los concilios y de los dogmas, derecho canónico, los teólogos en general están por definición sometidos al magisterio sea éste culto o ignorante. Este posee la verdad en virtud del cargo, ‘munus docendi’, no en razón de su ciencia. Es un automatismo sobrenatural. Es algo tan burdo que chirría al sentido común pero el magisterio apela a la fe tradicional. Cien veces desmentida ésta a lo largo de la historia, no obstante, los teólogos nos entrenaban a los estudiantes en un virtuosismo hermenéutico capaz de defender hoy como ‘b’ lo que ayer se había definido como ‘a’. Eficiencia automática del magisterio sagrado, versión refinada del pensamiento mágico religioso.

Usurpación del poder de Dios

De entrada rozamos algo filosóficamente osado ¡El poder de Dios! ¡Qué sabemos nosotros lo que puede o no puede Dios! Leibniz aseguraba que Dios ha creado el mejor mundo posible. Los cristianos decimos que todo es posible para Dios y que ha obrado en beneficio nuestro grandes cosas. Ahora bien, el concepto de ‘posibilidad’ es tan arcano como el de Dios. Y a ese ámbito pertenece la realidad más misteriosa, el misterio fontal, cual es la relación entre Dios y criatura, el Absoluto y lo contingente, lo trascendente y lo inmanente. Delimitar lo posible es definir la frontera de lo divino, más allá de lo cual Dios mismo entraría en contradicción consigo mismo. Así pues, atribuirse el poder de Dios aunque sea con cautela es pura insensatez. Tal usurpación, en nombre de la fe, da licencia para cualquier absurdo: que una sustancia se transustancie en otra, que una criatura sea simultáneamente Dios, que el círculo sea cuadrado...Es demencial pretender disponer del poder de Dios sobre el que apenas nada podemos asegurar.

La Iglesia siempre ha ofrecido como último recurso contra la irracionalidad de su verdad el refugio del catecismo: “creemos lo que Dios nos ha revelado y la santa madre iglesia nos enseña”. La revelación de Dios nos constaría por la autoridad de la Iglesia y la autoridad de ésta por la revelación de Dios...

Dentro ya del poder como realidad humana, éste es, además de anti-evangélico, intrínsecamente perverso: ¡ y la Iglesia se lo atribuye. El poder es dominación, fuerza, violencia de una persona sobre otra. Los políticos mismos deberían reflexionar. En el mensaje bíblico sólo una buena hermenéutica evita la contradicción: “se me ha dado todo poder...”, “quien a vosotros escucha, a mí me escucha”...pero también “todos sois iguales, hermanos...”- “nada de eso (poder de los dirigentes) entre vosotros...”. Es esto último lo que prevalece en Jesús, el rechazo de todo poder y la proclamación de la relación de igualdad y de “servicio”. Y ello no como algo espiritual y sobrenatural, sólo válido para una élite de seguidores, sino como única relación legítima (fruto del amor) entre personas. El servicio es la antítesis del poder. De ahí que en la Iglesia hayamos logrado la cuadratura del círculo: disculpar cínicamente el poder bajo pretexto de servicio. No es que la pirueta sea consciente ni por tanto culpable. Pero objetivamente es contradictorio que el Papa se proclame “servidor de servidores” y ejerza de hecho una dominación dictatorial sobre lo más intocable, las conciencias. En este ámbito no caben reformas en la Iglesia, sino refundición desde el corazón del mensaje jesuánico. Refundición tan de raíz que es difícil atisbar en el presente cómo será el futuro.

II. Valoración del diagnóstico

ECLESALIA, 17/01/05.- Hace poco, un buen canonista -y, por lo que recuerdo, hombre espiritual- comentaba a un amigo misionero mucho más pacato que el autor de estas líneas: “Sinceramente, amigo 'X', me preocupas” Se ablanda el lenguaje: ¡ya no es censura, sino preocupación! Otros siguen blandiendo el anatema, como en algunos correos que recibo. Lo más desalentador, sin embargo, es que no condenan algo que, al menos, comprenden, no, sino lo que evidencian no entender. Es un diálogo imposible entre mentes y lenguajes desde lejanas galaxias. Por ello, no es rentable ni benéfico el debate entre los dos principales paradigmas opuestos de la cultura religiosa actual. Basta contrastar el discurso de teólogos progresistas con el de los integristas de los actuales movimientos (Opus, kikos, Comunión y Liberación...) o el de los voceros de la Conferencia Episcopal española, radio COPE y TV POPULAR. Algo como sería un debate sobre el cosmos entre Einstein y Copérnico redivivos. Con una indudable asimetría: Einstein entendería las explicaciones de Copérnico, no a la inversa.

¡Debemos explicaciones y disculpas a los que hemos echado afuera!

No me importa ser tachado de provocador, asumo conscientemente el riesgo de la descalificación, porque más doloroso resulta el escándalo que expulsa día tras día a tanta gente honesta incapaz de vivir bajo la magia eclesial. Cuando se lo reconocemos, soy testigo de que lo agradecen y hasta reinician el diálogo religioso sobre bases más razonables. Para ellos intento un apunte sobre la génesis de la iglesia.

¿Qué debió suceder en los inicios?

Sucedió lo que tenía que suceder: el momento cultural de aquel tiempo no daba más de sí. Salvo la fugaz intuición del ágora ateniense, el sentido democrático era lo más insospechado en el tiempo de Jesús, impregnado de patriarcalismo desde el neolítico. De ahí la genialidad de Jesús. Muy incisivo hubo de ser para que sus amigos, pese al ambiente cultural adverso, recogiesen ciertas afirmaciones sobre la libertad, la igualdad, la fraternidad, el servicio, la primacía del marginado... El caldo de cultivo era tan desfavorable que estos ideales tardaron 17 siglos en abrirse camino, al menos teóricamente, en la sociedad. Pero no en la Iglesia. La línea patriarcalista tuvo más éxito. Como haría cualquier maestro espiritual de vigorosa experiencia interior, Jesús aconsejó a los suyos “Quien os escucha me escucha”, “anunciad la buena noticia que os he anunciado”...¡De sentido común! Pero pronto se interpretó en clave autoritaria. El impactante talante igualitario de Jesús fue mermando y no se tardó en sacar consecuencias de ‘cathedra’ e ‘imperium’. Ya Pablo ordenaba a las mujeres que callasen en la comunidad y se mantuviesen sometidas al (poder) del marido. Los ideales contraculturales del Maestro quedaron neutralizados y el ‘pequeño rebaño’ (pusillus grex) se ha convertido en un ejército prepotente a las órdenes de unos mandos autoritarios cuyo jefe reconviene públicamente a los mismos jefes de gobierno.

Lo que nos ha contado la iglesia oficial sobre sus 20 siglos de vida es simple mistificación histórica. Los propios historiadores cristianos son hoy demoledores: obispos, funcionarios imperiales primero, señores feudales después, promotores de cruzadas y conquistas coloniales, de torturas y hogueras, de negocios con indulgencias y dádivas de títulos, de lucha competitiva con los poderes civiles o entre tres papas simultáneos, de mercadeo de esclavos, de provocación de cismas, de excomunión enrabietada por la pérdida de los estados pontificios, de hipertrofia dogmática, de pueril papolatría, etc...Hoy mismo la imagen ‘cara vista’ de la institución es más bien barrera que mediación del evangelio: “¡Hay del que escandalizare...!” ¿Es posible que no se den por enterados?

Por fortuna hoy algunos, bastantes, cristianos viven la sensación de salir de un túnel tenebroso y se les esponja el alma cuando sacuden su conciencia, esclava de cruel culpabilidad... Otros, ya sin ira, recordamos un doloroso pasado. Mas no pocos siguen prisioneros de los viejos moldes, del ‘estuche de hierro’ (Weber).

Asegura la prensa que la cuarta planta de psiquiatría del Hospital del Opus Dei en Pamplona está secretamente reservada a sus miembros. No sería extraño dada la esquizofrenia de algunos, profesionales eminentes y espiritualmente infantiles ¡Y pensar que en medio de tal dualidad reconocida -como no es ya ningún secreto- deben aparentar felicidad! Abundan casos de ‘conciencia esclava’ pero sonriente en los nuevos movimientos de retorno a la cristiandad.

Fundamentalismo herético de la institución

Desde el supuesto de que el magisterio eclesiástico detentaba la verdad de la fe y de que ésta era inmutable, los teólogos han defendido una ‘evolución homogénea’ del dogma: nada nuevo se enseñaba que no fuese lo de siempre. En mis días mozos de dócil estudiante la posición me parecía coherente con los supuestos. Como enseñante más crítico y adulto luego, fui descubriendo el fundamentalismo insostenible de la institución. Lo sensato era que cualquier creencia -revelada o no- se entendiese como interpretación humana en función del tiempo y cultura en que cristaliza. Hermenéutica que impide una distinción neta entre contenido y su expresión: sin duda, algo importante nos quiere transmitir el autor bíblico en los relatos del paraíso, de los reyes magos o de la concepción virginal de Jesús, pero no un núcleo histórico. El contenido de la metáfora “Hijo de Dios” es sustancialmente diferente en los sinópticos, en Juan, en Calcedonia, en Tomás de Aquino, en Schillebeekx, J. Hick, F. Knitter, A. Torres Queiruga, J.J. Tamayo, J.M. Vigil y otros muchos modernos. Otro caso entre mil: la proposición antes mencionada ‘‘fuera de la Iglesia no hay salvación’, hoy afirmación herética, dogma hasta los años 50.

Realidad cabalmente humana en su origen y desarrollo, la institución eclesial es, pese a reclamarse de Jesús, tan pecadora como santa, tan dividida como una, tan espuria como apostólica, tan heterodoxa como ortodoxa, tan cizaña como trigo.

Otra perversión: subordinar toda actividad a un complejo y alambicado derecho canónico es como retornar no ya al ‘pedagogo’ de la Ley judía, superado para san Pablo, sino a un yugo asfixiante.

El Papa, monarca absoluto, los nuncios representantes del estado vaticano, superfluo y nocivo, las iglesias nacionales financiadas por dinero público, los obispos simples delegados del Papa en provincias, los Dicasterios o Congregaciones romanas omniscientes y todopoderosas, el dispendio dinerario de personal y obras oculto en opacos recovecos burocráticos y financieros, el poder judicial no garantista, la pretensión de infalibilidad, única en la historia, la distinción-separación entre iglesia docente y discente, la obsesión sexual desde complejos seculares y antropologías arcaicas, el práctico secuestro por el estamento clerical de todos los carismas, la discriminación sexista, la negativa a pertenecer al Consejo de las iglesias, el rechazo de la firma de los Derechos Humanos, el intervencionismo en sectores propiamente políticos combinado con el maridaje ideológico y práctico con el neoliberalismo criminal y derecha más recalcitrante, el orgullo papal (no dimitir por “no descender de la cruz”) así como el autoengaño de sus viajes al confundir marketing y evangelización... he ahí un deliberado totum revolutum que evidencia el contratestimonio lastimoso de la organización eclesial. Este modelo de Iglesia está llamado a desaparecer por falta de garantías humanistas y por traición al ideal de Jesús.

El Vaticano II: un secreto vicio

Fue un episodio feliz aunque ambiguo, especialmente significativo. Acogido con entusiasmo por el pueblo creyente como salida del túnel invernal iniciado en Trento, encerraba, sin embargo, en su entraña el cerrojo del futuro. En razón, una vez más, de una finta al evangelio. La prudencia como la obediencia, virtudes que no destacaron en Jesús, han devenido centrales o axiales –cardinales- en la Iglesia. Para no escandalizar en el concilio a la gente sencilla había que aparentar lo que no existía, la unidad. Con ánimo sincero, los obispos sacrificaron la claridad y sinceridad de su pluralismo teológico a la aparente unanimidad, siempre útil al poder. El resultado es conocido: pese a tantas cosas excelentes prevaleció una explosiva ambivalencia que sólo aplazó el estallido del enfrentamiento entre los dos paradigmas opuestos de iglesia que hoy sufrimos. ¡Cuidado, pues, con los concilios: el Espíritu no “sopla donde quiere” sino donde le dejan! Los obispos, tras reñidas discusiones, acordaron textos contra natura, es decir, formulaciones combinadas o yuxtapuestas de teologías sustancialmente contrarias, como en los primeros capítulos sobre la Iglesia (Lumen Gentium). El talante conciliador (que no conciliar) resultó ser germen de confrontación. Y así, primero con Pablo VI y, sobre todo, con Juan Pablo II, la curia de Roma, recuperadas las riendas del poder en la línea más fundamentalista, ha impuesto un implacable movimiento involutivo, nuevo invierno eclesial más devastador que el postridentino. En él nos aterimos hoy... ¿hasta cuándo? Se impone un sobresalto de conciencia que frene el desastre para todos. Las componendas prudentes son más nocivas, a la larga, que la radicalidad realista al estilo, creo, de Jesús: la actual fractura de la iglesia no es menos honda, a mi entender, que el viejo foso cavado en los cismas de Oriente, primero, y de la Reforma luterana después. No parece cuestionable que en los tres el agente principal es jerárquico y, en los dos últimos, con el aval de un concilio de sólo obispos.

De espaldas al mundo real

Otro de los aspectos del colapso en ciernes es la ignorancia y alejamiento eclesiales del mundo real. El Papa, casi todos los obispos (nombrados por él) y gran parte del clero viven en una burbuja aislada de la realidad que ni entienden ni comparten. Lo manifiesta el lenguaje de sus intervenciones, predicación y documentos de todo tipo. El resultado es que cada vez inciden menos en la opinión pública. Baste como botón de muestra la COPE y Popular Televisión, de los obispos españoles. Muchos de sus espacios son bochornosos, residuos de la edad media, aunque con un falso estuco de modernidad como, por ej., las melenas de algún curita joven guaperas. Los poderes públicos, por razones políticas y electoralistas, les mantienen todavía una consideración (subvenciones incluidas) probablemente superior a la de su peso específico real. Pero ésta va decreciendo. Aunque parezca rotundo, el presente modelo de iglesia no tiene futuro.

Las autoridades religiosas deploran que críticas como ésta son fruto de un mal espíritu, demoledor de la verdad. Desde su burbuja no pueden ver las cosas de otra manera. No nos conceden la buena intención que no les negamos a ellas. Son insensibles a la pena y sufrimiento que embargan a muchos cristianos críticos ante los desastrosos efectos de la traición de la iglesia (o de su dirección oficial) al mensaje de Jesús. La traición empaña al mismo mensaje. Y, salvo la situación de hambre, dolor y muerte de millones de pobres a la que esta iglesia contribuye mediante su alianza fáctica con el capitalismo salvaje, salvo este desastre mundial, digo, ningún otro abruma más a tantos cristianos críticos que el de ver el ideal entusiasmante del Maestro de Nazaret encerrado en un ‘estuche de hierro’ (Weber), entre muros de sacristía o palacios episcopales, palabras hueras, carrerismo clerical y anhelos de prestigio y poder. Deberían abundar más los seguidores de Jesús, aún incultos y pecadores, que entraran, látigo en mano, en el templo. No sé si es la buena intención, la inercia o la hipocresía la que nos detiene ante el presunto escándalo (¡dudosa concepción de la fe!) de los timoratos y nos blinda contra la desbandada eclesial de tanta gente honesta y sincera. Es la inversión de la parábola: queremos mimar a la oveja que se queda mientras rehuimos la responsabilidad por las 99 que se van...

III. Conclusiones de sentido común

Las conclusiones abruman con su, a mi entender, férrea lógica.

1) Si este modelo de Iglesia y autoridad jerárquica estuvieran avaladas por el Espíritu de Dios merecería la pena hablar de reformas de algo que habría que preservar. Si son un constructo humano –y nunca podrá ser de otro modo- son mutables: sin la garantía divina de la ‘indefectibilidad’- menos aún de la “infalibilidad”- podrán ser sustituidas por otras más adecuadas hoy. 2) Además en la medida en que están amasadas con elementos antievangélicos, urge su supresión. 3) Esta supresión del modelo actual, enraizado en el viejo paradigma, genera un cierto vacío. Será doloroso. Pero el sustrato evangélico que permanece –aún oculto y adulterado-, acabará sustituyendo lo suprimido por una refundición radical: refundir para suprimir ganga y para que brille el oro puro. La triple tesis exige un comentario.

III. 1. No basta una reforma. Se impone una mutación

Las perspectivas de cambio se han presentado habitualmente en clave de reforma. La Iglesia como institución, complejo doctrinal (dogmas), estructuras jerárquicas (papado, episcopado, ministerio ordenado, simple laicado), celebrativas (sacramentos) y jurídicas (derecho eclesiástico) han sido entendidos como dotados de un núcleo sustancial y perenne, por ser considerados de procedencia divina, de una u otra manera. Sin embargo la exégesis bíblica moderna, incapaz de encontrar un núcleo del actual modelo de Iglesia en los silencios y vacíos iniciales del N.T., constata más bien multiformes y diferentes instituciones en las primeras comunidades.

Los silencios bíblicos iniciales sobre la institución eclesial se fueron colmando a medida que avanzaba el tiempo. El proceso se presenta como una lenta evolución empíricamente explicable por factores coyunturales estrictamente humanos (antropológica y socialmente), como en cualquier otra religión. Todo es explicable por leyes naturales y por el libre juego de voluntades, sin especial intervención divina. Y sin embargo, todo lo bueno humano de este proceso es divino en la medida en que la fe, como salto a una dimensión trascendente, nos permite entender en los agentes humanos (causa ‘categorial’, en términos filosóficos) la Acción creadora permanente de Dios (causa ‘‘trascendente’) que hace existir desde dentro toda realidad. Es la máxima Presencia y el Don insuperable, sólo limitado por el receptor al que empuja desde la sustancia de su propio devenir hacia una mayor acogida y plenitud. No cabe ningún sobrenatural añadido que no sea despliegue de lo natural. Imaginar la acción divina interviniendo (revelación, inspiración, asistencia, ayuda) en lo creatural (leyes naturales, libertad humana) es entenderla al nivel de la acción-reacción intracósmicas, es decir, a nuestra imagen y semejanza.

Este es exactamente el virus mágico, no ya mítico, que inficiona el pensamiento humano como la herencia más arcaica de toda filosofía y religión, incluida la cristiana. Ésta es la esencia de la antigua cosmovisión o ‘viejo paradigma’ de la historia de la filosofía y de la teología que persiste, incluso, después de la Ilustración. Este paradigma es el que convierte los dogmas de expresiones simbólico-míticas de la relación Dios-creatura en “historia” de las intervenciones de Dios, “historia sagrada”. Si no se entiende esto en teología, se procederá a retocarla sector por sector, en tarea ímproba de conciliación fe-razón, a falta de la clave básica y global de síntesis.

Ahí se sitúa mi tesis: Dios es el autor de la iglesia en cuanto onto-fundante de toda realidad humana buena sin predeterminar, conforme a un proyecto preestablecido, el libre juego de las circunstancias y de nuestra fidelidad-infidelidad de modo que tal proyecto cristalice en instituciones adecuadas. En este sentido Jesús no funda ninguna religión (no sólo ninguna iglesia). Todo es elaboración humana y, por ello, nada en la Iglesia es inmutable. El concepto de reforma no sirve sino el de mutación o refundición a la hora de adecuarla a los dos parámetros ineludibles, el Evangelio y el mundo real.

III. 2. Nuevos parámetros

La Iglesia no es una institución más divina que cualquier otra religión. No es el chispazo privilegiado y único en cuatro millones de años de la acción de Dios en la historia. Sobre la roca de la experiencia jesuánica todo lo construido es a base de piedras muy humanas. Y puede que no quede piedra sobre piedra en razón de una doble fidelidad: a Jesús y al hombre.

Toda fe o creencia es interpretación humana

Es una regla general aplicable a cualquier realidad religiosa: ésta no es directamente divina sino su interpretación. Jesús mismo, al vivir su relación de filiación con el Padre, lo hacía interpretándola conforme a su capacidad humana limitada -¡portentosa sin duda!- sujeta al error, a la tentación y a sus parámetros culturales. Lo mismo ocurrió a los discípulos y a las primeras comunidades en la interpretación y seguimiento del Maestro. Por eso todas las iglesias son ineludiblemente en la historia concreciones humanas. El ideal jesuánico perfilará y ahondará lo humano aunque nunca constituirá una realidad añadida -sobrenatural- y menos una negación de lo humano auténtico. Me fijaré en un solo aspecto.

Pertinencia de lo democrático en la Iglesia

La progresiva sensibilidad democrática de las sociedades debe mucho al mensaje jesuánico pero, precisamente por ello y a su vez, las estructuras democráticas son un logro histórico definitivo, válido también en la comunidad cristiana. Es aberrante sostener que la democracia no es aplicable a la iglesia por ser Jesús su Señor y la autoridad jerárquica su legítima representante. Sí y no. Sí, en la medida en que “toda autoridad viene de Dios”. No, si se pretende que la jerarquía goza de una delegación divina especial, antes y por encima de la comunidad. Ésta es la heredera directa de la misión del Maestro y cualquier carisma, jerárquico u otro, es simple servicio en la tarea.

La posibilidad democrática es, incluso, mayor en la iglesia que en la sociedad civil. En ésta, la mayoría o el consenso –que es criterio de acción, no de verdad- es inevitablemente coactivo. Para el creyente, en lo religioso, no existe más coacción que su propia conciencia aunque sea errónea. El cristiano debe arriesgarse a ser excomulgado, decía Tomás de Aquino, si es por ser fiel a su conciencia. Es el imperio de la libertad y de la democracia por excelencia.

En lo organizativo, pues, al igual que en lo celebrativo sacramental, desde el Papa hasta el último clérigo todo puede cambiar (metamorfosis, mutación, refundición, re-creación o como se le quiera llamar) con tal de dar cabida y expresión a la variedad de ‘carismas’ (Pablo a los Corintios) frutos del Espíritu, en aras de una democracia que haga de todo creyente un ser libre y plenamente participativo.

La pirámide ‘jerárquica’ (jerarquía o poder sagrado es ya un concepto herético) es pura construcción histórica, más bien impura. Lo único esencial e inmutable es el seguimiento, personal y en grupo, de Jesús intentado por el humilde pueblo creyente. En razón de la condición humana, sin duda, alguna organización es imprescindible aunque no esencial (la distinción es de M. Légaut). Y como cualquier institución, la eclesial oscilará, en equilibrio inestable, entre participación (asambleísmo) y eficacia organizativa (autoridad delegada). El fondo del problema es idéntico en lo civil y en lo religioso.

No poder sino autoridad

En lo civil como en lo religioso, si el poder es algo perverso, como hemos señalado antes, sólo queda lugar para la autoridad. La ‘auctoritas’, del verbo latino “augere” que significa ‘hacer crecer’, corresponde al carisma humano de la paternidad, sin paternalismos ni infantilismos (Freud vale lo que vale) que es estrictamente subsidiario y único modo de ejercer el poder, en la familia, en el estado y en la iglesia. La ‘auctoritas’ es siempre servicio (por tanto subordinada a quien se sirve): La Vieja Ley (o ‘pedagogo’, considerado superado por Pablo), el ‘maestro’ del evangelio, el anciano o ‘presbyteros’, el dirigente o ‘episkopos’, el servidor o ‘diakonos’ de las primeras comunidades, el ‘funcionario público del estado, etc. Lo que menos encaja con la ‘auctoritas’ es el monarca, sea Rey constitucional o, menos aún, Papa dictador inapelable. En definitiva, la ‘auctoritas’ ‘haciendo crecer’, suscita adultos, hace seres autónomos, libres e independientes y, para conseguirlo, defiende a unos del egoísmo y tiranía de otros (a diferencia de lo que hace el poder político neoliberal privilegiando a la minoría en perjuicio de la mayoría). Es, pues, cinismo intolerable que cualquier autoridad, aún más la religiosa, disfrace el poder y la dominación bajo la capa de servicio que es su antítesis.

El ejercicio de la autoridad debe ser siempre algo razonable. Como realidad humana no goza de una asistencia especial de Dios. La autoridad es moral, no automática (mágica) garantía de acierto y se gana a pulso. Es decir la función (el ‘munus’) no añade de por sí nada a la persona, a sus conocimientos y cualidades. Lo cual permite denunciar otro supuesto ‘dogmático’, el de que, por ejemplo, los teólogos estén sometidos al magisterio. Aparte de que nadie está sometido a nadie en la iglesia, en el ámbito de la verdad lo que cuentan son las razones, no la autoridad, las razones que se van descubriendo entre todos, incluidos los pastores. Es válido el requerimiento del magisterio a un teólogo -no su condena- en tanto sea capaz de entenderlo y de impugnar su opinión. Pero es un abuso censurar a un teólogo a golpe de autoridad sin siquiera entenderlo al pensar en otro paradigma, otra cosmovisión. La historia, trufada de errores magisteriales, debería hacer más modestos a los pastores. El equívoco, sin embargo, es profundo y arraigado: se debe al automatismo mágico del que la jerarquía se cree investida, al margen de los factores humanos (ciencia, experiencia, virtud...) que considera útiles aunque prescindibles.

¿Son los obispos agentes de unión o de ruptura?

Esto lleva a otra aberración histórica: creer que la unidad se construye principal y necesariamente en torno al estamento jerárquico. Quien no acepta sus dictámenes o su conformación actual, es considerado fuera de la Iglesia. Es curioso que un obispo o un papa ni siquiera se interroguen si no serán ellos quienes se autoexcluyen de la Iglesia en la medida de su infidelidad a la verdad y a la unidad. O ¿es que ellos son iglesia por el mero hecho de su cargo, al margen de su ortodoxia y su virtud? De nuevo el automatismo mágico disfrazado de poder ‘sobrenatural’.

Disentir activamente

En la misma línea de reflexión, casi nada cabe esperar en las circunstancias presentes de un nuevo concilio, salvo que fuese realmente representativo de las comunidades cristianas, cosa hoy impensable. Casi todos los obispos han sido nombrados por la política involucionista de Roma conforme a criterios de docilidad y sumisión que enervan la función del colegio episcopal ¿Qué se puede esperar, pues, de un eventual concilio exclusivo de la ‘ecclesia docens’? ¿No hay suficientes casos en la historia de decisiones tomadas con el Espíritu Santo de vacaciones?

El próximo Papa ya no puede tardar. Me viene a la mente la anécdota en un corrillo de amigos al enterarnos de la elección del actual pontífice de conocida trayectoria conservadora. A mis amigos, desolados, les espeté para mayor sorpresa: “En cierta medida, nos podemos alegrar ¡Cuánto peor, mejor!” Un Pontífice equilibrado habría prolongado la ya larga decadencia de la cristiandad. Con el elegido se ha cuarteado la mole estructural destinada a desaparecer. No es previsible que el pueblo cristiano, más amorfo que militante, retome las riendas de su destino y, menos aún, que se ‘convierta’ la casta sacerdotal; estratégicamente, parece deseable ‘desembragar’ la base cristiana del autoritarismo esterilizante para que madure y se libere gracias a la fidelidad al Espíritu.

A mi modesto entender, la ‘pastoral’ general de la Iglesia oficial (encíclicas, cartas pastorales, alocuciones, documentos, normativa litúrgica y sexual, intrusismo político...) es, en contenidos y lenguaje, tan ajena a la realidad y tan nociva al pueblo cristiano que reviste características objetivas de inmoralidad. Y la crisis crece. La última avalancha de intervenciones autoritarias -con la más inofensiva sobre la liturgia por caer en el vacío incluso de los moderados- está adobada de tanto desatino que nuestra obediencia, docilidad y pasividad serían objetivamente inmorales. Hay obligación, en conciencia, de disentir activamente. En ocasiones hay más virtud en la rebelión que en la obediencia. Si la autoridad magisterial y organizadora es agente tan importante de la crisis cristiana es preciso socavar su credibilidad. Se respira en el ambiente de muchos sectores cristianos que los mencionados documentos y alocuciones están progresivamente siendo menos “recibidos”. El inicio de la rebelión popular fue, en mi opinión, el rechazo silencioso pero activo de la encíclica Humanae vitae en el punto de los anticonceptivos. Hasta algún obispo se atrevió a minimizarla. La desgracia es que aceleró la desbandada de una feligresía que confundía a la Iglesia con la jerarquía. Disminuya, pues, la ‘recepción’ popular de la doctrina oficial ¿Reflexionará la autoridad religiosa o se enrocará aún más? ¿Quiénes se están excluyendo más activamente de la comunión cristiana?

Me incomoda que zahieran a la Iglesia los de fuera de casa, no por carecer de derecho sino porque no suelen acertar y más bien refuerzan el sentimiento persecutorio y victimista del estamento dirigente. Pero esto ocurre por la ambigüedad y escasa contundencia de teólogos y católicos en general. Tememos el reproche de agresividad y revanchismo sin advertir que la crítica nace sobre todo de quienes postulan una decidida opción por el Evangelio, aunque no sea fácil controlar sentimientos de ira ante tanto perjuicio infligido a la Iglesia y a la sociedad. Jesús, como hombre cabal, acusó de ‘raza de víboras’ y ‘sepulcros blanqueados’... No parecen palabras muy prudentes ni ‘evangélicas’ ¡Por eso lo mataron!

Esta exposición es demasiado larga. Así que omito lo que sería ‘refundición’ de creencias doctrinales, tradiciones sacramentales y normas jurídicas. Algo he apuntado en otros textos. Cualquiera, por lo demás, lo deduce desde la vivencia de la experiencia de Jesús.

III. 3. Recuperar la radicalidad evangélica: el Proyecto de Dios (el Reino) es hoy que "Otro mundo es posible" (Humanización). Para lo cual 'Otra Iglesia es posible y necesaria'

ECLESALIA, 19/01/05.- Sin este último apartado -simple apunte para la reflexión- todo lo anterior sería lamento lastimero y derrotista. La vivencia fuerte del Jesús que queremos seguir nos marca un camino de esperanza que atraviesa, sin embargo, un desierto de transición penosa. Nuestra contribución a ‘otro mundo posible’ (es el contenido del Reino, la Humanización) exige ‘otra iglesia posible’ (o medio adecuado al fin). Mas el proceso de transición, el hallazgo de odres nuevos que alberguen el vino recio del mensaje del Maestro no es fácil y serán inevitables envases provisionales que algo tendrán, por fuerza, de chapuza.

En un artículo anterior “Jóvenes poscristianos: ¿desertores o pioneros?” (Revista de Pastoral Juvenil nº 407 y Eclesalia, feb.2004) me hacía eco de las inquietudes y desconcierto de muchos padres cristianos; entonces sólo sugerí un horizonte para entender el problema religioso de los hijos. Añadiré algo más.

Tiempos de desierto y de intemperie

No sólo los jóvenes. Aumentan los adultos críticos con ganas de evangelio cada día más incómodos en el inhóspito hogar eclesial. No soportan las prédicas habituales. Sienten vergüenza ajena al asistir con familiares no practicantes a funerales de ultratumba, y a bautizos, comuniones y bodas de un talante anodino e insignificante o con tonillo de espiritualidad hueca y artificiosa. Les es casi imposible encontrar eucaristías auténticas. Se estrellan contra muros canónicos medievales en problemas matrimoniales o de sexualidad conyugal o de prevención del sida. El efecto es el alejamiento de las instituciones y de las celebraciones litúrgicas. En algunos, sufre quebranto la propia fe. Los más sólidos sienten el vacío eclesial, se quedan a la intemperie pero saben que no deben perder lo esencial. Es una forma nueva de desierto. Se trata de una situación de crisis que puede alumbrar lo mejor y lo peor, según las personas. Pero esta crisis es irreversible. Así es, por ejemplo, suicida el retorno al modelo de cristiandad ¿Qué hacer mientras lo viejo no sirve y lo nuevo no ha llegado? ¿ Será que las formas religiosas externas no son necesarias y que basta la espiritualidad interior? De ninguna manera; por eso es precisos aclararnos las ideas. La reflexión personal y en comunidad es más urgente que nunca. Las parroquias tradicionales se vacían y las pequeñas comunidades, a falta de formación sólida y de aliento renovado, pueden estallar de pronto o ir mermando y disolverse ¿Qué hacer en este período de desierto y transición?

Las formas religiosas externas son mediaciones, no esenciales pero imprescindibles (M. Légaut)

Toda religión es una constelación de creencias interpretativas de la relación con Dios, de celebraciones ‘litúrgicas’ y mínima organización. Todo ello, en su particularidad, pertenece al ámbito de las mediaciones, por tanto, de lo instrumental y relativo no de lo esencial. Es flexible y mutable. Se debe adecuar a los tiempos y las culturas. No es sustancial pero es imprescindible. Sin ello la vivencia religiosa se reduciría a un espiritual etéreo y desencarnado, de fácil evanescencia. Por eso la vocación de eremita, contemplativo en total soledad, es la excepción nunca sin peli