31 - Mayo, 2003. Esperanza     

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AUTOR

Reinado Social

05/04

EL USO TERAPEÚTICO DE LAS CÉLULAS MADRE

Marciano Vidal

Revista de Pastoral Juvenil

05/04

CUANDO LAS COSAS NO VAN BIEN...

José Luis Graus Piña

ECLESALIA 03/04 REFLEXIONES DE UN PADRE CRISTIANO ENTORNO A LA PRIMERA COMUNIÓN José Jesús Solchaga

ECLESALIA

12/05/04

MENSAJE FINAL DEL PRIMER ENCUENTRO DE MOVIMIENTOS CRISTIANOS

VV.AA.

ECLESALIA

17&18 del 05/04

EL IMPERIO Y DIOS

Jon Sobrino

ECLESALIA

19/05/04

RECUPERAR EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA

Jairo del Agua

ECLESALIA

24/05/04

LOS JÓVENES Y LA CONFIRMACIÓN

Joseph Mascaró

 

Reinado Social, Nº 866, mayo de 2004

EL USO TERAPEÚTICO DE LAS CÉLULAS MADRE

¿Qué pensar desde la ética cristiana?

MARCIANO VIDAL, profesor de la Universidad Pontificia Comillas

MADRID.

1. ¿Qué son las células madre o troncales?

Por célula madre o, mejor, troncal se entiende aquella célula que tiene la capacidad de dividirse y de dar lugar a diferentes tipos de células especializadas. La mayor parte de las células de nuestro organismo están especializadas: son células nerviosas, óseas, etc. Pero hay algunas que tienen la capacidad de dar lugar a varias especialidades. De acuerdo con esta mayor o menor capacidad, las células troncales pueden ser totipotentes, pluripotentes y multipotentes en razón de su mayor o menor versatilidad o potencialidad.

La utilización terapéutica de las células troncales es llamada a veces clonación (terapéutica), pero no lo es en su sentido completo. La clonación propiamente dicha es la clonación reproductiva, es decir, el procedimiento por el que se obtiene un individuo genéticamente igual a otro (como, por ejemplo, en el caso de la oveja Dolly). En el uso terapéutico de las células troncales no se pretende formar un individuo completo sino conseguir células troncales y obtener de ellas líneas específicas de tejidos (u órganos) para, una vez sometidas a determinado cultivo, implantar las células así obtenidas en el mismo organismo de donde proceden las células troncales.

 Así pues, a este nuevo procedimiento no le cuadra con exactitud el término de clonación, sino el de terapia celular (de carácter regenerativo) mediante el cultivo de células troncales y su ulterior implantación autológica (en el mismo organismo). En el horizonte está la posibilidad de utilizar esta terapia celular regenerativa en enfermedades de tanta trascendencia como el Alzheimer, el Parkinson, la diabetes, etc.

2. ¿De dónde se obtienen?

- En primer lugar, de los embriones. A estas células troncales se las denomina embrionales. Son las que ofrecen mayores ventajas para la investigación y para su ulterior uso terapéutico, precisamente por el estadio de indiferenciación o de plasticidad en que se encuentran. Los embriones, de los que se obtendrían las células troncales, pueden ser:

1) Producidos en las técnicas de reproducción humana asistida (fecundación in vitro) y que no se transfieren al útero en orden a la gestación: son los embriones sobrantes (frescos o congelados).

2) Producidos con la técnica de la clonación y destinados expresamente a la obtención de líneas celulares para su cultivo y para el subsiguiente uso terapéutico del autotrasplante celular. Esta técnica fue utilizada recientemente por un equipo de científicos de Seúl para aislar por primera vez células madre de embriones creados por clonación (febrero de 2004).

- La segunda procedencia es la de los tejidos u órganos adultos. Hay células somáticas con capacidad de reactivar su programa genético como respuesta a determinadas señales de estimulación y volver a la condición de células troncales. No todas las células somáticas son reprogramables. La reprogramación de las células somáticas para reconvertirlas en células troncales es un hallazgo importante de la ciencia y de la técnica (la revista Science lo consideró como uno de los más destacados de la investigación científica del año 1999).

- Las fuentes de obtención de células troncales no se agotan en el embrión y en los tejidos u órganos adultos. Aparecen en el horizonte otras posibilidades, como las siguientes:

1) A partir de fetos abortados (abortos espontáneos).

2) Obtenidas del cordón umbilical.

3) Obtenidas directamente de tejidos del propio paciente (músculos, médula ósea, sistema nervioso central, etc.), sin necesidad de someterlas a procesos especiales de reprogramación. Este último procedimiento, en el que sobresalen dos grupos de hospitales en España, ha comenzado a dar resultados positivos en la regeneración del músculo cardíaco infartado.

3. Discernimiento ético

La valoración moral del uso terapéutico de células troncales humanas ha de ser distinta si se trata de células embrionarias o de células somáticas. Por el momento, no se ve que el uso terapéutico de células troncales somáticas lesione la dignidad de la condición humana; los fines terapéuticos a conseguir justifican suficientemente esa actuación.

La cuestión está en la valoración moral del uso de células troncales humanas cuando éstas se obtienen de embriones. Las razones que se dan para apoyar la postura afirmativa son, básicamente, de carácter utilitarista: las ventajas terapéuticas que puede aportar esta posible medicina celular regenerativa. Pero tales argumentaciones no tienen en cuenta la realidad en sí del embrión humano. Por otra parte, la argumentación que niega estatuto de embrión al cigoto y al blastocisto producidos en orden al uso terapéutico (teniéndolo sólo por un nuclóvulo y no por un embrión) no deja de ser, en cierto modo, una pirueta intelectual.

Son muchas las instancias jurídicas, éticas y religiosas que se oponen al uso terapéutico de células troncales embrionarias. Entre las religiosas, sobresale la postura de la Iglesia Católica, contraria a toda intervención que tenga como fin o como medio servirse de embriones humanos a los que considera con toda la dignidad debida a la condición humana.

Eso no impide que el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, en una Nota del 25 de julio de 2003, haya aprobado la reciente reforma legal, propuesta por el PP, de destinar, con determinadas condiciones, los embriones sobrantes a la investigación en orden a favorecer una futura medicina celular regenerativa. Para los obispos españoles, “mantener congelados embriones humanos es una situación abusiva contra esas vidas que puede ser comparada al ensañamiento terapéutico”; por tanto, “proceder a la descongelación es poner fin a tal abuso y permitir que la naturaleza siga su curso, es decir, que se produzca la muerte” (n. 6). Por otra parte, “los embriones que han muerto, al ser descongelados en las circunstancias mencionadas, podrían ser considerados como ‘donantes’ de sus células, que entonces podrían ser empleadas para la investigación en el marco de un estricto control, semejante al que se establece para la utilización de órganos o tejidos procedentes de personas fallecidas que los han donado con este fin” (n. 7).

Revista Reinado Social: redaccion@reinadosocial.net

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Revista de Pastoral Juvenil, Nº 410, mayo de 2004

CUANDO LAS COSAS NO VAN BIEN...

Crisis y rupturas en comunidades de seglares

JOSÉ LUIS GRAUS PIÑA, Parroquia de San Ambrosio

MADRID.

Declaración de intenciones

RPJ, 05/04.- No me toca a mí hablar precisamente de las bondades de la vida comunitaria de las y los seglares. Me toca abordar una cuestión difícil y compleja: las crisis y las rupturas. No es mi intención dar respuestas, ni tan siquiera criterios o pautas ante estas situaciones. Tan sólo pretendo compartir con vosotras y vosotros algunas ideas y experiencias al respecto con el ánimo de irnos enriqueciendo en el proceso.

Introducción

El primer aspecto que podríamos contemplar es la pluralidad y heterogeneidad a la hora de concretar la vida comunitaria de las y los seglares. No estamos ante una cuestión cerrada, ante una imagen monolítica, es más bien una experiencia en devenir, que se va configurando en función de múltiples variables: experiencia de cada una de las personas que componen la comunidad, lugar concreto de vida, relación con la Iglesia local... Por tanto es complejo hacer un análisis único ante el tema de la crisis y la ruptura.

El segundo aspecto a considerar es la juventud de este tipo de experiencias. Que los seglares decidan concretar el seguimiento de Jesús en comunidad de un modo cuantitativo y cualitativo importante, se remonta como mucho a los años posteriores al Concilio Vaticano II. Por tanto el recorrido histórico donde encontrar referencias no es muy grande.

El tercer aspecto es la tentación de comparar estas experiencias comunitarias con otras ya consolidadas en nuestra Iglesia, como la vida religiosa. Cada vocación es específica y por tanto la forma de concreción también lo es; creo que no ayudaría nada en el proceso de crecimiento pedirle a la vida comunitaria seglar que se asemejara a la vida comunitaria religiosa, ni a la inversa tampoco. Es necesario un camino común entre las vocaciones, pero no tanto un camino de imitación entre ellas.

El último aspecto que quiero reseñar es que en el momento actual, en el ámbito social y en el ámbito eclesial, no se invita a vivir el seguimiento de Jesús en comunidad. Está mucho más potenciado todo lo que tiene que ver con la persona, con el individuo. Esto hace que la cuestión de los seglares y la comunidad esté cogida entre alfileres en muchas ocasiones.

La crisis

Pienso que lo que denominamos como crisis es un elemento intrínseco a la persona, y que se reproduce en los espacios de los que las personas formamos parte. Inicialmente la crisis es un elemento dinamizador, es más, me atrevo a afirmar que la crisis es necesaria; ahora bien, instalarse en ella puede ser destructivo para personas y comunidades.

Todas las personas en determinados momentos de nuestra vida y, cómo no, todos los grupos, debemos pasar por periodos de crisis. Además de necesaria, como decía antes, considero que la crisis es natural a nuestro crecimiento y desarrollo. Es más, habría que poner bajo cierta sospecha cualquier experiencia exenta de crisis.

Por eso, tan importante como la crisis en sí es el modo en el que ésta se aborda. Pues en ocasiones la vía de resolución proviene del abordaje que se ha hecho de la cuestión.

Entonces acerquémonos al fenómeno de la crisis como algo necesario, como algo natural, pero sobre todo como algo positivo, como algo que posibilita, como un momento y un tiempo de oportunidad, para crecer como personas y también para crecer como comunidades.

 IDENTIFICACIÓN

Considero que cuando una situación de crisis se presenta en una comunidad seglar (aunque lo que voy a decir no es exclusivo de las comunidades seglares; es extensible a personas, grupos, movimientos...), es muy importante saber nombrar el motivo de ésta.

Saber si lo que sucede es cuestión de todo el grupo o de alguno de sus miembros. Es decir, si lo que está pasando es una cuestión que está viviendo todo el grupo o es de alguna de las personas que lo componen. Si es una cuestión personal es importante poder ver cómo afecta eso al resto del grupo tanto cuantitativa como cualitativamente: si la persona está proyectando en el grupo cuestiones personales que bloquean la dinámica común; si la comunidad acoge la situación personal y trata de apoyar a la persona con los medios que tiene a su alcance.

Saber si lo que sucede afecta a lo nuclear de la vida en común o a la periferia. Considero que es una cuestión fundamental valorar la magnitud de la cuestión. Si lo que está produciendo la crisis es una cuestión de importancia relativa o en cambio afecta a aspectos medulares de la vida común. Esto que a simple vista es obvio, una vez en medio del problema a veces es complejo dar a cada situación la importancia que tiene y se puede cometer el error de irse a polos opuestos: o darle mucha importancia a algo que no la tiene tanto, o ignorar aspectos y cuestiones trascendentales para el desarrollo de la vida personal y común.

Saber si los elementos que la provocan nacen de dentro de la comunidad o en cambio está producida por elementos externos. Entendemos que no es lo mismo que una crisis esté provocada por algo que nace de la dinámica interna del grupo a que esté producida por cuestiones en las que el grupo, al menos de un modo inicial, no esté directamente implicado.

Hacer este ejercicio de identificación ayuda a situar la cuestión y, por tanto, ayuda a poder trazar un proceso de resolución que nadie, eso sí, puede garantizar cómo terminará.

Esto que acabo de describir en tres líneas escasas puede llevar un proceso de tiempo incontable e irresoluble. Pero sin embargo es de vital importancia que todos puedan nombrar la cuestión del mismo modo o al menos de manera similar. Éste sería un buen principio para comenzar a hablar.

LO QUE SE NOS PIDE

Llegar a este punto supone, más aún, creo que exige de todas las personas una serie de elementos, de los que por desgracia no siempre se disponen:

-          Un nivel de comunicación profundo, sincero y tranquilo. Esto es muy necesario pues independientemente de que exista acuerdo en el análisis o en la reflexión que se hace, todos deberían poder nombrar la situación del mismo modo, todos podrían hablar de lo mismo, insisto, independientemente de los planteamientos y posicionamientos. En esto puede ayudar hacer un esfuerzo por confiar en la otra persona, por encima de lo que dice o piensa, pues todos buscamos hacer presente, en medio de la realidad, el sueño de Dios, su Reinado.

-          Flexibilidad en los planteamientos y en las posturas. Tratar de ver las cosas desde diferentes ángulos puede ayudar a hacer valoraciones de conjunto, generalmente más aproximadas a lo que está sucediendo; eso implica que uno debe permanecer en tensión para no cerrarse. No hay que olvidar que la línea que divide firmeza en las convicciones profundas y rigidez en los planteamientos, a veces es muy delgada y difícil de distinguir.

-          Un grado de madurez considerable en cada una de las personas. Este sustrato alimentará el resto de aspectos mencionados anteriormente; en este caso la madurez va a contribuir necesariamente a que a pesar de todo y con todo, no perdamos de vista nuestros horizontes.

-          Y sobre todo, “permitidme el romanticismo”, saberse muy amado por Dios y amar mucho a los que se tiene delante. Porque la vida fraterna tiene su origen en el Amor recibido y su sentido en la entrega de ese Amor. Por eso viene bien ante una situación crítica recolocar las cosas desde ahí, por muy imposible que en ocasiones pueda parecer. Ojo, sin que esto suponga que nadie se arrogue, la gracia o el derecho de haber recibido más amor y ser más amante. Es una llamada exigente a la humildad confiada.

Lógicamente todas estas cuestiones están muy vinculadas entre sí y es la conjunción de todas ellas la que puede arrojar luz a una situación que inicialmente parece no tenerla

Cuando todo esto no se da, abordar la situación es bastante complicado y el dolor que podemos producirnos a nosotros mismos y a los demás es importante.

Aunque por otro lado no podemos negar que en la mayor parte de las ocasiones la crisis se suele manifestar de un modo conflictivo. Palabras como serenidad, paz, tranquilidad, sosiego resuenan en nuestros oídos como de otra galaxia y no encontramos su semilla en nuestro corazón.

ELEMENTOS NECESARIOS

Hay varios elementos que pueden ayudarnos a situar este momento inicial:

-          Por un lado no estaría de mas poner la cuestión que ocupa y preocupa en manos de Dios, intentar hacer de esto oración, no una vez, sino todas las que sea necesario. Y no sólo oración personal sino también comunitaria. Aunque generalmente es costoso ponerse con actitud orante y no dejarse arrastrar por los enfados y las incomprensiones propias de la situación es una tarea fundamental. Enriquece mucho la situación intentar ver las cosas como Dios las está viendo, percibirlas como Dios las está percibiendo, valorarlas como Dios las está valorando y después tratar de abordar la realidad una y otra vez.

-          Por otro, también puede ayudar hacer presente los orígenes de la comunidad; lo que unió en un primer momento, el deseo de los corazones en aquel momento. Sin duda, en el origen de todo proyecto comunitario nos encontramos el seguimiento a Jesús de Nazaret y esa opción inicial es la que hay que refrescar y actualizar, aun en tiempos difíciles. Como ya he dicho antes, esto puede ayudar no a solucionar la situación sino a recolocar las piezas de tal modo que aparezcan caminos de trabajo y la solución se adivine en el horizonte.

-          Otro elemento puede ser vivir la situación con la confianza, a pesar de todo, de que si esto es de Dios seguirá adelante y si no es de Dios, ya sabemos. La Gracia es un elemento intangible pero fundamental, pues es verdad que sólo nuestro esfuerzo, por titánico que sea, no va a ser suficiente, aunque sí necesario, para poder avanzar desde la crisis. Sin duda el Espíritu de Dios vendrá en nuestro auxilio siempre que lo invoquemos con fe.

-          Hay un elemento que puede parecer poco relevante pero a mi entender tiene su importancia, y es valorar la crisis dentro del contexto social y eclesial que se está produciendo. Es decir, puede que para la comunidad el momento sea muy crítico, pero no por ello podemos dejar de preguntarnos qué está sucediendo en ese momento en nuestro mundo, qué está sucediendo en nuestra Iglesia. De este modo la crisis puede quedar enmarcada, contextualizada y quizás relativizada o al menos con una importancia más aproximada a la realidad. Preguntarnos por lo que nos está pasando, sin preguntarse qué le está pasando al resto de las personas, puede hacer caer en cierto egocentrismo, que no aportará mucho a las vías de solución. Hacerlo así será señal de que la comunidad no es ajena a la realidad sino que está implicada con lo que acontece y no sólo eso, sino que lo que acontece puede dar luz para afrontar la crisis. De este modo se garantiza que hay un elemento de contraste con la realidad que puede suponer mayor verdad en lo que se está viviendo.

LOS TIEMPOS

Hay otra cuestión importante en esto de las crisis y es saber si cuando ésta da la cara es cuando se acaba de producir o en cambio ya lleva un tiempo latente. Esto lo comento porque creo que hay un riesgo importante de enquistar situaciones o relaciones nada favorables a la hora de abordar estas cuestiones. Creo que cuanto más tiempo pase antes de abordar una crisis, más importante es el riesgo de deterioro y más dificultades hay para solucionarla.

Desandar un camino de dolor es bastante complicado, por eso abordar la situación a los primeros síntomas ayuda bastante a tender puentes, cuando la distancia es corta. En cambio, si no se ha tenido la capacidad de afrontarlo en su momento, aunque, en efecto, la cosa esté más complicada, nadie podría decir que imposible, hay que ser conscientes de que el trecho a desandar para poder comenzar a andar es mayor.

Otro aspecto que influye en la cuestión de los tiempos es la capacidad de cada una de las personas de la comunidad para abordar el tema del conflicto que pueda generarse desde la crisis. Hay personas que tienen más facilidad, pero otras en situaciones de conflicto manifiestan bloqueos difíciles de superar y por tanto el proceso de abordaje se ve ralentizado (no quiero moralizar este hecho, no es en sí ni bueno, ni malo, pero hay que contar con que eso se puede producir).

En cualquier caso, cada crisis precisa de unos tiempos de gestión que hay que saber captar y valorar. Igual que no ayuda el permitir que las situaciones se enquisten, tampoco lo hace el que los procesos se aceleren y se corra el riesgo de quemar etapas o cerrar en falso. Hay un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo.

LOS AGENTES EXTERNOS

Uno de los medios que puede ayudar a viabilizar una crisis lo podemos encontrar sin duda en los elementos externos. Es decir el/la acompañante, si es que la comunidad lo tiene y si es que está lo suficiente al margen de la situación como para poder ayudar a objetivar. Hay ocasiones en que las comunidades no tienen una persona que les acompañe de forma habitual y puede ayudar buscar a alguien que pueda hacer esa tarea de objetivar, de ver las cosas desde otra perspectiva y, por tanto, se diseñe un camino de avance.

Ahora bien, creo que no se debe olvidar que es muy importante que todo el mundo reconozca a esa persona una autoridad moral importante, que se le dé un voto de confianza, que se lean sus aportaciones como una posibilidad importante de avanzar y de crecer. Pues si todas las personas no le dan ese voto de confianza es complejo que se sitúen en una dinámica de avance y de superación.

Aunque parezca obvio, me parece importante reseñar que no todas las personas tienen las condiciones necesarias para acompañar este tipo de procesos. Además de la buena voluntad es muy importante que el/la acompañante disponga de habilidades y herramientas que favorezcan y promuevan la gestión favorable de la crisis.

La verdad es una tarea delicada la que le toca a esta persona. Pues acompañar siempre es complejo, cuánto más en situaciones de crisis. Puede ver clara la cuestión pero su trabajo es ayudar a que los demás la vean. Puede ver claros lo medios pero debe promover que los demás se percaten de que están allí, a su alcance. En ocasiones se le pedirá paciencia para que la comunidad vaya llegando al sitio en el que él/ella lleva ya tiempo. En otras, que provoque la reacción de las personas, en otras que denuncie su inoperancia. No es una misión grata; además hay que ser consciente de que no está exento/a de que le puedan salpicar consecuencias de la crisis. Pero en cualquier caso es una labor fundamental, sin la cual avanzar es muy complejo.

Otro agente externo puede ser el contraste con otras comunidades o personas que con experiencia comunitaria han vivido situaciones de crisis. Poder contrastar esto no soluciona nada, pero de repente pueden surgir pautas, referencias, líneas de trabajo que de otro modo no hubieran aparecido.

Y SI NOS LOS HAY...

Aunque no deja de ser menos cierto que en ocasiones la comunidad no tiene nadie de quien poder echar mano en estos momentos. Es una realidad que en nuestra Iglesia faltan personas preparadas para acompañar procesos comunitarios, y más si estos procesos se dan en comunidades de seglares.

Surge entonces la pregunta ¿qué hacer?. La verdad es que la respuesta es bien compleja. A mi entender, las personas que componen la comunidad deberían plantease con sinceridad cuán grande es su deseo de avanzar en comunidad, de seguir a Jesús desde un proyecto fraterno. Creo que si hubiera una respuesta colectiva favorable, con mucha prudencia se podría comenzar a caminar para salir de la crisis.

Entiendo que si se avanza por este camino habría una serie de elementos que favorecerían una resolución favorable:

-          Entrar en el proceso con una actitud de disponibilidad, de apertura y de escucha grandes. Y si por las circunstancias alguna o algunas personas no pueden, deberían exponerlo con toda serenidad. Esto ayudaría a centrar el polo de atención, no tanto en lo que a uno le parece importante, sino en lo que los demás opinan.

-          Tratar de no prestarle mucha atención a los roles que habitualmente se suelen ocupar en la dinámica cotidiana de la comunidad; por ejemplo, más que apostar por un líder, habría que promover que todos lideraran. Es decir, habría que facilitar que todos pudieran expresarse con libertad, sin juicios previos.

-          Como lo anterior es casi del orden de lo idílico, habría al menos que tratar de reconocer y poner nombre a los límites, a las debilidades, a las fragilidades de las personas y de la comunidad.

Hay una cuestión que también puede ser de ayuda. Si la comunidad no es la primera crisis que vive, sería muy importante que hiciera presente lo que ha sucedido en otros momentos, ver si hay puntos en común, recordar cómo en otros momentos se ha dado respuesta a cuestiones críticas.

RESOLUCIÓN

Evidentemente este proceso debe tener un fin, se debe llegar a algún lugar después de haber trabajado con más o menos acierto lo que se considera la causa de la crisis.

Uno de los peligros más importantes es cerrar en falso el proceso. Bien porque se piense que la cuestión está solucionada cuando en realidad no es así, con lo cual pasado un tiempo y por la cuestión más insospechada puede hacerse presente la crisis y el tema es que este “rebrote” se produce con más fuerza y virulencia que la anterior si cabe. También ha podido suceder que por cansancio o agotamiento de las personas que componen la comunidad poco a poco se deje de hablar del tema como si no hubiera pasado nada, cuando sin duda la herida ha quedado y con posterioridad pasará la debida factura.

Otra posibilidad es que después de un proceso de trabajo se logre dar por finalizada la crisis y todas las personas que componen la comunidad tengan en el fondo una experiencia liberadora y, sobre todo, que después de este proceso sientan que su seguimiento a la propuesta de Jesús como personas y como comunidad se ha visto fortalecido. Ahora tienen más herramientas para hacer presente y real la tarea de construir reino.

Por último, está la posibilidad más temida y más dura, pero no la menos probable. Me refiero a la ruptura. Es innegable que después de un proceso de crisis generalmente complejo y hasta doloroso, la ruptura puede aparecer como la única posibilidad válida. En ese instante, creo que habría que tener el valor y la lucidez de ver por qué aparece la ruptura como la única solución posible.

LA RUPTURA

Cuando se han puesto los medios que todos tenían a su alcance, cuando todas las personas han intentado de todas las formas imaginables poner remedio a la situación y a pesar de eso no ha sido posible, la ruptura aparece en el horizonte como una concreción válida a la hora de cerrar la crisis.

Generalmente suele haber mucha dificultad a la hora de verbalizar la ruptura como solución y es muy lógico. Cuando alguien se embarca en un proyecto comunitario lo último que se le puede pasar por la cabeza es que dicho proyecto puede hacer aguas de tal manera, que hasta se hunde. Por otro lado hay una llamada, que vibra con fuerza en el interior de los corazones, a la unidad.

Y es en ese momento cuando puede aparecer la tentación de moralizar la ruptura. Creo que no es cuestión de valorar la ruptura como buena o como mala, opino que eso sólo llevaría a agravar las cosas más de lo que ya pueden estar. Puede potenciar en algunos miembros de la comunidad sentimientos de culpa, complejos de inferioridad. En última instancia puede provocar unas consecuencias en el orden de lo personal francamente preocupantes.

Una vez más, dentro de este proceso tan intenso parece fundamental volver el corazón a Dios sin olvidar que es todo Amor y Ternura para nosotras y nosotros y abandonarnos en Él. Pues Él nos sondea y nos conoce... (Cfr. Salmo 139).

Si la ruptura se hace realidad puede que de forma espontánea tratemos de buscar culpables o responsables a esta situación. Y si no, como poco, tratamos de buscar los por qué del tema. Pero pienso que en el momento en el que se ejecuta la ruptura no es posible hallar ninguna respuesta de este tipo. Hay que darle a la ruptura un tiempo y con un poquito de distancia tratar de hacer valoraciones globales, pero sobre todo con la intención de extraer enseñanzas

En función de la vivencia que se haya producido entre las personas que constituyen la comunidad hay que contemplar seriamente la posibilidad de que algunos miembros, si no todos, de un modo u otro, pueden atravesar una situación de duelo. A mi entender esto es muy importante, pues querámoslo o no, después de un proceso que desemboca en ruptura hay herida y es muy importante vivirlo con la mayor salud posible. En cierto modo la ruptura viene acompañada de una situación de pérdida importante y ésta es la que provoca la situación de duelo, por la que hay que pasar y tras la cual puede favorecer que las diferentes personas que han compuesto el proyecto fraterno sigan en pie tras las huellas que Jesús nos ha dejado.

ASPECTOS IMPORTANTES

Cuando se consuma un proceso de ruptura comunitaria hay una serie de aspectos que pueden ayudar a ubicar a las personas dentro de la nueva etapa que se abre ante ellos:

-          La vida continúa. Puede parecer que no doy importancia a lo que ha sucedido, no es mi intención, no quiero quitar ni un gramo de importancia, ni de gravedad a lo que estos procesos suponen. Pero teniendo en cuenta todo, no podemos dejar de reconocer que el fin del mundo todavía no ha llegado y que la propuesta de Dios sigue ahí frente a nosotros, esperando respuesta.

-          No perder de vista la referencia eclesial amplia. Ser comunidad es una forma concreta y específica de hacer Iglesia en el ámbito cotidiano. Pero eso no agota las concreciones de la Iglesia y por tanto habrá que buscar nuevas referencias dentro de ese marco.

-          Tratar de no hacer criterios generales de situaciones concretas. Es decir, si el proyecto comunitario concreto donde uno andaba enfrascado se ha truncado, eso no debería poner en cuestión la opción por seguir a Jesús, ni la opción de hacer ese seguimiento en comunidad. No ayudaría, a mi entender, juzgar el todo por alguna de sus partes.

-          Otra tentación que puede aparecer en una situación de este tipo es intentar hacer “borrón y cuenta nueva”, en la medida que pretende ignorar lo que ha sucedido. No hay que negar el pasado, hay que aprender de él y, sobre todo, hay que rastrearlo una y otra vez hasta que encontremos las huellas de Dios en él, de este modo podremos aprender y crecer.

En esta dirección creo que habría que dar un paso de madurez y, si bien el proyecto comunitario ha finalizado, contemplo como necesario que las personas que lo han compuesto tengan la oportunidad de reencontrarse en algún momento, bien en común, bien por partes y tratar de reconciliarse consigo, con los demás y cómo no, también con Dios. De ese modo lo que aparentaba muerte, amenaza de resurrección. Y si ciertamente ha fallado un proyecto concreto la apuesta de Dios por la fraternidad y la respuesta que las personas dan permanecerá intacta y seguirá siendo posible un mundo de hermanas y hermanos.

Por tanto, en esta nueva etapa el Perdón es una palabra que cobra especial intensidad y es un tema a trabajar con mucho interés. Saberse perdonado por Dios, saber que Él ama a pesar de nuestros límites y de nuestro pecado, posibilitará que podamos perdonarnos a nosotros mismos y que así podamos perdonar y ser perdonados por los demás.

Por otro lado hay un trabajo que hacer en torno al valor de la unidad1, que tras la ruptura puede parecer resquebrajado o debilitado. Es muy importante poder tomar conciencia de la situación y ver que la unidad que Jesús propone no reside en que todos vivamos de la misma manera y bajo las mismas concreciones, sino que todos estemos en comunión. Que todos bebamos el cáliz de Jesús y bebiendo ese cáliz todos asumamos como nuestro el destino de Jesús.

Recuperar la unidad desde esta perspectiva puede ayudar a plantearse una nueva etapa de seguimiento.

Y DESPUÉS...

Cuando una ruptura se ha consumado, bastantes pocas cosas se pueden decir. Aunque sería importante que cada una de las personas de la comunidad pudiera hacer una lectura creyente de lo que ha sucedido y en un periodo de tiempo no excesivamente largo, pudieran reencontrarse para celebrar que el Amor de Dios llega a todos los lugares, a todas las personas y lo perdona todo.

Puesto que no ha quedado más remedio que romper2, es una necesidad vital cerrar las etapas con salud y, en un caso así, creo que lo único que puede aportar salud es hacer presente el Amor de Dios, desde la necesidad de perdón y de reconciliación.

Es muy importante, a pesar de todo el dolor y del sufrimiento que se genera en situaciones de este tipo, no perder de vista la apuesta que Dios hace por todas y cada una de las personas; por tanto no deberemos ser nosotros los que cerremos las puertas a las nuevas propuestas de Dios.

Por otro lado, y reitero algo de lo ya dicho, creo que en ningún momento el fracaso de un proyecto comunitario concreto debería hacer temblar nuestra opción por hacer vivo el seguimiento de Jesús en nuestros días.

 

ORAR EN TIEMPOS DE CRISIS3

Aquí nos tienes, Padre,
Cansados y confundidos.

Aquí nos tienes, Jesús, Hermano,
Perdidos y orgullosos en ocasiones.

Aquí nos tienes, Espíritu, Animador,
Sin luz y con poca esperanza.

Ponemos en tus manos,
Nuestro proyecto fraterno,
Con el deseo y la esperanza
De que también sea el Tuyo.

Aquí nos tienes,
Tú sabes mejor que nosotros,
Cómo estamos, cómo andamos,
Qué nos ocupa y nos preocupa.

Aquí nos tienes,
Tú sabes mejor que nosotros,
Qué necesitamos.

En este momento de crisis,
Nuestra mente está ofuscada,
Nuestro corazón embotado,
Nuestra palabra torpe,
Nuestra mirada corta,
Nuestros oídos cerrados.

Líbranos de la tentación
De no cuidar de nuestros hermanos y hermanas.
Líbranos de la tentación
De creernos mejor, de creernos más.
Líbranos de la tentación
De utilizar tu Nombre en vano.

Ayúdanos Tú,
Si no lo haces,
¿Quién lo hará? 

Manifiesta tu misericordia,
Una vez más.
Que tu luz nos guíe,
Una vez más.
Que tu esperanza nos sostenga,
Una vez más.

Si Tú no lo haces,
¿Quién lo hará?
Aquí estamos.
Aquí nos tienes.

Revista de Pastoral Juvenil: produccion@icceciberaula.es 

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ECLESALIA, 3 de mayo de 2004

REFLEXIONES DE UN PADRE CRISTIANO
EN TORNO A LAS PRIMERAS COMUNIONES

“Venid también vosotros a trabajar a mi viña” (Mt 20,7)
o bien: “venid a hacer la primera comunión”

JOSÉ JESÚS SOLCHAGA GARNICA, padre, cristiano y educador de JUNIOR

ZARAGOZA.

“Los cristianos acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la fracción del pan y a las oraciones... Todos ellos vivían unidos y tenían todo en común... según la necesidad de cada uno..., así que no había entre ellos ningún necesitado; partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría, alababan a Dios... y el Señor agregaba cada día a la comunidad a más creyentes...” (Hechos de los Apóstoles 2, 42-47; 4, 32-35; 5, 12-16).

“Por el cariño de Dios os pido, hermanos, que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, agradable a Dios: ¡que éste sea vuestro culto auténtico!... Que nadie se tenga en más de lo que hay que tenerse, pues nosotros, con ser muchos, unidos a Cristo formamos un solo cuerpo... aborreced lo malo y apegaos a lo bueno, y sed cariñosos unos con otros...; en la acción, no os echéis atrás, en el espíritu manteneos fervientes, siempre al servicio del Señor... haceos solidarios con los demás, esmeraos en la hospitalidad... que os tire lo sencillo... no devolváis a nadie mal por mal.” (Carta a los Romanos 12, 1-21).

“Éste es el culto que yo quiero, dice el Señor: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todas las opresiones; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte en tus propios problemas e intereses. Entonces brillará tu luz como la aurora, te brotará la carne sana.... tu corazón de piedra se convertirá en corazón de carne, y te abrirá camino la justicia; entonces llamarás al Señor tu Dios, y Él te responderá, le pedirás auxilio y Él te dirá “aquí estoy”... y brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía.” (Isaías 58, 1-12).

ECLESALIA, 03/05/04.- A esto es a lo que uno se “apunta” al decidir entrar a formar parte de la comunidad de los que creemos en Jesús, y a compartir lo más preciado que tenemos: la Eucaristía.

Pues bien, como todos los años asistiremos de nuevo, no sin cierta tristeza, los sábados y domingos del mes de mayo (que un teólogo llamó “el mes de los sacrilegios”), a esa sucesión de desfiles de niños y niñas de 9 o 10 años: niños capitanes de fragata, niños franciscanos, niños almirantes de marina y casi todas las niñas de novias antes de tiempo.

Sí, como cada año, en parroquias, colegios religiosos, calles y restaurantes de pueblos y ciudades, asistiremos al espectáculo de las primeras comuniones.

Convencido de que los niños y las niñas pueden ser cristianos comprometidos desde su ser de niños y preocupado por la frecuente manipulación que se hace de los niños y niñas, del ser cristiano y de la propia iglesia desde diversas instancias en este asunto de “las primeras comuniones”, me gustaría ofrecer algunos elementos de reflexión sobre esta realidad.

VEO, VEO...

-          que en nuestra sociedad todavía son muchos los niños y niñas que “hacen la primera comunión”;

-          que de ellos, son poquísimos los que continúan después en procesos de crecimiento en la fe; para muchos de ellos, la “primera” comunión es casi también, a la vez, “la última” comunión;

-          que en un número elevado de casos, los niños y niñas (y sus familias) que se preparan para hacer y hacen la “primera comunión” no habían aparecido por la parroquia desde que se bautizaron, y no volverán casi con toda seguridad a hacerlo hasta que se confirmen, si se confirman, y volverán a desaparecer hasta la boda si se “casan por la Iglesia”: no hay procesos continuados de crecimiento en la fe en un elevado número de casos, ¡ni hay intención de entrar en ellos con motivo de estos sacramentos! (el pasar por el expediente de la “preparación” para “recibir” un sacramento no es un proceso continuado de crecimiento en la fe);

-          que en las familias (papás, hermanos, tíos, primos, novios y novias de los primos..., pues todos ellos asisten a la celebración) de muchos de esos niños y niñas que “hacen la primera comunión” no se viven la fe y el seguimiento de Jesús, ni “lo cristiano” tiene ninguna repercusión concreta en su vida, en sus actitudes, en la transformación de los ambientes en que viven; ni se tiene, además, ninguna intención de que esas cosas cambien con motivo de la “primera comunión” de su hijo o hija;

-          que en muchas parroquias y colegios religiosos donde se ofertan “primeras comuniones” no existen referencias comunitarias reales: ¿a qué realidad se van a incorporar esos niños y niñas? ¿O tan sólo se trata de celebrar un rito?; ¿o es que la incorporación de nuevos miembros a la eucaristía de la comunidad cristiana no supone ningún compromiso por parte de la propia comunidad que los acepta?;

-          que en la forma de realizar la celebración de muchas “primeras comuniones” (y las formas no son el fondo, pero muchas veces lo delatan –casi siempre-) están ausentes el protagonismo de los niños y niñas y su experiencia creyente (¡que la tienen!), y el protagonismo y la experiencia creyente de la comunidad cristiana que los acoge (protagonismos reales, no leer las peticiones y hacer las ofrendas, y contestar a unas preguntas...): el protagonismo es del sacerdote, de las familias (¿desde cuándo es la eucaristía un asunto de familia en vez de la comunidad cristiana?) y del espectáculo;

-          que en la forma de realizar muchas “primeras comuniones” hay, patentes y evidentes, elementos contrarios al evangelio de Jesús: la falta de fe en muchos de los presentes (“Y no pudo Jesús obrar allí ningún signo por su falta de fe” –Mateo 13, 53-58- ), el gasto económico en todo el asunto (trajes –y no sólo del que “se comulga”-, peluquerías, reportajes fotográficos o de vídeo, regalos, restaurante...), en un asunto del que se supone que es la incorporación a la eucaristía de la comunidad, en la que “los que poseían bienes los vendían, entregaban el importe a los apóstoles, y éstos lo repartían según la necesidad de cada uno; y así entre ellos nadie pasaba necesidad” (Hechos de los Apóstoles);

-          que en no pocos casos algunas de las razones que se aducen para que “el niño o la niña comulguen”, siendo que en casa la fe cristiana y el seguimiento de Jesús apenas tienen nada que decir, son: “para que no se traumatice”, o “todos los de su clase la hacen, ¿cómo se va a sentir ella o él si no la hace”, o “por no dar un disgusto a sus abuelos”, o “como lo bautizamos, pues ahora toca la comunión”,...: ¡Dios mío!, ¡qué forma tan desfigurada de ver a los niños y a las niñas!, ¡qué manera tan poco seria y adulta de afrontar las situaciones conflictivas con los hijos –o con los padres-¡;

-          que en muchas ocasiones los sacramentos, y en concreto la “primera comunión” son, de hecho, servicios religiosos a los que tienen acceso los ciudadanos sea cual sea su actitud frente al mensaje de Jesús, estén o no estén de acuerdo en su vida con su mensaje y con sus exigencias, y que acuden muchas veces por cierto sentido de obligación, sea de tipo religioso, bien por la fuerza de la costumbre, bien por convencionalismo social;

-          que hay descontento (¿y desencanto?) y sensación de incomodidad en no pocos sacerdotes por esta realidad, que se vive con desasosiego porque se querría hacer de otra manera pero no se sabe bien qué hacer o por dónde salir, ¡porque las implicaciones de este asunto son tan amplias, hay tantas teclas que tocar, no sólo hay personas sino también estructuras e ideología,...!, o porque sí se sabe qué hacer y por dónde salir, ¡pero la audacia que se requiere es tanta!,...

-          que hay descontento y sensación de incomodidad en matrimonios y en niños que se lo creen de verdad y querrían hacerlo de otro modo, pero las presiones son tantas, los titos que tocar tan diversos, los “enfrentamientos” que afrontar tan delicados... que al final se hace del mismo modo o tan sólo cambiando aspectos secundarios (aunque no por ello menos importantes);

-          que hay realidades de grupos, parroquias, matrimonios y niños y niñas que lo hacen de otro modo: inmersos en procesos de crecimiento en la fe, desenganchándose del que parecía tan ineludible mundo de los trajes y los regalos y los reportajes y los banquetes, pero que al final resulta no tan ineludible; pero, ¡ay!, son como islas en medio del océano, como excepciones en la regla general; o, vistos de otro modo, ¡son como levadura en la masa!;

-          que hay un evidente negocio económico y de prestigio social montado en torno a “las primeras comuniones” que dista mucho del mensaje evangélico y de sus exigencias; y que de la responsabilidad de este montaje no puede desentenderse la propia iglesia, tanto sus laicos como sus obispos y sacerdotes: poco se hace, o con muy poca audacia evangélica, para denunciar y abandonar este estado de cosas;

-          y todo esto aunque las palabras que se digan en la celebración no digan esto que acabamos de constatar: la fuerza la tiene no lo que se dice, sino el cómo se celebra, el a quién se admite a la eucaristía y las condiciones para incorporarse a la comunidad cristiana.

CREO, CREO...

-          Que para que la celebración de los sacramentos se pueda considerar aceptable, la palabra que se dice (en la catequesis de “primera comunión”, en la propia celebración) y el sacramento que se celebra (con todos sus elementos: quiénes participan, cómo se realiza, en qué condiciones y con qué exigencias,...) deben asegurarse con su verdadera significación: los participantes se tienen que sentir interpelados y concernidos por el mensaje de la “buena noticia”, que resulta gozosa para unos y con frecuencia escandalosa para otros; quiere decir, además, que se debe celebrar de tal forma que los participantes se sientan llamados a la conversión cristiana; y tiene que celebrarse, además, de tal forma que la celebración sea expresión de que se viven unas determinadas experiencias en quienes participan en ella: la experiencia de Dios que llama a un encuentro verdaderamente personal con Jesús; la experiencia de la alegría y el gozo ante la “buena noticia” del reino; la experiencia de la conversión cristiana; y la experiencia de la libertad y la audacia que son inherentes a la proclamación del mensaje de Jesús: sólo cuando estas experiencias son vividas, al menos (pero vividas) de alguna manera, podemos asegurar que se celebra el culto que Dios quiere y como Dios quiere;

-          que es necesario plantearse, con toda honestidad, si no se cuidan en las “primeras comuniones” muchos elementos externos y secundarios, pero se descuida de manera asombrosa e intolerable la coherencia de las experiencias auténticamente cristianas y comunitarias que no pueden faltar en el culto de la comunidad creyente;

-          que en la Iglesia no podemos hablar, ni celebrar el culto si no es en comunidad (no en familia), y desde las experiencias creyentes y vitales de los que forman esa comunidad; porque, siendo sinceros, ¿dónde está dicho por Dios que el culto cristiano tenga que ser para todo el mundo?, ¿dónde está revelado que nuestras celebraciones deban ser servicios religiosos abiertos a todo el que llega?, y ¿con qué derecho la iglesia se permite la libertad de organizar servicios religiosos en los que apenas hay un mínimo de experiencia auténticamente cristiana, o incluso muchas veces tal experiencia brilla por su ausencia?;

-          que en la Iglesia no podemos desligar la celebración de la fe, ¡y la eucaristía es la más significativa de ellas!, de las exigencias y el compromiso por la justicia y la construcción de un mundo mejor: exigencias que son para quienes se acercan a la celebración y participan en ella, y que se proponen para quienes desean incorporarse a la comunidad y a su eucaristía (los que “hacen la primera comunión”);

-          que no se da verdadero protagonismo a los laicos, y de entre ellos a los niños y niñas, si no se les da también en lo que tiene la comunidad cristiana de más vital porque en ello refresca, expresa y nutre su fe en el Señor Jesús y en el mundo nuevo que hay que construir: la celebración de los sacramentos, especialmente la eucaristía;

-          que la celebración de “la primera comunión” es la celebración de un paso de incorporación a la comunidad cristiana y al seguimiento de Jesús, y no la celebración de un rito; esa incorporación se inicia en el bautismo, en la incorporación a la eucaristía de la comunidad y en la confirmación, en un proceso continuado de esos tres sacramentos llamados “de la iniciación cristiana”, para luego continuarse de forma madura en una comunidad de referencia y comprometidos en su realidad y en sus ambientes: si no se da ese proceso continuado en la iniciación cristiana, dudamos que haya realmente una iniciación cristiana adecuada; pero entonces, ¿qué es “hacer la primera comunión”?

POR TODO ELLO, PROPONGO...

-          que en las parroquias y comunidades cristianas se promuevan espacios de formación, debate y diálogo entre los cristianos y grupos cristianos sobre la celebración de los sacramentos: su sentido, sus condiciones, sus compromisos y exigencias, la forma de ofertarlos, la edad en la que ofrecerlos...;

-          que en las parroquias y comunidades cristianas se ofrezcan y se potencien, de una vez por todas, procesos continuados de crecimiento en la fe y el seguimiento de Jesús; y en momentos concretos de esos procesos, y a quienes estén implicados de forma activa en ellos, se les ofrecerán “pasos significativos” de incorporación a la comunidad cristiana y al seguimiento de Jesús (el bautismo, la primera incorporación a la eucaristía de la comunidad, la confirmación);

-          que las familias os toméis en serio esto de la fe:

o        si no creéis, si en vuestra vida real y concreta el evangelio de Jesús y sus exigencias no tienen nada que deciros, por favor, ¡no hagáis teatro!, ¡que no pasa nada por que el chico o la chica no hagan esta farsa! (al revés, lo educativo es la autenticidad en la vida);

o        y si creéis, si en vuestra vida real y concreta el evangelio de Jesús y sus exigencias tienen un sitio y algo que deciros, ¡exigid una forma de incorporar a vuestros hijos e hijas a la eucaristía de la comunidad que sea coherente con su verdadero significado!, ¡exigid protagonismo en la vida de la comunidad cristiana a la que pertenecéis!, ¡exigid que se ofrezcan a vuestros hijos e hijas procesos continuados de crecimiento en la fe, y dentro de ellos que se enmarquen los sacramentos!;

-          que vosotros, los niños y las niñas, seáis capaces de tomar vuestro protagonismo en casa, también (y sobre todo) en estos asuntos, y seáis capaces de decir en casa:

o        a mí esto no me dice nada, no me interesa, ¡por favor, no hagáis teatro conmigo!;

o        ¿por qué me metéis en estos rollos si vosotros pasáis de todo esto?;

o        como veo que vosotros vivís esto, que os ilumina la vida, y vuestras actitudes y vuestras decisiones, como conozco a los miembros de vuestra comunidad cristiana, y me gustaría vivir así, ¡quiero apuntarme a este asunto!, ¡quiero crecer en este proceso!; y dentro de él, y con ese sentido, quiero incorporarme, como niño o niña que soy, a vuestra comunidad;

-          que se mime, y se cuide y se ofrezcan como testimonio eclesial a los grupos, comunidades, matrimonios, niños y niñas que se lo toman y lo hacen “de otra manera”, como debe ser, “como Dios manda”;

-          que nuestros obispos y sacerdotes denuncien el negocio de las primeras comuniones (y de otros sacramentos) como contrarios al evangelio de Jesús y a la solidaridad en un mundo tan injusto como el nuestro; y que a la vez promuevan, con el protagonismo ineludible de los laicos y de sus comunidades, los cambios en la propia iglesia (tanto de mentalidad, como organizativos y estructurales) que hagan más difícil la manipulación económica de sus celebraciones y les devuelvan su frescor evangélico;

-          que muchas parejas cristianas y comunidades cristianas, con audacia e imaginación, vayan inventando formas diferentes y alternativas de celebrar la incorporación de nuevos miembros a la eucaristía de la comunidad. “A modo de ejemplo: ¿qué pasaría si, una vez preparado el niño o la niña, insertado en un proceso más amplio de crecimiento en la fe, sus padres lo llevan un día a comulgar con ellos, silenciosamente, como si fuera un día más, se dedica luego en casa un buen rato a profundizar en lo ocurrido, se le regalan unos evangelios, y luego se acude con ella o con él a entregar todo lo no gastado (en vestidos, restaurantes, fotógrafos...) para cualquier fundación de ayuda a la infancia del Tercer Mundo?” (“Migajas cristianas”, de José Ignacio González Faus).

Que el Señor Jesús no nos invita y llama a “comulgar”, sino a trabajar en su viña. Trabajo en el que, como buen Señor que es, Él pone la comida.

Para saber más: “Migajas cristianas”, de José Ignacio González Faus, en Editorial PPC, Madrid 2000; capítulo 20, “El mes de los sacrilegios”; “Símbolos de libertad”, de José María Castillo, en Editorial Sígueme, colección “Verdad e imagen”, número 63, Salamanca 1981; “La alternativa cristiana”, de José María Castillo, en Editorial Sígueme, colección “Verdad e imagen”, número 52, Salamanca 1981, capítulos 6 al 11.

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ECLESALIA, 12 de mayo de 2004

Participaron diez mil personas de 150 movimientos y comunidades católicos, evangélicos, ortodoxos, y anglicanos

MENSAJE FINAL DEL PRIMER ENCUENTRO DE MOVIMIENTOS CRISTIANOS

El ocho de mayo en Alemania con el lema “Juntos por Europa”

1. Europa ha llegado a un momento decisivo para su existencia y su proyecto futuro: no puede limitarse a ser un mercado o una unión para la seguridad de sus ciudadanos. Se advierte que un nuevo hálito del amor de Dios sobre todos sus pueblos empuja a Europa a ser mucho más que eso. Es el continente de la variedad y la belleza, y ha vivido momentos de esplendor y de crecimiento, pero también ha probado la amarga verdad que el hombre, si no hace referencia a valores profundos, se desarraiga de su humanidad y se manifiesta capaz de los peores males. En el último siglo dos guerras mundiales, campos de concentración, gulag, y en especial la Shoah han sido testigos de las tinieblas que han cubierto nuestro continente e ha influido dolorosamente sobre el resto del mundo. Y ahora marginaciones, injusticias, explotaciones y la llaga del terrorismo reclaman soluciones. Pero a pesar de todos estos males, hoy vemos con gratitud que se reafirma una Europa reconciliada. Una Europa libre y democrática

2. Inspirados por la fuerza transformadora del Evangelio, estamos llamados a trabajar por un continente unido y variopinto. Nosotros, que pertenecemos a más de 150 movimientos y grupos de distintas Iglesias y Comunidades cristianas, y hemos venido a Stuttgart desde todos los rincones del continente, queremos dar testimonio de la novedad de la creciente comunión entre nosotros, impulsada por el Espíritu Santo. Esta comunión de vida es un ulterior fruto de las tradiciones culturales que, a la luz de la revelación judeo-cristiana, han edificado nuestro continente a lo largo de los siglos. Ofrecemos esta comunión como una aportación a una Europa que sea capaz de responder a los desafíos de nuestro tiempo.

3. Los carismas, los dones de Dios, nos impulsan a seguir el camino de la fraternidad universal, que para nosotros es la vocación más profunda de Europa. Y la Jornada «Juntos por Europa» (Stuttgart, 8 de mayo de 2004) no es otra cosa que el amor evangélico vivido entre todos, que siempre hemos de renovar, empezando aquí y ahora. La fraternidad es: distribución de bienes y de recursos; igualdad y libertad para todas y para todos; conocimiento del patrimonio cultural común; apertura a quienes son portadores de otras culturas y tradiciones religiosas; amor solidario con los débiles y pobres de nuestras ciudades; profundo sentido de la familia; atención a la vida en toda su trayectoria natural; cuidado de la naturaleza y del ambiente; desarrollo armonioso de los medios de comunicación. A través de esta fraternidad vivida, Europa misma se convierte en un mensaje de paz; una paz activa, que se construye cotidianamente, teniendo como base el perdón que se concede y se pide. Una paz que quiere construir puentes entre los pueblos, “globalizando” la solidaridad y la justicia.

4. Este mensaje no quiere ser una simple afirmación de deseos, sino el testimonio de aquello que, aunque sea de manera incipiente, es ya una realidad entre nosotros. Nosotros, reunidos en Stuttgart y en conexión con encuentros paralelos en más de 150 ciudades del continente, queremos trabajar con todos los hombres y las mujeres de buena voluntad para que Europa sea un espacio de amor y de fraternidad, que sea consciente de sus responsabilidades y que se manifieste abierta al mundo entero.

Para más información: www.europ2004.org

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ECLESALIA, 17 y 18 de mayo de 2004

EL IMPERIO Y DIOS
A propósito de Irak

JON SOBRINO, 12/05/04

EL SALVADOR.

ECLESALIA, 17y 18/05/04.- Después de los terremotos de enero y febrero del 2001 en El Salvador escribí el texto de un pequeño libro[1] sobre su significado para la praxis y la fe de los creyentes, pero, cuando ya estaba listo para la publicación, tuvo lugar el atentado del 11 de septiembre en Nueva York, y, poco después, los bombardeos contra Afganistán el 7 de octubre. Por ello añadí un capítulo y cambié la introducción. Ahora me encuentro en una situación parecida. La Editorial Orbis Books, Nueva York, lo va a publicar en inglés, pero me pide que aunque sea brevemente añada un breve prólogo con una palabra sobre Irak. He escrito el prólogo y lo he titulado “El imperio y Dios”.

Así ha salido el libro. Su finalidad es cooperar -en lo poco que uno pueda- a frenar la deshumanización por la que se desliza nuestro mundo, y alentar la esperanza y praxis de humanización. En esto queremos insistir, pues nos parece lo más necesario. Y lo hacemos con las solemnes palabras que pronunció Ignacio Ellacuría en Barcelona, el 6 de noviembre de 1989, diez días antes de ser asesinado: "Sólo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección" [2].

El lector ha leído bien. Ante Irak, Afganistán, África, Haití, que mueren lenta o violentamente por una parte, y ante el mundo de abundancia, que conduce lenta o violentamente a la muerte de los pobres por otra, no basta con cambiar políticas y coaliciones, sino que hay que hacer el intento de "revertir" la historia, ponerla en una dirección contraria a la actual. No basta con ciencia y tecnología, sino que hay que " creer y tener ánimo". No basta con proceder calculadamente, sino que hay que proceder "utópica y esperanzadamente". Y por encima de todo, hay que revertir la historia "con la esperanza de todos los pobres y oprimidos del mundo". No basta, pues, aunque es muy necesario, con que se operen algunos cambios en la dirección que ha tomado Occidente, sino que son necesarios cambios radicales, al menos cambios importantes y significativos.

En estos tiempos postmodernos ya no se escuchan palabras como éstas, aunque sean de un intelectual brillante y de un mártir, pero siguen teniendo vigencia en "estos días de Irak". Son palabras de exigencia y de invitación. En este prólogo nos vamos a concentrar en dos cosas fundamentales que expresan ambas cosas. Con cierta audacia las llamamos el imperio y Dios. El imperio conduce a la deshumanización y Dios conduce a la humanización.

EL IMPERIO

Ante todo, una nota previa. En este prólogo no voy a analizar el integrismo religioso de algunos grupos islámicos, ni sus acciones terroristas, ni su fanatismo hasta la auto inmolación que da muerte a otros. Sobre ello hablamos en el capítulo VII del libro y no lo vamos a repetir. Ahora nos concentramos en lo que hace y ocurre en Occidente. Y lo más grave es el imperio. En él aparece una maldad especifica que va mas allá de la maldad humana, en Oriente o en Occidente, o en cualquier religión, judía, cristiana, musulmana.

Pues bien, la palabra imperio parecía muerta, pero la realidad la ha resucitado. Hoy no basta con hablar de injusticia y de capitalismo para describir la postración en que se encuentra el planeta visto en su totalidad. Existe el imperio y el imperio actual es Estados Unidos, Irak lo ha hecho inocultable. Impone su voluntad sobre todo el planeta con un poder inmenso. Su mística es el triunfo sobre los demás, con egoísmo cruel y a través de todos los ámbitos de realidad: economía que no piensa en el oikos; industria armamentista que no piensa en la vida; comercio con reglas inicuas que no buscan la equidad; destrucción de la naturaleza que no piensa en la madre tierra; información manipulada y mentirosa, que no piensa en la verdad; guerra cruel que no piensa ni en vivos ni en muertos; irrespeto al derecho internacional y a los derechos humanos, en Guantánamo, y sin un ápice de pudor en Abu Ghraib, como lo muestran las fotografías, conocidas cada vez en mayor número y en mayor iniquidad y obscenidad - pudor, por cierto, que parece que está camino de desaparecer en Occidente.

El escándalo de Abu Ghraib ha sido monumental, sin precedentes y sigue en aumento al escribir estas líneas. El domingo, 9 mayo de 2004 dos palabras ocupaban todas las columnas de la primera página del L'Osservatore Romano: "Horror y vergüenza". El texto decía lo siguiente:

El conflicto iraquí, ya marcado por el luto y la destrucción, asume ahora connotaciones todavía más trágicas con el descubrimiento de torturas inhumanas infligidas a los detenidos iraquíes... En los abusos y en los malos tratos a prisioneros se consuma la radical negación de la dignidad del hombre y de sus valores fundamentales... La ofensa brutal contra el semejante es la trágica antítesis de los principios básicos de la civilización y de la democracia... En este inquietante escenario, el mundo se interroga estupefacto, lleno de horror y de vergüenza... En particular, el pueblo estadounidense se siente profundamente traicionado en su humanidad y en su historia al saber que la tortura -afrenta contra la persona humana- ha sido perpetrada bajo su bandera, deshonrándola.

Y el arzobispo Giovanni Lajolo, secretario vaticano para las relaciones con los Estados, afirmó que "el escándalo es aún más grave si se tiene en cuenta que esas acciones fueron cometidas por cristianos".

A esto hay que añadir la desfachatez de negar o simular desconocimiento de lo ocurrido en las torres de Nueva York, en Afganistán y en Irak, antes y durante la guerra. Hace ya meses Cruz Roja Internacional había informado de los abusos en las cárceles de Irak a varios funcionarios del gobierno de Estados Unidos, y de otros países de la coalición. Y lo mismo habían hecho Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Human Rights First. Sin embargo, el presidente Bush, cuando en sus discursos ya no podía aducir pruebas de que Irak tenía armas de destrucción masiva, todavía afirmaba triunfalmente que, al menos, después de la invasión en las cárceles de Irak, ya habían terminado los horrores del tiempo de Saddam Hussein.

El imperio, pues, impone su voluntad directamente a pueblos a los que hace la guerra e indirectamente a sus aliados de coalición. A la larga, sin embargo, lo más grave -pues va más allá de Irak y de guerras- puede ser que impone al ser humano cuál es su verdadera realidad, su dignidad, su felicidad. Contamina, así, el aire que respira nuestro espíritu y lo condena a la muerte. En lo fundamental impone la exaltación del individuo y del éxito, como formas superiores de ser humano, y el egoísta e irresponsable disfrute de la vida como lo que no admite discusión. Y todo ello sin reparar en recursos, de modo que un deportista, cantante o actor de cine, en Estados Unidos o en Europa, puede ganar lo equivalente a un alto porcentaje del presupuesto nacional de un país subsahariano. Lo mencionamos, porque este tipo de despropósitos -nadie sabe por qué- no se suelen tener en cuenta.

La conclusión es que el imperio introyecta la "cultura de epulón y Lázaro" como cosa normal. Fraternidad, compasión y servicio al débil -aunque no se vilipendien con el vigor de un Nieztsche- serían en la práctica productos culturales secundarios, tolerados, pero no promovidos. Insistir en ellos no es “políticamente correcto”. La igualdad de la revolución francesa, y nada digamos de la fraternidad del evangelio, se han quedado obsoletas. De Afganistán e Irak no cuentan los afganos y los iraquíes, y de África no cuenta nada. El imperio genera polución del ambiente. Ese ambiente, en suma, sofoca, asfixia, envenena al espíritu.

Todo esto asusta, y sin embargo, usando conceptos bíblicos, el imperio anuncia que el mundo que él gestiona ha llegado a ser buena noticia, eu-aggelion. Proclama el advenimiento del fin de la historia, el eschaton, y de la aldea globalizada, el reino de Dios, la basileia tou Theou. El ser humano de hoy debe considerarse afortunado de vivir en este mundo, que el imperio tiene la misión divina de defender y extender.

Quizás todo esto parezca exagerado, pero en mi opinión éste es el mensaje que comunica Estados Unidos desde hace años, y con mayor contundencia -y también con mayor desfachatez-, en estos años de Afganistán, de Irak, de la ignorada y silenciada África... Veamos ahora algunas concreciones de cómo el imperio somete a los humanos más allá de lo que acabamos de analizar.

El imperio se considera dueño y señor del tiempo, de su densidad y calidad. El calendario no es lo que es dado a todos por igual para que cada quien deje constancia de su propia historia. El 11-S es un hito en la historia, pero no lo es el 7-O (7 de octubre de 2001) y el 30-M (30 de marzo de 2003), días en que comenzaron los bombardeos contra Afganistán e Irak. Ni siquiera existen. Sí existe el 11-M, los atentados en Madrid, pues, dicho sin ninguna ironía y con inmensa compasión hacia las víctimas, ocurrió en la órbita imperial.

El comentario es obvio: ha habido muchos otros 11- , pero no existen porque no han sido registrados en el calendario imperial, como otro 11-S, el 11 de septiembre de 1973, día en que ocurrió el asesinato de Allende y la masacre en el palacio de la Moneda, tras todo lo cual estaba Estados Unidos.

Y permítaseme detenerme en otro ejemplo por ser muy cercano a El salvador y también a Estados Unidos. Un 11-D, 11 de diciembre de 1981, alrededor de mil personas fueron asesinadas en El Mozote, El Salvador, divididas en tres grupos: los hombres encerrados en la Iglesia, las mujeres en una casa, y los niños, unos 170, con una edad media de seis años, en otra casa cercana a la de las mujeres, de modo que éstas podían “escuchar” -Rufina, la única superviviente, dice “reconocer”- el llanto de sus hijos cuando eran asesinados. Todas y todos fueron asesinados. Los asesinos eran miembros del batallón Atlacatl, entrenado por los norteamericanos, el mismo batallón que asesinó a los jesuitas, a Julia Elba y Celina, el 16 de noviembre de 1989. Pues bien, el mundo, tampoco el mundo occidental democrático, reaccionó. La embajada de Estados Unidos dijo no tener noticia de muertos en El Mozote, y cuando los muertos se hicieron inocultables, dijo que se debió tratar de algún enfrentamiento con la guerrilla. No hubo reconocimiento de las víctimas ni entierro digno, y por supuesto no hubo manifestaciones en contra del terrorismo del batallón Atlacatl, que era estricto terrorismo de estado. Ni pudo haberlo. La televisión salvadoreña e internacional -perdónesenos la simpleza-, siendo lo suyo "mostrar", no mostró nada. Salir a la calle a protestar -a diferencia de lo que pudieron hacer neoyorquinos y madrileños- hubiese significado poner en juego la propia vida[3].

Y un último ejemplo de estos días. En Falluyah ha habido un 11-A, 11 de abril de 2004. “Francotiradores del ejército de Estados Unidos están disparando contra todo lo que se mueve”, dijeron miembros de Cristianos por la Paz, al regresar de Falluyah el domingo 11 de abril. Ese día habían muerto bajo fuego estadounidense 518 iraquíes, entre ellos por lo menos 157 mujeres y 146 niños; de éstos, un centenar tenían menos de 12 años, y 46 menos de 5 años.

Conclusión. El imperio decide dónde y cuándo el tiempo es cosa real, qué fechas se deben convertir en referentes temporales para los humanos. Dice: "el tiempo es real cuando lo decidimos nosotros". Y la razón última es metafísica: "lo real somos nosotros".

Y ese apoderarse de la esencia del tiempo ocurre también, de alguna forma, con el espacio. El imperio ha decidido que vivimos ahora en un espacio bueno, al menos mejor que el de hace unas décadas. El entusiasmo que se produjo tras la caída del muro de Berlín facilitó esa visión imperial del espacio del planeta. Llegó la pax americana, heredera de la pax romana, no del shalom bíblico, y Estados Unidos se convirtió en su gestor en todo el mundo. También gestiona y controla, con toda naturalidad, la globalización, y propala la falacia de que el mundo se ha convertido en un espacio bendecido por la perfección de la redondez, sin mencionar los agujeros, los abismos, las esquinas y estridencias. En él caben todos, aunque el imperio se cuida muy mucho de explicar cuán diferentemente se ubican en ese espacio global los ciudadanos de Boston o París y los de Kigali o Calcuta.