30 - Abril, 2003. Fracción de vida       

 

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AUTOR

Revista de Pastoral Juvenil

04/04

LA COMUNICACIÓN DE BIENES EN LA VIDA CRISTIANA

Yolanda González Domínguez

ECLESALIA

05/04/04

‘PASAR HACIENDO CAMINOS’

Pedro Casaldáliga

Diario de Yucatán

05/04/04

SEMANA DE DOLOR Y DE ESPERANZA

Raul H. Lugo Rodríguez

La Vanguardia

05/04/04

¿A QUÉ JESÚS MATAMOS?

José I. González Faus

ECLESALIA

07/04/04

LA PASIÓN DE JESÚS, HISTORIA, TESTIMONIO Y VERDAD

Marcelo Barros

ECLESALIA

07/04/04

LAS PREGUNTAS DE LOS NIÑOS

Néstor Zubeldía

ECLESALIA

07/04/04

MUJERES CONSOLADAS POR JESÚS

Mª Paz López Santos

ECLESALIA

12/04/04

EL AMOR NOS DA LA RAZÓN

Domingo Pérez

Diario de Yucatán

12/04/04

PREGÓN PASCUAL 2004

Raúl H. Lugo Rodríguez

ECLESALIA

13/04/04

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE JESÚS, PERO DE OTRO MODO

Juan José Tamayo

ECLESALIA

15/04/04

VIDA Y RESURRECCIÓN

Mª Pilar Martínez Barca

ECLESALIA

16/04/04

ELECCIONES, ABATIMIENTO Y ESPERANZA

Jon Sobrino

ECLESALIA

22/04/04

ANTONIO MARÍA, UN OBISPO CON RESPUESTA

Mari Patxi Ayerra

ECLESALIA

27/04/04

ME LLEGÓ LA CARTA SOBRE LA CLASE DE RELIGIÓN

Gregorio Fernández

ECLESALIA

28/04/04

COMUNICADO ANTE EL PRIMERO DE MAYO DE 2004

JOC y HOAC

ECLESALIA

29/04/04

REFLEXIÓN SOBRE LA ACOGIDA DE LAS PERSONAS EN LA IGLESIA

Fòrum Joan Alsina

 

Revista de Pastoral Juvenil, Nº 409, abril de 2004

LA COMUNICACIÓN DE BIENES EN LA VIDA CRISTIANA
Preparando la mesa común del Reino

YOLANDA GONZÁLEZ DOMÍNGUEZ, teóloga

ANTEQUERA (MÁLAGA).

RPJ, 04/04.- Este artículo presenta una aproximación a lo que es la comunicación cristiana de bienes en la Iglesia, desde sus inicios y posterior evolución hasta llegar a nuestros días.

Entre las expresiones de la comunidad y de la comunión cristiana ha jugado un papel predominante desde su mismo origen prepascual la comunicación cristiana de bienes. No es posible completar la transmisión del mensaje sin este gesto indispensable por el que los hermanos/as manifiestan la transformación de la fe y el conocimiento del evangelio.

La comprensión de esta realidad teológico-pastoral es de capital importancia para la orientación de la acción pastoral.

A veces se presenta la comunicación cristiana de bienes como cumbre o meta de la madurez de una comunidad cristiana en su proceso de crecimiento, sin embargo es un elemento indispensable en todas las fases y momentos de la acción pastoral, pues tiene relación con todas las dimensiones fundamentales de la evangelización: koinonía o comunidad, sujeto, mediador y meta de la evangelización.

La comprensión teológico-pastoral de esta realidad de fe está fundada en la Sagrada Escritura, en textos del Antiguo Testamento y especialmente en los del Nuevo Testamento, ya que aplican la teología de comunión a la práctica del compartir los bienes. Ésta ha sido inaugurada y practicada primero por el Señor: Él mismo en persona es autor de comunión y es quien da y exige la comunión de bienes y de vida.

La comunicación cristiana de bienes tiene distintas dimensiones: trinitaria, pascual, eclesial, socioeconómica, escatológica y eucarística. Haremos especial hincapié en la dimensión eucarística, ya que en ésta es donde la comunicación cristiana de bienes y el compartir tienen su lugar original y propio. Allí el Señor compartió su vida y los hermanos/as comparten la suya, Él compartió su don y los hermanos/as han de compartir sus bienes. El lugar de comunión es la mesa donde se parte el pan y se bebe el cáliz. La cena lleva consigo la exigencia de la comunicación de bienes y, si no se da, hay un verdadero desprecio a la Iglesia, a la fraternidad y esto consiste en no tener en cuenta a los hermanos/as, en no sentir las necesidades de los pobres y en no compartir con ellos lo que se tiene y lo que se es.

La cena es el signo de unidad donde la ruptura de diferencias entre ricos y pobres tiene poco a poco que ultimarse y realizarse. La koinonía de los bienes no es un gesto accidental y secundario, es un gesto por el cual y mediante el cual se realiza la economía de la gracia.

DESDE LA REVELACIÓN DE LA ESCRITURA

El punto de partida es la Revelación bíblica. Toda la Palabra de Dios hace referencia al uso compartido de los bienes tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Según la Sagrada Escritura, el primer propietario de todo lo que existe es Dios[1] y encomienda a los hombres la tarea de someter la tierra[2], poniéndola a su disposición. La legislación de Israel había establecido una serie de leyes que tenían como finalidad ayudar al pueblo a vivir según el pacto establecido por Dios; entre éstas, tiene gran importancia el año sabático y el jubileo. Estas leyes tienen un significado muy claro: definir los principios para el Pueblo de Dios que deben regir el uso de los bienes materiales[3].

En el Nuevo Testamento, la observación del ejemplo de Jesús nos acerca al fundamento necesario de la praxis cristiana. Jesús busca una comunidad, un misterio de comunión, donde los hermanos/as sean próximos unos a otros y donde, sobre todo los que más tienen, se aproximen a los más desvalidos y, en el amor y en la solidaridad voluntaria, intenten superar y liberar de la pobreza a los que menos tienen[4], a la vez que estos liberen de esa terrible pobreza humana que es el egoísmo a los que más poseen.

El amor fraterno vivido en comunidad cristiana ha de ser visible y podrá ser reconocido por todo hombre ajeno o no al mensaje. Por lo tanto ha de ser mostrado con obras como las de Jesús. Éste será signo distintivo de su comunidad: solo amando al otro se ama verdaderamente a Dios. El amor al otro es la única prueba de la presencia en el ser humano del amor a Dios. El prójimo es un hermano que lleva la misma sangre de la fe y del amor. Una forma inevitable del amor profundo es comunicarse, poner a disposición del otro lo que uno tiene y compartir la vida con él.

El fervor pentecostal de sentirse “un solo corazón y una sola alma” y de haber sido salvados por Cristo empujó a todos los cristianos a poner todo “en común”[5], todos los que creían vivían unidos teniendo sus “bienes en común”. Lucas, pues, al escribir la historia de la Iglesia apostólica, describe simplemente su vida y realismo crudo de comunión, exteriorizada en la comunión de bienes. Una puesta en común de los bienes es algo que urge constantemente como signo válido de la vitalidad misma de esta iglesia primitiva.

DESDE LOS ESCRITOS POSTERIORES AL NUEVO TESTAMENTO

Son los Padres de la Iglesia los más inmediatos continuadores de esa doctrina de la Iglesia, profundizando además en la teología que lleva consigo el compartir los bienes. Tuvieron un pensamiento económico, se refirieron en concreto a los bienes de este mundo y pidieron actitudes concretas ante ellas. Los Santos Padres basaron su ética económica en convicciones claras y operativas. Sus principios más importantes son los siguientes:

1- El principio de creación.

La tierra, la única riqueza, es de Dios. Todos los bienes han sido creados para todos los seres humanos, de tal manera que la creación está en equilibrio cuando rige la equidad, la justicia sin exclusiones.

2- El principio de la propiedad privada.

El derecho a la propiedad privada es legítimo pero no absoluto, sino subordinado al fin social-universal de los bienes.

3- El principio de imagen y semejanza de Dios.

El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza divina, por lo tanto tiene que representar a Dios con autenticidad y verdad. A un Dios que ama solidarizándose con el hombre, se le representa solidarizándose con los hermanos, siendo el hombre un ser esencialmente solidario hasta la comunicación de bienes.

4- El principio de la relación dialéctica entre riqueza y pobreza.

La desigualdad social es un hecho humano, derivado de la injusticia. Es la responsabilidad humana la que genera esta situación; si hay pobres es porque hay ricos.

5- El principio de que la riqueza es injusta.

Algunos Santos Padres dicen que las riquezas no son buenas ni malas, dependen de su uso. Pero por otra parte es voz común que las riquezas son injustas por su origen o por su empleo o administración.

6- El principio de la limosna es obra de justicia.

La limosna corrige la desigualdad económico-social.

Tras estas breves consideraciones podemos ver la importancia del concepto de la comunicación cristiana de bienes en los Santos Padres. Para ellos, la comunicación cristiana de bienes consiste en un empleo con sentido social de las riquezas, espirituales y materiales, y hacen partícipes de ellas, directa o indirectamente, a los demás por obligación de justicia y por impulsos de la caridad, no eximiendo de la obligación de la comunicación cristiana de bienes a nadie.

Desde el primer momento de la historia de los Santos Padres, encontramos testimonios que avalan la importancia del tema de la comunicación cristiana de bienes. En el documento más importante de la Antigüedad cristiana, la Didajé, existen enseñanzas sobre los bienes económicos. También aparecen en el s. II dos obras de la primitiva Iglesia como son la carta a Bernabé y el Pastor de Hermas que hacen referencia al tema. En esta época puede hablarse de una praxis de la comunión de bienes propia de las comunidades cristianas primitivas. Numerosos Santos Padres Griegos y Latinos han hecho referencia al tema que nos concierne. Entre los más significativos y representativos y que ofrecen un especial interés se encuentran: san Basilio, san Juan Crisóstomo, Tertuliano, san Ambrosio y san Agustín.

Quizás los testimonios más claros sean los que ellos mismos han dejado: para ellos era imposible vivir un cristianismo en serio si no se ponían los bienes a disposición de los demás, especialmente de los más pobres.

DESDE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Sin embargo, estos presupuestos se van debilitando y difuminando con el transcurso de la historia; quizás una excesiva institucionalización de la Iglesia y una fuerte edificación de la Iglesia con poderes temporales hacen que se reflexione y se viva con unos presupuestos distintos, y se reduce sólo a hacer una mención más explicita con la aparición de las Encíclicas Sociales.

Con la Doctrina Social de la Iglesia se retoma de nuevo el tema de la comunicación cristiana de bienes. Antes del Concilio Vaticano II, podemos destacar cuatro grandes encíclicas: Rerum Novarum, Cuadragesimo Anno, Mater et Magistra y Pacem in Terris.

A pesar de estos avances de la Doctrina Social de la Iglesia, se iba haciendo necesario que la Iglesia volviera a sus propias raíces y reflexionara sobre su misión en el mundo a la luz del Evangelio: esto fue lo que hizo el Concilio Vaticano II.

Del análisis desarrollado a partir de los textos conciliares escogidos, Gaudium et Spes, y Presbyterorum Ordinis, podemos establecer las siguientes reflexiones:

A. Se constata de forma clara el destino universal de los bienes, que debe llegar a todos los hombres mediante un reparto justo (GS 69).

B. Igualmente, se desprende la idea cristiana de que el propietario debe ser sólo un buen administrador de bienes, de forma que esto repercuta también el provecho de terceros. Se aplica, por tanto, un concepto de propiedad que tiene en cuenta el bien colectivo (GS 69.71).

C. A nivel eclesial se recomienda una creación de una institución diocesana centralizada que sea, a su vez, signo de corresponsabilidad en la vida de la diócesis (PO 21).

D. Se habla por primera vez de una caja común de bienes que se formará con ofrendas de los fieles y que tiene como finalidad tanto la ayuda de la propia Iglesia particular, como la comunicación de bienes a otras iglesias más pobres (PO 21).

Después del Concilio Vaticano II, destacaremos dos encíclicas:

a) Populorum Pogressio

Pablo VI hace referencia en esta encíclica al destino universal de los bienes y de la propiedad. La solidaridad debe conducir a las naciones ricas a ayudar a las pobres. El destino universal de los bienes, por lo tanto, es un destino incuestionable.

b) Sollicitudo Rei Socialis

Es una visión renovada de Juan Pablo II sobre la Doctrina Social de la Iglesia. La meta de todo el documento es la de comprometernos más en el deber de cooperar en el desarrollo pleno de los demás, como una tarea urgente para todos. Dos claves importantes en esta encíclica son la opción preferencial por los pobres y la comunicación cristiana de bienes.

Por lo tanto, habría que destacar la función que cumplen en el campo de la comunicación de bienes las distintas encíclicas sociales de la Iglesia y especialmente la Sollicitudo Rei Sociallis. Resaltamos los siguientes aspectos:

A. Se desprende de las distintas encíclicas el destino común de los bienes (RN 16; QA 56; MM 51; PP 22; SRS 7).

B. Se afirma el principio de propiedad privada en la medida en que cumple una función social en provecho de todos los hombres (QA 56; MM119-121).

C. Se constatan las enormes diferencias existentes entre los hombres (QA58).

D. Se tiene también en cuenta la creación de un fondo común que tenga como finalidad la ayuda a los más pobres (PP55).

E. Compartir en las situaciones de necesidad es algo presente de modo general en las encíclicas sociales (de un modo especial el la SRS 31).

DESDE LA TEOLOGÍA

El Misterio íntimo de Dios, la Trinidad

Si nos centramos en el contenido teológico de la comunicación cristiana de bienes podemos decir que el misterio de la Trinidad constituye el núcleo fundamental de la fe, cuya síntesis es el amor. Amor que no solo califica la relación de Dios con la humanidad y la creación entera, sino que define el misterio íntimo de Dios, su esencia: que Dios es Amor. Quien ama se encuentra con el amor de Dios que es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El encuentro con el misterio de la Trinidad globaliza todas las dimensiones de la existencia humana. Cada persona surge como imagen y semejanza de la Trinidad. La interrelación de los divinos distintos de la comunión trinitaria es fuente y modelo de la comunidad humana que, sobre la igual dignidad de los miembros y respetando sus diferencias, se construye con la colaboración de todos. De la comunión trinitaria se derivan los impulsos de la liberación en cada persona y en la sociedad, en la Iglesia y en los pobres.

La fe trinitaria confirma y prolonga esta perspectiva ética: no sólo reconoce la igualdad de derechos, el deber de la solidaridad y el de comunicar los bienes, sino también denuncia el afán de tener, del poder y de la autosuficiencia. La mirada trinitaria hacia la realidad de los pobres y de los necesitados, apunta hacia el horizonte de la plenitud de comunión mediante la fraternidad, la igualdad, la solidaridad y la comunión de bienes.

La huella de la Trinidad en la comunicación cristiana de bienes es luz para compartir los materiales y vivir el amor a los más pobres.

La comunicación cristiana de bienes hunde sus raíces en el núcleo de la Iglesia. Misterio, misión y comunión constituyen la trama eclesial que se viriliza en la urdimbre de la comunión de bienes. La Iglesia -en expresión del Vaticano II- es en Cristo como un sacramento o señal o instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Así la comunicación cristiana de bienes es manifestación del amor eficaz, que encuentra su fundamentación en la Iglesia, misterio de comunión-comunicación del amor de Dios a la humanidad. Historia que tiene sentido: caminar hacia la plena comunión de todos los bienes, comunión que se expresa en concreto en la comunión de bienes económicos y materiales, humanos y espirituales. La comunión de los hombres entre sí, es fruto de la comunión con Dios y la Iglesia es su instrumento.

La comunión de Dios, la Eucaristía

Abordaremos ahora la relación existente entre la comunicación cristiana de bienes y Eucaristía, ya que en ésta es donde la comunicación cristiana de bienes y el compartir tienen su lugar propio, y donde se pone de manifiesto la voluntad definitiva de la comunión de Dios con las personas.

En el Evangelio, el banquete de la vida y el mensaje de Jesús son el cumplimiento de la comunión con los pobres y excluidos. En los siguientes textos del Nuevo Testamento podemos ver la estrecha relación existente entre comunicación cristiana de bienes y Eucaristía. Entre los más representativos está la multiplicación de los panes y de los peces[6], que es al mismo tiempo signo de la Eucaristía y de la solicitud de Jesús ante las necesidades materiales del pueblo. Otros textos bíblicos hacen referencia a los banquetes y a las comidas fraternas; entre otros se encuentran la parábola del banquete nupcial[7], el rico Epulón y el pobre Lázaro[8], las comidas con publicanos y fariseos, la última cena como testamento y testimonio[9], y las comidas de Jesús resucitado, que son encuentro, reconocimiento y misión[10].

Las primeras comunidades, especialmente las de el libro de Hechos y la de Corinto, son el ejemplo más elocuente de la dimensión social de culto[11], en el que el acto central es la fracción del pan. Existe una unión mutua de todos los miembros de la comunidad en una misma fe y una misma salvación, unión que desemboca en compartir los bienes. La armonía ideal entre los miembros de la comunidad consistía fundamentalmente en la comunión de fe, que se traducía en poner los bienes libremente a disposición de todos.

La Eucaristía es celebración y proyecto de comunión con los pobres. En cualquiera de sus dimensiones conduce necesariamente a la caridad, a la unidad, a la fraternidad, a la solidaridad y a comunicar los bienes materiales, en definitiva, a la formación o fortalecimiento del Cuerpo Místico y del Reino de Dios. La Eucaristía, por tanto, nos tiene que ayudar a descubrir y fortalecer las experiencias que tiene nuestro compromiso cristiano en favor de los excluidos de la sociedad y del mundo[12], es celebración y proyecto de comunión con los pobres, hace de nosotros un solo Cuerpo en Cristo, convocándonos a vivir el amor con nuestros hermanos/as. No se puede compartir el pan y el vino eucarístico sin estar dispuesto a compartir la vida entera.

Como eje de la misión de Cristo, de los apóstoles y de la Iglesia entera, el Vaticano II ha propuesto la triple función: koinonía, martiría y diakonía. Respecto a la comunicación cristiana de bienes y la Eucaristía, existe una íntima conexión con la koinonía y la diakonía. La comunión es el misterio que conduce y exige la comunidad en la vida. La verdadera dimensión de la koinonía no es sólo la comunicación de unos bienes sino la comunión y unidad ordenada y fraterna integral y plena, en la vida nueva, como servicio a la comunión y a la unidad integral de la comunidad cristiana. Koinonía en san Pablo es la participación común en el Hijo, en el Padre y en el Espíritu Santo. La manifestación más plena de dicha koinonía se da en la asamblea litúrgica, donde nos reunímos para celebrar la Eucaristía y participar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Eucaristía crea comunión en dos sentidos: el hombre con su Redentor y todos los creyentes entre sí.

La diakonía tiene la función de armonizar y suscitar la acción caritativa y la comunión de bienes, implicando todo en cuanto es signo y acción que realiza el amor de Dios a los hombres en Jesucristo. Esta diakonía expresada de forma elocuente en la fracción del pan y en los ágapes fraternos, viene a ser como la verdadera prueba y verificación de la solidaridad, del amor y de la unidad. Se trata de algo más que la comunicación de bienes, se trata de comunicación de vida. Amar es servir y partir el pan es compartir la vida; comulgar con el Cuerpo y con la Sangre de Cristo es comprometerse con la caridad y compartir los bienes con los hermanos/as. Nadie puede predicar, edificar en la unidad y servir en la caridad si no celebra; nadie puede celebrar si no es fiel a la Palabra, si no vive la unidad de la fe, si no vive la entrega del amor.

La dimensión social es un elemento central, integrante y constitutivo de la liturgia eucarística. La celebración, participación y actualización de la Eucaristía es un indicativo del compromiso pascual social de un Cristo ya cumplido e imperativo de un compromiso pascual social del cristiano todavía por cumplir. La celebración litúrgica eucarística no supone solamente una transformación interna y hacia dentro de la persona sino una transformación externa y hacia fuera, de las relaciones interpersonales, sociopolíticas y hasta cósmicas. En la estructura ritual de la Eucaristía destacan por su carácter social los siguientes elementos: el rito penitencial, la homilía, la oración de los fieles, la colecta y presentación de dones, el Padre Nuestro, el rito de la paz y la comunión. Cada uno de estos elementos representa acciones solidarias en un amplio sentido.

El servicio social que Dios ha realizado en Cristo y actualizado en la Eucaristía debe ser continuado por la Iglesia y por todos los fieles, que deben estar dispuestos a compartir los bienes con los necesitados, a ser misericordiosos, caritativos y solidarios con ellos, promoviendo en todo momento la libertad, la justicia, la paz y la reconciliación.

En torno a la mesa de la Eucaristía, animados por el Espíritu, podemos sentir y vivir la nueva familia del Reino: todos los hijos de Dios Padre, todos hermanos los unos de los otros, todos reconciliados, todos compartiendo el mismo pan. Por medio de la Eucaristía entendemos que el pueblo de la nueva alianza es una fraternidad sin exclusiones, en la que en la asamblea eucarística, los últimos tienen los primeros puestos. Y que es el Señor quien constituye esa nueva familia, esa nueva fraternidad. Por eso la Eucaristía rehace la nueva fraternidad en la que no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que somos todos uno en Cristo Jesús. Las comunidades cristianas, por tanto, hemos de tomar conciencia mucho más viva de que la celebración de la Eucaristía es una proclamación de la fraternidad querida por Jesús y un recuerdo de las exigencias concretas de la justicia de Dios. La comunidad que parte el pan es una comunidad donde los bienes deben ser comunicados y ponerse al servicio del necesitado.

El culto eucarístico se sitúa en relación con el amor, característica que ha de identificar a todo cristiano. La relación entre culto y existencia es la que hace que el comportamiento sea indisociable de la celebración eucarística. No se puede desvincular la comunión con Él de la comunión con el hermano. El pan de la ofrenda en el altar es fruto de un trabajo, fruto de laboriosidad, pan que sacia el hambre material y el hambre espiritual. Por lo tanto, tenemos que celebrar la Eucaristía poniéndola al servicio de Dios y de los más necesitados.

Cauces de comunicación

La comunicación cristiana de bienes, desde el punto de vista de los fieles cristianos y en su dimensión moral individual, aparece como forma de cumplir unas obligaciones básicas de nuestra situación en relación con los bienes que poseemos y en relación con Dios, su único propietario absoluto. La comunicación cristiana de bienes, en el caso de los bienes materiales, es un deber de caridad respecto a Dios.

Los cauces para realizarla son:

a) Colaboración en el desarrollo y en el progreso del amor humano en la sociedad.

b) Colaboración en el desarrollo y progreso del amor sobrenatural en la sociedad y en el Pueblo de Dios.

c) Contribución en el proceso económico y social que acontece la sociedad a la que pertenece. Esta contribución presenta diferentes cauces de realización:

- Participación personal en el proceso económico mediante el desempeño de las diferentes funciones profesionales.

- Contribución personal en el proceso económico mediante la adecuada aplicación de los bienes económicos propios que se refieren a la producción y el consumo.

- Participación personal en el proceso social mediante el cumplimiento de las distintas funciones sociales: orden familiar, orden cívico, orden público, orden social.

- Participación económica en el proceso social mediante el cumplimiento de las funciones sociales indicadas.

d) Cooperación en la implantación de unos cambios estructurales.

e) Cooperación en la atención o solución de problemas humanos y sociales que en el proceso económico y social se producen:

- Mediante la comunicación cristiana de bienes directamente con los más necesitados.

- Mediante la aportación de sus bienes a la puesta en común que la comunidad humana realiza en beneficio de los necesitados.

- Mediante la aportación de sus bienes a las acciones y realizaciones, públicas o privadas, encaminadas a solucionar los problemas asistenciales y sociales.

- Mediante la colaboración personal en la gestión de la puesta en común de bienes y su aplicación a las necesidades que la Iglesia realiza.

- Mediante la colaboración personal en la gestión de recursos públicos y privados puestos a disposición de la solución de los problemas asistenciales y sociales.

CONCLUSIÓN

En este mundo actual, con este escenario económico y social, la comunicación cristiana de bienes debe ser una exigencia para todos/as. Los necesitados y los pobres deben participar en los bienes de la creación, colaborando todos en su desarrollo y en su justa distribución. En una sociedad como la nuestra, socialmente desigual, culturalmente pluralista y religiosamente secular, es urgente y necesario hablar del destino universal de los bienes, a los que toda persona tiene derecho. Urge colaborar en un modelo más fraterno, más simétrico, más humano-divino, colaborando en la creación de bienes, su comunicación y, en su caso, exigir su justa distribución: cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades. Debemos contribuir a promover una cultura de comunión por encima de toda diferencia de raza, cultura o credo. Por lo tanto, la acción pastoral no puede prescindir de este gesto que sacramentaliza la comunión de la única Iglesia, que camina preparando la única mesa en común del Reino, donde todos/as se sienten en torno a Jesús el Señor. La comunicación cristiana de bienes es fermento de la nueva creación y se dispone a recorrer por la historia los caminos que conducen a la consumación, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre, para alabanza de la gloria de su gracia.

Revista de Pastoral Juvenil: produccion@icceciberaula.es

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ECLESALIA, 5 de abril de 2004

 ‘PASAR HACIENDO CAMINOS’
Circular fraterna 2004

PEDRO CASALDÁLIGA, obispo

SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA (BRASIL).

ECLESALIA, 05/04/04.- Las cartas y los mensajes de solidaridad se han ido acumulando, en el corazón, en las carpetas y en el ordenador, y reclaman hace días una merecida respuesta. Mía y de toda nuestra Iglesia de São Félix do Araguaia. Para todas las personas y entidades que nos vienen acompañando, con tanto cariño, en estos meses de ansiedades. ¡Qué bueno es, cantamos con el salmo, sentir sobre la vida el óleo de la comunión fraterna!.

Yo esperaba poder responder con noticias concretas, tanto sobre el problema de los indígenas Xavante como sobre la llegada de un nuevo obispo a la Prelatura. Pero “las cosas de palacio van despacio”, en la Sociedad y en la Iglesia. La causa Xavante está en manos de la lenta justicia, de audiencia en audiencia, de laudo en laudo, mientras las familias Xavante esperan, apostadas al margen de la carretera, hace meses. La sucesión episcopal, a su vez, se está fraguando en el secretismo de los recovecos canónicos. “¡Qué surrealista es todo eso!”, ponderaba un muchacho solidario.

¿Novedades?

Los días 2 y 3 de marzo, aniversario de la victoria de los “posseiros” sobre la hacienda Codeara, celebramos en Santa Terezinha, con mucha unción, el 25 aniversario de la muerte pascual del P. Francisco Jentel, “testigo del Evangelio, defensor del Pueblo del Araguaia, pionero del verdadero progreso en nuestra región”. En nombre del CIMI y de la CPT, nos acompañó Dom Franco Masserdotti, presidente nacional del Consejo Indigenista Misionero.

Además de las amenazas ya conocidas que nos han rondado últimamente, el P. Geraldo Magela Ribeiro, redentorista, fue agredido físicamente en plena calle de Confresa, por su empeño pastoral en combatir la corrupción.

Toda la región de la Prelatura se ha visto afectada por las inundaciones, con muchas familias desabrigadas y cortadas todas la carreteras que dan acceso a varios municipios. ¡Llevamos 35 años andando por “malos caminos”!

En el ancho mundo, la dictadura macroeconómica, la globalización neoliberal, sigue fracasando a la hora de resolver los problemas mayores del hambre, la violencia y el desempleo. Cunde el pesimismo en el planeta, según la encuesta de Gallup, realizada para el Foro Económico Mundial de Davos. La gran mayoría humana cree que la próxima generación vivirá en un mundo menos seguro y que su respectivo país es menos próspero hoy que hace 10 años. (Lo que no impide que suban las bolsas y que los operadores y banqueros reciban primas sustanciosas...). Oportunamente el Secretario General de la ONU, Kofi A. Annan, recordaba a los países “más privilegiados” que hay otro terrorismo más extendido y escandalosamente tolerado (y producido sistemáticamente): “las amenazas más familiares de la pobreza”.

Hay muchos conflictos ignorados, muchos son los muertos que no aparecen en la televisión y son muchos los días 11, además del 11 de septiembre y el 11 de marzo. Mas de 10 millones de niños mueren cada año por enfermedades prevenibles. “Cada 7 segundos muere de hambre un niño menor de 10 años. Cada una de esas muertes es un asesinato”, afirmaba Jean Ziegler, relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación. África es un verdadero holocausto silenciado. La política y los medios de comunicación continúan siendo manipulados por los poderes económicos y la desinformación al servicio de esos poderes prolifera sistemáticamente en un mundo superinformatizado. Los incipientes gobiernos de izquierda, en Nuestra América, se consumen entre los propósitos y la impotencia.

También en la Iglesia (en las Iglesias) se arrastra un cierto pesimismo, manifestado en encuentros más o menos marginales y en reivindicaciones impacientes. Se siente el peso de las “reformas” posconciliares de involución, el final de un largo pontificado, la multiplicación de documentos y controles, la corresponsabilidad siempre pedida y prometida pero sólo muy simbólicamente otorgada. Me llamó la atención saber que se convocaba, en Einsiedeln, un segundo encuentro “para los laicos desilusionados de la Iglesia”. Es, un poco, la vieja cantinela, actualizada: Dios sí, Cristo no; Cristo sí, Iglesia no; Iglesia sí, jerarquía no; jerarquía sí, pero otra. Un comprensible malestar en lo religioso institucional.

Y, sin embargo, la vida se mueve. Y la esperanza continúa siendo un bien común, patrimonio histórico y escatológico de la Humanidad. “Todo es común, incluso Dios” afirmaba Beaudelaire; sobre todo Dios, podríamos corregirle al poeta. Y en esa “comunidad” del Dios común vamos siendo, a pesar de todos lo pesares neoliberales o fundamentalistas, la gran comunidad humana, más libre, más solidaria, más fraterna.

El diálogo también se mueve. Y se mueve en dirección a la Justicia. Dentro del Foro Universal de las Culturas que se celebra en Barcelona, se realiza el tercer Parlamento de las Religiones del Mundo, con el lema de fondo “Caminos para la paz: la sabiduría de la escucha, la fuerza del compromiso”. He leído recientemente un libro de Christian Duquoc, “Cristianismo, memoria para el futuro”. Es evidente que, para que sea una memoria honesta para el futuro, habrá de ser un compromiso serio con el presente. “El futuro nos corresponde a los de abajo”, proclamaba en una entrevista Rafael Alegría, secretario internacional de “Vía Campesina”. Y a mí me gusta repetir que “somos pobres, / pero somos / mayoría y el futuro”. Frente a todas las “alcas” neoliberales e imperialistas, y alargando la mira y la coherencia cuanto sea posible, “nosotros proponemos el Alba”: alma nueva, tiempo nuevo; el otro mundo posible, necesario, urgente.

Estos días me acompañaban, como un ritornelo, quizás por eso de la vejez y de la jubilación, aquellos versos de Antonio Machado, cantados por Serrat: “... pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”.

Con el cariño y el respeto que el gran Antonio merece, he de corregirle en su angustiada visión: “pasar haciendo caminos”... ¡sobre la tierra, maestro! Murió, el año pasado, el poeta Martí i Pol, una especie de Machado catalán, que nos advertía con humano realismo que “difícilmente caminaremos / con los ojos vueltos hacia arriba”. Sobre la tierra, pues, los ojos y los pies y las manos; aun anclando los corazones en el cielo. Con una bien humorada humildad y con pragmatismo histórico. Sabiendo, con Brecht, que “es precioso cambiar el mundo” y que “después habrá que cambiar el mundo cambiado”. Pero sabiendo, sobre todo, que el Amor tiene la última palabra. María Pilar, una madre que perdió su joven hijo en los atentados de Madrid, escribió en su carta pública: “Somos más los que amamos”, y, entre esos más, está Dios.

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Diario de Yucatán, 5 de abril de 2004

Iglesia y sociedad

SEMANA DE DOLOR Y DE ESPERANZA

RAÚL H. LUGO RODRÍGUEZ

MÉXICO.

¿Qué miras, centinela, en medio de la noche?

Aguardo solo en la quietud del monte. Ya se acerca el Mesías, viene acompañado, lo rodea un buen grupo de hombres y mujeres, vienen de cenar juntos. Su rostro centellea entre la espesa niebla, entre la oscuridad que infunde miedo. Ya se acerca el Mesías, el del verbo encendido, el que expulsó del templo mercaderes y acarició al leproso, el que comió en proféticos banquetes y repartió su pan a pecadores y quebrantó costumbres consagradas. El que lanzó sin miedo su palabra a los vientos y desafió ortodoxias, el que nunca corrió tras la palabra amable ni doblegó su cuello ante los poderosos, aquél que despreció los primeros lugares y se enorgulleció de sus amigos impíos.

¿Qué lloras, centinela, en medio de la noche?

Me duelen los amigos del Mesías, los que lo abandonaron en el huerto y le dieron la espalda. Sufro con la fragilidad de aquellos Doce, y los setenta y dos, y después los quinientos, me duele que contemplen el suplicio y prefieran voltear a otro lado la cara. Me llena de dolor que canten gallos a tiempo y a destiempo, que gane la mezquindad el primer puesto en la carrera de las simulaciones, que las monedas suenen en el piso del templo y suelten su olor de sangre, que las mujeres, las únicas erguidas, las de fidelidad inquebrantable, sólo hayan merecido un puño de versículos y después una plancha de estética litúrgica. Me duele el triunfo de las complicidades y el abandono de la utopía primera.

¿Qué quieres, centinela, en medio de la noche?

Quiero morir con él, quiero asumir su vida, quiero quemarme en el fuego que lo abrasa. Quiero lograr, con una rodilla en tierra, imitar su legado, romper con un solo y audaz gesto la doble crueldad de la exclusión: la etnicidad que marca absurdas jerarquías (sólo los extranjeros lavan los pies del amo) y la inequidad de género (solamente la esposa lava el pie del marido). Quiero lavar los pies morenos de los indios, las heridas sangrantes de las muertas de Juárez (las que no merecieron declaración conjunta de ningún sanedrín, porque su sangre es menos importante que la del film de Gibson), las dolorosas llagas de dos hombres con sida, que murieron con las manos entrelazadas, perdonando y amándose. Esa es la cruz que quiero, la muerte que ambiciono.

¿Qué esperas, centinela, en medio de la noche?

Sueño con que la noche no sea larga, con atisbar la aurora antes de irme, sueño con ver la estrella que aparece cuando el amanecer ya se aproxima. Espero que haya un hombre, una mujer, un niño y una anciana, que hagan rodar la piedra. Sueño que los cansados caminantes que abandonan el Gólgota, que vuelven agobiados a su aldea, que se autoexilian en esta oscuridad que crece y crece con el anuncio de nuevas desventuras, sueño con que no dejen de encontrar a su paso un peregrino de blancas vestiduras, alguien que les comparta el pan y la caricia, alguien que les refresque la memoria y les mantenga la chispa del corazón en vilo. Sueño ¡ay! con el alba, con esa claridad que se desliza como agua entre las manos, sueño con ojos limpios, que me hagan ver la luz que asoma al horizonte y me convenzan que no es espejismo. Que antes de morir, pueda escuchar un canto, recitando a mil voces la estrofa del poeta: “Aquí los convocó la aurora”.

¿Qué miras y qué lloras, que quieres y qué esperas, centinela?

Miro a Jesús y lloro con su pena, quiero seguirle y espero que la hierba no tenga tiempo de crecer sobre su tumba.

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La Vanguardia, 5 de abril de 2004

¿A QUÉ JESÚS MATAMOS?

JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS, responsable del área teológica de Cristianisme i Justícia

Si en algún concurso televisivo preguntaran: ¿qué se conmemora en la Semana Santa?, la mayoría de los participantes menores de cuarenta años ya no sabría qué contestar.

Alguno más empollón, o que haya oído hablar de la desenfocada película de Mel Gibson, quizá dijera: la crucifixión de Jesús. Pero si seguimos preguntando por qué hay que conmemorar esa muerte tan atroz, destinada a los terroristas, y por qué se la ha recordado durante tantos siglos, muy pocos sabrían qué decir. Quizás algún listillo se escaparía con la bromita clásica: “Masocas que son los cristianos”.

Por si a alguien le interesa acercarse al significado de esa conmemoración, siguen estas líneas. En ellas hay que presentar quién es ese Jesús, y por qué le crucificaron. Para lo primero tenemos cuatro perfiles que han dejado cada uno de los evangelistas: Marcos, Lucas, Mateo y Juan. Al hacer visibles esos retratos, se irá viendo también la respuesta a la otra pregunta.

1.         El Jesús de Marcos puede ser calificado de libertad conflictiva. Es un hombre que atrae, pero se desmarca de muchas expectativas personales, institucionales o religiosas. La gente se pregunta de dónde le viene su libertad. Y Marcos deja claro desde el comienzo que es una libertad para el ser humano: “Lo sagrado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para lo sagrado”. De esa libertad, que para Jesús es la única libertad verdadera, brota la autoridad de aquel hombre imprevisible. Por ella, Jesús se estremece y se irrita ante la dureza del corazón humano (Mc 3,5). Y de hecho, es en este evangelio donde más pronto parece tomarse la decisión de “acabar con él”.

2.         El Jesús de Lucas es la misericordia en acción: ningún otro evangelio contiene más insinuaciones sobre la sensibilidad de Jesús, sobre su cercanía a los excluidos, sus relaciones afectuosas y vindicativas para con mujeres y, como reverso, su gran dureza para con los ricos, no como personas pero sí como casta. La misericordia acaba siendo subversiva para los poderes de este mundo; y Jesús es fuertemente censurado por comer con los parias (“con los rojos” dirían hoy). De hecho, la pasión que cuenta Lucas es la que tiene más color político de los cuatro evangelistas. La misericordia subvierte porque consiste de entrada en acercarse a los últimos. Y el Jesús de Lucas parece encarnar la frase de un antiguo profeta bíblico que cita otro evangelista: “Dios quiere misericordia, no culto”.

3.         Al presentar al Jesús de Mateo hay que prescindir de la polémica de este evangelista con el judaísmo de su época. Ciñéndonos a la figura de Jesús, podemos decir que es el dador de sosiego y el liberador de la religión. Sólo Mateo conserva aquellas palabras famosas: “Venid a Mí los que andáis agobiados con cargas y trabajos y yo os aliviaré. Sed sencillos y humildes de corazón y hallaréis sosiego para vuestras almas”. Palabras que el evangelista ha preparado poco antes, aplicando a Jesús otra frase críptica del Antiguo Testamento: “Realmente cargó sobre sí nuestros desfallecimientos y nuestras debilidades”. Este Jesús acogedor tiene una continuidad en la constitución de la Iglesia como acogedora y como liberadora de lo que a veces, por la dureza del corazón de los hombres, acaba siendo el yugo de la religión. Mateo coloca al comienzo y al final de su evangelio dos largos discursos de Jesús: el primero arranca con las bienaventuranzas, que son como las constituciones del discipulado. Y el último contiene una larga diatriba que Mateo dirige contra “escribas y fariseos” pero que apunta en realidad a los ministros de la Iglesia: “Ay de vosotros curas y monseñores, hipócritas” (podríamos traducir hoy): porque coláis el mosquito del derecho canónico y os tragáis el camello de la injusticia y la inmisericordia; porque arrebatáis el dinero de las viudas con la excusa de rezos, porque os gusta ser saludados en las calles y que os llamen padre o maestro...”.

4.         Son tres retratos de Jesús más o menos convergentes. Lo que a estos tres añade el cuarto evangelio (el de Juan) es que ese modo de ser de Jesús significa la Presencia y la Acción de Dios en este mundo. Que en esa humanidad, subyugante pero subversiva, se revela Dios. Eso, que estaba implícito en algunas frases de los otros evangelios, lo explícita Juan de manera provocadora. Y eso es lo que los poderes de este mundo, políticos o religiosos, no pueden tolerar: Jesús no sólo ha de ser quitado de en medio, sino que ha de serlo “ejemplarmente”: condenado en nombre de Dios, como blasfemo. Porque (con lenguaje nuestro) ya no podremos desautorizar al que nos molesta llamándole “rojo”, si resulta que Dios es rojo. Por esta razón, el Jesús de san Juan, si bien parece el más místico y sublime, resulta ser el más conflictivo de los cuatro evangelios. En su condena acaban encontrándose Pilatos y Caifás: el poder político y el religioso. Y ese encuentro revela dos cosas: a) que el ser humano, tanto si es religioso ( “los judíos” dice entonces san Juan sin ninguna intención antisemita, sino sólo aludiendo a los hombres “religiosos”) como si no lo es, no está dispuesto a aceptar un Dios como el que se hizo presente en Jesús. Y b) que Dios está dispuesto a dejarse quitar de en medio por los hombres, si éstos así lo quieren.

Esto es lo que se conmemora el Viernes Santo. Y en nuestros días, ese significado se ve cumplido en la casi total ausencia de Dios en estas fiestas. De modo que, por el anverso o por el reverso (tanto si se conmemora como si no), el Viernes Santo hará presente la muerte de Dios a manos de los hombres.

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ECLESALIA, 7 abril de 2004

LA PASIÓN DE JESÚS, HISTORIA, TESTIMONIO Y VERDAD

MARCELO BARROS, Monje benedictino (Traducción de José María Concepción, del original “A paixão de Jesus, história, testemunho e verdade” publicado en el informativo “REDE de CRISTÃOS” el 05/04/04 cuya dirección de correo electrónico es bolrede@terra.com.br)

BRASIL.

ECLESALIA, 07/04/04.- Ser Cristiano es seguir a Jesús como discípulo/a en las opciones fundamentales de vida y recibir del Padre el Espíritu Santo, energía de amor divino que nos torna capaces de amar como Jesús y que nos diviniza. Los antiguos pastores de las Iglesias definieron esta fe como camino, itinerario espiritual, que puede ser expresado de diversas formas. Cada Iglesia o comunidad recalca más éste o aquel aspecto. Quien asegura que el sol nace a las 6 y se pone a las 18 horas es creíble tanto como quien prefiere hablar del movimiento que la tierra hace sobre si misma a medida que gira alrededor del sol. Ningún lenguaje es absoluto. No se debe absolutizar una forma de hablar. Sería confundir una expresión de la verdad con la propia verdad la cual está más allá de todas nuestras pobres formulaciones. Nadie abarca la verdad total. Uno siempre puede aprender algo con el otro, así como también él puede contribuir.

Si es así, discúlpenme los que interpretan los textos bíblicos al pie de la letra, porque no creo que sea la sangre de Cristo lo que salva la humanidad. No puedo creer que Dios precisase que Jesús sufriese de aquella forma y muriese como un condenado para salvar el mundo. Lo que salva el mundo es el amor. La única pasión capaz de salvar la humanidad es el apasionamiento, que, conforme al Evangelio de Juan, es la clave de lectura más apropiada para entender todo lo que ocurrió con Jesús. “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, después de haber amado a los suyos del mundo, los amó hasta el extremo.” (Jo 13, 1) Este amor radical, que fue hasta el extremo a donde el amor puede llegar, tomó la forma de la propia entrega. No porque no amara la vida o le gustase sufrir. Menos todavía por creer que Dios es sádico o cruel y se deleita viendo sufrir y morir a su Hijo, como precio para aplacar su ira con la humanidad pecadora.

Desde el inicio de la Iglesia, la cruz de Jesús provoca polémica. Hiere la imagen tradicional de Dios y reprueba cualquier religión que engaña a las personas prometiendo milagros y buenos resultados económicos. La cruz de Jesús denuncia a Dios pues parece no proteger a los suyos. Ya en su tiempo, Pablo escribió: “El hecho de Jesús haber sido crucificado es escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1,23)

En estos días, la pasión de Jesús es motivo de debate por causa de la forma como ha sido narrada en el film de Mel Gibson. Respeto a quien le haya gustado pero continúo prefiriendo el viejo “Evangelio según Mateo” de Pasolini. Mel Gibson, al interpretar los Evangelios al pie de la letra y privilegiar algunos pasajes, olvidando otros, atribuye la condenación de Jesús a los judíos e imagina al diablo como un ser andrógino. De este modo se pronuncia contra el mismo Dios, acusándole de utilizar el sufrimiento del justo para salvar al mundo. Así da la razón a los intelectuales que acusan a la religión de ser la causa de la intolerancia y violencia en la historia y en el mundo actual.

Amo mucho a los Evangelios, pero se que fueron escritos al menos 50 años después de los hechos narrados. Nunca tuvieron la pretensión de ser biografías. Fueron dirigidos a diferentes grupos y en contextos culturales distintos. Cada evangelista narra la pasión a partir de prismas tan diferentes uno de otro que no pueden ser armonizados artificialmente. Mateo narra la pasión como sufrimiento de un profeta. Por el contrario, Lucas muestra a Jesús, en su pasión, acompañado por discípulos e mujeres. Cuenta que las mujeres lloran y Él las consuela. Un ladrón pide perdón en la hora de la muerte y, en la cruz, Jesús ora: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Según Marcos, Jesús fue crucificado a las nueve de la mañana. Para Mateo y Lucas, fue al medio día. Mateo y Marcos dicen que la última palabra de Jesús fue: “Dios mío, Dios, ¿por qué me has abandonado?” Lucas dice que Jesús oró: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Sin hablar de Juan que sigue una lógica totalmente diferente.

Como algunos predicadores en sus sermones, la película de Gibson mezcla relatos evangélicos sin ninguna preocupación histórica ni exegética. Por eso acaba insistiendo en elementos que cualquier fundamentalista puede descubrir en los Evangelios: acusación a los judíos, la justificación de la violencia como necesaria a la realización del proyecto de Dios y la valorización de la culpa como instrumento de conversión de la humanidad.

En los años 80 de nuestra era, los grupos cristianos formaban parte de la sinagoga y los jefes del judaísmo los consideraban herejes y enemigos. Parece que, en las comunidades judaicas de la época, había hasta oraciones que maldecían a los seguidores de Jesús. Muchos cristianos de fe judía entraron en crisis y algunos hasta dejaron el grupo cristiano. En este contexto, los Evangelios entran en la polémica y dicen que aquellos que persiguen a los cristianos son los mismos que persiguieron a Jesús. Narran la pasión de Jesús de un modo que disminuyen la responsabilidad de los romanos en la condenación de Cristo y acentúan una presunta culpa de los jefes religiosos de Jerusalén. El cuarto Evangelio sólo llama “judíos” a los dirigentes del templo, aliados estratégicos de los gobernantes romanos en la explotación del pueblo. A éste, el Evangelio le da el nombre de ‘israelita”. Natanael es un verdadero israelita en el cual no hay falsedad y llama a Jesús ‘rey de Israel”, María y los discípulos son israelitas (Juan 1, 47-49). Me parece deshonesto citar este Evangelio y hablar de los judíos como los que insistieron en la condenación de Jesús sin hacer distinción, principalmente en un contexto político internacional en el cual, al contrario que antiguamente, el Estado que persigue a los palestinos se llama Israel, mientras que el pueblo civil y los grupos religiosos se llaman judíos.

En realidad, la pasión de Jesús fue un asesinato, perpetrado por el poder político romano con la complicidad de la cúpula del poder religioso judaico de la época. No sabemos los detalles. Todo lo que los Evangelios cuentan de la pasión, ciertamente se basa en los hechos, pero tienen más valor parabólico y simbólico. No es una crónica o reportaje periodístico.

Quien es cristiano cree que Dios nos salva a través de Jesús. Esta salvación no es librarnos del infierno, parábola superada de un castigo contrario a la misericordia divina. Jesús nos trae una salvación con plenitud de vida y felicidad. Jesús nos salva al revelarnos a Dios, nos enseña a relacionarnos íntimamente con Dios. Él nos salva porque en Él descubrimos un modo de vivir más humano y feliz, basado en el amor –solidaridad, en la justicia, en la paz y en la comunión con el universo.

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ECLESALIA, 7 abril de 2004

LAS PREGUNTAS DE LOS NIÑOS

NÉSTOR ZUBELDÍA, salesiano, párroco en la basílica del Sagrado Corazón de Jesús

LA PLATA (ARGENTINA).

ECLESALIA, 07/04/04.- Cuando aquella tarde entré en el amplio teatro convertido en sinagoga para la fiesta judía del año nuevo (“Rosh Hashaná”) y vi a los niños ataviados con su “kipá” y jugando ruidosamente con los autitos en los pasillos, recordé enseguida el “patio de juegos” que se forma frente al altar en nuestras misas dominicales y descubrí que judíos y cristianos teníamos otro elemento en común que hasta entonces no había sospechado.

Tal vez por eso el milenario y espléndido ritual doméstico de la cena judía de pascua (el “séder” de “pésaj”) prevé más de una vez la participación de los niños. Una de esas ocasiones, apenas comenzada la celebración, la dan las preguntas que los niños hacen a sus padres sobre el significado de esa noche tan especial. Aunque comenzó allá por la edad media, es una tradición enraizada en el Antiguo Testamento: “Acuérdate de los días de antaño, considera los años de muchas generaciones, interroga a tu padre, que te cuente, a tus ancianos, que te hablen”.

Como ya lo había visto hacer en otras comunidades cristianas que celebran una extensa y festiva Vigilia Pascual durante toda la noche del sábado hasta el alba del domingo de Resurrección, el año pasado me pareció buena idea incorporar las preguntas de los niños a nuestra vigilia pascual cristiana. Las cantaron Julián, Marilina y Almendra, los chicos de Mario, repitiendo con la melodía tradicional judía, aquellas preguntas llenas de simplicidad infantil:

-          ¿Por qué esta noche es diferente de todas las otras noches?

-          ¿Por qué todas las otras noches nos vamos a la cama, después de haber cenado, pero esta noche hemos ayunado?

-          ¿Por qué todas las otras noches nos vamos a la cama pronto, pero esta noche estamos levantados?

-          ¿Por qué todas las otras noches no esperamos nada pero esta noche estamos esperando?

La tradición judía ha llegado incluso a “tipificar” a los niños según sus preguntas en la noche del “séder”. Podrían representar al hombre en las distintas etapas de la vida. Así aparecen el niño sabio, con sus preguntas eruditas; el niño rebelde, con sus preguntas irónicas; el simple de espíritu, lleno de inocencia ,y el que no sabe cómo preguntar, que aún está encerrado en sí mismo. Para cada uno habrá esa noche una respuesta apropiada, que a la vez resultará útil a toda la familia reunida en torno a la mesa.

Tres papás respondieron a los tres chicos en la noche de nuestra Vigilia. Y me gustaron tanto sus respuestas que pensé valía la pena compartirlas:

-          Mario (Grassi) les respondió que “estamos levantados porque es Pascua. Y Pascua es la fiesta de la vida. Vida que triunfa sobre la muerte y vida más allá de la muerte. Porque Cristo resucitado vence a la muerte”. Y les dijo también que por eso confiaba en que su esposa (María del Carmen, mamá de los tres niños, fallecida de cáncer en diciembre de 1997) estaría esa noche haciendo Pascua con nosotros.

-          Silvia (Castillo), cuyo esposo Omar perdió la vista hace cinco años, le respondió a los niños también con pocas y oportunas palabras: “Estamos celebrando porque es Pascua. Y Pascua es la luz que triunfa sobre el dolor y la oscuridad”.

-          Por último, Pancho (Arreguy). Le pedí que respondiera a los niños cuando ya había comenzado la celebración. Pancho, que en 1992 sufrió una hemiplejia y desde hace unos años trabaja en el área discapacidad de la municipalidad local, se había quedado sin lugar donde sentarse. Entonces aproveché la ocasión y le cambié una silla por una respuesta a los chicos: “Pascua -les dijo- es un salto a la vida”. Ni que se hubieran puesto de acuerdo.

Cuando llegó el momento de las palabras del sacerdote (esa noche el “patio de juegos” delante del altar estaba en su esplendor, con velitas y todo), casi me limité a comentar las respuestas a los niños. Precisamente la palabra hebrea “Pésaj” (Pascua) quiere decir “paso, salto”, para atravesar el Mar Rojo, para pasar de la esclavitud a la liberación, de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la alegría, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida. Para liberarnos de todos los faraones, el de Egipto, los actuales, y nuestro propio “faraón interior”.

Esa noche de Pascua, los papás, como saben hacerlo, respondieron a los niños no desde teorías o leyendas, sino desde su propia vida.

Y nos ayudaron a todos a dar “un salto a la vida”, a abrir el corazón a la Pascua que trae el Resucitado.

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ECLESALIA, 7 de abril de 2004

MUJERES CONSOLADAS POR JESÚS

Via Crucis, versión femenina y libre

MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es

ECLESALIA, 07/04/04.- “Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:”Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”. (Lc 23, 27-28)

Así que tenemos “una gran multitud del pueblo” por un lado y, por otro, “de mujeres”... Curiosa fórmula la que utiliza el mensajero. Multitud englobaría sexos, tallas, edades, colores, clases sociales... todo. Por tanto, podemos entender que quería poner especial énfasis en que había muchísimas mujeres.

¿Quiénes eran esas mujeres que se atrevieron a seguir a Jesús en el camino hacia la muerte? ¿Tenían nombre? ¿Las conocía Jesús?... tuvo que volverse para consolarlas. Normalmente te vuelves cuando ves a alguien cuya cara te resulta familiar. ¿Quiénes eran esas mujeres de Jerusalén que osaron hacer el recorrido más lamentable y doloroso de la vida del Maestro? ¿Eran solamente de Jerusalén? ¿De donde venían?.

Buscando y buscando en los Evangelios he llegado a la conclusión de que, efectivamente, debieron ser multitud. Mujeres entristecidas y llorosas sin poder creer lo que sus ojos veían. Puede que haya quien diga –queriendo quitar importancia- que eran plañideras, que sin duda las había, pero ¡una multitud!.

De algunas sabemos, al menos, su nombre. María, su madre, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, Maria de Cleofás, Salomé, la Verónica; y, a otra, la conocemos por el apellido familiar, la madre de los Zebedeos. .

Las mujeres en los tiempos de Jesús –como en otros tiempos- no tenían ni voz, ni voto, ni nombre, ni palabra. En nuestros tiempos –seamos serios- pasa lo mismo en las más diversas latitudes, en medios políticos, económicos y eclesiásticos.

Metida en faena, al hilo de la vida activa de Jesús, fui buscando quienes eran esas mujeres que no huyeron cuando las cosas se pusieron bien feas.

A estas he encontrado:

La suegra de Pedro un día, estando enferma, Jesús se le acercó, tomó su mano y su fiebre desapareció. Estoy convencida de que esta mujer estuvo entre la multitud y miraría a un lado y a otro intentando encontrar a su yerno.

La samaritana que, cuando descubrió el agua que quita la sed de verdad, dejó el cántaro. En un idioma actual diríamos que “pedió los papeles” y fue a contarlo. Sería increíble, por tanto, pensar que esa mujer no siguiera a Jesús todos los días de su vida después del encuentro en el pozo y en el camino al Calvario.

La adúltera, cada día de su vida debió ser una acción de gracias a aquel “profeta” que en silencio escribía con el dedo en el suelo, mientras los demás gritaban y con sus sabias palabras la salvó de morir lapidada.

En aquella multitud llorosa y entristecida estarían, seguro, la cananea que un día rogó insistentemente a Jesús – hasta ponerse, incluso, pesada- para que sacara el demonio que atormentaba a su hija, y por supuesto, su hija.

La mujer de la parábola que perdió la moneda y al encontrarla, entendiendo su “valor real”, cambió la percepción de su vida. Allí estaba. Y aquellas cinco muchachas que fueron espabiladas en su día teniendo listas sus lámparas, también acompañan al ahora maltratado y maltrecho Novio de la parábola.

La hemorroisa quiso acercarse a tocar nuevamente a Jesús, pero esta vez no el manto para curarse –ya estaba curada- sino el cuerpo de Jesús para aliviar con ungüento sus heridas.

Caminaba, bien erguida, la mujer que anduvo encorvada; miraba a Jesús, agachado y sin fuerzas, y no lo podía creer; y aquella viuda pobre que avanzaba con Jesús dándole lo que tenía ese día -era su norma de vida- lágrimas y compañía.

La mujer que un día derramó su frasco de perfume seguía de cerca al Hombre que la miró en lo profundo y la defendió ante los que la despreciaba. Seguían despreciándola pero ella no era la misma, había sido mirada con amor y sabía bien quien era. El corazón se le partía y nuevamente las lágrimas inundaban su cara.

Hay dos mujeres que, aunque sabemos sus nombres, no figuran en los relatos de la Pasión, ellas son Marta y María de Betania, las hermanas de Lázaro, amigas del círculo más íntimo de Jesús. Sufrían su pasión, el era su amigo, su Maestro y ya habían recorrido juntos el camino de la vida: encuentros, celebración, palabra, oración, muerte y desolación... ¿cómo no iban a estar entre las cabezas de aquella multitud?

Con nombre o sin nombre he presentado un buen número de mujeres que juntas, en grupo, de ninguna manera podríamos denominar “multitud”.

Cierro los ojos tratando de imaginar la escena y veo una masa anónima compuesta por mujeres que un día le oyeron decir: “Bienaventurados...”; mujeres que comieron pan y pescado en un valle o al lado del camino y ayudaron a recoger las canastas; mujeres que escucharon sus parábolas en las plazas y las escrituras en la sinagoga, desde el sitio de las mujeres. Las mismas mujeres que le recibieron con palmas a la entrada de Jerusalén, días atrás.

Quien se adentre en la esencia de lo femenino descubrirá que cuando una mujer cree en algo o en alguien... cuando encuentra una causa por la que luchar... si una mujer descubre el sentido de su vida... inicia un camino que le llevará a saltar obstáculos y vallas; sorteando dificultades, dolores, incomprensiones, injusticias y desalientos; luchará de las formas más creativas y sofisticadas que se le ocurran para acompañar, cuidar, denunciar, protestar, reivindicar, gritar...unas veces con la palabra, otras en silencio, con lágrimas o con sonrisas. En definitiva, andará el camino del amor hasta sus últimas consecuencias.

Jesús estuvo bien acompañado. Se volvió hacia ellas al reconocer tantas miradas y sufrió por el sufrimiento de aquellas muje