28 - Febrero, 2004. Participación   

 

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Boletín Encomún

02/04

Y A LA VUELTA DE LA ESQUINA... EL MIÉRCOLES DE CENIZA

Pedro José

Revista de Pastoral Juvenil

02/04

JÓVENES POSCRISTIANOS: ¿DESERTORES O PIONEROS?

Juan Luis Herrero

Sal Terrae

02/04

LA PARTICIPACIÓNEN LAS CELEBRACIONES EUCARÍSTICAS.

Marco Álvarez de Toledo

ECLESALIA

09/02/04

LAS RELIGIONES ANTE LA PAZ

Juan José Tamayo

ECLESALIA

09/02/04

¿QUIÉN CARGARÁ CON ESTAS VÍCTIMAS?

José Ignacio Calleja

ECLESALIA

12/02/04

‘LA REPRESENTACIÓN DE LA IMAGEN DE JESÚS EN EL CINE’

Joseph Mascaró

ECLESALIA

13/02/04

SAN VALENTÍN

Leonardo Belderrain

ECLESALIA

16/02/04

NO ME CREO LA MISA

Gregorio Fernández

ECLESALIA

20/02/04

POLÍTICAS, POLÍTICOS Y TRUHANES

Javier Bosque

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Boletín Encomún, Nº  60, febrero de 2004

Y A LA VUELTA DE LA ESQUINA... EL MIÉRCOLES DE CENIZA

PEDRO JOSÉ

Boletín Encomún.- No hemos digerido aún los turrones, ni jugado casi con los juguetes que nos trajeron los Reyes Magos, ni rebajado esos kilitos de más que habíamos cogido en Navidades, cuando nos topamos, de golpe, con la llegada de la Cuaresma y con su puerta de entrada: el Miércoles de Ceniza. Y los cristianos, como casi siempre, descontentos. En Navidad, porque la sociedad de consumo ha adulterado nuestra fiesta, hasta el punto de volverla casi irreconocible. En Cuaresma, porque nos sentimos de otro planeta respecto a nuestros conciudadanos, dado que las empresas aún no saben como rentabilizar comercial y turísticamente este tiempo fuerte del año litúrgico, que tiene un imaginario social tan poco divertido. Y claro, a nadie le gusta sentirse un bicho raro que hace cosa excéntricas o que a la gente le resultan trasnochadas.

Bastante más éxito y acogida social tienen ahora los Carnavales, aunque no tanto en su originario sentido provocador, iconoclasta y crítico con el poder establecido, sino en el mucho más domesticado de “momento evasivo de fiesta y baile con disfraz”. La música se hace eco de este planteamiento: mientras un grupo pop canta que “La vida es un carnaval”, los actores de la nueva serie de televisión Paco y Veva interpretan un tema musical cuya letra dice literalmente que “es mejor dejar de pensar, para cuatro días cortos que la vida te regala”.

Y es que ,ciertamente, la cultura en la que vivimos se encuentra muy alejada espiritualmente de aquella en la que toda la sociedad vivía la Cuaresma a través de numerosos signos compartidos (ayunos, vigilias, novenas, ausencia de música o fiesta). Esa profunda distancia cultural no lo es tanto cronológica, como hemos podido constatar a través de la espléndida serie de televisión Cuéntame como pasó que refleja la vida dela sociedad española en el final del franquismo (hace apenas algo más de un cuarto de siglo). En los últimos 30 años el mundo ha cambiado, realmente, de un modo extraordinario. Un amigo franciscano me contaba hace pocos días una conversación oída en una emisora de radio del País Vasco. El locutor pregunta a unos jóvenes si saben lo que es el pecado y estos contestan, con franqueza, que no están muy seguros, pero que creen que es algo que antes daba mucho miedo a las personas. A continuación, el periodista les pregunta si a ellos también les da miedo el pecado y los jóvenes responden: “no, a nosotros nos da risa”. Algo que sintoniza perfectamente con los resultados de una encuesta realizada hace poco a los jóvenes británicos preguntándoles por las personas a quienes más admiraban. El primer lugar estaba ocupado por el futbolista David Beckham, mientras que Jesucristo se encontraba más allá del puesto 120 y, para más INRI (nunca mejor dicho), empatado a votos con el presidente George Bush.

Pensamos, en un primer momento, que las clásicas prácticas cuaresmales del AYUNO, la ORACIÓN y la LIMOSNA resultan completamente anacrónicas en la sociedad de consumo y, sin embargo, la cosa no está tan clara, ni mucho menos. Millones de españoles y españolas están sometidas a torturadores e implacables regímenes alimenticios y programas dietéticos que dejan pálidos los esfuerzos de los penitentes tradicionales y que requieren una fuerza de voluntad y una capacidad de sacrificio admirables. Por lo que se refiere a la oración, los cursillos de meditación y las visitas a los monasterios están en auge. Los monjes de Silos vendieron hace pocos años más de dos millones de discos de canto gregoriano en Estados Unidos y tuvieron que negarse a las presiones de la compañía discográfica que les pedía nuevas grabaciones para satisfacer la demanda de los ejecutivos que necesitaban un tipo de música que les relajase antes de las tensas reuniones de negocios. En cuanto a los donativos, aumentan cada día los que la sociedad ofrece a las ONGs o los que se recaudan con motivo de catástrofes humanitarias y las empresas están inmersas en el estudio de las posibilidades que puede ofrecer la “publicidad con causa” o con “mensaje solidario”. De hecho, compiten entre ellas durante los telemaratones benéficos, haciendo ostentación de sus aportaciones.

No asistimos, por tanto a la muerte por envejecimiento de ciertas prácticas simbólicas del pasado, sino a un cambio radical de su finalidad y sentido. Mientras que los signos cuaresmales del ayuno, la oración y la limosna tenían por finalidad ayudar a los creyentes a hacer un parón reflexivo en su vida, para abrir en ella un espacio mayor a Dios y a las situaciones de los hermanos, la dieta, la meditación y ciertas formas de donación económica se encuentran, muchas veces, al servicio del cultivo de uno mismo, de su imagen y de sus propias necesidades. Se trata de acciones que, de suyo, son positivas para el ser humano pero que, en este momento, pueden estar expresando cierta orientación narcisista de la vida: aparentar, encontrarse bien o alimentar una buena conciencia de si mismo. Centrarse uno en si mismo y en sus propios asuntos o descentrarse para escuchar la voz de la realidad y del Espíritu: este es el dilema que nos plantea a los cristianos cada Cuaresma.

Tomados en su radicalidad (y no en su versión de norma eclesiástica a cumplir), el ayuno, la oración y la limosna nos pueden hacer mejores personas. Quien pasa hambre, toma conciencia de su fragilidad y finitud, de su vulnerabilidad, de su ser necesitado, de lo que padecen más de mil millones de seres humanos cada día y, al experimentar siquiera por una horas su situación, puede abrirse a una solidaridad más verdadera: la de aprender a vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir, como expresaba un feliz eslogan de “Justicia y Paz”. Quien ora cristianamente se abre, quiera o no quiera, a su propia realidad, a la realidad del mundo y, sobre todo, al proyecto de Dios para la humanidad. No se trata de meditar para superar el estrés, alcanzar la armonía y sentirnos mejor, sino de poner nuestra vida al servicio de las necesidades de la justicia y la paz, saliendo de nosotros mismos y de nuestros pequeños o grandes egoísmos. La limosna, bien entendida (es decir, unida a la lucha por un cambio de estructuras), no es sino la comunidad de bienes que se deriva de la vocación a la fraternidad universal que hay en todos los seres humanos. No consiste en un medio para lograr la excelencia espiritual, la perfección religiosa o el ascetismo ante los bienes; es un gesto de solidaridad efectiva, mezcla de exigencia de justicia y de sensibilidad ante el dolor ajeno.

En definitiva, a pesar de su “mala fama”, la Cuaresma es una maravillosa oportunidad que la Iglesia nos ofrece para encontrarnos con la verdad de nosotros mismos, en un entorno ambiental que induce a la evasión y la diversión permanentes, y que nos invita a salir de nosotros mismos (mediante las sencillas acciones de rezar, ayunar y compartir) a fin de que Dios y los hermanos encuentren más espacio en nuestro corazón. Al igual que los vehículos, que cada cierto número de kilómetros, precisan de una revisión para un correcto mantenimiento, los discípulos de Jesús tenemos que revisar de vez en cuando el desgaste que se produce en nuestra vida cristiana. Quizá si a nuestros amigos les dijéramos que, estos días estamos pasando la ITV como creyentes, comprenderían mejor la necesidad de la Cuaresma.

Boletín Encomún: boletinencomun@ya.com

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Revista de Pastoral Juvenil, Nº 407, febrero de 2004

Proyecto pastoral

JÓVENES POSCRISTIANOS: ¿DESERTORES O PIONEROS?
Hacia una nueva espiritualidad: “como si Dios no existiese”

JUAN LUIS HERRERO DEL POZO

Revista de Pastoral Juvenil.- Después de dudar, mantengo el título porque la carga emotiva de la “deserción” religiosa de nuestros jóvenes puede mantenernos en vilo e impedirnos la rutina y la resignación: ¿son desertores o nos están diciendo algo importante? ¿No llevan buena parte de razón? También muchos de nosotros estamos distanciándonos de la institución eclesial o tal vez ella de nosotros, del mundo moderno, por su inadaptación a él y su traición al evangelio. El fenómeno es tan grave y extendido que cada día se habla más de cambio de época, de ‘tiempo axial’: está muriendo lo viejo y no bastan reformas, mas lo nuevo todavía es incierto y no podemos errar el camino. El meollo de estas reflexiones está, pues, en el subtítulo.

En efecto, toda religión es un sistema humano de mediaciones (creencias, símbolos, prácticas) que permiten al ser humano configurar su relación con Dios. En cuanto sistema humano de relaciones, ninguna religión –tampoco el cristianismo- es un absoluto, sino algo relativo a las culturas y los tiempos: tal es su sustancia. Si ésta se pierde, la religión no sirve y se impone el derecho -y la obligación- de cambiarla por otro sistema de mediaciones religiosas más fiel. La transición, nada fácil, puede dejarnos temporalmente “fuera del paraguas”, a la intemperie. Aunque no tanto, porque hay algo que no se puede perder como es la espiritualidad que late en toda actitud religiosa válida; la espiritualidad (encontrar a Dios en el hermano) como único sustrato imprescindible para que el increyente “viva” a Dios aunque no crea y el creyente...”como si Dios no existiese”.

Los padres que nos tomamos en serio lo religioso nos sentimos en buena medida tristemente desconcertados por el abandono religioso de nuestros hijos: hoy en día y en occidente la mayoría de ellos, tanto chicas como chicos, “desertan” de la iglesia; en la pubertad dejan de acompañarnos a misa y, con ello, las prácticas religiosas.

1. Un éxodo doloroso

Las causas de este fenómeno no admiten un análisis simplista. En parte, nuestra conciencia nos reprocha un déficit de testimonio personal. Por otra parte, no se nos ocurre imaginar que existan para ellos otros caminos válidos que, por lo demás, tampoco parecen buscar. En cualquier caso, la súbita desaparición en su vida de toda estructuración religiosa -aunque sigan creyendo en Dios- les incomoda menos que la falta de sentido y la rutina de sus anteriores prácticas tradicionales. A partir de ahí, la vida de pareja, los hijos, el estudio, los amigos, el trabajo... saturan su vida. No merece mención, por su simplismo interesado, la explicación eclesiástica oficial que echa todo a cuenta del hedonismo ambiental y de los desvaríos modernos de la juventud. Como de costumbre, cualquier cosa menos ver la viga en el ojo propio. Todo menos sospechar de una causa estructural más que coyuntural de este fenómeno.

Y ¿cómo lo viven ellos? Sólo lo podemos adivinar: la comunicación entre padres e hijos, al menos en lo religioso, ha ido disminuyendo hasta extinguirse a medida que éstos crecían. Sólo nos queda -salvo mejor información- elucubrar dentro de la lógica: probablemente no viven con indiferencia la nueva situación; de alguna manera perciben que nos están frustrando en algo importante para nosotros; tal vez su propia conciencia les interroga también: ¿no estarán fallando igualmente a Dios? Temen que no se trate simplemente de dejar atrás cosas de la infancia y es probable que sientan en su interior la ambigüedad agridulce de una deserción-liberación que, en ocasiones, llega a extremar la racionalidad y deshacerse de la idea misma de Dios. De todas formas el tema de lo religioso, como problema entre padres e hijos, pronto queda aparcado casi definitivamente. Lo que no obsta para que muchos padres sigan rezando -¡y hasta peregrinando a pie a la basílica del Pilar!, como he conocido un caso- por la conversión de su hijo.

2. Éxodo justificado y sin retorno

Me temo que esta frustración de los padres sólo se justifique en parte. Tal vez las siguientes reflexiones mitiguen su inquietud, por más que el problema rebote hacia planteamientos aún más cuestionantes para todos: ¿y si nuestros hijos no fuesen desertores sino pioneros de nuevos caminos?

Una cosa es clara: nuestros jóvenes se aburren soberanamente en las liturgias cristianas. Y seamos sinceros -¡que no es fácil!-, también muchos adultos. De éstos, unos asisten por deber; otros toman la misa como el acto piadoso tradicional del cristiano o como un rato de recogimiento y oración; tal vez para más de uno el aroma del templo, mezcla de cirios e incienso, pertenece a ese sustrato sensorial de la infancia tan sugerente como el olor del puchero de la abuela. Y no sólo la liturgia está encausada; lo está todo: nuestro peculiar lenguaje religioso, a veces tan ridículo como el de los clérigos de la radiotelevisión de la Conferencia episcopal; nuestro mundo conceptual tan medieval como el de los viejos catecismos o el de los actuales documentos eclesiásticos; la retahíla de dogmas de los que nos sonrojamos en la catequesis y, aún más, delante de cualquier agnóstico; el estilo totalitario de la organización de la Iglesia; su altiva pretensión de única religión verdadera; su ordenamiento jurídico trasnochado y sofocante; su moral sexual inhumana; su misoginia adobada de voluntad divina etc. etc. En nuestros tiempos mozos tragábamos todo. Educados en una carencia general de sentido crítico -las cosas de la religión eran así y no podían ser de otra manera- no se nos pasaba por la mente poner nada en tela de juicio. Ya no es así y vano es esperar que la moviola de la historia vuelva atrás y que “recuperemos” algún día a nuestros hijos para lo caduco.

3. No los culpemos : el hogar eclesial es inhóspito

Atendamos un instante a las coordenadas del fenómeno. Nuestros hijos hacen mutis por el foro en una edad en que no ha habido lugar para el desencanto ni para la mordedura de la ambición o del dinero. A veces son sólo adolescentes, es decir, están en la edad de los grandes ideales. No es por ahí por donde se produce la sangría. Por otra parte, su éxodo silencioso es decididamente masivo y no sólo de grupos sociológicos afectados por determinados problemas. Finalmente, no nos engañemos, nuestros jóvenes no echan en falta a Dios. Salvo alguna crisis especial, la mayoría vive serena y relativamente cómoda sin él. Para nada pesa sobre ellos la angustia de lo que representaría una apostasía práctica. Bien pensadas las cosas -y sé lo que voy a decir- el Dios de la religión no es especialmente útil y su ausencia del campo de nuestra conciencia es la situación más habitual en la existencia humana. Porque o no se ha descubierto nunca a Dios o nos hemos fabricado de él una falsa idea o, una vez descubierto y amado, se esconde y nos toca vivir etsi Deus non daretur, como si Dios no existiese. El abandono de lo religioso en los jóvenes entraña, pues, más carga enigmática de la que parece. Si no somos ciegos ante los signos de los tiempos, todo ello indica algo serio. Me permito adelantar una hipótesis.

Los hijos de cristianos convencidos no desertan de la religión propiamente por debilidad o infidelidad sino que dicen adiós a un lóbrego e inhóspito hogar en el que, en lugar de encontrar a Dios liberador, se les ha cargado con el yugo de la ley. Con lo cual, aunque sea sin tomar conciencia de ello, nos están gritando que las cosas deberían ser de otra manera. No son desertores sino pioneros.

4. Una religión que no sirve

Me atrevería a resumir mi hipótesis en dos puntos: por una parte, el sistema de mediaciones religiosas que da lugar a una determinada religión, en lugar de ser vehículo de la relación sana con Dios, puede devenir en pantalla opaca y obstáculo, como ocurre en el cristianismo, por la traición de las iglesias. Por otra parte, el lugar básico, nuclear e imprescindible del encuentro existencial con Dios no es la religión, que puede faltar, sino la espiritualidad, que podríamos definir como la vivencia (consciente o no) de lo trascendente, al menos en su punto de cristalización imprescindible cual es la acogida y apertura sincera a los demás seres humanos.

Respecto al cristianismo actual, forzoso es reconocer que en el occidente cristiano se está produciendo, aunque tímidamente y en minorías, un sobresalto de autenticidad. Se va extendiendo como mancha de aceite otro estilo de cristiano, esponjado y libre. Y ello desde la base, sin esperar ningún permiso oficial; harto hemos constatado que este pontificado nos ha retrotraído al invierno preconciliar (¡atención al próximo documento vaticano Pignus redemptionis sobre la liturgia!). A falta de pastores audaces, apenas nos sentimos comprendidos y asistidos por un puñado de teólogos y teólogas más punteros. Incluso ellos son, con frecuencia, tan moderados y prudentes -se diría que por miedo- que, al menos cuando escriben, o bien soslayan los problemas fronterizos o los disimulan bajo fórmulas alambicadas en exceso polisémicas.

Las cosas están cambiando, la revolución de este tiempo-eje no se detiene pero urge acelerarla con clarividencia y audacia: por dos razones principales: porque la sangría de jóvenes que comentamos no se detiene y sin ellos poco futuro nos queda y, sobre todo, porque la mediocridad eclesial del momento (jerarquía y pueblo) es indiscutiblemente el mayor obstáculo para el Reino, si por Reino entendemos la humanización integral, con preferencia por los empobrecidos que son dos tercios de la familia humana (ni siquiera Teresa de Calcuta va más allá de ser una cristiana a medias: es heroico dar la vida por los pobres y le agradecemos su testimonio pero es más necesario acabar con los sistemas que los fabrican -y en esto le reprochamos, como a quien la ha canonizado, sus silencios y ambigüedades-).

Urge, pues, la revolución en las iglesias desde la base. La configuración de éstas ya no transparenta la utopía cristiana sino la oculta; para los jóvenes... y para muchos adultos, entre los que me cuento (también como ocultador, por cierto). Ahora bien, semejante revolución parece tarea imposible en un constructo secular tan monolítico, tan trabado y de tan férrea disciplina como es, sobre todo, el cristianismo católico: ¿no se limita a veces la intención a simples reformas cosméticas? ¿qué se puede esperar de decisiones jerárquicas en un eventual nuevo concilio? ¿qué es lo secundario y qué lo principal? ¿qué es lo cambiante y qué lo inmutable? Preguntas decisivas para una refundición de la iglesia.

Para responder a estas preguntas, es decir, para conducir este proceso de cambio profundo existen, a mi entender, al menos un par de claves previas sin las que no cabe dar un paso. La primera es cuestionar el papel del poder jerárquico. No lo negamos como servicio y carisma pero cuestionamos frontalmente su sentido y ejercicio actuales; por lo demás, su historia secular, con sus graves errores tanto en ortodoxia como en ortopraxia, nos ha enseñado a recelar de su pretensión de vehicular indefectiblemente la voluntad de Dios. Desde ahí nunca llegará el cambio, ni siquiera mediante un concilio de corte más o menos aperturista. Pero no me detengo en esto. La segunda clave estriba en caer en la cuenta y entender que no puede existir religión alguna que Dios haya vinculado a su propia decisión, es decir, que sea revelada en el sentido clásico del término. Y siendo esto así, que nada existe ni puede existir en cualquier religión (tampoco en la cristiana) que sea inmutable en virtud del derecho divino.

5. Nada religioso es intocable

Nada es inmutable porque, en cualquier religión, nada es imputable a una decisión divina previa. Toda religión es una realidad histórica, construida enteramente como libre respuesta humana al Dios que solicita desde la hondura a todo ser humano: “Mira que estoy a la puerta llamando: Si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). El condicional indica una respuesta libre. Ahora bien la libertad excluye cualquier predeterminación. Si algo queda bien claro en el nuevo paradigma teológico es que la acción de Dios no interviene en la autonomía de la evolución cósmica (la libertad sobre todo), precisamente porque no llega desde las afueras del ser quien constituye “lo más íntimo de mi más profunda intimidad” (intimior intimo meo). Y lo que realiza ese Ser tan cercano e interior es crear nuestra respuesta libre, no sustituirla o adelantarse a ella predefiniéndola. Digo bien ‘crear’ y no sólo ‘posibilitar’ porque la evolución del cosmos está asistida, en todos sus momentos –y el acto humano libre es uno, culminante-, por la que llamamos creación continua o acto permanente de Dios confiriendo el ser a cuanto emerge como tal. La dificultad de comprensión se agudiza cuando la realidad creada es el acto humano libre y más precisamente cuando éste constituye una respuesta religiosa a Dios. Si hablamos de respuesta ¿no estamos afirmando una llamada previa, es decir, un proyecto religioso preestablecido en la mente de Dios, una religión revelada? Así lo han entendido las religiones. De ahí que se rebelen contra cualquier cambio de una realidad que interpretan como venida de Dios. El inmovilismo fundamentalista acecha casi a cualquier religión y, en especial, al cristianismo. En esa articulación entre respuesta humana y llamada de Dios es donde anida desde siempre el gran equívoco que afecta a todas las religiones y que hay que denunciar.

6. La no resuelta controversia “de auxiliis”, alimento del “viejo paradigma”

Aunque con letra pequeña por razones prácticas, me detengo en este punto, decisivo para poder aceptar el llamado ‘nuevo paradigma’ teológico: es concretamente su clave metafísica de la que dependen todas las demás (antropológica, hermenéutica etc.) y que, sin embargo, no es objeto de una particular atención por parte de los autores. Y no nos engañemos, el que se trate de la clave metafísica no significa que su interés sea teórico o sólo académico. Esta clave ha falseado toda la espiritualidad cristiana y, desde ahí, toda la religión construida sobre aquella. La incomprensión que existe entre viejo y nuevo paradigma es un asunto vital para la unidad y el futuro de la iglesia. Merece la pena un breve apunte que los pastoralistas habrán de convertir en moneda fraccionada.

El problema que tratamos depende, en realidad, de otro más originario, el de la comprensión de la relación entre creado e Increado. Ahí es donde se establece el tener que rechazar cualquier “intervencionismo” divino en razón de la “autonomía” del cosmos y de su evolución que son una adquisición irrebatible de la modernidad. La relación libertad-gracia es una simple aplicación de la relación creado-Increado. Pero esta aplicación no se suele hacer y eso explica la controversia “de auxiliis” cerrada por Roma pero no resuelta todavía.

A lo largo del siglo XVI y décadas posteriores, los discípulos de Bañez y Molina anduvieron enzarzados en una polémica en la que finalmente Roma impuso silencio; éste acarreó, a mi entender, nefastas consecuencias: la relación entre la gracia o don gratuito de Dios y la libertad humana permaneció peligrosamente falseada. En el imaginario colectivo eclesial triunfó un bañezianismo popular, es decir, la oscura percepción de una gratuidad arbitraria de los dones divinos que hería de muerte la seriedad de la responsabilidad del hombre, en la práctica, única e irremplazable constructora de la historia: aún seguimos pidiendo a Dios para el tercer mundo el pan que sólo depende de nosotros o salvamos nuestra responsabilidad ante la increencia diciendo que Dios da la fe a quien quiere (mientras estas creencias no se saneen, la oración de petición seguirá siendo una trampa mortal).

La disputa consistía en discernir cómo se articulaba la acción de Dios (la gracia) con la humana (la libertad). Según la prioridad que se les asignara o bien se negaba la gratuidad del don de Dios o bien desaparecía la libertad. Hace casi 50 años, en una simple nota a pie de página en el libro De gratia Christi de H. de Rondet, el P. Sertillanges me iluminó decisivamente al hacerme entender que el problema no tenía solución porque simplemente estaba mal planteado. Para mí este hecho abonó el terreno para entender hoy el nuevo modelo de pensamiento teológico que tardaría décadas en cuajar.

Mientras acción divina (o creación) y acción humana libre (o creatura) se articulen al modo único que conocemos, de concurso e interferencia propios de las realidades o causas humanas (es decir, en el plano predicamental o categorial), no salimos del ‘impasse’. Es imprescindible acceder a otro plano, el estrictamente metafísico, el que llamamos trascendental porque, al pensar la articulación de lo divino y lo creado, es preciso trascender, es decir, dar un salto epistemológicamente difícil, más allá de todo lo humano cognoscible. Sin ello, todo está falseado: la plena afirmación de Dios iría en detrimento de la plena afirmación de lo humano y a la inversa. Si definimos el acto libre sin incluir en su mismo ‘ser-libre’ el soporte creador de Dios lo negamos en cuanto ‘ser creado’. E, inversamente, si definimos el don de la acción divina como pre-definitorio de la libre respuesta humana, ésta queda negada en su ser específico. Somos prisioneros de una forma meramente antropológica de plantear el misterio Dios-creatura que es preciso (pero difícil) trascender. El acto libre no es resultado de dos causas yuxtapuestas, la humana y la divina, que se reparten el efecto; al contrario, todo es de Dios y todo es del hombre; mas aunque sea necesario pensar lo humano como ontológicamente sustentado por Dios no equivale a entenderlo como predeterminado. Entiendo que es preciso que se dé un cierto ‘clic’ mental para pasar del nivel predicamental, único que experimentamos, al trascendental que constituye lo diferente de Dios. Sólo cuando se produce este ‘clic’ se supera el pensamiento mágico que, hoy por hoy, vertebra y pervierte la estructura entera de lo religioso (ver mi Superación del pensamiento mágico, Revista electr. Latinoamericana de Teología (ReLAT) nº 324 en ‘Servicios koinonia’). Es magia cualquier corrección, retoque, interferencia, reajuste o intervención atribuidos a Dios en la libre historia de los hombres que pre-definan o pre-establezcan (ontológica y no sólo temporalmente) lo que ésta deba y vaya a ser.. Es magia y metafísicamente contradictorio con el ser de Dios y con el de la libertad humana. Piénsese un momento en las implicaciones -no es el momento de justificarlas- y se deducirá que no hay lugar para ningún intervencionismo divino: elección de un pueblo, vocación sobrenatural, gracia selectiva, providencia preveniente, predestinación, concepción sin pecado original, revelación exógena, modelo divino de iglesia, asistencia infalible, ‘presencia real’ en la Eucaristía, milagros etc. Desde este saneamiento metafísico ineludible, toda la teología clásica se queda sin soporte. Por eso insisto en que se trata, a mi entender, de la clave metafísica del nuevo paradigma.

7. En la práctica... actuar “como si Dios no existiera”

Evidentemente el encabezado necesita explicación.

La resolución de la inconclusa controversia “de auxiliis”, sobre la articulación entre gracia y libertad, no podrá llevarse hasta sus últimas consecuencias si no se alcanzan las raíces más hondas (como se apuntaba en la letra pequeña de arriba) con la reelaboración del clásico tratado “de creatione” para situar, en nuestro limitado lenguaje humano, la relación transcendental creado-increado. Es lo que realiza luminosamente A. Torres Queiruga (ver Recuperar la creación, Sal Terrae, 1997). No me detengo más.

Hecho lo cual, queda lo más importante: trasladar esta perspectiva metafísica a una nueva actitud vital práctica que puede inducir un revolucionario cambio en el comportamiento religioso cristiano. En éste, lo propiamente religioso debería perder su centralidad en beneficio de una nueva espiritualidad que podría resumirse así: seguir a Jesús “etsi Deus non daretur”, como si Dios no existiese. La paradoja no es ni heterodoxa ni novedosa. Ya San Agustín presentó una traducción vital práctica de la aporía metafísica recién señalada. Pedía al cristiano que asentase su fe (confianza) en Dios como si todo dependiera de Él pero actuase y trabajase como si todo dependiera de sí mismo, es decir, como si Dios no existiese. A riesgo de repetirme: el ser humano sustentado por Dios en lo más profundo del ser y del actuar, no lo es de forma pre-determinada, de tal modo que -aunque todo es Don, “tout est grâce”, decía Bernanos- las decisiones históricas de los hombres son en exclusiva responsabilidad suya, sólo a ellos imputables para bien o para mal. Pero el bañezianismo solapado triunfante confirió carta de ciudadanía al ‘pensamiento mágico’ innato y dio al traste con gran parte de la conciencia de responsabilidad: “Dios lo ha querido”, “está escrito”, “si Dios quiere”, “Dios concede sus dones a quien quiere”... El cristianismo popular implica en gran medida la quiebra de la responsabilidad humana. Hemos sacrificado la responsabilidad a la seguridad. Por eso cuando descubrimos en el nuevo paradigma que todo depende de nosotros, se desvanece la idea tradicional de ‘providencia’, vivimos la experiencia del silencio de Dios y nos asalta el escalofrío de la intemperie... Todo ha dependido y depende de nosotros, también en la invención ayer y metamorfosis hoy de lo religioso. La religión es un sistema humano de mediaciones con Dios que sólo valen mientras sirven. ¿Cuáles y en qué medida nos sirven hoy?

8. No queda piedra sobre piedra

Sirvámonos, para el caso de la iglesia, de un símil más concreto. La iglesia se nos presenta hoy como un edificio extraordinariamente complejo (también es “pueblo de Dios”, “cuerpo de Cristo”, etc.). Como realidad histórica humana se vio lógicamente sometida desde sus comienzos al condicionante de las personas y culturas en las que cristalizaba. Del mismo modo, ha seguido evolucionando exclusivamente (el Espíritu no es un factor más) conforme a las leyes de la libertad y condición humanas, en el error y la verdad, en la fidelidad y la traición. Hasta lo que hoy es. Cuando el pensamiento crítico -y muy en especial gracias a la crisis de la Ilustración- mete la piqueta en este portentoso y monumental edificio ¿por qué ceder al pánico si llegáramos a constatar que no queda piedra sobre piedra? ¿Acaso queda todo arrasado? De ningún modo. Queda la lección de la historia y...¡las magníficas piedras de sillería de los cimientos escondidos! Me explico. Si seguimos paso a paso lo que el nuevo paradigma teológico realiza al repensarlo todo, el desmonte de la vieja teología es casi total. A partir de ahí, se recupera lo fundamental, las piedras de los cimientos. Sobre ellas se puede alzar un nuevo edificio eclesial que, fiel a los ‘signos de los tiempos’, aparecerá como algo sencillo, sereno y bello, inteligible y razonable, tanto más divino cuanto más humano. No es mera ensoñación: hay cristianos que, tras el dolor del paso por el crisol y por la oscuridad de la noche, están haciendo la experiencia de un esponjamiento del alma y una renovada vitalidad. “¡Esto es otra cosa!” reconocen al descubrir cómo, liberadas sus energías de tanto lastre, pueden invertirlas ahora en la serena contemplación de lo real -con Dios al fondo- y en la lucha por los pobres.

Nada humano es, pues, intocable. Baste la mención de algunos ejemplos para ser concretos y transparentes y no disimular el alcance del asunto (“de qua re agitur”) como si pretendiéramos eludir las iras de la autoridad vigilante y suspicaz.

Se puede y se debe pasar todo por el crisol: la distinción entre clero y laicado, los estratos jerárquicos desde el Papa hasta el cura de pueblo, las estructuras del sistema eclesiástico, la iglesia como único pueblo de Dios y única religión verdadera, la distinción entre iglesia docente y discente, los fundamentos mismos del derecho canónico, el número de sacramentos, el hecho de que los mismos símbolos sacramentales sirvan en Roma o en la Amazonia, en el siglo primero o en el XXI, la interpretación tradicional de los dogmas (pecado original, inmaculada concepción, virginidad de María, trinidad, divinidad de Jesús, sacrificio de la cruz, universalidad de su salvación, “presencia real” en la eucaristía, infalibilidad magisterial, el infierno, el diablo...), la moral sobre todo sexual y de familia, la distinción entre vida seglar y vida consagrada, la obediencia incondicional a las leyes eclesiásticas...y un larguísimo etcétera. Todo es fruto de la responsabilidad histórica humana, nada nos ha llegado dictado por Dios, nada es de derecho divino, todo es, por lo tanto, sujeto a reforma o refundición. ¿Alguien que se sienta a gusto en la nueva teología podría señalar algo en la institución eclesial (sistema dogmático, conjunto celebrativo y organización de gobierno) que, a su entender, sea intocable? Un diálogo sería de agradecer. Es obvio que no es éste el lugar de hacer paso a paso ese proceso de repensar todo lo que llamamos fe cristiana. Muchos teólogos lo están realizando por sectores teológicos aunque la síntesis total (siempre provisional) no sea para mañana.

9. No cualquier cambio es oportuno

Lo dicho vale para cualquier religión. Todo lo religioso se sitúa en el ámbito de las mediaciones que la humanidad se da para vivir la relación con el misterio, con lo numinoso. Todo en el sistema de mediaciones de cualquier religión es histórico y humano. Lo que importa es que lo sea de forma auténtica, conforme a lo más genuino de la realidad humana en cada tiempo y cultura. Sólo en la medida en que una realidad es profundamente humana puede decirse divina. Y sólo esta autenticidad delimita los contornos de lo mudable. Todo, en efecto, puede cambiar pero no todo es oportuno que cambie. Valga algún ejemplo. El símbolo de la iniciación cristiana, el bautismo, no tiene por qué ser la purificación con el agua en todas las culturas y podría cambiar. Sin embargo, no se me ocurre -dentro de mi escaso saber en antropología- que exista alguna cultura en la que la comida entre humanos se reduzca exclusivamente a un acto biológico. Parece que el juntarse para compartir el alimento puede, en cualquier rincón del mundo, constituir un momento privilegiado de estrechar los lazos humanos, crear amistad y fraternidad. Pues bien, éste es precisamente el núcleo simbólico de la eucaristía, de modo que la reunión fraterna alrededor de la mesa podría ser en cualquier lugar el eje celebrativo de la comunidad creyente. Es más, se puede pensar que todo ágape realmente fraterno es eucarístico en mayor o menor grado, conforme a la densidad y autenticidad humanas con que se celebra y del amor que genera (¡ésta es la ‘presencia real’!) .Por ello, importa menos si la “última cena” de Jesús fue o no un hecho histórico. Ni él ni sus amigos inventaron ningún sacramento nuevo especial. Estos leyeron y descubrieron con genial naturalidad la hondura de las comidas de Jesús que tanto mencionan en los relatos evangélicos y, a partir de ahí, en perfecta continuidad, hicieron de la comida, de “la fracción del pan”, el corazón de la comunidad presente y el anticipo del banquete del Reino. Por eso resulta tan estridente la distorsión histórica en el caso citado del bautismo y de la eucaristía: se absolutiza y preserva a ultranza el agua del bautismo y, sin embargo, se fosiliza el símbolo de la eucaristía reducido a caricatura ridícula (hasta hace cuatro días) e in-significante e incomprensible (todavía hoy).

Valga otro ejemplo. Bajo instituciones más o menos acertadas, la democracia (sociológica, política, económica, cultural...) es un logro definitivo de las relaciones humanas dignas. Que no nos pretendan convencer los viejos teólogos de que no es aplicable a la iglesia bajo pretexto de que el poder viene de Dios a la autoridad jerárquica. Para cualquiera que estudie el tema con mayor rigor teológico, semejante concepción resulta una tontería. La estructura piramidal, autoritaria, jerárquica y sacerdotal de la iglesia (no la articulación de carismas y servicios) está llamada a desaparecer (la apostolicidad no se sitúa ahí). La iglesia que venga -que no imaginamos cuán distinta será- habrá de ser un prototipo de democracia para la misma sociedad civil.

10. La conciencia, criterio último

Resumiendo: no cualquier cambio es oportuno pero no existe nada en las religiones que sea intocable. El criterio de discernimiento es la autenticidad de lo humano. Lo cabalmente humano va a seguir sirviendo. El resto, aunque haya parecido tradicionalmente pertenecer a algo revelado por Dios, si no es auténticamente humano, será caduco. El criterio de discernimiento es, pues, el don más preciado que hemos recibido de Dios, la conciencia habitada por Él. Esto es salir del fideísmo, sin, por ello, caer en el racionalismo. Por supuesto, por razón o conciencia entendemos, no precisamente la mera razón instrumental que aboca al humanicidio, sino el conjunto da facultades (inteligencia, afectividad, intuición...) de la persona en diálogo con la comunidad creyente, con la historia humana y con la propia tradición. Así entendida la razón o conciencia, santo Tomás de Aquino se atrevía a afirmar que el cristiano debía estar dispuesto a arrostrar la excomunión de la iglesia si era por fidelidad a la propia conciencia. Más de un santo subió así a la hoguera.

11. Es peligroso creer en Dios

La deconstrucción de lo religioso caduco afecta no sólo a las instituciones sino a la misma idea de Dios. Este es incluso el reducto más peligroso.

En general, tendemos a pensar que Dios es el centro y objeto de toda religión y que de la fe en él dependen y derivan creencias y comportamientos. Gandhi hacía depender la paz entre los pueblos de la paz entre las religiones. Yo más bien este logro lo atribuiría a la superación de las religiones. Que no se malentienda.

Es manifiesto que, ayer y hoy, buena parte de los conflictos y guerras se han producido en nombre de Dios. En este sentido es peligroso creer en Dios, no por él sino por la idea que de él nos hacemos. Las ideas tradicionales de Dios le han perjudicado a él y a nosotros: el Dios sancionador, el milagrero, el que debe ser movido a compasión con nuestra plegaria, el que permite la muerte del inocente y la maldad del verdugo, etc.: el noventa por cien de la gente piadosa está probablemente impregnado de estas concepciones de Dios. Las religiones más extendidas son las de la magia y los falsos dioses (ver “Superación del pensamiento mágico. Necesaria clave hermenéutica en toda religión”, l.c.) .

Por lo demás, la gente no piadosa, que es la mayoría, vive sin necesitar a Dios aunque en teoría no lo nieguen: no se necesita la afirmación de Dios para vivir, organizar la sociedad, preparar el futuro, e incluso hacerlo honestamente. Lo malo es que el lugar de Dios es ocupado por muchos sustitutos, grandes y pequeños: el dinero, el poder, la moda, el cuerpo, la bola de cristal, el fútbol, el patrono del pueblo, el cantante de moda, la estrella de cine... Dios, lo que es Dios tomado en serio, cada día tiene menos adeptos, al parecer.

12. Insuficiencia de la “experiencia religiosa”

La idea de Dios sólo sirve en el campo de la religión cuando, por una parte, ésta ha superado el pensamiento mágico y, por otra, no ha caído en los fetiches y sustitutos mencionados. Ahora bien, una idea de Dios válida, depurada de toda esa ganga, es aún más minoritaria si por tal entendemos la que es capaz de cambiar la vida desde una experiencia religiosa interior. Mas ¿en qué consiste ésta, quién la ha hecho, cómo discernirla con garantía? El temperamento, la edad, el equilibrio psicológico de cada persona revisten tal experiencia de aspectos más o menos emotivos y sensibles o más o menos ilusorios. Lo decisivo no está ahí. Lo importante es “caer en la cuenta” de lo que Dios implica para mí, con una hondura y radicalidad tales que se traducen en una opción de vida en la que él (y el ser humano con él) será lo primero y lo último. Es decir, la experiencia religiosa es sólo verificable en sus frutos. Es el tesoro escondido del Nuevo Testamento que polariza la vida entera. Como se ve, no es tanto una creencia, una percepción intelectual, cuanto un sentido existencial y un estilo de vida. Tal experiencia puede darse como un episodio puntual y concentrado o como una convicción más difusa que va adueñándose poco a poco de nuestra realidad e impregnando el día a día. Aunque conviviera todavía con resabios mágicos, esta experiencia puede imprimir en la vida una orientación básicamente válida.

Así entendida, la experiencia interior de Dios no es, tal vez, algo muy generalizado ni siquiera entre personas de mucha práctica religiosa. Aunque sólo Dios es juez, pretendo sugerir que ni siquiera tal experiencia interior es decisiva, dado que también ella se presta a falsificaciones y conciencias erróneas. Por muy importante que sea insistir en ella, tampoco es lo prioritario e ineludible de la predicación, de la catequesis y de la educación religiosa de nuestros hijos.

Por lo dicho, cabe entender la afirmación de que históricamente ha resultado peligroso creer en Dios: ha sido fuente de muchos conflictos, ha distorsionado numerosas realidades vitales, ha deformado demasiadas conciencias, ha convivido sin ascos con la injusticia, el prestigio, el poder, el dinero, la ideología neoliberal y los partidos de derecha, se ha prestado a ser sustituido por mil fetiches, ha preterido o devaluado sin razón lo humano, ha dado lugar a oscuros misticismos etc. De modo que una fe en Dios realmente cabal (equilibrada, coherente y operativa) es lo menos habitual en la vivencia religiosa humana. Las mediaciones religiosas actuales no sirven, las concepciones sobre Dios están bajo sospecha, las experiencias religiosas son ambiguas... ¿de qué nos podemos fiar? El camino propiamente religioso implica tantos riesgos que tiene que existir algún otro que, cuando menos, le sirva de contraste y validación. Pues bien, se podría decir que de faltar algún mandamiento, más vale que sea el primero (amar a Dios) que el segundo (amar al prójimo).

13. Hacia una nueva espiritualidad.

La afirmación última es arriesgada, no lo dudo. Porque si ni siquiera Dios es una de aquellas piedras de los cimientos que permanecen una vez desmontado el viejo edificio religioso ¿con qué nos quedamos? Soy cristiano y no dudo de Dios. Sólo pretendo afirmar que no es Dios el camino más seguro para llegar a Dios sino el hombre. De alguna manera el ser humano pasa delante de Dios. Vinculado a la Tierra, el hombre es el único proyecto universal que puede unirnos a todos los individuos y pueblos. Este proyecto está a la base no sólo de la construcción de la sociedad y de todo proyecto socio-político, sino de la misma reforma religiosa, de todo diálogo entre religiones, de toda espiritualidad.

Lo dicho hasta ahora nos permite tal vez entender la espantada de los jóvenes y la crisis religiosa de occidente en general. Lo que más inseguridad puede provocar es que, en una época de transición profunda como la del actual tiempo axial, ha muerto lo viejo sin que haya nacido lo nuevo. La situación es incómoda aunque prometedora. Los miedos conservadores son injustificados: no es en la religión donde nos jugamos lo esencial de la fe. No es que lo más humano sea prescindir de las mediaciones religiosas que siempre serán necesarias. Aunque en las comunidades cristianas deberemos ser creativos para ir descubriendo otro modelo de iglesia en cuanto al pensamiento, la celebración y la organización. Pero, de momento, tal vez hayamos de transitar el desierto sin religión que recorren los jóvenes ‘desertores’ (o dejar buena parte de la religión entre paréntesis) con tal de que, desde hoy mismo, descubramos la espiritualidad auténtica. Sin ésta, cualquier eventual nueva construcción religiosa recuperará los vicios del pasado.

Lo espiritual es más abarcante y hondo que lo religioso y es la condición de su autenticidad. Es, incluso, lo único imprescindible. Si nuestros hijos, abandonada cualquier práctica religiosa, descubriesen la dimensión espiritual trascendente de la existencia -suya y de los demás- nada estaría perdido. Ahora bien, esta dimensión espiritual trascendente consiste en descubrir a Dios en el hombre. O bien Dios y hombre se vivencian juntos o Dios es una escapatoria. Aquí se sitúa la experiencia fundante de lo espiritual auténtico, en cualquier religión, incluida la cristiana.

Lo que llamo experiencia fundante se asemejaría a un medallón en el que la cara cóncava sería la réplica exacta de la convexa. Ésta representa la experiencia del encuentro con el ser humano; aquélla la experiencia de Dios. Feuerbach diría que la cóncava, Dios, es simplemente proyección de la convexa, el hombre. El creyente lo entiende a la inversa: por ser el hombre proyección o proyecto de Dios, lo refleja. En la experiencia fundante el hombre es prioritario: sólo en la medida en que acogemos al hermano encontramos a Dios, incluso aunque hayamos rechazado la idea de éste. La intuición de Juan es profundamente genial: “quien no ama a su hermano a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no puede amarlo” (1 Jn 4, 21). Es como si sólo fuese visible la parte convexa, el relieve del medallón y sólo a partir de ella cayéramos en la cuenta de cómo es la cóncava.

En la más auténtica intuición de Jesús no es el encuentro religioso con Dios el núcleo de la utopía del Reino sino el hecho samaritano: aquel hereje religioso y marginado que se inclina sobre el herido mientras los dos ‘clérigos’ judíos (sacerdote y levita) pasan de largo. Jesús opera con su palabra y actitud una de las más atrevidas revoluciones del pensamiento religioso: a un pueblo que le pide que le muestre a Dios le invita a volverse hacia el hombre. A la hora de la verdad por esto seremos juzgados: “Me disteis de comer... cuando lo hicisteis a uno de estos pequeños” (Mt 25). Dios es inefable, inalcanzable, huidizo... sin embargo nos topamos constantemente con él: la esposa con rulos, el hijo que ha suspendido o el otro que se droga, el vecino que hace ruido, el amigo incómodo, los ciudadanos que se niegan a participar, el sin trabajo y sin vivienda, el inmigrante sin papeles, el viejo que muere solo... y esos millones de lejanos desconocidos que nuestra rapiña y derroche matan cada día. Buscar respuestas para todo eso, ahí está el Reino.

Se trata, así pues, de la “regla de oro”, la más veces afirmada desde toda la antigüedad en todas las religiones, la que nos pide simplemente ser tan positivos con los demás como con nosotros mismos, la base de toda ética y de la auténtica espiritualidad, el punto de encuentro para la humanidad. Porque es exactamente el punto de cristalización de la propia persona, desde la propia perspectiva psicológica. La persona no es algo estático sino una realidad dinámica, histórica, algo que se construye como un nudo de relaciones con los demás. El “yo” de la persona no existe sino en el encuentro y la apertura al “tú”. Si la experiencia del bebé es negativa en este encuentro durante los primeros meses, todo su futuro está gravemente comprometido. Cuando el individuo fracasa en las relaciones con los otros se aliena, se pierde a sí mismo. La salud mental y espiritual es confrontación y equilibrio entre el egocentrismo inevitable y el altruismo (de “alter”, otro) imprescindible.

Esta centralidad del amor concede la primacía a la acción sobre el pensamiento, al comportamiento sobre las creencias, a la ética sobre la dogmática, a la ortopraxia sobre la ortodoxia. Es preciso, aunque sea difícil, reaccionar contra la tendencia secular opuesta de la cultura occidental y cristiana.

En el “otro”, en el ser humano más humilde y desvalido que tenemos enfrente anida y se esconde ontológicamente la más seria llamada de Dios y ahí es donde espera de nosotros la respuesta decisiva (Mt 25). Ofrezco por si sirve a alguien una intuición personal. Siempre me ha resultado desconcertante la realidad del enamoramiento: en ningún comportamiento humano coexiste mayor fuerza vital con más irracional -¿o supra-racional?- apuesta. Parece como si, en este fenómeno de la “psiqué” humana, el corazón encontrara la más potente y enigmática atracción o llamada del ser; el ser del otro provoca y arrastra de manera tan por encima de su peso específico que o bien se trata de un deslumbramiento ilusorio e irracional o bien es algo meta-racional; como si en tan poderosa llamada de un ser concreto palpitara, en realidad, la atracción del Ser total. Sé que el “flechazo” es una trampa del instinto (¿quién si no, se embarcaría en tan peligrosa aventura?), o tal vez una invitación a seguir apostando en la dirección que marca esa flecha. Pero estoy convencido de que la naturaleza señala ahí algo profundo: el tomar tan en serio a otra persona provoca un éx-tasis o salida de sí mismo. Lo difícil estriba en caer en la cuenta de que el “flechazo” apunta a lo trascendente, de que ‘tomar tan en serio’ a un semejante fuera del impulso instintivo es una respuesta, en conciencia, al Ser que nos solicita en el hermano. Aunque se rechace conceptualmente la idea de Dios, la justicia, la solidaridad y fraternidad imprimen un sentido trascendente a la vida. Filosóficamente, esta afirmación vital de Dios puede coexistir con la negación nocional. La apertura al “otro” trasciende el yo del egoísmo individualista y supera el solipsismo en el que la psicología descubre enfermedad y frialdad de muerte. Si cada uno de nosotros se percibe como un centro en alguna medida absoluto en cuanto que es imposible no referir todo al yo (no amaríamos a Dios, si no constituyese un bien nuestro, decía Tomás de Aquino), el acto por el que me abro al otro como a un “alter ego” absoluto implica que en el “otro” late la llamada de un Absoluto que nos supera y da sentido a ambos.

Con esta primacía del amor -cualquiera que sea la trascendencia que le reconozcamos- alcanzamos los cimientos del edificio religioso así como el punto crítico de humanización en cuanto tarea común entre creyentes y agnósticos. Si, más allá de los tópicos de la catequesis, nuestros hijos aprenden bajo nuestro techo a descubrir que en el encuentro altruista con los demás se juega lo realmente importante de la existencia, no por abandonar la religión quedarán privados de la espiritualidad esencial.

14. La aportación de Jesús de Nazaret

Curioso nuevo paradigma teológico que hasta ahora parece prescindir de Jesús, si no es para citarlo. En efecto, hasta el momento se ha puesto el acento en un tipo de reflexión que puede ser común a los humanos en general. Si es válida, ésa es precisamente su ventaja. No obstante, me considero cristiano; incluso debo reconocer que, a lo largo de mi ya dilatada vida, no he sufrido ningún atisbo de duda respecto a Jesús de Nazaret. Entiendo que, en la religión y espiritualidad cristianas, la aportación de Jesús es uno de esos cimientos que persisten cuando el espíritu crítico ha desmontado el edificio secular de la iglesia. Podemos, incluso, reconocer que el elemento anteriormente aceptado como cimiento, el de “la regla de oro”, núcleo de toda espiritualidad, es precisamente el corazón del Evangelio (Buena Noticia) de Jesús. La regla de oro, potenciada y afinada hasta extremos inimaginables ofrece un portentoso proyecto de humanización: fraternidad universal, igualdad radical, justicia y amor compasivo, perdón de las ofensas, prioridad de los que no cuentan en el sistema, etc.

Sin embargo, lo más específico de la vida y mensaje de Jesús no es fruto de ninguna elección privilegiada (único y universal salvador) por parte de la divinidad. En el pensamiento moderno no hay lugar para ningún “intervencionismo” divino desde las afueras de la historia. La acción creadora de Dios desde dentro del proceso evolutivo y con un respeto absoluto a sus leyes internas constituye algo así como un torrente de fuerza y de luz que intenta abrirse paso en la mente humana consciente y libre. Todo es de Dios y todo de la libre respuesta creada que en ningún modo queda sustituida ni predeterminada por aquél. En los millones de años del devenir histórico algunas personas han dado una respuesta especial y han influido poderosamente en sus culturas, dando lugar a movimientos religiosos nuevos. Jesús de Nazaret destaca como uno de los más grandes. ¿Insuperable? Sólo lo infinito lo es. El cristianismo no es así fruto de una intervención especial de Dios. Todo en Jesús y después de él es plenamente humano y sólo discernible y validable por sus frutos.

El trabajo de desmonte del nuevo paradigma alcanza también a los textos evangélicos. A los cristianos viejos su variado contenido nos suena a ya conocido. Apenas se inicia una lectura en la celebración eucarística ya sabemos cómo sigue y cuál va a ser el comentario. Nadie espera alguna novedad. ¿Por qué? Nuestra lectura tradicional de la Biblia no es virgen sino muy deformada e ideologizada. No sólo por falta de herramientas hermenéuticas frente a textos muy alejados de nuestra cultura sino porque leemos la Biblia a la luz del catecismo y de los dogmas. Lutero luchó contra tal aberración pero el poder eclesiástico retiró la Biblia de manos de los cristianos.

Los contenidos bíblicos, no sólo los textos, se hallaban desde siglos recubiertos de una espesa capa de prejuicio ideológico, como la bella piedra original de esas viejas iglesias que la incultura del pasado había embadurnado de yeso. Pues bien, cuando creíamos conocer los evangelios casi de memoria, nos vemos invitados a redescubrirlos. Los desmontes del nuevo paradigma teológico permiten una experiencia apasionante en una lectura nueva del Nuevo Testamento. La eliminación de los viejos clichés del pasado nos deja una imagen de Jesús y de su mensaje desconocidos. En los evangelios no hallamos propiamente unas verdades o una religión nuevas, sino un estilo de vida que surge de una lectura de la realidad hecha con mirada limpia, penetrante y libre. ¿Cómo explicarlo? Sin duda, los evangelios no son la historia aséptica de Jesús. Nunca existe una historia aséptica de alguien porque sería mutilarlo: sólo el que ama llega al fondo de la persona (aunque ello comporte sus riesgos). Los evangelistas se hacen eco de las experiencias más fuertes que la cercanía y acompañamiento de Jesús produjeron en sus seguidores. El impacto que causó aquel ser excepcional es de tal fuerza, densidad y hondura que hizo de aquellos seres marginales del pueblo judío rapsodas de lo infinito. El Jesús que transparentan es un personaje fuera de serie, lejos de edulcoraciones posteriores: prudente y audaz, fuerte y tierno, exigente y compasivo, modesto y genial, vigoroso y a veces cansado, realista y místico, generoso, entrañable y fuerte... pero, sobre todo, soberanamente libre. Suscita optimismo y esperanza pensar que la especie humana puede alcanzar tales alturas y, sin duda, no hemos acabado todavía de asombrarnos ante la figura de Jesús.

No existe, sin embargo, una percepción automática de la sencilla grandeza de este personaje. Hubo quien lo tachó de bebedor, comilón y endemoniado. Sólo la belleza empatiza con la belleza, el amor con el amor. Es lo que se produjo en los primeros discípulos. El “seguimiento”, el discipulado consiste en sintonizar con su opción y estilo de vida. Ésta es la quintaesencia del ser cristiano: conocimiento y vida se retroalimentan; seguirle en la vida diaria permite descubrirle más, conocerle más lleva a vivir a su estilo. No valen palabras, hay que probar. Sabiendo de entrada que aquí no caben medias tintas. La radicalidad en la opción de seguir el estilo de vida de Jesús no nos garantiza, sin embargo, la seguridad de ser siempre fieles pero excluye el pacto con la mediocridad.

Una vez más: nada es intocable en el cristianismo salvo el mensaje de Jesús y la experiencia del “seguimiento”. Desde esta experiencia podrá construirse más bien una espiritualidad que una religión, conforme a la distinción utilizada por J. Mª. Vigil. Jesús no fundó ninguna iglesia, ni siquiera una religión. Él vivió ante Dios la experiencia del “abba” (papá) con total libertad frente a las viejas mediaciones que sacralizaban ritos (sacrificios), espacios (templos) y personas (sacerdocio). Un nuevo estilo de vida con un objetivo único que él denominó “Reino de Dios”, y que hoy llamaríamos Proyecto de humanización holística, privilegiando a los pobres y excluidos del sistema. El indio de la Amazonia profunda, el hindú, el pigmeo de la selva africana no habrán de renunciar a ninguna realidad propiamente humana de sus tradiciones seculares pero, al adoptar el estilo de vida de Jesús, descubriendo a Dios como Padre-Madre y a los otros seres humanos como hermanos, purificarán e iluminarán la densidad de su cultura religiosa sin necesidad de abandonarla. Las comunidades humanas de los nuevos seguidores, superando las fronteras religiosas tradicionales, podrán ser muy diferentes unas de otras pero coincidirán en lo esencial, el amor. Las mediaciones propiamente religiosas, sistema de creencias, celebración, organización, se adecuarán a cada tejido cultural y serán incluso, tal vez y ojalá, un potente imaginario simbólico que frene la globalización niveladora.

Siendo para el cristiano algo fundante la experiencia de Jesús, ni siquiera él es un absoluto en sus perfiles concretos. Jesús también vivió la limitación y el error propios de toda creatura. Tampoco él agota la múltiple variedad y riqueza de las inconmensurables experiencias de Dios que los mejores representantes de la humanidad han vivido y seguirán viviendo. Jesús no es celoso y reconvino a los discípulos que se extrañaban de que otros ajenos a él hicieran milagros. Jesús nos manifestó a Dios pero Dios no se agotó en él. Dios es más grande que cualquier religión y que cualquier corazón humano, incluso el más sublime. La unificación de la humanidad se hará sobre el amor, no sobre la religión como sistema de mediaciones que diversifica, sin duda, pero que casi siempre enfrenta y separa.

Estas perspectivas pueden dar vértigo, mas no miedo al verdadero creyente. Sobre todo no cabe el miedo ante la función magisterial jerárquica, superada en casi todo y desprestigiada lamentablemente por sus excesos y errores. Han perdido el tren de la historia y ésta los está dejando irremediablemente atrás.

Algunos de nuestros hijos nos preceden sin saberlo en el camino. Debemos acelerar el paso, no para “recuperarlos” (nos perciben demasiado presuntuosos) sino para recuperar la comunicación y buscar juntos. Y a los padres que todavía tienen hijos pequeños nos atreveríamos a ofrecerles dos observaciones muy sencillas. Primera, si nada cambia, hay un 90% de probabilidades de que la confirmación siga siendo el sacramento del abandono religioso. Segunda: supuesto que el actual sistema de mediaciones religiosas tardará tiempo en refundirse, lo único realmente serio que está en nuestras manos ofrecer a nuestros hijos es que nos perciban hondamente tocados por el evangelio de Jesús y en incesante búsqueda de fidelidad y coherencia. Con humildad y audacia.

Revista de Pastoral Juvenil: produccion@icceciberaula.es

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Sal Terrae, febrero de 2004. Tomo 92/2 (n. 1.075)

LA PARTICIPACIÓNEN LAS CELEBRACIONES EUCARÍSTICAS
¿Cómo pasar de «oír misa» a «participar en la Cena del Señor»?

MARCO ÁLVAREZ DE TOLEDO, Misionero del Espíritu Santo. Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe (Madrid).

Sal Terrae.- El primer Domingo de Adviento (30 de Noviembre de 2003), como todos los años, celebramos en las eucaristías de la Parroquia el inicio de un nuevo ciclo litúrgico y, con ello, la presentación y el envío de los diferentes ministerios que hacen posible nuestra celebración dominical. Primero llamaron y presentaron al equipo de liturgia: un grupo de nueve personas que se reúnen semanalmente para meditar las lecturas y preparar las diferentes partes de la celebración. Luego fue el turno de los Ministros extraordinarios de la Eucaristía: catorce personas que, tras la debida preparación, se encargan de la acogida al inicio de la celebración y de la distribución de la comunión. A continuación, el coro: el batería, el del bajo y el de la guitarra, sopranos, contraltos y tenores...: trece en total. Después les tocó a los responsables de la guardería, esos que durante la misa juegan con los más pequeños de la comunidad en un salón de la Parroquia. Por último me presentaron a mí, el hermano sacerdote, encargado de animar y coordinar la celebración.

      Allí estábamos todos –más de treinta personas– en el presbiterio, en torno al altar, renovando nuestro compromiso de servir a la comunidad y escuchando cómo la asamblea litúrgica conocía y reconocía nuestro ministerio, mientras oraba por nosotros...

1. Cuando le pedimos peras al olmo

Debido al raquitismo y las deformaciones en la manera de celebrar muchas eucaristías, por desgracia a menudo ni siquiera tiene cabida preguntarse por la participación en ellas. A ritmo de inercias, ritualismos, normativas e inmovilismos, hemos caído en una serie de «abusos» (intuyo que algo distintos de los aludidos por el Papa en su última Encíclica1) que hacen muy difícil cualquier intento de participación y renovación.

En efecto, mientras la misa siga girando en torno a una sola persona (el sacerdote), que, a modo de «hombre orquesta», hace, dice y dirige todas las partes de la celebración, no tiene sentido hablar de participación.

También, mientras los laicos no salgan de su estado de minoría de edad y sigan acudiendo a la Iglesia como meros receptores individuales, pasivos y anónimos de las acciones sagradas que realizan los especialistas del culto, hablar de participación nos conduce a un callejón sin salida.

De igual modo, mientras las Parroquias sigan siendo más estaciones de servicios religiosos que comunidad de comunidades evangelizadas y evangelizadoras, difícilmente podrá la eucaristía dominical reflejar una realidad comunitaria y participativa que no se da los otros seis días de la semana. Debemos reconocer –con dolor y con vergüenza– que, como ya decía J.A. Estrada hace más de diez años, «no hay muchos laicos adultos, y hay pocas comunidades eclesiales con las que se pueda contar desde la perspectiva de una mayoría de edad; por tanto, la teología del laicado responsable y activo es una utopía que no refleja la realidad»2.

Y es que «todavía hoy, la Misa dominical de muchas parroquias explicita claramente la dinámica estructural que sigue en vigor: los laicos asisten a la Misa que el sacerdote celebra. Todo gira en torno al altar, que continúa siendo del dominio del sacerdote y de aquellos a quien él quiera invitar. Pero él sigue siendo el actor principal. Aun reconociendo las iniciativas adoptadas en orden a una mayor participación de los fieles, ¿no es el sacerdote el único que verdaderamente actúa?»3.

Por otra parte, cuando hablamos de participación, supongo que todos estamos entendiendo algo más que ayudar a pasar la cesta de la colecta o «atreverse» a leer la monición de entrada o la primera lectura en misa. No caigamos en llamar «participación» a cualquier cosa.

Es decir, que para poder hablar de verdadera participación de la asamblea litúrgica en la celebración de la Eucaristía se tienen que dar unos requisitos previos indispensables y unos cambios estructurales que afectan a todos los que acuden a la eucaristía dominical, empezando, por supuesto, por el sacerdote.

Al hablar de unas celebraciones eucarísticas más participadas, como dice R. Parent, «ni el clero ni el laicado pueden materializar su deseo sin topar con una estructura de relaciones de la que todos somos herederos y que muchas veces se resiste a desaparecer (...). No nos engañemos: es a una verdadera conversión eclesial y eclesiológica a la que todos estamos llamados»4.

2. Cuando los puntos no se ponen sobre las íes, sino en otro sitio

El año pasado, en la solemnidad de Cristo Rey, hicimos en la misa de doce un signo de alabanza al Señor que pretendía recapitular todo el ciclo litúrgico que ese día terminaba: en la homilía, algunas personas de la comunidad parroquial compartieron cómo la liturgia les había ayudado a vivir el señorío de Jesús. En la doxología («Por Cristo, con Él y en Él...») subieron diez personas para ofrecer conmigo al Padre las patenas y cálices con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, a la vez que se hacía un signo con el Cirio Pascual: en torno al altar, con las ofrendas y el Cirio en alto, unidos a toda la asamblea litúrgica, hicimos una oración ampliada de la doxología, mientras entonábamos el «Laudate omnes gentes» de Taizé.

Al terminar la celebración, una persona de mediana edad se acercó a la sacristía y, con indignación en los ojos, me recriminó que la doxología era una oración propia y exclusiva del sacerdote y que yo, al permitir que la dijeran también los laicos, estaba incumpliendo una importante norma litúrgica...

No sabría decir qué sentimiento predominó en mí, si el desconcierto o la tristeza...

Poner los puntos sobre las íes significa dejar las cosas claras o poner cada cosa en su lugar. Aplicado al tema que nos ocupa, uno de los problemas con los que nos topamos en la actualidad es que dentro de la Iglesia no siempre nos ponemos de acuerdo sobre qué puntos hay que poner y en qué letras hay que hacerlo.

En otras palabras, ¿cómo y desde dónde se debe medir la autenticidad de una celebración eucarística? ¿Cómo saber si –como decimos en la misa– nuestro sacrificio es realmente «agradable a Dios Padre Todopoderoso»? ¿Qué criterios seguir para definir la participación de todos en la misa? ¿Qué principios deben regir nuestras eucaristías para que Pablo no pueda decirnos como a los cristianos de Corinto: «vuestras reuniones causan más daño que provecho» (1 Cor 11,17)?...

Somos muchos los convencidos de que la fijación por las rúbricas y el escrupuloso cumplimiento de las normas litúrgicas5 difícilmente permitirán encontrar nuevos cauces de participación comunitaria en la celebración eucarística y seguirán haciendo de nuestras misas unos ritos encorsetados, monótonos y repetitivos, de los que es imposible salirse (sin cometer una grave infracción). Por eso creo que son otros los parámetros (otros los puntos y otras las letras) en los que hay que detenerse para responder a las preguntas formuladas.

 

·    «Haced esto mismo en memoria mía» (1 Cor 12,24-25)

El mandato de Jesús es claro: de lo que se trata en la Eucaristía es de hacer lo mismo que Él hizo. Se trata, pues, de repetir no un rito, sino un proyecto y un estilo de vida. Todas las fórmulas, oraciones y signos de la Eucaristía están al servicio de esa verdad última de nuestra fe que es vivir como Jesús vivió.

·    «El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23,8-11)

Sin poner en duda las diferentes funciones y ministerios que entran en juego en la celebración de la Eucaristía, es necesario corregir esa deformación histórica y eclesial por la que el ministerio sacerdotal ha pasado de ser misión servicial a ser dignidad personal. Frente al dualismo clérigos/laicos hay que recuperar el binomio comunidad/pluralidad de ministerios, y renunciar definitivamente al monopolio clerical en relación con la Eucaristía, que oscurece y llega incluso a anular el sentido comunitario de la liturgia cristiana. Además, todos los elementos, prácticas y costumbres que sacralicen al sacerdote y lo separen de su intrínseca referencia a la comunidad cristiana deben ser superados. Por fidelidad al Evangelio, el sacerdote y su función propia nunca deben ser definidos en términos de dignidad, honor o privilegio, sino siempre como servicio y entrega, y éstos en relación a la comunidad de los creyentes.

·    «En un sólo Espíritu hemos sido bautizados todos

para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12,13)

Además de lo dicho anteriormente, todo el mensaje y las acciones de la Iglesia deben confirmar y explicitar la radical igualdad existente entre todos los creyentes. Defender esta igualdad fundamental es una de las grandes preocupaciones de los evangelios: Marcos critica el afán de poder y de protagonismo de los Doce; Mateo y Lucas critican duramente toda pretensión de grandeza de la comunidad; y, en palabras de R. Brown, en el evangelio de Juan «todos los cristianos son discípulos, y la grandeza entre ellos se determina por su relación de amor a Jesús, no por su rango o cargo»6.

Por eso, frente a una manera de celebrar la Eucaristía que se empeña en destacar el status diferente, exclusivo y excluyente del que preside, es necesario recuperar un talante y una forma de celebrar que explicite el lema eclesiológico «Igualdad en lo fundamental, diferenciación en lo funcional». Sólo así le será permitido al conjunto de la comunidad cristiana superar la expropiación ministerial de que ha sido objeto.

·    «Los que dan culto auténtico darán culto al Padre

en Espíritu y en Verdad» (Jn 4,23)

Ante la tentación de caer en un rigorismo litúrgico y una fijación por las normas que traicionan el sentido último de la liturgia, es necesario recuperar el espíritu de los profetas del AT y hacer nuestras sus reservas y sospechas (cuando no su abierto rechazo) frente a una comprensión formalista del culto. Para los profetas no sólo es incomprensible e inaceptable un culto que se desentienda del amor, la justicia y el derecho, sino que éste es definido como una burla y una ofensa al mismo Dios:

«Detesto y rehúso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas; por muchos holocaustos y ofrendas que me traigáis, no lo aceptaré, ni miraré vuestras víctimas cebadas. Retirad de mi presencia el barullo de vuestros cantos, no quiero oír el ruido de vuestras cítaras» (Am 5,18-24)7.

La postura que Jesús adopta con respecto al culto se sitúa en la misma línea del pensamiento profético, pero radicalizado. En labios de Jesús, la defensa de los derechos del débil y la vivencia del amor misericordioso se asocia a la crítica severa de la praxis cultual existente en su tiempo; una praxis que conllevaba una escrupulosa fidelidad a la observancia de la Ley, los ritos y las normas, en contraste con el descuido de los desamparados (es claro cómo en la parábola del buen samaritano los sacerdotes y levitas salen mal parados). Para Jesús, es imposible amar a Dios y rendirle culto si nos desentendemos de nuestros hermanos más necesitados (Mt 23,23-24; 25,3-46) o si hemos roto las relaciones que nos unen a los demás (Mt 5,23-24)8. Por eso, y a modo de síntesis, Mateo pone dos veces en boca de Jesús la afirmación anti-cultual del profeta Oseas: «misericordia quiero, y no sacrificios» (Mt 9,12; 12,7; Os 6,6).

En esta línea de pensamiento tienen que plantearse los puntos de referencia y los parámetros a la hora de revisar el sentido, el alcance y las posibilidades de nuestras celebraciones eucarísticas; y desde ahí debemos responder a la pregunta por la participación de toda la asamblea litúrgica en ellas.

3. Cuando participar se convierte en participio

Según el Diccionario de la Real Academia Española, participar significa «tomar uno parte en una cosa». En nuestras celebraciones eucarísticas necesitamos seguir aprendiendo todos –sacerdotes y laicos– a conjugar el verbo participar. Del mismo modo que en gramática los participios dan forma a los verbos, permitiéndoles hacer las veces de adjetivo (comer-comido, confiar-confiado, participar-participado...), así también nuestras eucaristías deben «dar forma» al verbo participar. Para ello debemos emprender caminos y acciones que ayuden a hacer del verbo participar un participio que recorra todas las partes de nuestras celebraciones. De esta manera cumpliremos el mandato de Jesús de «hacer lo mismo que Él hizo» y conseguiremos que toda la asamblea litúrgica «tome parte» en la Eucaristía. 

3.1. Tomar parte en lo que se hace

«La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano»9.

      protagonismo participado

Cada vez me topo con más personas «rebotadas» con sus Parroquias. Se quejan de que en ellas las celebraciones huelen a rancio, destilan pesadez y aburren al más piadoso. También se quejan de unas homilías largas y que dicen más bien poco, y de unos curas que poco o nada dejan hacer... Desde ahí se puede entender el estado de cansancio y desencanto en que están sumidos muchos feligreses «de toda la vida».

En efecto, son muchos los indicadores que, a base de hartazgos, indiferencias y no poca indignación, piden a gritos una revisión a fondo de la calidad de nuestras celebraciones. Para ello, un punto ineludible es que los laicos recuperen un protagonismo que el clericalismo de la Iglesia les ha ido robando a lo largo de los siglos. Porque reconocer que todos participamos en la Eucaristía, aunque cada uno desde su función propia y específica, equivale, en la práctica de muchas de nuestras celebraciones, a reducir a los laicos a una función meramente pasiva y receptiva: llegan, se hincan, callan, escuchan, miran, asienten, abren la boca, sacan la lengua, comen... y a casa.

¿Por qué acaba siendo tan difícil recuperar y fortalecer la identidad comunitaria de nuestras Eucaristías? Son tantas sus posibilidades, tanta su riqueza simbólica, tan pedagógica la secuencia de sus partes, tan hondo y auténtico su significado... que desconcierta observar cómo los laicos sienten la celebración de la Eucaristía como algo que depende del sacerdote y en lo que, en último término, no tienen arte ni parte.

Como dice Casiano Floristán, «el fracaso de muchas celebraciones es fracaso de la comunidad. Sin exigencia comunitaria no es posible sustentar una buena liturgia a largo plazo, ni tan siquiera con un buen celebrante. O se forma una comunidad o la liturgia es pura rutina de cumplimiento. Sólo existe celebración cuando el sujeto de sustentación es grupal o comunitario»10.

      acción participada

Recuerdo que cuando, con diecisiete años, asistí por primera vez a una Eucaristía en la Parroquia de Guadalupe, de la que hoy soy párroco, lo primero que me impresionó fue ver la cantidad de gente que subía y bajaba del presbiterio a lo largo de la celebración. Sin necesidad de explicación alguna, saltaba a la vista que muchas personas habían participado en la preparación de lo que se estaba celebrando y colaboraban en su desarrollo: un numeroso coro al fondo de la Iglesia; seis personas que entran con el sacerdote en procesión y le acompañan en la sede toda la misa; varios lectores y monitores; testimonios durante la homilía; aclamaciones de la asamblea escritas en papelitos previamente repartidos; unos jóvenes que hacen un signo, una vez acabado el credo; más de diez personas que salen de sus bancos para llevar las ofrendas hasta el altar; otros tantos que, durante el rito de la paz, suben al presbiterio para ayudar a dar la comunión bajo las dos especies...

Sin duda que en una celebración eucarística hay muchas cosas que hacer, antes, durante y después de la misma. El reto es que toda la comunidad tome parte en ellas, es decir, que tenga la oportunidad de participar (no sólo ver y escuchar) en la acción litúrgica de la que se sabe destinataria y a la vez responsable.

Las posibilidades de participación son muchas. No se trata sólo de que el sacerdote deje de hacerlo todo, sino de explotar muchos momentos y maneras de participación. Ya hemos hablado de la importancia de generar procesos pastorales de adultos con talante comunitario. Desde ahí, también es importante formar equipos de liturgia11. Porque la Eucaristía preparada entre varios se llena de sensibilidades, experiencias e ideas que se entrecruzan y complementan. Cada celebración tendrá su estilo propio, pero el reto está en intentar juntos que la Palabra y el Pan compartido sean verdadero alimento de vida para la comunidad: pensar signos, elaborar moniciones, adaptar oraciones, definir las ideas principales de la homilía, incorporar gestos, resaltar aspectos concretos de la celebración, etc. En nuestro caso, la experiencia de muchos años confirma que son los equipos de liturgia quienes mejor conocen a la asamblea litúrgica y quienes dan identidad y continuidad a unas celebraciones en las que los sacerdotes vamos rotando y cambiando.

Junto al Equipo de Liturgia, está también la participación de los ministros de la Eucaristía. Su servicio es fundamental para expresar un modelo de comunidad que se hace corresponsable en el «dar a Jesucristo» a los demás. Ellos son un referente para el conjunto de la asamblea; su experiencia de fe en comunidad tiene que «avalar» el ministerio que ejercen; por eso no cualquiera debería asumir esta labor. Por otra parte, su función dentro de la celebración puede no reducirse a dar la comunión: pueden encargarse de acoger a la gente cuando entra al templo, de buscar voluntarios para realizar los gestos y signos que se hayan pensado, de coordinar todo lo relacionado con el ofertorio (la colecta incluida), etc.

Estas acciones, compartidas y participadas por diferentes miembros de la comunidad parroquial, llenarán de contenido comunitario nuestras Eucaristías y nos ayudarán a todos a «tomar parte» en lo que estamos celebrando.

      espacio participado

«La iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a la Eucaristía como extraños y mudos espectadores, sino que (...) participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada...» (SC 48).

En nuestra parroquia, los bancos no tienen reclinatorios y los pasillos son anchos y de fácil acceso. Además, al ser una Iglesia circular, el altar pilla a todos relativamente cerca, y no es fácil distinguir entre feligreses de delante y de detrás. Algún que otro domingo, hacemos que la gente se mueva de su sitio para saludarse al inicio, para compartir algo durante la homilía, para acercarse al altar a presentar algún signo en el ofertorio En el Padrenuestro solemos darnos todos las manos, para lo cual siempre hay que moverse algo, y a veces así nos quedamos hasta la oración por la paz y la unidad, que decimos todos juntos. Justo antes del Padrenuestro, los ministros de la Eucaristía suben las bolsas de la colecta al pie del altar y allí se quedan el resto de la celebración.

Nada más rígido y estático que nuestro modo de estar en la celebración eucarística. ¡Y pensar que de lo que se trata es de celebrar en comunidad un banquete...! Ya los Padres Conciliares expresaron con acierto el estado de las cosas (SC 48): la gente va a misa como «extraños y mudos espectadores», como quien va a una función, toma asiento, guarda silencio, escucha, mira y a la salida comenta qué le ha parecido «el espectáculo».

No sólo la arquitectura y el mobiliario, sino toda una teología y una espiritualidad convierten a la comunidad en público inmóvil, clavado en sus bancos, distante de lo que sucede en el presbiterio. Y es que, mientras el presbiterio siga siendo por definición el lugar propio y específico de los presbíteros, los laicos se seguirán sintiendo ajenos, cuando no excluidos, del «espacio» central en que se desarrollan las diferentes partes de la Eucaristía (liturgia de la palabra y liturgia eucarística). En este sentido, debemos hacer saltar las distancias y divisiones antievangélicas que se han ido adhiriendo a la liturgia con el paso de los siglos, hasta situarnos antes del Concilio de Laodicea (año 365), cuando se prohibió a los laicos acceder a la parte de la Iglesia donde eran consagradas las especies eucarísticas. No podemos seguir haciendo de los sacerdotes un estamento sacralizado y segregado del resto de la comunidad. El reto es, pues, eliminar barreras arquitectónicas y teológicas, quitando barandillas, rebajando escalones, acercando altares, desplazando sedes... suprimiendo todo aquello que divida la comunidad en dos (clérigos/laicos) y que convierta determinados lugares en «zonas de acceso restringido» (con derecho de admisión). El ambón, el altar, la sede y el sagrario deben llegar a ser espacios comunitarios y compartidos que expresen bien que todos somos pueblo sacerdotal y que todos –no sólo el presbítero– «tomamos parte» en lo que se celebra12.

 

3.2. Tomar parte en lo que se dice

«Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales» (SC 30).

      palabra participada

Muchos de los jóvenes de nuestra Parroquia tiene en Semana Santa diferentes experiencias de Pascuas juveniles, algunas de ellas muy intensas y significativas. El primer domingo de Pascua tenemos por costumbre llenar de vida y actualidad los relatos de las apariciones del Resucitado. Para ello invitamos a que en diferentes momentos de la celebración (saludo inicial, homilía, peticiones, ofertorio, acción de gracias...) algunos jóvenes vayan compartiendo cómo durante la Semana Santa se han encontrado con la presencia viva y actuante de Jesús Resucitado. Los testimonios y oraciones compartidos suelen estar llenos de la frescura del Espíritu y de la fuerza del Evangelio hecho vida. Sin duda que esas «palabras participadas» edifican al conjunto de la asamblea y llenan de contenido la celebración del Resucitado.

A los laicos se les ha quitado la palabra en muchos ámbitos de la vida eclesial; la celebración de la Eucaristía es uno de ellos. De hecho, tal y como está estructurada la misa, parece como si se tratara de un denso y largo diálogo entre Dios y el presbítero que el conjunto de la comunidad escucha y al que asiente con esporádicas aclamaciones y algún que otro amén.

Nadie niega que una de las funciones principales de quien preside la liturgia es ser ministro de la Palabra. Pero de ahí no se sigue que él deba monopolizar casi en exclusiva el uso de la palabra. La voz de la asamblea litúrgica tiene que poder ser escuchada, porque son la fe, la vida y la palabra compartidas –y no unas fórmulas asépticas y encapsuladas– las que llenan de contenido la Eucaristía y permiten «hacer lo mismo que Jesús hizo».

Necesitamos recuperar en nuestras liturgias todo aquello que nos remite al significado original de lo que celebramos: un encuentro de hermanos que se reúnen movidos por la fe; una mesa, unos alimentos y una palabra que se comparten; una presencia de Cristo Resucitado que se hace presente en el Cuerpo de Cristo del altar y en el Cuerpo de Cristo que es la comunidad creyente. Por eso, más allá de oraciones y respuestas estereotipadas, el lenguaje de la vida, cargado de experiencias, acontecimientos, retos, éxitos, fracasos, tristezas y esperanzas, tiene que tener cabida a lo largo de la celebración eucarística13.

Por ejemplo, en la liturgia de la Palabra, antes de la proclamación de las Lecturas, la comunidad reunida debería poder recuperar brevemente los hechos de vida más significativos de la semana; unos hechos que la Palabra revelada quiere iluminar. Porque es entonces cuando la Palabra de Dios, referida a la vida concreta de las personas, se convierte en «palabra viva y eficaz, más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4,12). La homilía es otro de los momentos que deberían abrirse más a la participación del conjunto de la comunidad: mediante testimonios de algunos laicos, dejando tiempo para silencios reflexivos o dejando al final unos minutos para que, por parejas o en pequeños grupos, se termine de hacer que toque tierra lo que se ha dicho durante la homilía.

Del mismo modo, la liturgia eucarística tiene que dejar de ser la parte en la que el sacerdote toma en exclusiva la palabra. Sobre todo en el prefacio, es conveniente ir intercalando algunas aclamaciones o cantos de toda la asamblea, que con su palabra confirma y hace suyo todo aquello por lo que es «justo y necesario darle gracias a Dios».

Estos y otros muchos momentos de nuestras celebraciones pueden y deberían llenarse con palabras de la comunidad que ora, comparte, expresa, confirma y renueva su fe en el banquete eucarístico.

      oración participada

El año pasado, en el equipo de liturgia de la misa que entonces animaba, percibimos que en nuestras celebraciones solía haber una «inflación» de palabra y un «déficit» de silencio orante y contemplativo. Además, nos planteamos que por lo general el que hablaba era siempre el mismo, o sea, yo. Por eso, durante un tiempo nos propusimos reducir la liturgia de la palabra y dar más tiempo a la liturgia eucarística. En concreto, recuerdo una Fiesta del Corpus. Ese domingo decidimos no hacer homilía. Después de la consagración, hicimos que la gente se acercara al altar y, de pie o sentados en unos cojines dispuestos para la ocasión, tuvimos un rato largo de adoración ante el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ambientados por cantos de alabanza y alguna que otra motivación, fuimos intercalando silencios contemplativos y pequeñas oraciones espontáneas de la gente. Al terminar la celebración, una persona se acercó a la sacristía e hizo saber al equipo de liturgia que nunca había vivido una «densidad eucarística» como la de aquella misa. Creo que fue una buena celebración del Corpus.

La Eucaristía es toda ella oración de la comunidad creyente que se reúne en torno a Jesucristo como el Señor de su vida. De hecho, son muchas y muy ricas las oraciones que recorren y dan vida a la celebración eucarística. En ellas se plasma la herencia de una experiencia de fe que se ha ido transmitiendo siglo tras siglo, de generación en generación. El sujeto de esas oraciones es la comunidad, convertida en «ecclesía», asamblea orante y celebrante, que pide perdón, alaba, implora, confiesa, se ofrece y da gracias a Dios.

Sin embargo, ¿es ésta la imagen que se da en nuestras misas? ¿Queda en ellas reflejado el carácter comunitario de las oraciones que se dicen? ¿Acaso no da la sensación de que quien ora es una sola persona, mientras que el resto escucha, asiente y de vez en cuando responde con alguna aclamación? En efecto, tal como está estructurada la misa, es el sacerdote quien casi siempre ora, aunque lo haga en nombre de la comunidad y por la comunidad (gran parte de las oraciones del Misal Romano están redactadas en tercera persona del plural, como si el sacerdote se situase fuera o por encima del resto de la asamblea).

Por eso, en nuestras celebraciones eucarísticas, el «nosotros» (incluyente y comunitario) debería impregnar y acompañar al conjunto de las oraciones que se hacen. Porque, desde una eclesiología comunitaria y participativa, no basta que el sacerdote ore en nombre de la comunidad o por ella; sobre todo, debe hacerlo con ella y desde ella. Y es que la identidad del que preside no puede fundamentarse en el poder recibido de celebrar la eucaristía y la gracia estable conferida por el sacramento del orden, sino en su referencia a la comunidad14.

De ahí se sigue que, con respecto a las oraciones vocales de la Eucaristía, muchas de ellas podrían pasar de la tercera a la primera persona del plural. Además, se le podría sacar mucho más «partido» a las oraciones que habitualmente suelen ser más compartidas: el perdón, las peticiones, la acción de gracias, etc. Igualmente, no pocas de las oraciones que se suelen definir como propias (y a menudo exclusivas) del sacerdote podrían ser dichas por el conjunto de la comunidad. Porque cuando la eucaristía no es una oración y un sacrificio comunitario, sino personal, ofrecido por y para el pueblo –como hacían los sacerdotes judíos del AT–, se acaba rompiendo la relación entre comunidad y Eucaristía.

Pero no sólo se ora con palabras en la celebración eucarística; también está la oración que se hace silencio. Y nuestras celebraciones están, por lo general, muy saturadas de palabras y muy escasas de momentos de silencio orante y contemplativo. De vez en cuando es conveniente dejar tiempos de silencio para que la asamblea reunida ore al Señor desde lo profundo de su corazón. Por ejemplo, al presentar las ofrendas en el altar, orar en silencio para que cada cual ofrezca a Dios su vida... En la «epíclesis», orar en silencio, pues es toda la comunidad –no sólo el sacerdote– la que invoca la presencia del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida... Después del Padrenuestro, evocar los males de los que queremos y necesitamos ser librados... En el rito de la paz, hacer presente tantas realidades de violencia, división y confrontación como hay en nuestras vidas y en el mundo... La experiencia nos dice –al menos en nuestra Parroquia– que cuando el ritmo de la celebración eucarística permite y facilita esos silencios orantes, toda la comunidad se «mete» más en lo que celebra, haciéndolo más suyo y personalizando aquello que los diferentes signos y fórmulas quieren expresar.

Por último y muy brevemente, quisiera mencionar la importancia de la participación de todos en los cantos de la misa, que son a la vez palabra y oración participada. Sin duda que los cantos realzan y llenan de sentido estético y profundidad las celebraciones. Para ello es conveniente la existencia de coros y animadores del canto en nuestras celebraciones. Pero los coros no son para lucirse; su finalidad principal no es que canten muy bien y suene muy bonito (aunque, si lo hacen, mejor que mejor). Porque, en principio, los cantos del coro no son para ser escuchados, sino cantados (a excepción de algún canto meditativo), sobre todo en oraciones como el Kyrie, el Santo o el Padrenuestro. Con demasiada frecuencia los coros parroquiales ahogan o impiden el canto de la asamblea, que se convierte en «oyente» de una letra y una música de las que no participa. Además, no estaría de más revisar de vez en cuando el cuaderno de cantos de la parroquia, tanto para renovar algunas canciones que sólo de oírlas huelen a rancio, como para purificar tantas piezas con músicas estéticamente pobres y letras antievangélicas (jamás llegaré a entender el «no estés eternamente enojado...»).

A modo de conclusión

Quisiera terminar esta reflexión invitando a una sana y discernida «fidelidad creativa» en nuestras celebraciones eucarísticas: fidelidad a la hondura del misterio que celebramos y su sentido último («hacer lo mismo que Jesús hizo»); creatividad como consecuencia de la acción del Espíritu que todo lo hace nuevo. En cada Eucaristía la presencia del Resucitado se hace sacramento de comunión, y la fe compartida se transforma en banquete fraterno y alimento de vida que invita a seguir recreándose en el arte de conjugar el verbo participar.

Es posible que estos y otros pequeños pasos encaminados a impulsar la participación de toda la asamblea en la celebración de la Eucaristía resulten amenazantes y hasta peligrosos para algunos. De hecho, vivimos tiempos de duras restricciones y prohibiciones en este campo. Por ello, no debemos olvidar esta lúcida observación que en su día formuló E. Schillebeeckx: «...debido a un cambio en la concepción del hombre y el mundo, a mutaciones socioeconómicas y a una nueva sensibilidad sociocultural, un ordenamiento eclesiástico históricamente consolidado puede convertirse en contradicción y obstáculo para aquello que en otros tiempos se proponía salvaguardar: la construcción de la comunidad cristiana»15.

 

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1.     Juan Pablo ii, Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía, Abril de 2003, Ciudad del Vaticano. En el n. 52 se lamenta el Papa de ciertos abusos relacionados con la Eucaristía, fruto de «un malentendido sentido de creatividad y de adaptación».

2.     J.A. Estrada, La identidad de los laicos. Ensayo de eclesiología, Paulinas, Madrid 1991, pp. 184-185.

3.     R. Parent, Una Iglesia de bautizados. Para una superación de la oposición clérigos/laicos, Sal Terrae, Santander 1987, pp. 127-128.

4.     Ibid., p. 174.

5.     Juan Pablo ii hace una «acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo» (Ecclesia de Eucaristía, n. 52).

6.     R. Brown, Las iglesias que los apóstoles nos dejaron, Desclée de Brouwer, Bilbao 1986, p. 93.

7.     Son muchos los oráculos proféticos que contienen duras críticas contra un culto que se desentiende de la vida del pueblo, y en especial de los que sufren: Is 1,11-18; Miq 6,6-8; Os 2,13-15; 4,11-19; 10,8; 13,2; Mal 3,4-5; etc.

8.     Por otra parte, Jesús adopta una actitud recelosa y crítica ante las tres grandes determinaciones de lo sagrado: el espacio sagrado (el Templo), el tiempo sagrado (el Sábado) y las personas sagradas (los sacerdotes).

9.     Documentos del Vaticano ii, Constitución Sacrosanctum Concilium (SC), 14.

10.   C. Floristán, Teología Práctica. Teoría y práctica de la acción pastoral, Sígueme, Salamanca 1993, p. 635.

11.   En la Parroquia, de las siete eucaristías dominicales, seis tienen su respectivo equipo de liturgia (de cinco a diez personas), y los seis están vinculados entre sí por una «Coordinadora de Liturgia» (representada en el Consejo Pastoral).

12.   «A la hora del ágape sacramental, la asamblea debería acercarse a la mesa del altar, rodearla de alguna manera y allí, de pie, escuchar la oración bendicional sobre el pan y el vino»: L. Maldonado, Celebrar la Eucaristía. Nuevos lenguajes, Ppc, Madrid 1997, p. 19.

13.   En este sentido, el lenguaje litúrgico resulta para muchos frío y extraño, cuando no incomprensible. En una cultura secular como la nuestra, se impone el reto de «reinventar» el lenguaje religioso y litúrgico que utilizamos, de manera que responda a los interrogantes y búsquedas de los cristianos del siglo xxi.

14.   Como dice J.A. Estrada, «el problema no es que a los ministros que presiden se les llame o no sacerdotes (...), sino que se olvide que son servidores de un pueblo que es todo él sacerdotal; que la Eucaristía no es algo propio, privado o individual, sino celebración colectiva; y que el sacerdocio cristiano por antonomasia es el de la vida, el fundado por Jesús, mientras que la función de los ministros sacerdotes está al servicio de ese sacerdocio existencial y comunitario»: op. cit., p. 59.

15.   E. Schillebeeckx, «La comunidad cristiana y sus ministerios»: Concilium 153 (Marzo 1980), p. 430. 

 

Revista Sal Terrae (revista de teología pastoral): revistast@salterrae.es

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ECLESALIA, 3 de febrero de 2004

LAS RELIGIONES ANTE LA PAZ

En el 'Encuentro de Religiones en Madrid'

JUAN JOSÉ TAMAYO, teólogo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid y secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII.

MADRID.

ECLESALIA.- La paz es uno de los bienes más preciados y anhelados por la humanidad, pero, al mismo tiempo, uno de los más frágiles y amenazados. Rastreando las huellas de la historia, en vano buscaríamos un estado duradero de paz. A lo más, encontraríamos periodos entre dos guerras, que no son precisamente remansos de paz, sino tiempo dedicado a preparar nuevas guerras. La paz se ve hoy amenazada por un clima conflictivo en diferentes frentes: militar, económico, político, religioso, de género, ecológico, entre culturas y civilizaciones.

Uno de los fenómenos actuales que pone en riesgo la paz en el mundo y la convivencia entre los pueblos es el terrorismo de inspiración religiosa, cada vez más extendido y en el que están implicadas organizaciones vinculadas a distintas religiones, e incluso Estados confesionales. La manifestación más dramática del terrorismo fundamentalista han sido los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el Pentágono y las Torres Gemelas (Estados Unidos), que Bin Laden, dirigente de la organización terrorista Al Qaeda, justificaba en nombre de Dios así: “Aquí está América golpeada por Dios Omnipotente en uno de sus órganos vitales, con sus más grandes edificios destruidos. Por la gracia de Dios... Dios ha bendecido a un grupo de la vanguardia, la primera del Islam para destruir América. Dios les bendiga y les asigne un supremo lugar en el cielo, porque Él es el único capaz y autorizado para hacerlo”.

La retórica religiosa y moralista -“Dios bendiga a América”, “eje del bien, eje del mal, “quien no está conmigo está contra mí” y otras expresiones similares- estuvo muy presente también en la respuesta violenta de la coalición internacional contra el pueblo de Afganistán, y la de Estados Unidos, Reino Unido, España y otros países contra el pueblo de Irak. Es una retórica utilizada con frecuencia por los presidentes norteamericanos. Durante la guerra fría, recurrieron a ella para justificar su cruzada contra el comunismo ateo; después, para combatir el fundamentalismo islámico. Seguro que en el futuro surgirán, o se inventarán, nuevos motivos que justifiquen la apelación a Dios para proteger la civilización cristiana.

En el nuevo escenario mundial opera otra forma de violencia más sutil y destructiva: la ejercida por los centros de poder económico contra los pueblos subdesarrollados e incluso contra continentes enteros, como África y América Latina. El actual orden económico, social y jurídico es a la par injusto y violento. Sus consecuencias están a la vista: pobreza, hambre, explotación, deuda externa, severos ajustes estructurales, deterioro ecológico, muerte, etc.

La pobreza injusta y creciente que sufre América Latina, afirma I. Sobrino, “es en sí misma una violencia contra las mayorías pobres e inevitablemente lleva a violentos conflictos; es en sí misma un atentado contra la paz” y, en definitiva, “violencia que se hace a los pobres, en su vida, en sus derechos más fundamentales”. Los teólogos latinoamericanos de la liberación definen esta situación como violencia institucionalizada e injusticia estructural, y consideran que constituye la violencia originaria y es una de las raíces más importantes de las demás formas de violencia social. Es, quizá, la mayor violencia, por cuanto no respeta el más sagrado de los derechos humanos, la vida, e imposibilita a las mayorías populares –más de dos terceras partes de la humanidad- el acceso a las condiciones mínimas de supervivencia. La violencia estructural suele imponerse a través de la violencia represiva, que recurre a métodos atentatorios contra los derechos de la persona. La violencia revolucionaria surge con respuesta, muchas veces inevitable, ante la injusticia estructural. Se produce, así, una “espiral de la violencia” difícilmente controlable, que no desemboca en la paz.

La violencia constituye una de las características del conflicto entre el Norte rico y el Sur pobre, que se salda con un reguero de millones de hambrientos, marginados y muertos. Ésta es, quizá, la más devastadora guerra que vive la humanidad -agravada por el actual modelo de globalización neoliberal excluyente-, sin que reciba el nombre de tal.

A las formas de violencia precedentes hay que sumar las que proceden de las discriminaciones y exclusiones por razones de etnia, género, cultura y religión, que atentan contra la igual dignidad de todos los seres humanos y contra las legítimas diferencias entre los pueblos, imponiendo un modelo jerárquico patriarcal así como una cultura, la occidental, y una religión, la cristiana, a las que tienen que someterse las demás culturas y religiones consideradas dependientes. La cultura hegemónica lleva a cabo una calculada eliminación de etnias, razas, lenguas, culturas y religiones, llegando incluso a la eliminación física.   

Especialmente destructiva del tejido de la vida es la violencia de género, preferentemente contra las mujeres, en todos los ámbitos de su existencia: doméstico, laboral, político, económico, religioso, publicitario, intelectual, etc. Hace tres décadas, la escritora afroamericana Ntozake Shange describía muy certeramente en un breve poema la situación de violencia a que se ven sometidas las mujeres a diario: “Cada tres minutos, una mujer es golpeada;/ cada cinco minutos, una mujer es violada;/ cada diez minutos, una muchachita es acosada.../ cada día aparecen en callejones, en sus lechos, en el rellano de una escalera/ cuerpos de mujer”. Treinta años después, y tras los avances en la liberación de la mujer, la situación no parece haber mejorado, porque el problema es estructural y no se resuelve con políticas reformistas. Como reconocen las pensadoras feministas, la violencia y los abusos sexuales son los grandes instrumentos con que cuenta el patriarcado para afirmar el dominio de los varones sobre las mujeres. Coincido con E. Schüssler Fiorenza en que la violencia contra las mujeres constituye el núcleo duro y puro de la opresión “kiriárquica” (de Kyrios, señor).        

Ante un panorama cargado de tantas formas de violencia, la lucha por la paz no puede reducirse a meras declaraciones de principios o a acciones aisladas y puntuales. Debe ir a las raíces y exige un trabajo organizado y coordinado a largo plazo, que implica: la denuncia de la injusticia estructural y la lucha por la justicia; la condena de la violencia contra las mujeres y los niños y la defensa de la igualdad de género; la protesta contra las dictaduras y la defensa de los derechos humanos; la denuncia de la depredación de la naturaleza y la protección de los derechos de la Tierra; la condena de los fundamentalismos, religiosos o laicos, y el respeto al pluralismo, la tolerancia y el diálogo interreligioso; la denuncia del actual orden internacional basado en los intereses de las grandes potencias y la construcción de un nuevo orden internacional fundado en unas relaciones simétricas e igualitarias entre los pueblos y los Estados; la oposición a la teoría del “choque de civilizaciones” de Huntington, que es el que impera en la política internacional, y la creación de una sociedad multirreligiosa, multiétnica y multicultural.

Y todo ello desde la no-violencia activa, que fue el estilo de vida y el método seguido por el Mahatma (= Alma Grande) Gandhi, asesinado el 30 de enero de 1948 en Delhi por un fanático de su propia religión cuando se dirigía a la oración de la tarde. Un método que debe ser operativo no sólo en las relaciones interpersonales, sino también -y preferentemente- en la política internacional, como el mismo Gandhi recordaba:

“Tenemos que conseguir que la verdad y la no violencia sean asunto no sólo de la práctica individual, sino de la práctica de grupos, comunidades y naciones. Éste es, en cualquier casi, mi sueño… Si una persona puede practicar la no violencia, ciertamente también puede hacerlo una nación. Es posible imaginar que algún día todas las naciones tendrán la inteligencia suficiente para actuar, incluso mayoritariamente, como lo hacen hoy algunos individuos”.

Las religiones suelen ser consideradas una de las fuentes más importantes de fanatismo y de violencia, por el carácter sagrado y absoluto con que presentan la verdad y por la intransigencia con que la defienden. Con frecuencia recurren a todos los medios a su alcance para expandir e imponer sus particulares ideas religiosas so pretexto de buscar el bien de la humanidad y de conducirla a la salvación. Y ello sin reparar en que el bien y la salvación de los demás comienzan por el respeto a la libertad de la persona en todos los terrenos, también en el de las creencias. En su interior tienden a imponer un pensamiento único y a castigar, e incluso expulsar de su seno, a los creyentes considerados disidentes y heterodoxos. Y cuando las religiones se han convertido en ideología oficial de un sistema político, la tendencia ha sido a liquidar cualquier vestigio de pensamiento libre e independiente fundado en la razón crítica.

La relación de las religiones entre sí no se ha caracterizado por la armonía, sino por la falta de respeto y el enfrentamiento, que ha desembocado en numerosas “guerras de religiones” con el consiguiente coste de vidas humanas y de sangre derramada. Para justificar dichas guerras, las religiones han apelado a Dios. Lleva razón, por ello, Martín Buber cuando afirma:

“Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas... Ninguna ha sido tan mancillada, tan manipulada. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre... Los seres humanos dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’... Se asesinan unos a otros, y dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’”. Hasta vidas humanas y de animales se han sacrificado en los espacios sagrados de culto, creyendo que agradaban a Dios o que, al menos, servían para aplacar su ira.

A nadie se le escapa lo lejos que han estado las religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e Islam, del ideal de paz. No pocos de sus textos fundantes presentan a un Dios violento, sediento de sangre, a quien se apela para vengarse de sus enemigos, declararlos la guerra y decretar castigos eternos contra ellos. Con estos ingredientes se construye la trama perversa de la violencia y lo sagrado, que da lugar a lo que René Girard ha llamado violencia de lo sagrado. Veamos algunos ejemplos de las tres religiones citadas.

El Testamento judío, afirma Norbert Lohfink, es uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial. Hasta mil son los textos que se refieren a la ira de Yahvé que se enciende, juzga como un fuego destructor y castiga con la muerte. El poder de Dios se hace realidad en la guerra, batallando del lado del “pueblo elegido”, y su gloria se manifiesta en la victoria sobre los enemigos. El tema de la venganza sangrienta por parte de Dios, según Schwager, aparece en el Antiguo Testamento con más frecuencia incluso que la problemática de la violencia humana. Sólo hay dos libros veterotestamentarios en los que no se asocia a Dios con la guerra: Rut y el Cantar de los Cantares.

En el Testamento cristiano aparece también la imagen del Dios sanguinario, al menos de manera indirecta, en la interpretación que algunos textos ofrecen de la muerte de Cristo como voluntad divina para expiar los pecados de la humanidad. Según esta teoría, Dios reclamaría el derramamiento de la sangre de su Hijo para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido él. Esa imagen de Dios tiene más parecido con el dios Moloc, que exigía al sacrificio de los niños, que con el Padre misericordioso que perdona al hijo pródigo cuando vuelve a casa.

Algunas imágenes del Corán sobre Alá no son menos violentas que las de la Biblia judía y cristiana. El Alá de Mahoma, como el Yahvé de los profetas, se muestra implacable con los que no creen en él. “¡Que mueran los traficantes de mentiras!”, dice el libro sagrado del islam. Dios puede hacer que a los descreídos se los trague la tierra o caiga sobre ellos un pedazo de cielo; para ellos sólo hay “el fuego del Infierno”. El simple pensar mal de Alá comporta la maldición. En el Corán son constantes las referencias a la lucha “por la causa de Dios”, incluso hasta la muerte, contra quienes combaten a los seguidores. Esta imagen sigue vigente hoy en no pocos de los movimientos fundamentalistas islámicos.

Las tradiciones religiosas que incitan a la violencia o la justifican, y más si lo hacen en nombre de Dios, no pueden considerarse reveladas, y menos aún imponerse como normativas a sus seguidores. En cuanto “textos de terror”, según la certera expresión de Phillis Trible, deben ser excluidos de las creencias y prácticas de las religiones, así como del imaginario colectivo de la humanidad.

Junto a los textos y las prácticas violentas hay también en las religiones monoteístas tradiciones pacifistas que pueden contribuir a la construcción de un mundo sin violencia. Veamos algunos ejemplos.

La Biblia describe a Dios como “lento a la ira y rico en clemencia”, y al Mesías futuro como “príncipe de la paz”. Entre las bellas utopías de sociedad armónica que propone la Biblia cabe citar las siguientes: el arco iris como símbolo de la armonía entre la humanidad y el cosmos, tras el diluvio universal (Gn 8-9); la convivencia ecológico-fraterna del ser humano con los animales más violentos (Is 11,6-9); el ideal de la paz del profeta Isaías: “Forjarán de las espadas azadones y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán para la guerra” (Is 2,4).

En el Sermón de la Montaña, Jesús de Nazaret declara felices a los “constructores de la paz” (Mt 5,9). La paz es precisamente lo que deja como legado el mismo Jesús a quienes han de continuar su causa tras su muerte. Ahora bien, su ideal de paz nada tiene que ver con la sumisión ante el poder o con la aceptación resignada ante la injusticia del sistema religioso o político. Tiene carácter activo, crítico y alternativo. Ni rehuye el conflicto ni lo edulcora, sino que lo afronta con decisión, lo asume con valentía y lo canaliza por la vía de la justicia. Justicia y paz son inseparables en su mensaje, su vida y su práctica, como ya vimos.

En el Corán, Alá es invocado con apelaciones que remiten a actitudes pacificadoras en grado superlativo, como el muy Misericordioso, el más Generoso, Compasivo, Clemente, Perdonador, Prudente, Indulgente, Comprensivo, protector de los Pobres, etc. Repetidas veces el Corán llama a resistir las hostilidades: “Y cuando ellos (los enemigos) se inclinan a la paz, inclínate tú a ella y confía en Dios”. “Y cuando ellos (los infieles) se mantienen alejados de vosotros y no luchan contra vosotros, y os ofrecen la paz, entonces no os permite Dios a vosotros ir contra ellos”. Según los propios intérpretes musulmanes, el término yihad no significa “guerra santa”, ni hace referencia a una permanente predisposición bélica en el Islam. Su significado es esfuerzo moral en el camino hacia Alá. El propio Corán asevera sin ambages que “no hay coacción en la religión” (2,256). En la edición preparada por Julio Cortés se indica que algunos modernistas traducen este texto como “no se debe coaccionar en religión”. Con ello parecen apuntar al principio de libertad religiosa.

Las religiones no pueden dar por buena la estrategia del choque de civiliaaciones diseñada por Huntington como tampoco el papel beligerante y de enfrentamiento que les asigna en ese choque. A su vez, deben enterrar sus tradiciones violentas y desplegar aquellas que son generadoras de paz. Un paso previo y necesario es leer sus textos fundantes críticamente, es decir, con actitud desmitificadora a través de la práctica de la interpretación, y no fundamentalistamente. Creo con Hans Küng que no habrá paz en el mundo sin paz religiosa y que no habrá paz religiosa sin diálogo entre las religiones. Un diálogo ininterrumpido que tenga como base la defensa de los derechos humanos y el respeto a la pluralidad de manifestaciones de lo sagrado.

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ECLESALIA, 9 de febrero de 2004

¿QUIÉN CARGARÁ CON ESTAS VÍCTIMAS?

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Teología Moral

VITORIA.

ECLESALIA.- “Pudimos habernos equivocado, como todo el mundo se equivoca, pero lo hicimos pensando sólo en el interés nacional y la paz mundial”, dice el ministro portavoz para referirse a la participación de España en la guerra de Iraq. Y se queda tan tranquilo, como si hubiese ofrecido una explicación moral de peso. Este hombre no sabe, ni quiere saber, que el fin no justifica los medios, o que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Pero el problema no es este hombre, sino lo que representa y deja entrever. El interés nacional como coartada que justifica una decisión ilegal e ilegítima. O sea, que si España saca provecho del apoyo americano en sus roces con Marruecos; y fortalece su posición en Europa frente a Francia y Alemania; y consigue el “pase” de los Estados Unidos para las inversiones españolas en Latinoamérica; y ve facilitados los intercambios comerciales con USA; y de la Unión Europea, una vez ampliada, poco puede añadir a lo ya logrado, entonces la guerra de Iraq tiene muchas papeletas para ser una buena opción. Si los “informes secretos”, tan secretos que aquí no los conocían y allí, en USA, los escribían, a vuela pluma, cerca del despacho oval, entonces la “paz mundial” vuela por los aires como argumento moral.

No debemos jugar con estas cosas. Hay un problema de terrorismo internacional que puede hacer mucho daño en muchos lugares, pero si la respuesta es la guerra de Iraq, apaga y vámonos. Lo vio todo el mundo que quiso mirar. No había pruebas suficientes para justificar una decisión absolutamente extrema como la guerra; o al contrario, había indicios racionales de que la comunidad internacional disponía de medios de intervención legales, legítimos y eficaces frente a Sadam, y por tanto, obligatorios, es decir, éticamente exigibles.

La intervención militar, la guerra preventiva, fue ilegal e ilegítima, y las razones que la justificaron, en cuanto al caso español, ahora se demuestra que eran las que suponíamos: un nacionalismo estrecho y caduco que justifica la barbarie, en todas partes, a poco que lo cultives; y un servilismo político que juega sus cartas internacionales al mejor postor. ¿Que otra cosa es esto sino la vieja picaresca hispana, so capa ahora de discurso grandilocuente y cara de póquer? Por favor, que no sigan en sus explicaciones por este camino, porque de este proceder sabemos mucho: ¿cómo le estamos llamando a la barbarie justificada en el interés nacional? ¿No decimos que es terrorismo? Pues, eso, a ver quién explica ahora lo que hemos hecho en Iraq, habiendo otros caminos, y a ver quién carga a su conciencia y cuenta política las víctimas inocentes de esa guerra.

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ECLESALIA, 12 de febrero de 2004

‘LA REPRESENTACIÓN DE LA IMAGEN DE JESÚS EN EL CINE’

Ponencia presentada en el Forum “Jóvenes, religiosidad y Evangelio”

JOSEP MASCARÓ, Delegación de CS Salesiana

BARCELONA

ECLESALIA.- La persona de Jesús en el extracto de unas 35 películas ha sido el nuevo tema de pastoral juvenil que el prof.  Peio Sánchez ha presentado a los participantes en el Forum “Jóvenes, religiosidad y Evangelio” que organiza el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Don Bosco, de Barcelona

Una constatación se da por válida: los jóvenes ven diariamente una media de casi dos películas por día (tanto en la televisión como en el cine, el video y en DVD)  y la imagen que tienen de la realidad está profundamente marcada por esta experiencia. Mucho más condicionante que el influjo que ejerce en ellos la lectura. Por eso a los educadores nos preocupa la presencia de lo religioso y espiritual en el cine. Y, dentro de estos temas, ciertamente, interesa la imagen que de Jesús pueden recibir a través de este medio altamente comunicativo.

Las películas sobre Jesús han sido el exponente clásico del cine religioso cristiano, pero no son, ni mucho menos, la única forma de referencia a Jesús en la historia del cine, ni, por supuesto, de la presencia de lo espiritual en la cinematografía.

Influencia del cine en la formación religiosa

El conferenciante, licenciado en Teología y Pedagogía y profesor del ISCR Don Bosco que se mueve en los ámbitos de la pastoral juvenil ha puesto de manifiesto que las representaciones de Jesús en el cine han tenido una fuerte influencia en la formación popular de la imagen de Jesús. Muchas veces esta imagen ha estado alejada del texto del Nuevo Testamento y de la historia de Jesús de Nazaret. Las películas espectáculo, como Rey de reyes (1961) Nicholas Ray  y La más grande historia jamás contada (1965) de Georges Stevens deformaron seriamente la imagen de Jesús. Y, en el otro extremo, La última tentación de Cristo (1988) de Scorsese presenta un Jesús complejo interiormente, y lo que comienza siendo una buena intención en la exploración de su conciencia humana termina en un personaje torturado por su Dios. Un intento fallido. Tampoco Jesucristo Superstar  (1974) de Jewison acierta. No aparecen ni como profecía del Reino, ni novedad de relación con el Padre, ni servicio de entrega a los hermanos. El final queda tan simbólico que resulta imperceptible.

La película Jesús de Nazaret (1977) de Zeffirelli, que ha alcanzado éxito y difusión, mejora sustancialmente la cercanía al evangelio, pero tampoco termina de convencer. Desaparecen muchos elementos centrales como las tentaciones, la transfiguración y el sufrimiento en la pasión. Es una película didáctica y para todos los públicos pero oculta el aspecto dramático; todo queda demasiado superficial y simple con poca fuerza espiritual.

Dos opciones más acertadas

Dos opciones han demostrado ser las más acertadas. Las películas que con medios sencillos han buscado la fidelidad histórica y ajustarse a los propios textos evangelios (El Evangelio según san Mateo (1964) de Pier P. Pasolini). Y aquellas películas que no han pretendido reconstruir la vida de Jesús sino que han mostrado la presencia de Jesús en otros personajes (el sencillo Godspell (1973) de Green y el más complejo Jesús de Montreal (1989) de Denys Arcand. En la primera hay que reconocer el valor de la fidelidad al evangelio y la capacidad simbólica; en la segunda, la transposición al tiempo actual.

Esperemos que Passión (2004) de Mel Gibson sea una aportación positiva. “No creo que otras películas hayan logrado penetrar en la verdadera fuerza de esta historia. O son inexactas en la narración histórica, o tienen mala música, o son de mal gusto. Esta película mostrará la pasión de Jesucristo tal como sucedió. Es como regresar en el tiempo y contemplar aquellos hechos, presentados exactamente como ocurrieron ... Quiero mostrar la esencia del sacrificio” (Zenit, 6 marzo 2003)

Las “metáforas” de Jesús

Muy interesante resulta la línea de explorar las metáforas de Jesús. Hemos recorrido distintos personajes que nos muestran a Cristo en las historias de personas muy diversas.

Los testigos de Dios nos han presentado personajes que con su vida mostraban las opciones de Jesús (Romero (1989) de John Duigan), siendo solidarios con los que luchan por la justicia y la libertad (Roma, ciudad abierta (1945) de Roberto Rossellini) y participando de su tarea de reconciliación (Los miserables (1998) de Bille August).

También hemos reconocido en algunos “locos” los rasgos de Cristo. Así, la locura de Francisco, juglar de Dios (1950) que desarma a los poderosos; la locura por la belleza en medio de la desolación de Andrei Rublev (1966) de Tarkovski y la locura por lo imposible de Ordet (1955) de Dreyer.

Entre las parábolas de Cristo tienen un lugar especial las películas que nos lo presentan como mujer. Así El festín de Babette (1987) de Axel, Las noches de Cabiria (1956) de Fellini y Chocolat (2000) de Lasse Hallström.

La ciencia-ficción es un género propicio para la presencia de lo espiritual. Así se desprende del análisis sobre la figura de Cristo en Blade Runner (1982) de Ridley Scot, el intento manipulador de los Hermanos Wachowski en la saga de Matrix (2000-2003) y la interesante Eduardo Manostijeras (1990) de Tim Barton.

Las historias de entrega para la redención de otros también nos hablan de la presencia de Cristo. Así podemos verlo en la torturada Teniente corrupto (1992) de Abel Ferrara y en La Strada (1955) de Fellini, donde la muerte de Gelsomina redime el mal de Zampanó.

Y por último se ha reconocido en la conferencia la presencia del rostro de Cristo en los pequeños. Los sencillos son capaces de hacer posible lo extraordinario en Milagro en Milán (1950) de Vittorio De Sica: un niño asume el papel de Cristo llegando hasta la entrega en Hijos de un mismo Dios (2001) de Yurek Bogayevicz. O bajando un peldaño más en la escala de la humildad: un asno representa el sufrimiento silencioso de Cristo en el mundo en Au Hazard Balthasar (1966) de Bresson.

Una presencia de Jesús mucho más abundante

Todas estas pistas nos permiten reconocer la presencia de Jesucristo en el cine de una forma mucho más abundante y profunda de lo que una primera impresión indicaba. Sin embargo, también nos ha invitado a un diálogo con el cine mucho más a fondo de lo que normalmente se realiza.

 Así se nos abre una línea de trabajo educativo y evangelizador con jóvenes que puede provocar interrogantes y búsquedas que la simple visión pasiva no facilita. Hay que suscitar una mirada capaz de profundidad para ver la verdad de los relatos y las metáforas del cine, así mismo hay que pasar de la experiencia virtual a una experiencia real de construcción de la fe.

Rezar desde el arte

El texto íntegro de la ponencia será publicado posteriormente en los Cuadernos de Propuestas de Pastoral Juvenil “Jóvenes y Evangelio” del Instituto Superior. La próxima ponencia del Forum será impartida por Siro López, artista plástico, sobre el tema “Rezar desde el arte”. Tendrá lugar el día 17 de marzo, a las 19.30, en la Obra Salesiana Martí-Codolar, Avda. Cardenal Vidal i Barraquer, 1 de Barcelona.

Para más información: josep.mascaro@salesians.info

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ECLESALIA, 13 de febrero de 2004

SAN VALENTÍN
El cura que cura de los “amores civilizados”

LEONARDO BELDERRAIN

ARGENTINA

ECLESALIA.- “Yo no quiero un amor civilizado... yo no quiero catorce de febrero...Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.” (Joaquín Sabina)

En la época del Emperador romano Claudio II se prohibió mediante un edicto el matrimonio. A partir de entonces el amor “civilizado” pretendió ser el de las gestas bélicas. Mediante estas prohibiciones se intentaba acotar las deserciones militares. Fue entonces cuando el obispo Valentín encabezó un movimiento de resistencia, y clandestinamente casaba a las parejas que no confiaban en ese modelo “civilizador. La "insurrección" de Valentín pronto fue descubierta y, ante la imposibilidad de reducirlo a la obediencia, fue martirizado. 200 años después el Papa Gelasio lo proclama "Patrono de los Enamorados. De allí que se diga en la piedad popular europea “se mi Valentín” intentando que alguien perciba lo mas puro de nuestra historia de amor y la refuerce.

También una antigua creencia Inglesa dice que las aves escogen su pareja en Febrero 14 otorgando al día un ímpetu animista. El Día de San Valentín probablemente surgió de una combinación de tradiciones al aguardo de la primavera, tan propicia como aquí para los enamorados.

Otra tradición dice que Valentín era un Cristiano que hizo amistad con muchos niños. Los Romanos lo apresaron porque se rehusó a adorar los dioses de aquel sistema. Se dice que veía a Dios en todos los hombres, especialmente en los pequeños y no solo en el Emperador . Los niños extrañaban a Valentín y le tiraban notas a través de las rejas de su ventana. Este cuento puede explicar por qué las personas intercambian mensajes en el Día de San Valentín y trasciende a las parejas porque en realidad es un día para quienes aman con pasión y por eso nos hacen sentir Dios ver a Dios y Él viene a visitarnos.

Otra historia, cuenta que el santo le restauró la vista a la hija de su carcelero. Allí quedó la creencia de que Valentín podía devolver la vista a los que imponen cierto amor civilizado si por un día deciden dejar que las cosas transcurran, sin intentar manipular y encarcelar la realidad. Valentín fue ejecutado en Febrero 14 cerca del 269 A. D. Su nombre significa gallardo o amante, luz del mundo y sal de la tierra.

En el imaginario popular y en el inconsciente colectivo de mucha gente sencilla San Valentín es el santo de los enamorados que nos preserva de los que se creen bien alineados, que dicen ser civilizados pero nunca llegan a amar realmente, porque viven sin pasión historias opacas.

En las nuevas aldeas globales los “amores civilizados” se caracterizan como dijera Sabina por tener columpio en el jardín, paseos por el mercado, vecinas con pucheros; calor de invernadero; cumpleaños feliz. El otro propone "volvamos a empezar".

Aquel amor cobarde, calculador, que no muere por el otro, es condenado por el poeta por barroco y empalagoso, porque lleva al infierno, porque en el fondo no muere por nadie. Quien sabe por esto resulta sacrílego el 14 de febrero para Sabina. El amor valentino “cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren”. Que bueno preguntarnos en este día por quién damos la vida, quién la da por nosotros. Que Valentín nos devuelva la vista par vivir nuestra historia de amor con gallardía y pasión bendiciendo a todos lo que se aman.

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ECLESALIA, 16 de febrero de 2004 

NO ME CREO LA MISA

GREGORIO FERNÁNDEZ

VALLADOLID.

ECLESALIA.- No, no me la creo, así no. No me imagino a Jesús presidiendo una misa de misal en cualquiera de sus múltiples cenas y comidas con sus amigas y amigos. ¡Que no! Que no puede ser cierto que sólo el pan y el vino recojan toda la memoria del resucitado. No puedo con las posturas inertes que tenemos en eso que llamamos “celebraciones” y que, como queriéndolas justificar, decimos que es que son “litúrgicas”. Por más que me empeño no logro acomodar tanta palabra hueca y canónica a la hipoteca mensual, la caca en el pañal de mi hija, la visita de los abuelos y el olor del invierno.

No, no me la creo, así no. Me imagino a Jesús comiendo y charlando, hablando de las preocupaciones y alegrías y escuchando. ¡Sí!, sí es cierto que el pan y el vino son signo del resucitado y también la “fracción” de mi tiempo, mis capacidades, mi vida son Eucaristía. Puedo celebrar desde las entrañas lo que vivo cuando el Dios de la Palabra lo encuentro en la gente con la que me cruzo cada día y con mi gente. Son palabras plenas las que se acercan a mi boca y pronuncian con libertad la experiencia tozuda de quien me ama más de lo que pueda imaginar.

Pero de otra forma no, no me la creo, no me creo la misa, así no.

Gracias a Eclesalia por permitirme compartir mi fe y mi increencia.

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ECLESALIA, 20 de febrero de 2004

POLÍTICAS, POLÍTICOS Y TRUHANES

JAVIER BOSQUE

ECLESALIA.- ¡Que poco se habla de nuestras obligaciones políticas! Sin embargo es imprescindible reflexionar sobre esta resbaladiza cuestión. No tenemos ningún derecho a quejarnos si no hemos cumplido con la seria obligación de votar con cabeza. No basta con votar, hay que hacerlo con inteligencia.

Por desgracia todavía quedan demasiados resentimientos y hay quien vota visceralmente con el bando del abuelo. Es un voto muerto, un voto esclavo de los odios y prejuicios del pasado. Hoy las diferencias entre partidos están más sobre el papel que en la realidad. Basta mirar a otros países desarrollados para darse cuenta de la escasa diferencia entre gobiernos de un signo u otro. Y es que el margen de maniobra es escaso y las reglas económicas condicionan la política real. El objetivo por excelencia es el empleo y la prosperidad del país. La verdadera diferencia, la que olvidamos al votar, está en la capacidad, preparación y honradez de los que tienen que conducirnos.

Lo más sensato, por tanto, es preservar la libertad y la lucidez. Es decir, no ser rehén de ningún partido, porque ninguno tiene la verdad total ni sabe hacer milagros. La división entre derecha e izquierda es una antigualla y fragmenta la integridad humana. Por ejemplo, en la defensa de los valores espirituales del hombre muchos nos sentimos derechistas a ultranza frente al materialismo zurdo; sin embargo, en la defensa de la solidaridad nos situamos más a la izquierda que los siniestros oficiales. ¿Qué hacer ante esta esquizofrenia que los partidos representan? Lo realista es darse cuenta de que ningún partido, ningún gobierno, puede satisfacer todas nuestras aspiraciones, ninguno llega al óptimo. No cabe otra decisión que votar al menos malo, al que menos contradiga mis ideales y, sobre todo, al que haya demostrado su honradez y su capacidad para hacernos avanzar. Podemos aplicar aquí la máxima evangélica: “Por los frutos los conoceréis”.

Por eso no cabe la indiferencia ni la superficialidad. Es moralmente exigible mirar si el programa a votar contiene propuestas contrarias a mis convicciones, si la catadura humana de los candidatos es fiable. El error a la hora de votar es grave porque perjudica al votante y al resto de la sociedad. No es fácil discernir en un sector con tanto camuflaje. Por eso hay que agudizar la observación e identificar a los políticos que debemos evitar.

Evitables son, por ejemplo, los “políticos sacamuelas” de incontinente verborrea que ofrecen elixires de todos los colores, que tienen solución para todo. Improvisan constantemente y sacan de su carromato cualquier ungüento con tal de atrapar a los ingenuos. A poca lucidez que conservemos, es fácil darse cuenta de que estos políticos, como los sacamuelas de antaño, buscan su beneficio y no son de fiar.

Evitables son, con toda certeza, los “políticos de presa” que se lanzan al cuello del adversario para despedazarlo. No se centran en su programa, como parecería lógico esperar, sino que se dedican a difamar, a calumniar, a desprestigiar, a desangrar al adversario. Poco o nada se sabe de las soluciones concretas que aportan, de las ideas que oponen, su estrategia es herir y matar. Su praxis política se asemeja a la de esos antros donde se envisca un perro contra otro hasta encarnizar. Por extraño que parezca, esta raza política tiene éxito entre las masas que buscan el morbo y el espectáculo.

Para estos políticos rastreros todo está permitido, como si la política no fuese una noble actividad humana regida por la racionalidad, la moralidad y el buen gusto. Para ellos no existe la cortesía parlamentaria, ni la capacidad de exponer educadamente -ardorosamente si se quiere- sus argumentos. Toda su habilidad consiste en asestar el navajazo certero en el momento oportuno. Son, incluso, físicamente reconocibles. Basta con observar sus rostros hoscos, sus ceños fruncidos, sus palabras agrias, sus gestos violentos.

Deberíamos exigir a los políticos, como mínimo, un previo poder ejemplarizante. Tendrían que atraernos y no provocarnos vergüenza ajena. ¿Cómo pueden pretender gobernar quienes no se conducen con dignidad ni compiten humanamente? Hemos olvidado el principio de los clásicos: “que gobiernen los mejores”. Los mejores en capacidad, en sabiduría, en experiencia; los mejores en dignidad, en honradez, en humanidad. No podemos consentir que en nuestros modernos hemiciclos se instalen “los más feroces”.

Evitables son, por fin, los “políticos indecentes y deshonestos”, los que sólo buscan su supervivencia o enriquecimiento. Si lo que motiva a un político es su vocación de servicio a la comunidad, a estos falsos políticos les impulsa el egoísmo. Son peligrosos porque trepan el poder a toda costa y no tienen barreras morales. Sin duda merecen más confianza quienes, teniendo su carrera asegurada en la vida privada, se lanzan a los riesgos de la vida pública por pura vocación de servicio.

Otros truhanes se alimentan en la ciénaga política. Cada uno puede, con inteligencia e interés, descubrirlos y evitarlos. Nos jugamos la prosperidad de todos y, más importante, nuestro camino de humanización.

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