27 - Enero, 2004. Comicios     

 

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Revista de Pastoral Juvenil

01/04

LA “CORRECCIÓN FRATERNA”

Miguel Ángel González Gallego

Reinado Social

01/04

¿EL MATRIMONIO CIVIL ES INEXISTENTE PARA LA IGLESIA?

José María Díaz Moreno

Revista de Pastoral Juvenil

01/04

FE Y ESCUELA

Juan Pedro Castellano

ECLESALIA

05/01/04

DEBILIDAD DE DIOS

Miguel Ángel Mesa

Ideal

12/01/04

ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES: ÉTICA Y POLÍTICA

José María Castillo

ECLESALIA

16/01/04

LAS IMÁGENES DE DIOS Y SU REPERCUSIÓN EN EL CAMINO DE FE DE LOS JÓVENES

Joseph Mascaró

El Mundo

18/01/04

SER CURA CATÓLICO Y CON HIJOS EN ESPAÑA

José Manuel Vidal

ECLESALIA

29/01/04

LA LIBERTAD POLÍTICA DE LOS CRISTIANOS

Esteban Villarejo

ECLESALIA

29/01/04

ES INMORAL VOTAR A LA DERECHA

Juan Luis Herrero.

ECLESALIA

29/01/04

DECLARACIÓN ANTE LAS ELECCIONES GENERALES

VV.AA.

ECLESALIA

29/01/04

¿POR QUÉ NO VOTAR?

Francisco Terol

Ideal

29/01/04

POLÍTICA PARA ‘SATISFECHOS’

José María Castillo

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Revista de Pastoral Juvenil, Nº 406, enero de 2004

Proyecto pastoral

LA “CORRECCIÓN FRATERNA”
Una visión y una propuesta desde la vida comunitaria

MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ GALLEGO  ( mgallegop28@enfermundi.com )

Ocurre en ocasiones que nos sentimos desesperanzados al observar una sociedad cada vez más secularizada. Miramos a un lado, hacia la habitualmente denominada Iglesia “oficial”, y no encontramos todas las respuestas. Miramos al otro, a un entorno familiar, laboral o de amistades y el panorama no es más alentador: en el mejor de los casos podemos encontrar un cristianismo sociológico, cuando no indiferencia o rechazo indisimulado.

Sin embargo, y como se suele decir, el Espíritu sopla por donde a Él mejor le parece. Tal y como ocurre en esta época del año, otoño, a poco que el campo se riega, recibe su poquita de agua y se busca y se escarba, se suelen encontrar los frutos más sabrosos. En el campo, las setas, pero ¿y en la Iglesia? Frente a la secularización que se mencionaba antes no dejan de surgir grupos y comunidades de fe: gente joven que ha seguido un itinerario, que ha sabido recoger e interpretar, adaptándolo a su realidad, el mensaje evangélico; gente del más variado origen, tanto social como eclesial; gente que no se detiene, que no se quiere detener, en un horizonte temporal que a menudo se situaba al acabar la confirmación o, como mucho, al iniciar la universidad o la vida laboral y familiar.

Efectivamente, surgen cada vez con más frecuencia pequeños grupos de creyentes, al amparo de una parroquia acogedora o de tal o cual movimiento eclesial, que deciden que su forma de vida no solo ha de ser congruente en lo personal con lo que piensan y creen sino que ha de serlo también en lo comunitario. Son grupos que motu propio o siguiendo referentes cercanos, han decidido que quieren ser y quieren vivir como comunidades. Comunidades de laicos, sí. Seguramente sin un techo único, sin una regla de convivencia definida, pero con una ansiedad, si se puede utilizar este término, por hacer crecer y madurar su fe en la relación con el otro.

Muchas de estas comunidades miran a los ejemplos de vida que tienen más cercanos: comunidades de religiosos y religiosas, de laicos más o menos “consagrados” e incluso a grupos en un estadio de evolución similar al suyo. Buscan en esta comparación el encontrar la solución a los problemas que se les van presentando en su singladura comunitaria: los roles dentro de la comunidad, el liderazgo, la comunión de bienes, la relación con la Iglesia o con otras instituciones, el tiempo libre. Sólo por mencionar algunos. En todas estas comunidades surge, más tarde o más temprano, la preocupación por la corrección fraterna: ¿de dónde viene?, ¿qué es?, ¿cómo se hace?

Por la manera en la que los grupos y comunidades se enfrentan a esta cuestión parece como si en el desarrollo de su vida en común faltase un apoyo, un elemento que la ayudase a crecer para poder llamarse verdaderamente comunidad. Pero ¿es esto realmente así?, ¿es necesaria esa pata para el banco comunitario que estamos construyendo? Ya veremos que seguramente sí, pero que quizás se esté llegando a esa conclusión con demasiada frecuencia por el camino equivocado.

LAS TENSIONES

Los momentos de tensión son inevitables en toda comunidad que crece. Pero no solo no se pueden eludir sino que hasta cierto punto son necesarios para el propio crecimiento y profundización de la vida comunitaria. Cuando una comunidad sale de su vida adolescente, cuando madura el camino, las reuniones, las relaciones interpersonales dejan de ser tan bellas como parecían. Surgen de pronto conflictos personales, conflictos que tienen su origen en el propio temperamento de la persona y, en no pocas ocasiones, en las diferentes formas que cada uno tenemos de pensar acerca de cómo debería ser la comunidad y, sobre todo, a qué ritmo debería ésta crecer.

Estas tensiones son naturales. Es normal que uno se preocupe cuando sus expectativas de crecimiento comunitario, de compartir, de fraternidad o de compromiso se ven defraudadas porque otros miembros no “lo terminan de ver claro”. Pero, visto desde el otro lado, también es normal la angustia por unas responsabilidades crecientes que no nos vemos con capacidad de afrontar, para las que no estamos preparados, con las que no contábamos. En este momento es normal que surja el miedo y la tensión por no avanzar o por no ser capaz de seguir el ritmo.

Hay miles de razones para la tensión; no solo es la vida comunitaria, es nuestra propia vida, nuestras frustraciones, nuestra fatiga, nuestro sufrimiento. Toda relación humana está condenada –si es relación y si es humana- a la tensión. Da igual que hablemos de una comunidad religiosa o de un grupo de amigos. Y no hace falta mencionar qué es lo que sucede en la vida de pareja o en la relación entre padres e hijos.

Por decirlo de algún modo, la tensión que surge dentro de la vida comunitaria es la piedra de toque que nos devuelve a la realidad, la llamada de atención que nos recuerda lo que somos: una realidad humana que tiene continua necesidad de Dios, no ya para profundizar sino  tan solo para vivir.

Ya se intuye, pues, que las tensiones en sí mismas, como fenómeno que surge del lógico devenir comunitario, no son malas. Y no es que nos guste sufrir. Es que suelen marcar un punto de inflexión, el comienzo de una nueva etapa. Señalan lo que no está funcionando, revelan los fallos que hay que enfrentar, la evaluación que se estaba haciendo ya necesaria para sacar a la luz la tensión que estaba latente. Dependiendo de cómo se haga la corrección de estas tensiones, del amor, la entrega y la humildad con que las afrontemos, estas crisis pueden ser la ocasión para la vida nueva o para la muerte y la división.

Puede dar la sensación de que estas tensiones de las que estamos hablando son solamente aquellos grandes conflictos en los que cada miembro de la comunidad intuye –sabe- que las cosas no están funcionando bien. Esas son las grandes crisis, las que suelen traer las grandes repercusiones. Pero también hay pequeñas crisis, pequeños conflictos que se pueden ir acumulando con el tiempo y que pueden estallar si no se solucionan. Todos hemos tenido la experiencia de criticar a alguien de la comunidad (aunque solo sea para nuestro fuero interno) porque no colabora, no “arrima el hombro”, no participa, nunca se ofrece voluntario para nada. O todo lo contrario, porque una personalidad más poderosa avasalla con sus ideas y opiniones y hay que hacer las cosas siempre como él dice. No vamos a entrar ahora a definir los diferentes roles que se pueden jugar dentro de la vida comunitaria, especialmente cuando ésta no tiene una estructura orgánica bien delimitada  (es decir, cuando no están definidas las funciones y los cargos) pero es evidente que nuestra forma de ser y de comportarnos marca nuestra cotidianidad y la de la vida comunitaria, unas veces para bien y otras para “regular”.

Naturalmente, el hecho de que las tensiones sean algo consustancial al hecho comunitario no significa que se deban abandonar a su curso, sin control. Las tensiones son como la energía: sin control posee una capacidad destructiva asombrosa, controlada contribuye al crecimiento y bienestar del ser humano. Probablemente no haya nada que pueda perjudicar más a la vida comunitaria que ocultar los conflictos. Hacer como si las tensiones no existieran, ocultarlas con la excusa de una peligrosa cortesía o de un equivocado espíritu de comprensión huyendo del diálogo abierto puede ser un error grave. Como se suele decir, hay que “coger el toro por los cuernos”. Por mucho miedo que nos dé el toro y por incómodo que nos pueda parecer. Es necesario recordar una vez más que una tensión, un conflicto, un desacuerdo puede ser, cuando se afronta sin miedo, el anuncio de una nueva “gracia de Dios”. Se trata de aceptar estas tensiones como un hecho cotidiano.

UN INTENTO DE DEFINICIÓN

La forma por la que los cristianos aspiramos a resolver nuestros propios problemas tiene su raíz, no podría ser de otra manera, en la propia enseñanza de Jesús de Nazaret. Digo “aspiramos” porque nuestra propia realidad de seres humanos, limitados, imperfectos, finitos, pequeños en nuestra propia grandeza, nos aleja en éste y en tantos otros temas de las enseñanzas del Maestro.

El problema de la corrección fraterna aparece, como tal, tanto en el evangelio de Mateo como en Lucas. Mateo (18, 15-18) pone en boca de Jesús una descripción algo pormenorizada de los pasos a seguir, mientras que Lucas (17, 3) es mucho más sencillo y, seguramente, también mucho más bello.

Pero el problema de la corrección fraterna es complejo y no podemos esperar solucionarlo de una tacada. Está claro que la sola y apresurada  lectura del Evangelio no nos va a dar la solución mágica para trasladar a nuestros proyectos de vida comunitaria. No es un libro de recetas.

Para empezar esta aproximación a lo que es la corrección fraterna utilizaremos inicialmente el recurso teológico clásico de la “vía negativa” proponiendo en primer lugar lo que la corrección fraterna no es

LA CORRECCIÓN FRATERNA NO ES

Un ajuste de cuentas

Con mucha frecuencia las personas ocultamos en nuestro corazón un secreto deseo de venganza. Cualquier acto que consideremos que perjudica a nuestros intereses se almacena en ese rincón oscuro pero bien seguro de la memoria, esperando el momento adecuado para salir de nuevo a la luz. Y no tiene que ser nada importante, un pequeño desaire, una incomodidad, un malentendido, nos hacen ciertamente estar con la “escopeta cargada” esperando nuestra oportunidad. A veces ni siquiera el origen es un daño evidente. Alguien que hizo mejor que yo las cosas o simplemente que recibió más halagos en una situación concreta puede haber herido nuestra vanidad. Quizás caigamos en la tentación de esperar a que las cosas no discurran por el camino adecuado para entonar el típico “ya lo decía yo”.  Nos cargamos de razón y queremos restaurar el orgullo herido.

No hace falta profundizar mucho más. La corrección fraterna es en esencia un acto de amor en el que no caben las venganzas.

Un memorial de agravios

Los niños pequeños suelen discutir por cualquier cosa y, al final, cuando se acaban las pocas razones que tenían, es frecuente que recurran al consabido “y tú más”. Pero ésta no es una actitud única de los críos. Los adultos cuando nos sentimos acorralados y sin argumentos tratamos de defendernos pasando al contraataque aunque no tenga nada que ver nuestro argumento con lo que motivó el inicio de la discusión. Hay que evitar que esta actitud se traslade a nuestra vivencia comunitaria y a nuestras relaciones interpersonales dentro de este ámbito ( y, apurando, en todos los ámbitos). No ganamos nada con esta conducta que nos lleva a sentirnos atacados por un lado y a defendernos atacando por otro. Hay que estar muy alerta cuando se produzca en nosotros el impulso de buscar para nuestro interlocutor las mismas o, a ser posible, peores críticas que las que él nos puede estar dirigiendo. La tentación de hacerlo es poderosa.

Un diálogo acerca de las causas y los porqués

Lo veremos un poco más adelante: la corrección fraterna busca el encuentro interpersonal, la acogida, el gesto de amor. Por eso nuestra actitud no debe ser, al menos inicialmente, la de obtener explicaciones ni la de buscar remedios. La corrección fraterna no es una herramienta de trabajo. Es habitual en algunos grupos sociológicos, por ejemplo, dentro del mundo empresarial y de las organizaciones que cuentan con un gran caudal de recursos humanos, que los mandos de las mismas aprendan y desarrollen técnicas de resolución de conflictos. Se busca la armonía dentro del ambiente de trabajo, en última instancia como un elemento más de mejora del rendimiento, de la productividad y del funcionamiento de toda la estructura de la organización. Se enseña a los líderes del grupo a detectar las tensiones, a analizar sus causas y a buscar los posible remedios. Pero el amor no aparece por ningún lado. La corrección fraterna no busca poner remedio a una situación de tensión para que el grupo o la comunidad funcione de una forma más armónica. Ya lo dijimos antes, las tensiones dentro de las comunidades son siempre inevitables, a menudo necesarias y, con frecuencia, incluso provechosas. Esto no quiere decir que del encuentro personal no haya que extraer con posterioridad conclusiones pues sería un poco irresponsable no hacerlo. Hay que obtener la enseñanza que esta experiencia nos ofrece, como un regalo, pero sin buscar el utilitarismo. La corrección fraterna, en cuanto lo que tiene de encuentro y de acogida, se podría considerar por lo tanto como un fin en sí misma.

Un desahogo

Estamos habituados ya al mensaje de algunas escuelas psicológicas que propugnan una especie de desahogo terapéutico. No es bueno quedarse para uno mismo con las tensiones que se van acumulando. A medida que se generan, vienen a decir, hay que “soltar lastre” para evitar que se acumulen y nos acaben pasando su insana factura psicológica en el futuro. Aún conservo un libro, de los denominados de autoayuda, que resume en su peculiar título esta idea: “No diga SÍ cuando quiera decir NO”. Naturalmente, no es cuestión de entrar en el fondo de la cuestión para valorar lo que tiene de cierto esta propuesta, que seguramente es mucho. Doctores tiene la ciencia psicológica que lo argumentarán. Pero la corrección fraterna es otra cosa. Es cierto que hay almas dentro de las comunidades que “aguantan” ciertas actitudes y que bien por su naturaleza comprensiva, bien por su timidez o bien por un mal entendido sentido de la “resignación cristiana”, no exteriorizan esos sentimientos en el tú a tú, aun cuando sean perfectamente capaces de comentarlos en otros ambientes o con otras personas. Y es cierto también que esa actitud mantenida en el tiempo puede ser perjudicial para él mismo, para la otra persona implicada y, por lo tanto, para toda la comunidad. Pero la corrección fraterna no busca la estabilidad psicológica de nadie, aunque sea absolutamente deseable e incluso, por decirlo de alguna manera, se pueda considerar un “efecto secundario” más que aceptable. Una vez más la corrección fraterna, por más que pueda tener una utilidad intrínseca incluso terapéutica, no es una herramienta y perderá su sentido si la consideramos como tal.

El camino de la perfección

Ya se comentaba al principio: en muchos grupos reside latente la idea de la corrección fraterna como un paso inevitable en su camino de ser más y mejor comunidad. Es cierto que bien llevada y digerida puede crear unos extraordinarios lazos intracomunitarios. Es capaz de crear una sensación de auténtica relación en la cual lo más importante es el amor fraterno, independientemente de la forma en la que éste se manifieste. La corrección fraterna es pues un estupendo vehículo para el crecimiento y consolidación comunitaria. Pero una vez más se ha de avisar sobre el peligro de considerarla un instrumento, un utensilio para que la comunidad prospere. No hay que rellenar la “ficha” de la corrección fraterna para considerar que en nuestra búsqueda de la perfección comunitaria hemos subido un escalón. Se puede extender esta idea a las propias relaciones interpersonales. No nos agobiemos pensando que si no puedo hacer o recibir una corrección fraterna como mandan los cánones (¿cánones?) es que algo está fallando. Volvamos a los orígenes de todo: la medida es el amor. Estamos llamados a amar con intensidad en cada una de las facetas de nuestra vida. Para eso es para lo que hay que entrenarse y en lo que proponerse ser perfecto.

Podría parecer que esta vía “negativa” no nos ha dado muchos indicios para la senda que nos hemos propuesto caminar. No es así. Si estamos atentos, a menudo sentiremos la tentación de caer en alguno o varios de los fallos anteriores. Y si sabemos reconocerlos no nos será difícil intentar sortearlos. Pero claro, todavía no hemos dado pistas claras. Veamos si se puede.

LA CORRECCIÓN FRATERNA SÍ ES

Acogida

El hecho de amor y de perdón que supone la corrección fraterna es un acto fundamentalmente de puertas abiertas, de corazones y brazos abiertos. De acogida en lo fundamental. Quizás habría que ir un poco más lejos: no solo es la acogida, es también la espera, la espera activa, como en la parábola del hijo pródigo. No importa cuánto nos hayamos hecho sufrir, lo importante es esperar el encuentro. Y, por supuesto, saber que nos esperan, que nos esperan para el perdón y para la fiesta.

Encuentro en lo fundamental

Creemos firmemente que Dios es Padre. Y por esta gracia de Dios todos los hombres y mujeres somos hermanos. No podemos afirmar lo uno y negar lo otro. Cuando se elige el camino comunitario como el medio de desarrollar y crecer en fe en amor y en vida, asumimos que solos no podemos, que necesitamos de hermanos que nos apoyen, a los que sirvamos de apoyo y que nos recuerden nuestro origen y nuestro horizonte. No estamos hablando de banalidades, de relaciones superficiales. Vamos a lo fundamental, al hermano al que siento como tal y con el que me encuentro directamente, a quien tengo enfrente y quien me siente a su lado, a quien interpelo y quien me solicita, quien me ilumina y a quien alumbro.

Un acto de amor

Ya se ha mencionado en unas cuantas ocasiones. Ojalá pudiéramos finalmente desligar cualquier tipo de connotación  negativa que pudiera tener el hecho de esta interpelación que hemos venido en denominar “corrección fraterna”. Ojalá pudiéramos vivirla, todos, como un gratificante acto de amor, como una oportunidad para el encuentro que nos hiciera vibrar como solo puede hacerlo el momento en que dos personas verdaderamente se descubren. Por nuestra propia limitación humana es difícil, pero no es imposible mirar al hermano con realismo y amor al mismo tiempo. Es más fácil hablar desde sus heridas que desde su centro, el lugar en el que Jesús está presente. Pero puedo mirar sus heridas y sus defectos al mismo tiempo que sus dones, que también puedo amar y admirar. Todos somos frágiles, pero también únicos y preciosos, irrepetibles y admirables. Una auténtica invitación a hacer realidad el amor de Dios en la tierra.

MANOS A LA OBRA

No hace falta explicarlo mucho: en todo lo que se refiere a la vida comunitaria y, en general, a la puesta en práctica del mensaje evangélico, no hay recetas universales. La única recomendación de tipo general es que todo lo que hagamos tenga como sustrato el “nuevo mandamiento” del amor.  A partir de ahí se podrá recurrir a la experiencia de otros, a la propia, y al sentido común para poner en práctica la corrección fraterna. Una vez más hay que recurrir al socorrido “ama y haz lo que quieras” agustiniano. Pero es que el santo de Tagaste tenía más razón que un ídem.

Hecha esta consideración, la propuesta que se hace ahora como modelo de corrección fraterna es la que recoge la experiencia y la propuesta de un grupo de comunidades de laicos que se han sentado a reflexionar sobre esta materia. Se propone como un ejercicio en el que toda la comunidad se implica. No va dirigido a una única persona.

Para empezar, recordar una vez más que la corrección fraterna es un servicio que me prestan y que presto a los hermanos. No es un juicio de valor; no son verdades absolutas, y eso da gran libertad para darla o recibirla.

Lo primero puede ser crear el clima adecuado. En ambiente de oración, en presencia de Dios y de toda la comunidad que acoge y que me acoge. Sentimos que es realmente Dios el que nos convoca, el que se encuentra entre nosotros y el que nos mueve.

Cada uno dice de sí y los demás le dicen: cómo percibimos y perciben en nosotros la ilusión por Jesucristo, el Evangelio, la comunidad, la misión... Cómo descubren y descubro mi coherencia interna, la convergencia entre lo que digo, lo que hago y lo que creo, entre lo que me comprometo y lo que cumplo. Que hable el corazón: lo que no se diga con verdad, como servicio y con cariño, es mejor no decirlo

No es el momento de responder ni matizar. No se trata de hacer puntualizaciones ni justificaciones; eso puede llegar más adelante. Es la oportunidad de dar y recibir.

Seguimos teniendo a Dios presente hasta el final. Es Él el que todo lo comprende, todo lo acoge, todo lo ama y todo lo perdona. A Él y a los hermanos es a quien hay que agradecer este servicio.

EN CONCLUSIÓN

La corrección fraterna, cuando nos enfrentamos a ella como problema, es algo que nos pone a prueba. Contrasta la imagen que tenemos de nosotros con la que tienen los demás. Pero más importante que eso es que valora realmente nuestra capacidad de amar. Capacidad de amar en cuanto posibilidad de acoger esa visión que los demás tienen de nosotros y en tanto que nosotros somos capaces de ofrecer esa visión que tenemos del prójimo. Es más cómodo vivir sin ser criticado y también sin criticar, dejar hacer y que me dejen hacer. Es por lo tanto una situación que tensa la vida comunitaria, no solo cuando se lleva a cabo sino incluso cuando se plantea como posibilidad.

Pero no hay que preocuparse más de lo necesario. Seamos conscientes de nuestras limitaciones y asumámoslas como tales mientras no perdamos el horizonte. Como en tantas otras cosas, en la vida comunitaria el caso es caminar y sentir que Él marcha a nuestro lado cuando la senda se hace difícil de andar. Que donde no llega nuestra humana limitación llega la gracia.

Ya saben, sólo Dios es Dios. Y nosotros, para bien y para mal, sus criaturas.

Revista de Pastoral Juvenil: produccion@icceciberaula.es

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Reinado Social, Nº 862, enero de 2004

¿EL MATRIMONIO CIVIL ES INEXISTENTE PARA LA IGLESIA?

JOSÉ MARÍA DÍAZ MORENO, S.J. Profesor de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Comillas.

MADRID

1. Necesarias precisiones

¿Es totalmente exacto afirmar que el matrimonio meramente civil que contraen los católicos es inexistente para la Iglesia? Creemos que no. La Iglesia exige para reconocer la validez del matrimonio de los católicos, la presencia simultánea de tres elementos: 1º) ausencia de impedimentos; 2º) un consentimiento válido entre los contrayentes; y 3º) una forma jurídica eficaz. Dejando sin precisar los dos primeros elementos, el tercero consiste substancialmente en celebrar el matrimonio ante el obispo o el párroco o un sacerdote o diácono delegado de uno de los dos, más dos testigos comunes. Este requisito se exige para la validez del matrimonio y, si falta, el matrimonio celebrado no es válido, es decir, no constituye impedimento para poder contraer otro matrimonio. La exigencia de la celebración canónica, el ordenamiento canónico vigente, la impone sólo a los católicos que, en el momento de celebrar su matrimonio, no se hayan apartado de la Iglesia por un acto de apostasía (can. 1117). Pero, una cosa es afirmar que cuando los católicos no celebran el matrimonio ante la Iglesia, sino sólo ante el Estado (matrimonio meramente civil), ese matrimonio es nulo y otra cosa es afirmar que es totalmente inexistente, es decir, como si no hubiesen hecho nada. Eso no puede afirmarse. Bastaría pensar en los casos en que, en el matrimonio civil celebrado, existe un acto de voluntad sincero por el cual los que lo contraen se entregan y reciben mutuamente como marido y mujer en un proyecto permanente de vida, para que no pueda excluirse la posibilidad de que, en determinados casos, el obispo pueda, si se le pide, dispensar del tercer requisito señalado (forma canónica) y convierta el matrimonio meramente civil en canónico, sin necesidad de volver a celebrarlo. Es lo que técnicamente se llama “sanarlo en raíz”. Y esto no podría hacerse, si fuera totalmente inexistente, porque lo que no existe no puede ser sanado. Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 81), alude a este realidad, cuando señala que el matrimonio meramente civil de los católicos, no puede equipararse a las “uniones de hecho”, ya que en ellos “al menos existe un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizás estable”. Además, aunque el matrimonio meramente civil de los católicos no sea canónicamente válido, constituye una seria prohibición para contraer matrimonio canónico con persona distinta de aquella con quien se está casado civilmente, mientras ese vínculo civil persista y no quede disuelto por el divorcio civil (can. 1071, 1, 2º). Por consiguiente, no se puede afirmar que el Derecho Canónico desconoce totalmente el matrimonio civil de los católicos. Por éstas y otras razones que podrían aducirse, no es exacto afirmar, sin ulteriores precisiones, que el matrimonio meramente civil de los católicos es inexistente para la Iglesia.

2. Motivos y razones

Como anotación complementaria a estas precisiones, hay que añadir la dificultad y hasta imposibilidad de emitir un juicio valorativo, religioso y moral, que pueda aplicarse a todos los matrimonios meramente civiles de los católicos. Ese juicio, si hay que emitirlo, dependerá de las razones y motivos que han intervenido en el momento de tomar la decisión de ir al matrimonio civil y no al matrimonio canónico. Porque si los motivos pertenecen a ese “recinto sagrado” que es la conciencia (Vat. II, Gaudium et Spes, 16), hay que respetar esa decisión, aunque no podamos compartirla. Me apoyo en mi experiencia personal. Cuando dos católicos, en el momento de contraer matrimonio, han perdido la fe o se hallan en una situación de total indiferencia religiosa, al contraer matrimonio meramente civil hacen lo más que pueden hacer y hacen lo que deben hacer. Porque contraer, en esa situación, matrimonio sacramental, por meras razones sociales o familiares, será prácticamente, en la mayoría de los casos, una perniciosa simulación de una acción sagrada y una traición a la propia conciencia. Se trata de una razón más para no denominarlos inexistentes. Además, esta calificación y otras semejantes pueden, no sin razón, resultar ofensivas a quienes por razones de conciencia han ido al matrimonio meramente civil (Vaticano II, Dignit. humanae, 3).

3. Fe y matrimonio. Del matrimonio civil al matrimonio sacramental

Hay casos en que los católicos han contraído un matrimonio meramente civil, pero este matrimonio ha fracasado y, obtenido previamente el divorcio civil, uno de ellos pide ser admitido a un nuevo matrimonio, ésta vez canónico y sacramental. Son casos relativamente frecuentes. Los Directorios Diocesanos de Pastoral matrimonial han precisado estas situaciones y dan normas adecuadas de obligado cumplimiento. Porque es perfectamente lógico, y está totalmente justificado, que quien tiene la grave responsabilidad de admitirle al matrimonio, investigue las causas y motivos, tanto las que le impulsó a contraer el anterior matrimonio meramente civil, como las que ahora le llevan a solicitar el matrimonio canónico y sacramental. La razón es obvia y no es otra que la relación de la fe con el sacramento. Si se contrajo matrimonio meramente civil, porque en aquel momento no se tenía fe, habrá que justificar que, cuando ahora se solicita el matrimonio canónico, se ha recuperado. La necesidad de la fe en el sacramento del matrimonio es una cuestión que exigiría ser precisada muy exactamente. No lo vamos a hacer aquí. Pero, es necesario dejar constancia de que, aunque los contrayentes, o uno de ellos, no tenga fe, al menos, deberá constar que no rechaza las propiedades y elementos esenciales del matrimonio sacramental (unidad, indisolubilidad, sacramentalidad). Porque si las rechaza, el matrimonio sería nulo por simulación. Se trata de una cuestión muy delicada. Hay que tener en cuenta que, según la doctrina católica, los contrayentes no sólo son receptores, sino también son los ministros del Sacramento. Esto justifica que en algunas diócesis, como la de Madrid, el expediente matrimonial de quien ha contraído un matrimonio civil y ha obtenido el divorcio del mismo, esté reservado al obispo.

La fe es uno de los más hondos misterios del ser humano y entra dentro de ese ámbito de la propia intimidad que todos debemos respetar. Pero la celebración del matrimonio sacramental es una libre manifestación de la propia fe, es un acto público con una determinada resonancia social, sobre todo, en determinados matrimonios. Por eso, aunque no debe darse ningún tipo de discriminación en las exigencias y preparación del matrimonio, sea cual sea la categoría social de los contrayentes, sin embargo, dada la específica resonancia social de determinados matrimonios, alguien, con autoridad para ello, debería dejar muy claras las razones que justifican la celebración del matrimonio sacramental, no obstante los precedentes que concurren. La claridad razonada y razonable, en estas situaciones, no hacen daño a nadie. Las zonas de sombras, por el contrario, son siempre dañosas para todos. Por eso conviene disiparlas.

Revista Reinado Social: http://www.reinadosocial.net

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Revista de Pastoral Juvenil, Nº 406, enero de 2004

Escuela en pastoral

FE Y ESCUELA

JUAN PEDRO CASTELLANO RICO

Introducción

RPJ, enero 2004.- A lo largo de este año abordaremos el tema de la pastoral en la escuela dando pinceladas claras y concisas para la puesta en marcha de un proyecto pastoral ambicioso y lleno de muchos retos.

Trataremos la pastoral desde su ser y estar en la escuela. Como punto de encuentro y motor de los diferentes componentes y comunidades educativas de los centros cristianos, donde todo gira en torno a Jesús y a su proyecto de amor.

Abarcaremos la pastoral desde un lenguaje académico, cercano al profesor y a los alumnos, donde los padres se sientan participes de este proyecto, que tengamos todos claro donde educamos a nuestros hijos, que se vean las directrices claras y sobre todo se identifique la finalidad educativa de las instituciones que lo regentan.

La pastoral en los centros tiene diferentes concepciones, carismas, las tenemos que hacer presentes, que los diferentes miembros de la comunidad educativa los identifiquen y sean la concreción de un proyecto real y cercano a nuestras realidades.

Presentamos a continuación el índice temático de la sección;

-          Introducción Escuela en Pastoral

-          Claves para analizar la realidad social de nuestro entorno

-          Identidad de la escuela cristiana y la Animación Pastoral

-          Comunidades educativas pastorales

-          Claves del Proyecto Pastoral

-          Desarrollo del Proyecto Pastoral

-          Los contenidos del Proyecto Pastoral Provincial

-          Metodología, aplicación y evaluación del Proyecto Pastoral

-          Eje trasversal del proyecto pastoral

Identidad de la escuela cristiana

Cuando uno se va definiendo en su vocación, va adquiriendo un mayor compromiso con aquello que tiene entre sus manos, no en vano la realidad tan compleja en la que nos movemos, muchas veces ciega la verdadera intención a la que estamos llamados.

Definir nuestra identidad como cristianos y nuestra pertenencia a la Iglesia nos ayudará a tomar conciencia de lo que somos y tenemos.

Recordemos algunos puntos que pueden ayudar a situar nuestra escuela como plataforma de evangelización de la Buena Nueva, para la construcción de un mundo más justo, humano y solidario.

-          Vocación educadora, educación integral de la persona y de la sociedad.

-          Encarna los valores del Espíritu Evangélico y hace reales los valores de caridad y libertad, junto a los otros valores como son los de la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz

-          Se ofrece a la sociedad como una opción educadora a través de un proyecto enraizado en el evangelio, donde Cristo es el fundamento, haciendo de las bienaventuranzas la norma de su vida.

-          La comunidad cristiana como origen y meta renovado de la escuela cristiana, favoreciendo la opinión de lo eclesial;

o        La escuela no es de  religiosos/as, sino de la comunidad cristiana.

o        Ha de ofrecerse como ámbito en el que se desarrolla la fe.

o        Signo visible de la acción y de la presencia cristiana en y a través de la educación, que sea capaz de interpelar a la institución, cuidadar las relaciones horizontales, el clima de diálogo.

o        La comunidad cristiana se ofrece como signo de la presencia y de la acción de Dios en la escuela.

-          La escuela cristiana se define también por la capacidad de testimoniar y de transparentar, a través del proyecto global y a través de sus estructuras, los valores del reino de Dios.

Siguiendo a A. Aparisi (Utopía escolar y realismo educativo, pp. 85-96) podemos afirmar que la escuela cristiana en su conjunto, como estructura al servicio de la educación de la persona, ha de expresar con claridad los signos del Misterio de la encarnación de Jesús y manifestarlos a través de sus estructuras como una opción expresa. A los signos de “encarnación” se unen los “signos de trascendencia”.

Signos de Encarnación

-          Carácter Popular: en y a través de los pobres, ser instrumentos de promoción humana y de educación desde la justicia.

-          Carácter de Servicio: Con carácter de diakonía, de servicio a la persona humana de manera personalizada en el proceso educativo.

-          Carácter secular: Que no se convierta en un lugar cerrado, donde sólo tenga cabida los elementos religiosos; que los seglares cristianos sean elementos configuradores de la escuela cristiana sintiéndose llamados a una misma y única misión.

-          Carácter fraternal y dialogal: En el terreno laboral y administrativo las relaciones fraternas son de difícil cabida. De ahí que la escuela cristiana sea diferente a las demás escuelas en la solución fraterna y dialogante de los conflictos generados por las estructuras y por las relaciones entre las personas.

-          Carácter de libertad: Lo que significa  ejercer la educación de y en la libertad; y por otra, respetuosa de la conciencia individual y de la libertad religiosa de los educandos.

Signos de Trascendencia

-          Signo de la pobreza evangélica: la escuela cristiana educa en la pobreza, es decir, en el compartir, en esa “fuerza liberadora” y en esa apertura permanente al único absoluto; el Reino de Dios vivido ya aquí en la fraternidad humana.

-          Signo de acogida universal: debe mostrar su signo de catolicidad, acoger a todos los alumnos/as, sin discriminación de ningún tipo. Lugar abierto a todos. Su carácter confesional como signo de identidad, no ha de convertirse en confesionalismo.

-          Signo de la palabra de Dios: El anuncio de la Buena Nueva debe ser una característica original y distintiva. El evangelio penetra en las estructuras de las escuelas, camino de experiencia y de vida en la fe cristiana que se plasmará en un proyecto de acción pastoral.

Escuela en Pastoral

A lo largo de los años anteriores, en lo que se refiere a los planes de formación se ha tenido un enfoque positivo de fondo: diseñar, planificar, promover una serie de acciones pastorales en la escuela.

Este enfoque de pastoral en la escuela, que ha sido valido y ha promovido muchas generaciones parece estar en crisis cuando la sociedad, nuestros alumnos y sus familias, el profesorado y toda la realidad de nuestros centros, quedan marcados por situaciones sociales y legales de pluralismo, interculturalidad, diversidad, fragmentariedad en la aceptación de nuestra propuesta educativa, etc.

Parece oportuno profundizar en el valor pastoral de la propia escuela, como comunidad humana, como estructura, organización y proyecto sociocultural más que sólo “añadir” acciones específicas del ámbito religioso a la dinámica ordinaria de la vida escolar.

Dicho de otro modo es el momento de pasar de los procesos de “evangelización en la escuela” a la “Escuela Evangelizadora”, de la realización de “acciones evangelizadoras” en las distintas plataformas educativas al “evangelizar educando” o al “educar evangelizando” desde el estatuto propio de la escuela.

Trataremos de “creer y de crear  una escuela que evangeliza, una “ESCUELA EN PASTORAL” una escuela que por su ambiente, sus objetivos académicos, su metodología educativa, sus esquemas organizativos y de participación, las relaciones que establece con el entorno, etc. se anuncia a Jesucristo como Buena Noticia.

Creer y crear una escuela que es, en sí misma, una buena noticia para nuestros destinatarios.

Aportaremos elementos que ayuden:

-          A los diferentes grupos de la Comunidad Educativa a comprender que debe convertirse en Comunidad Educativo-Pastoral.

-          A pasar de los encargados de pastoral a corresponsabilidad evangelizadora de todos.

-          A evitar separaciones entre las áreas académicas y las pastorales.

-          A renovar el sentido vocacional de todos los educadores, animándoles a redescubrir en los procesos de educación integral desarrollado en los colegios, no solamente el valor de la apertura a la trascendencia, sino también la raíz de anuncio y de propuesta evangelizadora de su profesionalidad y de las materias que imparte.

A todo esto debemos añadir el sentido integrador de la pastoral al asumir en este proyecto-marco las cuatro áreas que tradicionalmente ha cultivado:

Se trata de favorecer en nuestras escuelas el diálogo fe-cultura como diálogo, de igual a igual, con el reconocimiento mutuo de sus respectivos estatutos, sin independencia o imposiciones de ningún tipo pero, al mismo tiempo, sin perder de vista la necesidad de que nuestros centros sean verdaderas escuelas y verdaderas plataformas de acción evangelizadora.

Queremos ser conscientes de que la pastoral no es un añadido más, sino lo que de verdad caracteriza nuestro sentido de pertenencia y identidad como educadores cristianos, es decir, que nuestras escuelas sean plataformas de evangelización, que nuestras escuelas se conviertan en ESCUELAS EN PASTORAL.

Es importante tener en cuenta que, el hilo conductor del Proyecto Pastoral son los distintos rasgos de nuestra identidad.

Los distintos animadores de pastoral se encargaran de elaborar un proyecto marco con Fines, Objetivos, Contenidos, Evaluación, común para todos los centros, aportando recursos, medios y modelos de trabajo y la temporización de los mismos para su posterior aplicación por parte de los profesores en las distintas etapas, departamentos, áreas de conocimiento, tutorías y acciones específicas que se quieran desarrollar en los centros.

Este documento puede ser para cada una de nuestras comunidades educativas punto de partida para convertir nuestros centros en una BUENA NOTICIA, sobre todo para los más necesitados.

La metodología del trabajo es la que ya utilizamos en nuestras áreas; partir de la experiencia, disonancia congnitiva y reconcializión integradora o dicho de otro modo, partir de la realidad, iluminarlo por la fe y vuelta a la vida, pero con un añadido más, el aspecto celebrativo (Happening como expresión total de fe). Es la pedagogía que se trabaja en la Biblia y en la doctrina social de la Iglesia (ver, juzgar y actuar).

Para más información: Juan Pedro Castellano religion.juanpe@telefonica.net

Revista de Pastoral Juvenil: produccion@icceciberaula.es

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ECLESALIA, 5 de enero de 2004

DEBILIDAD DE DIOS

MIGUEL ÁNGEL MESA

 

Queremos
tener fuerza, poder,
influencia para acabar
con tanto dolor,
tanta injusticia,
tanta muerte;
pero somos abatidos
por los vientos y las brisas
por la noche y sus tinieblas,
por el miedo y la distancia.
 
Queremos
alumbrar esperanza,
soñamos con un mundo mejor,
deseamos abatir a los poderosos,
derrotar nuestro egoísmo,
y no tenemos fuerza
para alzar la voz,
para ser y compartir,
para no consumirnos,
para derramarnos.
 
¡Nos hace falta la fuerza de tu debilidad,
buen Dios nuestro!
 
La fuerza de un Niño necesitado,
que se deja alumbrar, querer, abrazar,
alimentar, moldear.
La debilidad de tu Palabra
para hacerla verdad en nuestra vida.
Fuerza y debilidad.
Fragilidad y profecía.
Noche, y sin embargo
cada día vuelve a amanecer.
 

La Palabra se hizo carne...

Tú en carne, en debilidad,
como uno cualquiera.
La trascendencia condensada
hasta asumir con gozo la inmanencia,
transmitiendo a todo el universo
la definitiva luz de su transparencia
(Leonardo Boff).
 

Misterio diáfano
y oculto de la Encarnación.
El ser humano no se deifica:
Dios es el que se funde
con la materia, con lo humano,

se revela en la más profunda,
en la más plena e intensa humanidad.
Seremos más divinos

cuanto más nos humanicemos.
Sed perfectos como vuestro
Padre celestial es perfecto.

Mejor vamos a traducir:
sed misericordiosos, sed buenos,
sed compasivos y tiernos
como vuestra Madre,
que tiene entrañas de misericordia. 

 

La debilidad de Dios
es mucho más potente
que las bombas inteligentes,
que las bombas de racimo,
que los misiles teledirigidos.
 
Cuando somos débiles,
entonces sí que somos fuertes.
Escogidos por Dios
para humillar a los fuertes,
a los prepotentes, a los poderosos,
a los violentos, a los sabios.
Partir de cero, con nuevos valores:
los de una encarnación
en la sencillez de vida,
la fragilidad, la cercanía,
la comprensión,
la contemplación, la justicia,
la palabra, la denuncia,
el compromiso, el abrazo,
la fiesta junto a los que tiene otro color,
otra cultura, otra oración,
el gozo inefable de la fraternidad.

Para dar a luz una nueva humanidad,
un nuevo mundo deseado, necesario, posible.

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Ideal, 12 de enero de 2004

ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES: ÉTICA Y POLÍTICA

JOSÉ MARÍA CASTILLO

Hay gente (cada día menos) que acude a los sacerdotes a resolver sus dudas de conciencia. A mí, concretamente, me han preguntado las cosas más diversas y curiosas, por ejemplo, si en los viernes de cuaresma se puede tomar sopa de 'Avecrem'; si la misa del domingo vale cuando se llega a la iglesia después del evangelio; si es pecado reírse de una monja. Y así sucesivamente. Pero lo que nadie me ha preguntado jamás es si se comete o no se comete pecado cuando uno se abstiene de votar en unas elecciones. Por lo visto, a los cristianos se nos enseña una moral en la que entra todo, menos la política. Y, si se habla de ética y política, la cosa se reduce (por lo general) a poner verdes a los políticos, diciendo que son unos corruptos, unos inmorales y otras lindezas por el estilo. Como es lógico, con una formación ética y una formación política de este calibre, así nos luce el pelo. Decimos que las cosas van mal porque los políticos son unos ineptos o unos sinvergüenzas. Y todos tan tranquilos. Con una consecuencia tremenda: que muchas cosas siguen mal y algunas muy mal. Pero insisto en que nuestra conciencia se queda tranquila porque nos imaginamos que todo depende de los que gobiernan. Cuando en realidad todos somos responsables de lo que pasa. Y somos responsables, ante todo, por nuestra pasividad.

Me explico. Hay personas que dicen: «yo no me meto en política». El que dice eso, en realidad, no sabe lo que dice. Porque en política nos metemos todos y estamos metidos todos, por más que ni nos demos cuenta de que eso es así. Lo que pasa es que, normalmente, el que dice que no se mete en política, es una persona a la que le va bien con la política que hacen los que mandan. O sea, es un individuo que está de acuerdo con el gobierno de turno. Y, por tanto, no se preocupa para que las cosas cambien o se hagan de otra manera. Por otra parte, el que asegura que es apolítico, lo que realmente dice es que está de parte del que gobierna, por más que, cuando habla con los amigos, critique a los gobernantes. No nos engañemos. Nuestra aparente pasividad, lo que hace es arrimar el ascua a la sardina del que en ese momento tiene el poder. Es verdad que, cuando el sistema político es una dictadura, las posibilidades de participación se reducen a la protesta o a actuar en la clandestinidad, cosas que entrañan riesgos evidentes y que suponen vencer el miedo por encima de lo que suele dar de sí la condición humana. Pero es evidente que, en un sistema democrático, al menos cuando llega el día de las elecciones, es una responsabilidad muy seria la que pesa sobre la conciencia de cada ciudadano. Sobre todo, si tenemos en cuenta que hay demasiadas cosas que pueden ir mejor y tienen que ser mejor gestionadas por el que salga elegido en las urnas.

Pero, ¡atención!, que cuando hablo de responsabilidad, no me refiero solamente al deber de votar el día de las elecciones. Porque los problemas de la gente que lo pasa mal, por causa de un mal gobierno o un gobierno deficiente, no se arreglan sólo con ir a votar. Lo que interesa, sobre todo, es saber 'a quién' se vota y 'por qué' se vota. Lo que supone, entre otras cosas, enterarse antes debidamente del programa que presenta cada candidato. Es evidente que a todos nos interesa que la economía vaya bien. Pero, tanto como eso, interesa que la riqueza del país se reparta mejor, de manera que los impuestos, las pensiones, los sueldos, todo eso y tantas otras cosas, se organicen de manera que salgan mejor parados los que más lo necesitan. Y si Vd, amigo lector, no está de acuerdo con este criterio elemental, pregúntese en serio qué criterios éticos rigen su vida. Por supuesto, es importante tener las ideas claras en asuntos de religión. Pero a mí me parece que es más importante aún tener las ideas muy claras en cuanto se refiere a las cosas, leyes y decisiones que son más decisivas en el sufrimiento o la felicidad de las personas. Y la verdad es que, si no estamos ciegos del todo, hay que reconocer que, ahora mismo, hay demasiada gente que sufre cosas que no tendrían que pasar. No es éste el momento de ponerse, una vez más, a hacer la lista de las desgracias que estamos viendo a diario. Me limito a recordar lo que dijo el conocido filósofo Erns Bloch, refiriéndose a las ideas de Thomas Müntzer, el 'teólogo de la revolución' que se enfrentó a Lutero por defender a los campesinos alemanes: «Hay épocas en las que el mal adquiere proporciones tan tremendas, que el tolerante, ya por el hecho de tolerar y permitir que los demás toleren, contribuye propiamente al incremento, al fortalecimiento, a la ratificación de la fechoría e incluso la provoca. Mediante su pasividad convierte a los demás en culpables o, por lo menos, los somete a la tentación....así pues, quien tolera viene a ser cómplice de la supremacía del mal».

La pregunta es: ¿estamos ahora en una de esas «épocas en las que el mal adquiere proporciones tan tremendas»? Yo sé muy que los que tienen dos sueldos, dos casas, pensiones altas, etc, etc, van a decir que vivimos mejor que nunca. Por supuesto, los que tienen todo eso, claro que viven mejor que nunca. El problema está en los otros, en los parados, en los ancianos de la 'cuarta edad' que viven solos y desamparados, en los jóvenes que no encuentran ni trabajo, ni casa, ni esperanza a medio plazo, en los matrimonios que no tienen los 35 o 40 millones de pesetas que cuesta un piso, ni cuentan con el dinero para pagar los muchos años de 'letras' que les esperan, etc, etc. Por no hablar de las espantosas imágenes de dolor y muerte que cada día nos enseñan los medios de comunicación. Dolor y muerte en los que quienes gobiernan tienen más responsabilidad de lo que sospechamos. Lo que es tanto como decir que, en eso, todos somos responsables.

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ECLESALIA, 16 de enero de 2004

LAS IMÁGENES DE DIOS
Y SU REPERCUSIÓN EN EL CAMINO DE FE DE LOS JÓVENES

“Tenemos que confesar que con frecuencia no hemos encontrado los mecanismo de transmisión de la imagen del Dios relacionado con la vida de cada día de los jóvenes”

JOSEPH MASCARÓ, 15/01/04

BARCELONA.

ECLESALIA.- Francesc Torralba, profesor de la Universitat Ramon Llull, de Barcelona, ha presentado una nueva ponencia en el Fórum “Jóvenes, religiosidad y Evangelio”  que ofrece el Centro Teológico Salesiano Martí-Codolar y el Instituto Superior de Ciencias Religiosa Don Bosco, de Barcelona.

Esta vez la conferencia ha estado centrada en la presentación de las imágenes más habituales que los jóvenes tienen de Dios en nuestros días. La propia experiencia universitaria del conferenciante y su relación con el mundo juvenil le sugieren algunas imágenes, no son todas, pero sí las más habituales entre ellos.

En la conferencia se ha centrado, de manera espacial, en las que cree más frecuentes y que no son las únicas imágenes de Dios. Se podrían resumir en estas:

-         La imagen del Dios cristiano, que ha sido hegemónica durante mucho tiempo, que subsiste aún en el mudo de los jóvenes, pero que ya no ocupa una centralidad en su experiencia religiosa. Esta imagen la unen al descrédito de las instituciones que la presentan. Si no tiene credibilidad el agente transmisor, la imagen de Dios la perciben deformada. En muchos de ellos, la imagen del “Dios legal” ya ha quedado postergada, dando paso al “Dios del Amor”. Pero, con frecuencia, este Dios lo perciben como un “Dios a la carta”, es decir, seleccionan su rostro amable pero que no pone en tensión su vida, ni les crea conflictos. Y, además, es un Dios sin mediaciones: “Dios sí; la iglesia, como mediadora, no”

-         La imagen del Dios como Principio Cósmico, como Energía. Una imagen que fue hegemónica en otros tiempos pero que subsiste aún entre los jóvenes. Es la imagen de un Dios amoral, sin ley, irrelevante en la vida personal. Un Dios que no siendo “persona” no hace que cambie la vida del joven ni crea una relación con él. Por eso toda clase de oración resulta absurda. Es un Dios discutido por la ciencia que podría ser también una “hipótesis inútil”, pero que deja abiertos algunos resquicios hacia el más allá. Viene a ser como el “Dios-relojero” que crea el mundo como quien hace un reloj y que funciona mientras Dios quiere, pero desentendiéndose del reloj. Así, viene a ser un Dios impersonal, apático, sin deseos, que ni ama ni condena. Resulta absurdo hablar del Dios-Amor.

-         Otra imagen que los jóvenes se forman de Dios tiene relación con un Dios-panteísta o como el Dios-Tierra. Una imagen que va extendiéndose de forma notable. Dios es el conjunto de lo real, lo es todo. De manera especial es el “Dios de la Naturaleza”. Por eso crea en los jóvenes una sensibilidad ecológica, de manera especial entre los que viven en las grandes urbes. Un Dios con dimensión impersonal, pero con apariencia femenina. El amor a ese Dios se traduce en amor a la Tierra y lleva al joven a la huida de la ciudad, a una ecosensibilidad, a una ecolatría y a toda clase de reivindicaciones ecológicas.

-         Otra imagen queda marcada por el politeísmo mediático, con la divinización de figuras humanas del mundo del deporte, del cine, de la música... etc. que tiene fuerte presencia en los medios de comunicación. Son los nuevo dioses que se deben imitar, a los que se adora con devoción y provocan un fetichismo, roles de comportamiento y formas sociales para los que no se escatima ninguna clase de “sacrificio personal” con tal de conseguir su imitación. Pero en el fondo son dioses que destruyen la persona, que provocan una falta de criticismo, inducen a un seguidismo gregario que no admite disensión. Y al fin, esos ídolos acaban devorando a sus víctimas, produciendo un sentimiento de gran frustración.

-         No se puede olvidar una imagen que viene de otros tiempos pero que en la actualidad es cada vez más emergente, y más desde el “11S”. Es la imagen del Dios del Islam. Una imagen prejuzgada negativamente por intereses occidentales y que se va extendiendo con el gran flujo migratorio a partir de la gente proveniente de la inmigración de países que profesan esta religión. Un Dios que se presenta con una imagen intolerante, belicista, el de los terroristas y de los ignorantes.

-         Otra imagen que viven los jóvenes es la imagen negativa de Dios: el Dios como obstáculo a la libertad humana, el Dios obstáculo a mis deseos, el que frustra mi felicidad y mi crecimiento, y quiere amargar mi vida, el Dios obstáculo para la paz. Ha recordado en este momento la frase de Hans Kung: “no habrá paz en el mundo si no hay paz entre las religiones”. Es por tanto, un Dios irrelevante que, en todo caso, lleva a un antiteismo. Y, con una frase que resume esta vivencia de Dios, afirman: “¡Jesús, sí; Buda, sí; pero Dios, no; la Iglesia, nunca!

-         Acaba la ponencia presentando la situación juvenil de la ausencia de una imagen de Dios, en función de un  pragmatismo, una inmediatez, en un ambiente materialista. Es el “adiós a Dios”. En bastantes casos es fruto de una educación religiosa, sobre todo en la infancia, en la que la imagen de Dios era empírica y no se relacionaba con la vida. En más de un caso, no obstante, se constata una nostalgia de Dios en los jóvenes, aunque sea de forma inconsciente. También es cierto que esta situación juvenil posibilita extraordinariamente una nueva experiencia de Dios.

Hoy resultan imprescindibles las actitudes de silencio, de escucha y de coherencia

Una vez acabada la ponencia, en el dialogo se entró en actitudes prácticas de cara a una acción pastoral a fin de que este Dios de los cristianos seduzca a los jóvenes. De manera especial se destacó que frecuentemente no hemos sabido encontrar los mecanismos de transmisión de la imagen del Dios de los cristianos, con la necesidad de relacionarlo con la vida. En muchos de los jóvenes hay una nostalgia de Dios, aunque la imagen presentada no les satisfazca. Esto ofrece muchas posibilidades para una pastoral juvenil.

Conviene recordar que en la presentación que Jesús hace de su Dios tampoco fue comprendido. Sólo por unos pocos y que eran personas irrelevantes en un gran imperio romano. Y que por la presentación de esta imagen de Dios, el mismo Jesús tuvo que padecer la cruz.

¿Qué hará creíble la imagen del Dios de los cristianos – se preguntaba-? Para una minoría, la coherencia personal e institucional. Pero para una mayoría el “proceso de escucha”. No hay experiencia de Dios si no hay actitud de silencio y de vaciamiento personal. Esto debe tenerse muy en cuenta en un proceso de iniciación. No se trata de decir muchas palabras sino de provocar  actitudes de silencio, de escucha y de coherencia personal.

La riqueza de esta ponencia quedará recogida íntegramente en la publicación trimestral que edita el Instituto Superior de Ciencias Religiosas.

Próximo tema del Forum.

Siguiendo con las ponencias previstas en el Forum “Jóvenes, religiosidad y Evangelio” el miércoles 11 de febrero se presentará un nuevo tema, relacionado con el presente: “La persona de Jesús en el cine”. Estará a cargo de Peio Sánchez, profesor del Instituto Superior de Ciencias Religiosas Don Bosco, de Barcelona. Y tendrá lugar en Martí-Codolar (Av. Cardenal Vidal i Barraquer, 1. Barcelona) a las 19,30 horas.

Para más información: Delegació Provincial Salesiana de Comunicació Social. Barcelona  josep.mascaro@salesians.info

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El Mundo, 18 de enero de 2004

Ser cura católico y con hijos en España

JOSÉ MANUEL VIDAL

Cuando va de clergyman por la calle, Oleksandr Dorykevych parece un cura católico más. Y lo es. Por llevar adelante su parroquia, en la alicantina playa de los locos, el sacerdote ucraniano recibe sueldo y casa de la diócesis de Orihuela-Alicante. Setecientos euros y una morada digna para él y los suyos: su mujer, Lyuba (Amor en ucraniano), y sus tres hijos, Vira, Román y Xristina. Sí, está casado y sigue siendo cura con todas las bendiciones apostólicas. Como el rumano Sorin Catrinescu, con parroquia en La Mamola (Granada).

Su Papa es Juan Pablo II. Creen en el mismo Dios y en los mismos mandamientos que los alrededor de 10.000 sacerdotes españoles que están apartados de la Iglesia por haberse casado, pero a ellos nadie les ha expulsado del paraíso. ¿Por qué? Oleksandr, fotógrafo antes que cura, y Sorin, desposado con una licenciada en Historia, son miembros de la iglesia greco-católica, que se unió a Roma en 1696 manteniendo su propia tradición y disciplina, entre las que no están la exigencia de celibato a sus pastores.

Enviados de misión a España por sus respectivas iglesias nacionales para atender aquí a la población emigrante desplazada, Oleksandr y Sorín han encontrado discreto acomodo en casas parroquiales. Y algo más: el anonimato. Ellos, y otros muchos en número imposible de precisar, son el secreto que la jerarquía eclesiástica española quiere mantener oculto por temor al «efecto contagio». De trasfondo, el tabú del celibato.

«Tato (papá), sonríe". La pequeña Xristina, de 9 años, logra arrancar una tímida sonrisa del rostro de Oleksandr. Toda la familia ha querido acompañar al sacerdote ucraniano a la sesión de fotografía en la mismísima catedral de Valencia. Lyuba, la esposa, le coloca la casulla ante un crucifijo del siglo XVII atribuido a Alonso Cano.

NIETO DE CURA

Estamos en la capilla del Cristo de la Buena Muerte. Y lejos parece quedar ya la carta que, hace un año, la Conferencia Episcopal española enviaba al arzobispo mayor de la iglesia ucraniana, el cardenal Lubonir Husar. A la petición de que no enviara más curas casados para atender espiritualmente a los emigrantes, el purpurado greco-católico respondía con su propia biografía: «Yo mismo procedo de una familia de sacerdotes. Mi abuelo era sacerdote (...). En muchas ocasiones, tener una familia puede ser una enorme ventaja para los que intentan vivir su vocación sacerdotal. Pero tampoco quiero parecer descortés con mis hermanos obispos. Sólo deseo que nuestros sacerdotes sean tratados en España con todo el respeto».

¿Cómo aceptar que los sacerdotes llegados de fuera puedan tener familia y seguir castigando aquí a gente como Ramón Alario? A este religioso sin hábitos que lleva más de 20 años manteniendo a su familia (también mujer y tres hijos), le enrabieta la hipocresía y la doble moral de la institución universal.

El que fuera rector del seminario menor de Madrid, licenciado en Filosofía y doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas, preside ahora el Movimiento procelibato opcional (Moceop), que agrupa en España a más de 4.200 curas casados de los 10.000 que en los últimos años colgaron las sotanas para formar una familia. A sus ojos, casos como los de los curas llegados del Este «empujarán el muro sin sentido del celibato».

Una grieta se ha abierto ya en el mismísimo seminario de Madrid, donde tres seminaristas rumanos greco-católicos cursan Teología. Con estudios, manutención y estancia pagados íntegramente por el Arzobispado de la capital, disfrutan además de un privilegio vetado al resto de sus compañeros madrileños: pueden tener novia.

Oleksandr tomó los hábitos hace seis años. Ya llevaba tres con esposa. En su país, una situación absolutamente normal. «En Ucrania un cura casado tiene más credibilidad entre la gente que un célibe. Porque da ejemplo no sólo a nivel personal sino también familiar. A los curas célibes se les acepta con dificultades».

SOTANA Y GRAN CRUZ

De mediana estatura, complexión fuerte, barba recortada y pelo pincho, a sus 43 años Oleksandr luce sobre la sotana negra una gran cruz dorada con una imagen del Pantocrator (Dios creador) en el centro, el regalo con el que su obispo, Isofron Mudrey, le confirió la dignidad de protopresbítero. Llama tanto la atención el gran pectoral dorado que el sacristán de la catedral de Valencia, donde se realizó el reportaje fotográfico, se acercó a besarlo con unción.

Desde su llegada a España, el sacerdote ucraniano está incardinado en la diócesis de Orihuela-Alicante. Cobra igual que los demás curas (unos 700 euros al mes) y la diócesis cotiza por él a la Seguridad Social y le proporciona casa e iglesia.

«Hemos hecho todo lo posible por ayudarlo al máximo», dice el párroco de la Inmaculada de Torrevieja, Manuel Martínez. «Al principio celebraba misa aquí, pero desde hace ya un año, el obispado le cedió la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en la playa de los locos y allí se reúne con su comunidad. Además, vive con su familia en una casa del obispado. Es, a todos los efectos, un cura más de la diócesis, aunque esté casado y tenga mujer e hijos».

Y lo mismo le pasa a Sorin Catrinescu, el sacerdote casado greco-católico de origen rumano que vive en La Mamola. Dispone de la parroquia del pueblo granadino, reside en la casa rectoral y cobra religiosamente sus 700 euros al mes para vivir con su mujer y sus tres hijos de 6, 5 y 3 años.

En noviembre de 2003, la Conferencia Episcopal española fijó su postura frente a los curas casados greco-católicos que llegan a España siguiendo el movimiento migratorio de sus fieles. En el documento, de nombre Orientaciones para la atención pastoral de los católicos orientales en España, los obispos pasan revista a la problemática de los fieles y sus pastores, que vienen a nuestro país para «salir de la penuria y alcanzar una mejor situación de vida».

En ninguna de las 12 páginas del texto episcopal se dice una sola palabra de las familias de estos curas. Es como si no estuviesen casados. La jerarquía española quiere que sus casos no se conozcan demasiado.

«No puedo decirle el nombre de los curas ucranianos casados», dice el padre Ihor. Se trata de un fraile redentorista ucraniano célibe (entre los greco-católicos los frailes son los únicos que no se casan), que atiende a la comunidad greco-católica en la parroquia del Buen Suceso de Madrid. Y nos aconseja que no movamos el asunto, porque «podría perjudicar a los sacerdotes casados de mi país».

Para todos ellos, y también para los tres aspirantes a cura del seminario de Madrid, el celibato no es una obligación inherente al sacerdocio, sino un carisma que pueden elegir libremente. Contactamos precisamente con uno de los estudiantes para charlar y hacerle unas fotos. Unas horas después, tras consultarlo con sus superiores, llamó para decir que le habían prohibido hablar con nosotros.

«Algunos no lo entienden, pero la mayoría de los españoles lo ven como algo normal», explica Oleksandr con su todavía macarrónico español. Al quite para traducirle está siempre Mikhaylo Petrunyak, el presidente de la asociación Ucrania. Orgulloso de las actividades de su asociación (equipo de fútbol y coro incluidas) a pesar de no contar con subvenciones oficiales, asegura que la Iglesia de Valencia no pone pega alguna a los curas casados ucranianos. Y como prueba palpable de ello es por lo que nos lleva a la mismísima catedral a hacer las fotos de Oleksandr.

Una vez allí, un sacristán celoso casi nos estropea la sesión, pero un canónigo más comprensivo nos da permiso para fotografiar a Oleksandr en «cualquier parte menos en la cátedra del obispo». «No se la quiero usurpar», comenta Oleksandr con ironía, mientras su mujer, Lyuba, pendiente de todo, sonríe sin parar. Se la nota feliz. Es una mujer elegante, guapa y con fuerte personalidad. En su mirada se lee el amor. «Como padre es maravilloso y, como marido...». Se ríe y no termina la frase. Del esposo cura destaca su «capacidad para relacionarse con la gente». Defectos no le ve ninguno.

Lyuba lleva sólo seis meses en España. Y está feliz de poder estar de nuevo con su marido, del que estuvo separada casi tres años. Pero ya pasó. Ahora, él se gana la vida atendiendo una numerosa parroquia de ucranianos esparcidos por todo el Levante. Sus hijos (Vira de 17 años, Roman de 16 y Xristina de 9) ya van al colegio. Y la vida vuelve a sonreírles. Incluso el clima es mejor que el de Ucrania. Aunque todavía echan de menos la nieve, que allí dura seis meses, el país, la familia, la gente...

SORIN TIENE TRES HIJOS

El padre Sorin, de 30 años, lleva sólo un año en España, pero habla muy bien el español porque antes de ser cura hizo su carrera de Letras y estudió castellano e italiano. Un grupo de rumanos de Transilvania, la región de donde procede, hizo «una petición a mi arzobispo de que necesitaban un cura». El arzobispo se puso en contacto con el entonces titular de Granada, Antonio Cañizares, y Sorin aterrizó en La Mamola, donde tiene una iglesia y una casa para la familia.

El padre Sorin se casó con Elena en 1997 y tienen tres hijos: María, de 6 años, Teresa, de 5, y Dominic, de 3. Su mujer, historiadora, está intentando encontrar un trabajo, pero no lo consigue porque tardan en convalidarle su titulación. Mientras tanto, viven de los 700 euros que gana él como cura. Asegura que al principio «tenía miedo, pero la gente me ha recibido estupendamente. Saben que estoy casado, conocen a mi familia y, en el pueblo, suelen decirme que los curas católicos también deberían casarse».

Pero los curas granadinos con los que se reúne Sorin desconfían del periodista a la hora de hablar del celibato. «Ya venís a por el morbo, ¿verdad?», espeta de entrada Antonio Rodríguez, párroco de La Rábita, de La Mamola, y de varias parroquias más. Se le nota que no le apetece hablar del tema. «Cada uno tiene su camino. Yo tengo vocación de cura célibe. No envidi